domingo, 15 de junio de 2014

"Historia de Tres Bocas" de Jorge Alfredo García



Desde el primer día de nuestra historia de vida comenzamos con la construcción de la memoria. Nacemos a la memoria de nuestros padres, la familia, y nacemos dentro del paisaje: una habitación, una casa, una calle, el barrio, y desde él nos proyectamos al universo de los días. En nuestra memoria se guardan las primeras señales, esos fragmentos de existencia que una y otra vez van a aparecer en la superficie de la conciencia para avisar que allí estuvimos, que desde ese espacio-tiempo venimos tratando de entrarle al amor y que, de alguna manera, es allí donde siempre estaremos. Después de esas primeras instantáneas haciendo las veces de piedra fundacional, las pistas se hacen más claras, y el hombre avanza por la vida con atención y con la memoria sedienta. Todo o casi todo puede registrarse, y por años será posible, de haber ganas, confirmar regresos a tantas historias y paisajes. Y ocurrirá después que el avance se hará más lento, más reflexivo, y es en este ejercicio que la claridad abandona esas ganas de mantener las geografías que daban forma a ciertas fronteras, y entonces esas memorias de sucedidos que tan bien se veían, van atenuándose y muchas van desapareciendo. Nuestra conciencia las deja escapar, porque se necesita purificar la memoria y guardar lo estrictamente necesario para andar las últimas calles de nuestra historia grande: la vida cotidiana. Habría que dejar constancia de las memorias destacadas, las que pretendemos salvar. De distinta manera, los hombres intentan arrebatar lo esencial al olvido.
En las palabras escritas se puede guardar muy bien la memoria. Jorge Alfredo García, con la vida dedicada a la docencia, y autor de “Historia de Tres Bocas” (2013), lo sabe. Prueba de ello es su libro, y sus recuerdos en esta tarde de junio.
García cuenta en su libro la “historia de vida” de un paraje “(…) conocido desde siempre como ‘Tres Bocas’, cuyo centro de expansión comienza en la confluencia de los antiguos caminos que unían Gualeguay, Nogoyá y Victoria (…)”. Tres Bocas es parte del Sexto Distrito, está a unos 60 km. de Gualeguay, en dirección a Victoria.
El autor enseguida enfoca la mirada hacia su centro de interés, la gente: “Nací en 1940, en Gualeguay, y pasé mi niñez en Tres Bocas. Tuve la gracia de conocer a la gente del lugar. Conocí vida, costumbres, la cultura de una época. Mis padres eran maestros rurales, mi papá director y ella maestra. De chico conviví con toda esa gente, y siempre rescaté, y todavía más comparando con la actualidad, los valores que había en ellos. La palabra, la sencillez, la vida sacrificada. Conocí los ranchos por dentro, yo era el hijo del maestro y siempre tenía invitaciones a jugar, a pasar el día. Era observador y veía cómo vivían. Me preguntaba, por ahí porque mis padres tenían un sueldo, cómo hacían para vivir sin una entrada fija. Así me di cuenta de que ellos aprovechaban todo lo que tenían a mano: haciendo changas y trabajitos rurales, explotando sus chacras. Para mantener la economía no faltaba el horno de barro, las aves, algún cerdo, una vaquita para la leche. Se cubrían bien las necesidades básicas. Mi vida era un poco más cómoda que la de ellos”.
José Justo García fue maestro, hoy la escuela de Tres Bocas lleva su nombre. Mamá era Dora Ester Germano, la maestra que cuando su esposo se jubiló, se desempeñó como directora. Jorge cuenta de los maestros: “Mi viejo estuvo 40 años ahí, inculcó una línea de conducta, valores, lo mismo los maestros de las escuelas vecinas, y la gente los valoraba. El maestro en la zona era muy consultado, era un referente. Todavía tengo amigos de mis tiempos en Tres Bocas que conservan la palabra, la solidaridad, aptitudes de buenas personas. Y fueron los maestros rurales los que cambiaron la cultura a partir de 1927, metieron esa cultura en la gente. Había mucho respeto, así nos criamos”.
Recuerda que estudiar no era fácil: “Somos seis hermanos, soy el tercero, y la cuestión del estudio siempre estuvo presente, estudiar teníamos que estudiar, no había capital que nos mantuviera. Era una meta, y yo veía que muchos de los otros chicos lo tenían descartado. En la escuela había hasta segundo grado, para los demás grados había que viajar 10 km. Era un sacrificio, y éramos pocos los que íbamos hasta la otra escuela. Frío, heladas, y yo no podía faltar, debía ser ejemplo, era el hijo del maestro. Sexto grado lo hice libre, y después hice la secundaria en Gualeguay, donde ya teníamos una casa”.
Ilustración de tapa de Vicente Cúneo.
La palabra solidaridad aparece varias veces en el relato de Jorge: “El libro tiene tres fuentes: la poca documentación existente, los testimonios de gente grande, y mi propia experiencia. Más allá de lo histórico, a lo largo del libro destaco los valores de la gente, por ejemplo, su solidaridad. Esa gente vivió aislada, cuando llovía los caminos eran imposibles, yo sé del sacrificio de maestros y empleados por llegar a sus lugares. No había luz eléctrica, no había teléfono, no había caminos seguros todos los días, entonces la gente aprendió a rebuscarse con lo que había. Por otro lado fue una zona rural muy próspera entre 1930 y 1970, por más que el lugar existiera desde 1850. En 1935 ya había médico y farmacia. Creció y llegó a ser uno de los lugares más poblados del 6to. distrito. Había una cooperativa, fundada en 1931, que tenía de todo: almacén de ramos generales, acopio de cereales, venta de herramientas, y hasta tenía luz eléctrica propia porque poseía grupo electrógeno. Había muchos empleados, y era importante para la economía de la zona, el que sembraba recibía de ellos el mismo precio que pagaban en Rosario. Mi papá trabajó en los escritorios, después que dejaba la escuela. Se trabajaba mucho, recuerdo las hileras de carros. Nadie se moría de hambre, no conocí gente pidiendo ni robando”. Jorge sigue haciendo memoria, está emocionado, pero mantiene el pulso de la charla: “Todo el mundo vivía de su trabajo, y había además trabajos insólitos, como el de cuidador de avioneta. Existía una estación de remate de hacienda, una semana antes y una después del remate había mucha gente: los troperos, no había camiones, y tanta gente que vivía de los remates, que eran como una fiesta. Venía gente de Buenos Aires y de Córdoba en avioneta. Claro, los paisanos veían pasar ese pajarito allá lejos, no lo conocían, y cuando lo tenían cerca querían tocarlo. Las primeras avionetas que bajaron en un campito, aparecieron agujereadas, porque iban chicos y tocaban, entonces se creó (se ríe) el puesto de cuidador de avioneta”. García destaca un período de gloria: “Entre 1915 y el 30 se establecen los almacenes de ramos generales, había varios, la escuela, una panadería, una cancha de paletilla, había correo, empezó a funcionar un colectivo, se levantó la sala de primeros auxilios, la capilla. Tres Bocas era una especie de Estación Terminal, y creció en el centro, y también en los campos de los alrededores, debido a la división de grandes terrenos por herencias de los dueños de la zona: familia Urite y familia Lares. La decadencia empezó en el 70. Hoy no tiene la vida de antes. Las mejoras, el camino de hoy, tendría que haber llegado 40 años antes, cuando había emprendimientos: recuerdo galpones de pollos, lechería como la de la cooperativa, producción de papa, batata, choclo. Era un problema salir porque no había buenos caminos. Después la muchachada se empezó a ir a trabajar en las cosechas en Buenos Aires, Santa Fe. Tres Bocas se fue despoblando de gente para trabajar. La comodidad de tener caminos, luz, teléfono, llegó tarde”.
Quise saber qué le pasaba a Jorge García con esa historia del después en Tres Bocas, la respuesta fue rápida, un sentimiento en directo: “Dejé de ir un poco por nostalgia, ya no está lo que yo conocí, esos almacenes de ramos generales, que cuando uno es chico lo ve todo más grande, no están, algunos son una tapera o no existen, y quedan pocos amigos”. Llegado a este punto del relato aparece la respuesta a una pregunta que tengo en mente desde que comencé a leer el libro: ¿por qué Jorge quiso escribir el libro?, porque todos los hombres pueden practicar el maravilloso juego de la memoria, pero no todos se deciden a vestir de libro sus pensamientos, su nostalgia, su pasado. Cuando se llega a un libro debe haber un empujón más, otra vuelta de tuerca que termine de acomodar los buenos fantasmas del memorioso. Jorge nombró la nostalgia, las ausencias en el paisaje y entre los amigos: “Y creo que por eso empecé a escribir el libro. Un día voy y no encuentro a nadie. Nadie sabe lo que fue este lugar, porque además yo le preguntaba a los jóvenes: decime, conociste a tal; no, ni idea, era la respuesta; hay nietos que no saben quiénes fueron los abuelos, gente que fue hacedora de Tres Bocas. Porque sus instituciones nacieron de la necesidad del vecindario. La gente aportaba trabajo físico, yo me acuerdo de cómo se hizo la sala de primeros auxilios. Era una necesidad, y la hicieron los vecinos trabajando los domingos, así también se levantó la iglesia. No era fácil recibir algo de los gobiernos. Siempre fue la gestión del vecino, y trabajaban todos juntos. Yo preguntaba por el primer enfermero y nadie sabía. El recuerdo de los hechos y las personas se pierden, entonces quise contar lo que me nacía: rescatar a esas personas como agradecimiento de las demás generaciones. Hice a través de los oficios memoria de la gente simple que hizo al lugar, además de contar en qué consistían muchos oficios hoy desaparecidos”.
Sobre el final de su relato, García registra el cambio de época, una señal del final de una buena época: “En los primeros años de los 60 aparecieron los nuevos camiones de hacienda para trabajar con la estación de remate, y se hizo un primer embarque. Fue toda una fiesta, y festejaron los mismos troperos en el asado, ignorando, digo, que se les acababa el trabajo, empezaba otra época. Se vendió la cooperativa a la de Galarza, duró 3 o 4 años, la liquidaron, es así, a las instituciones las cuidan los que las quieren. Quedó mucha gente sin trabajo”.
En los años iniciales de la salita médica fue difícil mantener un enfermero, unos meses estuvo don Vergara, por algún tiempo el señor Clorindo Reynoso. Recién a mediados de los 50 se nombró como enfermero estable a Horacio Etcheverry. Hacía visitas esporádicas el doctor Manuel Guerra. Nombres que provienen de la investigación y memoria del autor: los comerciantes libaneses David Ahibe y Antonio Árabe, el señor don Pedro Torres fue quien hizo el pozo a balde de la sala médica, don Pancho Bareiro y la duda: ¿croto o filósofo?, el Rengo Hereñú y un baile solidario. La escuela funcionó desde 1929 a 1942 en una casa cedida por la familia Lares. En el 42 pasa a su actual edificio construido en un terreno donado por el matrimonio de don Benigno Sánchez y Élida Angélica Urite.
Oficios, historias, gestos dignos, podría decirse que el libro de Jorge García es una crónica de la solidaridad entre buena gente. “Historia de Tres Bocas” es memoria, resistencia contra el olvido.

3 comentarios:

  1. Me emocionó leer el nombre del abuelo de mi esposo, David Ahibe. Gracias por hacer volver al presente los recuerdos de nombres de personas que formaron parte de la infancia de mi esposo.

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  2. Me emocionó leer el nombre del abuelo de mi esposo, David Ahibe. Gracias por hacer volver al presente los recuerdos de nombres de personas que formaron parte de la infancia de mi esposo.

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