domingo, 23 de abril de 2017

Ventanas de Gualeguay

Pienso en ventanas, y la primera referencia que me llega desde la memoria, es un libro notable, hablo de “Ventanas de Manhattan” del escritor español Antonio Muñoz Molina: “La ventana daba a un patio interior grande, oscuro, con ventiladores y máquinas que rugían, con muros de ladrillo negros de hollín, con otras ventanas que pertenecían a habitaciones idénticas, con los cristales ligeramente opacos de mugre, algunas de ellas iluminadas cuando caía la noche, mostrando la presencia fugaz y lejana de alguien, el interior de una habitación exactamente igual a la mía. (…)”. Así comienza el libro. Un registro de gran ciudad. Recuerdo que, cuando ya llevaba un año de vida en la chacra gualeya, viajé con la familia a Buenos Aires. La escapada fue de una semana, y nos refugiamos en el departamento que nos prestara el amigo poeta José Muchnik en Boedo. No lo pude evitar, miré cien veces por las ventanas hacia las ventanas de los otros departamentos. Me molestaba la presencia cercana entre mundos privados, me preguntaba, ¿cómo pude vivir en estos lugares durante 30 años? Añoraba mis ventanas hacia el verde gualeyo.
Pienso entonces en las ventanas de Gualeguay como posibilidad de libertad, opuestas a aquellas de mi pasado. Una ventana es la posibilidad de llegar a los aromas de otro mundo, es más, de otro mundo y muchas veces de otro tiempo. La memoria, de múltiples sintonías, puede entrar y salir por una ventana. Por una ventana se puede ver llegar a la persona amada. Por una ventana se puede llegar al misterio de la palabra y del silencio. Es la posibilidad de encontrarse con el otro y con uno mismo. La vida a través de la ventana. Es mejor que nuestra alma tenga ventanas, de igual modo nuestras patrias internas; con una ventana se puede llevar mejor los vaivenes de cualquier oscuridad. Ventanas contra las tormentas, mirar por nuestras ventanas mientras seguimos atados, a lo Turner, por elección, a nuestras ideas, para mejor ver el paisaje donde tantos infiernos pueden ser fundados.
Guardo un registro muy personal, un recuerdo gualeyo, construido alrededor de una ventana. La imagen la guardé en un texto que forma parte de “Una historia para Julia” (Ediciones del Clé, 2015), libro donde Julia, mi hija, es personaje central. La escena es de julio de 2014: “Tu jardín Tru-la-la funciona en una casa vieja de puerta y ventanas altas que dan sobre la vereda. Por una de ellas se ven hamacas y otros juegos. Cuando mamá Evangelina y papá te van a buscar a la nochecita, esa ventana está abierta, pero ahí no hay nadie. En cambio por la otra, las pocas veces que queda abierta y cuando faltan unos diez minutos para la salida, se puede ver a todos los chicos bailando. Escribo ‘a todos’, pero no tengo más ojos que para vos. Con mamá intentamos pegarnos al marco de las rejas para mirarte y que vos no te des cuenta. No queremos interrumpirte, para que todos disfrutemos. No puedo creer que te muevas tan ajustada a la música, con tanta libertad y felicidad. Te miro y creo que siempre te voy a mirar en ese momento, no importa que pasen muchos años o todos los años de la vida. “A dormir” avisa Naty o Chona y todos se acuestan en el piso. Veo cómo disfrutás el piso, en casa es uno de tus refugios. A mí siempre me gustó encontrarme con el fresquito de la baldosa. Otra vez de pie y música: y ahí va Julia con sus pasitos cortos, avance y retroceso, brazos y manos que acompañan la vida del aire. Y yo te miro, mamá Evangelina te mira, qué maravilla esos minutos. Quiero decirte que cada vez que quieras vernos, no tenés más que mirar hacia una ventana que dé a la calle, en cualquier tiempo y lugar, y ahí vas a encontrar la felicidad: la tuya y la nuestra”.
Ahora bien, por qué estoy hablando de ventanas, estas naos maravillosas que transitan, la mayoría de las veces sin gozar de atención alguna, por nuestras vidas. Hará unos dos meses, y gracias a los vientos benevolentes que a veces soplan por las redes sociales, me encontré con dos fotos tomadas por Fabricio Castañeda, reconocido trabajador de la cultura que siempre está en movimiento.
Guardé las fotos y comencé a espiarlas. Algo empezó a llamarme desde las imágenes. Le escribí a Fabricio para decirle que sus fotos me gustaron mucho. Él me dijo que pertenecían a una serie, un mismo tema en el que trabaja hace un tiempo. El título de la serie: “Ventanas de Gualeguay”, el que lleva esta nota, porque si pienso en Gualeguay, además de lo dicho más arriba, concurren a mi memoria las dos fotos de Fabricio.
Y por qué creo que sucede esto, porque esas fotos, es decir, desde esas ventanas, me llega el impulso de contar una historia. Las ventanas de Fabricio son una invitación al relato, a la ficción verdadera, o a la verdad mejor mentida, es que en tantas posibilidades juega el nervio de la escritura.
Las ventanas como pasadizo, como túnel, una invitación para salir y para entrar a mundos diversos, paisajes otros.
La ventana de una de las fotografías, la que tiene rejas, me lleva a pensar en una historia que me contara Pepe Quintana, gualeyo memorioso, hace unos meses atrás. Las rejas debían impedir la fuga de los perros. Cuando vi la susodicha ventana, me dije, esta puede ser la casa de aquella mujer, Pilar, de la que me habló Pepe. Si pudiera entrar por la ventana, y a través de ella viajar en el tiempo, llegaría al patio donde Pilar había hecho construir un mástil. Todas las mañanas se levantaba, preparaba el mate, como todo ciudadano gualeyo, y después aprontaba la victrola. Entonces ella cantaba el Himno Nacional a los gritos. Izaba la bandera. El mástil estaba casi en el centro de la manzana. Se borran las calles verdaderas, no digo dónde vivió realmente Pilar, y tampoco sé a qué casa corresponde la ventana que atrapó el encuadre de Fabricio. Sin embargo, el recuerdo de Pepe, la imagen de Fabricio y esta escritura se dan una mano para contar esta historia chiquita de una gualeya llamada Pilar. Después que izaba la bandera, ella se dirigía al cementerio. No al ubicado frente a la plaza, donde para el día de ánimas, se dejaban los carros con sus brazos apuntando al cielo; carros y caballos de la gente que venía de las chacras a velar las tumbas de sus finados. Pilar caminaba hasta su propio cementerio, el que tenía en el fondo de su casa que, al igual que el mástil, se refugiaba casi en el centro de la manzana. Cuenta la leyenda que Pilar había querido ser monja, pero que la habían echado por loca. Lo cierto es que Pilar tenía alma bondadosa, por eso el cementerio. Cuidaba de las tumbas y de la identidad de sus adorados perros. Se guarda memoria, lo asegura Pepe: cada tumba con su correspondiente lápida, de los nombres de algunos de los animales: anteojito, medio anteojito, doble anteojito, tres anteojitos. La pregunta se hace inevitable, si los que están a la “vista” son solo algunos, ¿cuál fue la maldición que azotaba a las mascotas de Pilar?
La ventana pintada de un color verde sucio, descascarada, sin vidrios, que encontró Fabricio en su ciudad/río de Gualeguay fue, y cuando ya la ventana contaba con estas señales de abandono, o presentaba esta ineludible pátina de tiempo, por la que Martín Velásquez, vio, una mañana, sobre calle San Lorenzo, a Catón camino al cementerio. El llevador de muertos se detuvo frente a la ventana. Ellos se reconocieron. Martín vio que, a la izquierda, en la calle, el coche tirado por caballos empenachados de negro, el que abría el acompañamiento, se detenía. Pensó: Porque se detuvo el jefe. Catón sacó la boina del bolsillo del pantalón y se la colocó. Encendió un cigarro. Sonrió.
Martín abrió lentamente las dos hojas de la ventana. Se acercó para ver a Catón, que se veía como cuando hace tanto tiempo lo cruzaba en la plaza Constitución.
Catón sacó de un bolsillo un cartón doblado al medio. Lo abrió para que Martín pudiera ver su tesoro. Una foto, Catón enseñaba su foto. Sonreía. La dio vuelta para que Martín pudiera ver el sello de la casa de fotografías de Kayayán.
La boina volvió al bolsillo del pantalón, la foto a uno de los del saco. Apagó el cigarro sobre la mancha circular que aparece en la pared, bajo la ventana. Luego de hacerlo, se irguió. Guardó el resto del cigarro en otro bolsillo.
Comenzó a caminar y junto con él se movió el acompañamiento.
Martín Velásquez no recuerda cuántos años llevaba muerto Catón cuando volvió a verlo a través de la ventana.
Dudo que Velásquez haya vivido sobre calle San Lorenzo, desconozco a qué casa pertenece la ventana; otra vez, la memoria de Martín, la imagen de Fabricio y la escritura de este escriba se dan la mano para contar una historia (hecha de retazos de historias) del ilustre Catón, llevador gualeyo, autóctona confluencia de los ríos Anubis y Caronte.
A través de la ventana del frente de la casa, la que corresponde al escritorio, espío la columna donde viene, cada noche, mi lechuza amiga a pensar y observar el laborar de tantas criaturas. A través de las ventanas que dan al jardín del fondo, veo durante todo el día la manifestación de la vida. Existencias desde el canto, como la de los pájaros; existencias desde el silencio trabajador, como la de las hormigas. Existencias en verde y cielo entran a mi casa a través de las ventanas, y a través de ellas mis almas confluyen con el afuera. Por las ventanas de mi casa en la chacra gualeya entra la palabra del universo naturaleza, y entra la coexistencia del hombre con el paisaje, la fundación de la sociedad. Pienso y detengo la mirada, cada día, sobre el jacarandá joven, el espinillo, los álamos bien al fondo del terreno, y sobre la alegría de sabernos todos en órbita de la pulsión vital. Todo al alcance, en un primer movimiento, con solo atravesar una ventana. Esa misma ventana que hace unos días dejaba pasar al interior de la casa y mi memoria, el sonido del helicóptero utilizado en la búsqueda de Micaela García.

Hay una historia para contar detrás de cada una de las fotos de Fabricio Castañeda. Tenemos una charla pendiente. Fabricio tituló su serie: “Ventanas de Gualeguay”, y abrió el juego de la libertad, quizá la esencia primera, la sustancia fundacional de toda ventana dentro de esta aldea, la ciudad/río.

domingo, 16 de abril de 2017

La muerte: un paisaje cercano

El destino en la vida de los hombres se me presenta, cada vez con mayor asiduidad, bajo la apariencia de una gran rueda que, con giro parejo y certero, fue adoptando, a través del tiempo, formas diversas. Me digo que esta rueda viene en avance desde el origen de nuestra especie. La rueda de la vida y de la muerte, la rueda que giraba al lado del camino, acompañando el quehacer de la criatura: sus descubrimientos, los riesgos a los que se iba enfrentando aquel muchacho que había descendido de los árboles para empezar a erguirse y tratar de adivinarle el color al horizonte.
Aquella rueda fue tomando velocidad, de a poco fue incorporando necesidades, y muy especialmente cuando el mundo, las sociedades comenzaron a dividirse entre los dueños de la riqueza y los que viven el día a día. A la rueda de la vida y de la muerte se le agregaron los intereses de los dueños de la pelota.
Pasaron los años y la rueda pisó al fin el tiempo de las velocidades y los desintereses varios, de la furia tras la obtención de la moneda, y de la furia tras la obtención de toda mercancía ofrecida en diversos modelos de vidriera, tiempos de la furia al momento de ignorar la suerte del otro. Dicha rueda acentuó su velocidad y junto con ella, su apariencia. Desde que el hombre comienza a razonar, sabe que está sujeto a las variaciones que dispone el señor destino, algunos lo llaman Dios, y otros: señor suerte; todos, en mayor o menor medida, saben de la existencia de la rueda que determina los tiempos de la vida y de la muerte.
Sucedió que muchos sabían de ella, pero le perdieron la pista, por apurados, por estar muy ocupados en las cuestiones “realmente importantes” de los días.
La rueda del destino mutó su apariencia. Siguió de giro certero hasta que se fundó como rueda, o plato, o corona de una ruleta. Gira que te gira plena de casilleros donde el destino podía embocar la bolita. Y fue cierto, muchos de esos casilleros tenían, guardaban, podían esconder el aroma de la muerte injusta. Es difícil, aunque no imposible, encontrar una muerte justa. Hablo de muerte injusta cuando sucede fuera de toda lógica o previsión, y esto por sobre la esencia sorpresiva que tiene el destino, que a nada está obligado. La mayoría de las muertes son injustas, y entonces esta ruleta de la vida y de la muerte en estos tiempos oscuros de oscuridad poco sana e interesada, fomenta, posibilita, una cantidad inhumana de muertes injustas.
Se me ocurre pensar que como sociedad estamos cada vez más cerca de una nueva mutación de la rueda devenida en ruleta. Estamos a las puertas de la sinrazón última, un paisaje cercano al infierno, el peor de los posibles, porque sucede en esta tierra y en el “mientras tanto” de nuestras vidas. La mutación de la que hablo nos deja en la última piedra antes caer al precipicio. La rueda fue ruleta en manos de los hombres, y la ruleta, homo sapiens mediante, está mutando en ruleta rusa.
El tambor del revólver que sostiene el hombre en sus manos tiene capacidad para embocar solo seis bolillas. Gira como giraba la rueda primera, rueda como la predecesora en el arte de prodigar destinos inciertos, peligrosos, gira y guarda entonces seis lugares nada más, y hoy el hombre, por estupidez nacida en la velocidad, por maldad nacida de su fiebre por la obtención de la moneda, por el desinterés que le despierta la suerte de la persona que trata de hacer la vida a su lado, por la morosidad y falta de compromiso con las actividades que desarrolla, por su desapasionada manera de andar por el mundo, digo, ese hombre acomoda bolitas, balas y miserias en los lugares desde donde “nacen” las desgracias y las muertes injustas. Se prodiga esta sociedad de los hombres en cubrir la mayor cantidad de lugares con posibilidades de muerte.
Escribo en un día triste. Hay una ausencia en la ciudad/río de Gualeguay. Una piba llamada Micaela García: 21 años, militante política, comprometida y solidaria con los necesitados de la sociedad, fue asesinada por un hombre que al menos tenía dos condenas por abuso sexual. El condenado al parecer cumplió los dos tercios de la pena y salió en libertad. El revólver se disparó, y como decía, las oportunidades de que la suerte termine en muerte son muchas. Seis posibilidades en el tambor del arma que carga la sociedad de los hombres. Repito, esta sociedad de las velocidades y los desintereses varios. Como estamos, la cuestión azarosa, destinal, cada vez juega menos en los acontecimientos. Solo seis posibilidades y la mayoría darán pista en el blanco de la madre de las desgracias.
Robert de Niro en "El francotirador" (1978) de Cimino.
Al parecer hubo gente que escuchó el momento en que Micaela resistía a su atacante. ¿Un nuevo “no te metás”?, el miedo ganó el pensamiento. Señalo otro tema que se hace parte de la sustancia con que la sociedad carga los seis casilleros que apuntan a la vida: el circuito de las palabras que originan la presencia de la información. Hubo en la calle, en las muchas veces inhóspitas tierras aéreas de las redes sociales, cantidad de especies nacidas desde la falsedad, el chismerío, y la depravada manera de hacerse cómplices del asesino. Embarullar a la policía en casos como este es también ser el asesino. No sé cuántas veces encontraron a Micaela. Lo decía la gente atrapada en las redes. Y también decían los periodistas que las posibilidades de que Micaela hubiera sido víctima de una organización de trata, o de alguna acción criminal, estaban descartadas, y se señalaba la teoría del suicidio. Los periodistas señalaban al fiscal y su entorno como origen de esta nueva verdad revelada. La teoría suicidio se verificaba en los mensajes de Micaela en el último día. A partir de ellos se empezó a hurgar, con ignorancia y dudosas intenciones, en la vida privada de Micaela, que era la víctima, la desaparecida. Una vez más se apuntaban los seis casilleros sobre la víctima, sobre la dudosa condición moral de ella y su gente. Una mujer caminando sola a las seis de la mañana no está bien vista. Escuché algunos llamados periodistas rondar como buitres alrededor de Micaela. Los periodistas de la velocidad y el interés de nublada estirpe también cargaron el revólver. ¿El juez que permitió la salida del asesino de la cárcel lo hizo utilizando de manera acertada sus herramientas?; parece que el juez podía decir que sí, y lo hizo; por otro lado se dice que el servicio penitenciario desaconsejaba la medida. Luego, en todo este barullo en busca de primicias en el barrio o la radio o la red, se pide la cabeza del juez de la misma manera que se pide la cabeza del asesino, para así poder, como sociedad, ser más asesinos que el asesino. La solución no está en más muerte, y sí en exigir que se revisen las actuaciones y la legislación, está en buscar que más sistemas mejoren su funcionamiento dentro del sistema. Por qué no pensar en que mañana, en la misma situación, la opinión del juez y el servicio penitenciario pueda ser evaluada en otra instancia. Y si se procediera a la libertad, debería haber, dado los casos de reincidencia en el tema abuso sexual, en pleno funcionamiento una red de contralor en torno a quien fue liberado. Hay mucho para hacer antes que alentar la hoguera para los condenados. Ser parte de esta locura, emprenderla contra el respeto por los derechos humanos, las garantías constitucionales, proponiendo distintas maneras de tortura y asesinato, es también colaborar con los seis casilleros del revólver que el hombre tiene en sus manos en estos tiempos de las velocidades y de los intereses que se desentienden de la vida. Se carga el revólver cuando se señala como molesta la presencia de los integrantes de la agrupación donde militaba Micaela. Cómo no iban a estar en la plaza, frente al edificio de la policía, cómo no pedir por la compañera desaparecida. Molesta la manifestación, en esta Gualeguay que también carga el revólver, porque la agrupación lleva el nombre de Evita. Nadie hubiese criticado la presencia de socios, si la ruleta rusa hubiera afectado a un miembro del Club Social o del Jockey Club o el Club Urquiza. El problema está en los que además quieren mostrar a la política como un espantajo despreciable en estos tiempos de regresión histórica. Yen toda esta historia de rueda, ruleta y ruleta rusa, está la imagen de Micaela: sus intereses como persona. Leo en la tapa del diario: Todos Somos Micaela, pero, ¿y entonces?, digo, después del slogan, ¿dónde quedamos parados, en la vereda de la víctima o en la que aglutina a los que juegan como cómplices del asesino? Ser cómplice del asesino es también hacer circular la especie de que la marcha del sábado se suspendía, ¿alguien quería resguardar la pulcritud de ideas en la plaza? ¿Es que tanto molesta la gente en una plaza?
El padre de Micaela, en medio del peor de los dolores, dijo frases como esta:
“Tenía un corazón de oro. Vivía para las otras personas. La veíamos poco porque estaba siempre en el barrio, organizando torneos para los que no tienen nada; haciendo tortas fritas para repartir”.
“Tenemos que hacer posible el país y la sociedad que ella quería. Ella quería cambiar estas cosas de la sociedad. Y el dolor no nos tiene que poner injustos. El dolor no nos sirve para nada. Nos tiene que servir para cambiar la sociedad”.
“Hay que esperar que la Justicia actúe como corresponde, y no que se haga Justicia por mano propia como quieren un grupo selecto de personas, de ese tipo de Justicia que Micaela aborrecía. Pese a todo tengo una tranquilidad rara, la voy a recordar con alegría”.

Si todos somos Micaela bien podríamos esforzarnos en corregir el mapa injusto de esta sociedad de revólver de seis balas con esencia decidida de ruleta rusa. Deberíamos entender que a muchas personas el sistema, primero los invisibiliza, los olvida, y cuando se descorcha la desesperación o la enfermedad, ahí sí, el sistema los vuelve visibles, tan solo para castigarlos por sus delitos. Si todos somos Micaela, deberíamos intentar ser como ella: solidaria, comprendiendo los condicionantes del desierto de donde viene la mayoría de las personas a las que se come la pobreza, esas personas que son las primeras víctimas del revólver de seis casilleros que en mano de la sociedad condena a muerte. El desafío entonces, si en verdad hoy nos sentimos como si fuéramos Micaela, es liberar los seis lugares, es tratar de volver primero a la ruleta y luego a la rueda de la vida y de la muerte, para que, limpia de bajezas e intereses, su giro nos devuelva a lo que pueda marcar el destino, ese muchacho que algunos llaman Dios, y otros: señor suerte. Claro que habrá que tener decisión como Micaela, habrá que abandonar cómodas posiciones de complicidad y cobardía.

domingo, 9 de abril de 2017

Maxi Crespo: Gualeguay abstracto

Supe de la existencia de Maximiliano Crespo a través de unas pocas líneas en el capítulo “Nuevos pintores en Gualeguay a fines del siglo pasado” del libro “Formas y colores de Gualeguay” (Ediciones del Clé, 2004) de Nidya Rampoldi, Patricia Míguez Iñarra y Daniel A. Gabriel: año de nacimiento, estudios, primeras muestras. Hará un año largo, me encontré con Maxi en persona, en el Museo Quirós. Recuerdo que hablamos sobre los alrededores de la pintura, y mucho me agradó la charla con una persona joven que estuviera tan bien ubicada en relación al oficio. Aquella vez Maxi me dijo que estaba saliendo de un período de inacción, de un “parate”, como comúnmente se llama a esos momentos en que la persona que intenta transitar los territorios del arte, se toma un recreo. Contaba la experiencia con tranquilidad, con la naturalidad con que puede referirse un pintor con muchos años, y a conciencia, en el oficio. Maxi era una persona a entrevistar.
Hace unos dos meses, leyendo “Cronosíntesis” (Eduner, 2016), libro que presenta una selección de las notas periodísticas que Emma Barrandéguy escribiera para la página cultural del diario El Debate Pregón, leo la nota titulada “Dispuesta a comprender” (1 de abril de 2001) y otra vez me encuentro con Maxi: “(…) Y en cuanto a Maxi Crespo, quizás menos negro atraería más la mirada. (…)”. Fue entonces el tiempo de su palabra.
El territorio artístico elegido por Maxi es la sintonía de la abstracción. Una mirada “otra” que algunas veces funda un universo completo de sustancia y formas: universos escondidos; y en otras se permite ubicar trazos que dicen de la presencia de aquello que no está oculto: claras señales dentro de lo figurativo. Pregunto por su receta de trabajo: “Trato de dibujar y pintar 6 horas diarias, corridas. Se me complica por el trabajo; soy empleado de la Municipalidad a la mañana y también trabajo por la tarde. En el día se hace difícil, así que trabajo de noche, tranquilo. Por eso la presencia del negro en el dibujo; el contraste, eso te lo da la noche, la luz de la lámpara. Después miro los trabajos a la luz del día y pienso en qué puede faltarles. Estoy cómodo en la noche. Hace 4 años que vengo dibujando. Muchas veces arranco un trabajo pensando en un objeto: un libro, un pescado, un árbol, el agua, el ambiente en el que me muevo todos los días, pero no lo pienso desde lo figurativo, lo pienso desde la abstracción, trato de construir en mi cabeza de otra forma. Lo voy resolviendo durante el día. Sé que se pierden oportunidades, horas, pinturas; sé que mientras lo estoy pensando podría estar ejecutándolo. Cuando llega el momento de hacer ya hay cosas que perdí. Puedo bocetar algo a la ligera, pero no me concentro. Necesito de la tranquilidad”.
Sobre su oficio y su regreso desde el “parate”: “Vengo de trabajar 6 hs. por día durante 4 años, y antes estuve 3 o 4 sin hacer nada. No pasé de hacer algunos bocetos. Bueno, eso un día vuelve. Empecé con birome sobre cartón, como en los comienzos en la escuela de arte; me gustó el desafío de la birome porque no podés retroceder, eso me fue dando seguridad. Cada línea debe estar como la pensé o como la razoné durante el día, para que el dibujo tome la forma que quiero. Si fuera con carbonilla o grafito, podría volver, pero con la birome o marcador indeleble, o tinta china, no. Cuando el negro satura, aparece el color”.
La presencia de lo negro, pregunto por la oscuridad: “Es mi forma de ser. No conocía lo escrito por Emma. La presencia de lo oscuro, el negro, en mis trabajos, en mi búsqueda, es lo que me ha ido marcando. Veo trabajos de hace 10 años, y hay una presencia de ese pasado en mi trabajo actual. Creo que pude evolucionar, pude darle un sentido a ese negro que señala Barrandéguy. Es poder marcar dentro de mi trabajo situaciones que tienen que ver con mi vida cotidiana. Otros se expresan mejor con el color. El negro es la guía que llama a lo cálido, que está siempre presente”.
Consulto sobre el “parate”, el recreo: “Tuvo que ver con el laburo, me exigía más tiempo. No vivo del arte. Lo hago para expresarme y liberar presiones. Decidí robarle tiempo a mi vocación, que quitarle horas a mi familia. Se sumó a esto que lo que estaba haciendo no me gustaba. Lo que veía y sentía durante el día no lo podía llevar al dibujo. Paré entre 2008 y 2012. Pero en ese tiempo, además del trabajo, lo dediqué a una vida de aire libre, que siempre hice desde chico, la fortalecí. Conocí lugares en Gualeguay que creo conocen pocas personas, eso me ayudó a crecer, a ver el Gualeguay desde otro punto de vista, y a entender el mundo. Y cuando volví al dibujo lo hice con total placer. Fue tiempo de cargarme; después empezó a salir la obra”.
Pregunto por sus inicios, por la fundación de una manera de pintar, cómo pintar el río en medio de la abstracción: “Esa es mi búsqueda. Empecé a bocetar y estudiar a los 17 años, pero esto viene de más atrás. Tengo una tía que es ceramista: Rosa Díaz. Yo la ayudaba cuando tenía 6, 7 años. Todo su trabajo era figurativo. Cuando fui a la escuela de arte, la mayoría de mis compañeros hacían lo que veían en el cotidiano: un florero, una silla. Yo no veía solamente la silla, veía el defecto y trabajaba sobre él, que le faltara un pedacito o la presencia de un clavo, eso me fue llevando a buscar el más allá de cada momento, de cada figura. Hay un lugar no visible, está, lo que pasa es que hay que verlo”.
Maxi Crespo es un amante de la pesca. La actividad aparece como cercana al arte: lleva a estar en solitario, y en ese estado a la reflexión, al encuentro con uno mismo, a tener noticia de las almas que nos forman. Maxi abstraído en el paisaje, pensando: “El río, con los arenales y el verde, es el psicólogo perfecto; el silencio que encontrás ahí es único. Te encontrás con vos, te sumergís. Me salva la familia, los afectos, el arte y la pesca, o la pesca y el arte. Nací en Gualeguay, a los diez años la familia se fue a Concepción del Uruguay; volví a los 17 y me dediqué al dibujo y el estudio. Conocí a María Rosa, mi mujer, ella escribe, tenemos 3 hijos. Es importante el apoyo que tengo en mi casa”.
Desde aquellos días del origen, Maxi cuenta un hecho que encaja en la sintonía de la obra de Marcel Proust: “En busca del tiempo perdido”: “Todo tiene que ver con el tema de los olores. Nunca tuve necesidad de trabajar de chico, mis viejos nos dieron todo. Pero a los 15 quise trabajar; me lo permitieron mientras siguiera estudiando. Estuve un año de lavacopas y conocí un chico, un poco más grande que yo. Un día lo ayudé a mudar en la casa de los padres una pila de ladrillos, había que llevarla al fondo. Terminamos de acarrear los ladrillos y en el piso quedó todo un polvillo rojo. Me acerqué, y el olor que largaba el ladrillo húmedo me hizo acordar al preparado que hacía mi tía con los ladrillos. Eso me llevó a querer hacer una masa y armar unos cacharros. Ese fue el inicio, ahí empecé a dibujar y pintar, a expresarme. Volvió aquello que había mamado de chico al lado de Rosa Díaz”.
Maxi señala a su admirado: “Soy fanático de Van Gogh. Su pintura tiene que ver mucho con la abstracción. Yo creo que se iba de donde estaba y se colocaba encima de un árbol o de otros objetos, y por eso su logro. Su arte es algo casi invisible de cerca, algo que cobra vida a través de la distancia. Me gusta mucho Kandinsky, y algunas obras de Picasso”.
Consulto de qué manera se ubica en este mundo que nos toca en suerte: el poco interés por el arte, la vida hecha de puros cálculos monetarios, el día fundado en la velocidad y la inconciencia: “Todo lo que uno hace principalmente es para uno mismo. Hay gente que te rodea en este mundo interesado que te dice: qué bien, pero en el fondo piensan que pierdo mi tiempo. Está en uno no dejarse contaminar. Sin este hacer, Gualeguay sería aburridísimo”.
Maxi Crespo ofrenda su tiempo al dibujo, la pintura, la escultura, la cerámica. Sus palabras apuntan a la posibilidad de limar las fronteras entre estas disciplinas. La sensación es que su búsqueda está “en movimiento”: “Me gustaría que mi trabajo pudiera llegar a la exhibición en un lugar público, cerca de donde camina la gente. Mi dibujo tiene mucho que ver con la escultura, mañana bien podría terminar como objeto tridimensional. Pienso en mi trabajo como un proceso”.
Actualmente Maxi Crespo trabaja en el área de Cultura del Municipio, es parte del equipo que dirige el plástico Néstor Medrano. Maxi afirma que Medrano lo ayudó a madurar conceptos del dibujo; y que le gusta su trabajo porque le permite conocer artistas, gente interesante. Señala en primer término a los escultores que participaron en el I Encuentro de Escultores de Gualeguay, en 2016: Mario Morasan, Tacho Zucco, Francisco Mateos, Adrián Bois.
Creo que en Gualeguay no hay un referente en la sintonía del arte abstracto, el territorio por el que transita Maxi. Quirós, Cachete González, Derlis Maddonni, trabajaron desde la vereda de lo figurativo, aunque muchas veces las obras de Cachete y Maddonni dejen puertas abiertas, líneas sugiriendo el misterio, el otro lado de las cosas. No deja de ser un desafío la parada de esquina elegida por Maxi Crespo en la ciudad/río de Gualeguay, por historia, tan cercana a la figuración. Maxi afirma que la presencia de estos maestros lo impulsa a seguir. No hay peso para su pulso, sino la mejor compañía.
Y dice muy bien Maxi Crespo cuando en el momento de pensar en abstracción en este paisaje gualeyo, nombra a dos escritores. Habló de la palabra con aroma de abstracción de Juan L. Ortiz y Eise Osman.

A Maxi Crespo se lo puede ver transitar su aldea en atenta abstracción, hablando lo justo, habitando el silencio, pensando, como si estuviera pescando, como si estuviera pintando con ideas el destino de su búsqueda. No hay en él pretensión de artista, sino la simple presencia de un trabajador de la cultura que vive feliz en su sincero quehacer, su intento.

domingo, 2 de abril de 2017

Cachete González: muestra/homenaje en el Quirós

Vivo la ciudad/río de Gualeguay como un universo que me lleva a recordar “La casa en el límite” (1908), el clásico de la literatura fantástica escrito por William H. Hogdson. Con una diferencia. La susodicha casa de la novela resiste en medio de una amenaza de otro mundo, mientras que, en Gualeguay, “la ciudad en el límite”, la vida de frontera donde se toca el mundo de los vivos y el mundo fundado por los buenos fantasmas -los espíritus de  los que ya no están, y de los que sin embargo decidieron quedarse entre su gente-, esa cercanía, se desarrolla de manera agradecida dentro de la naturaleza de cada día. La memoria en la ciudad/río se manifiesta desde los encuentros amanecidos en la amistad.
Entonces la ciudad/río, su gente, tiene, cobija, abraza a sus buenos fantasmas. Uno de ellos, el fantasma notable del notable gualeyo que fue el grande artista plástico Roberto “Cachete” González acepta la invitación para la noche del 5 de abril en el Museo Quirós. Acepta, viene, estará presente. Acepta porque fue invitado, pero porque además: él todo lo presiente, por su condición de poeta del pincel, y por su eterna y mágica condición de fantasma en ronda. Sí, voy a estar junto a mi obra, dijo a este cronista.
Cachete por Alicia Schemper
El 5 de abril se inaugura una muestra/homenaje a Cachete González en el Museo Quirós. La idea de esta exposición viene “pintando” desde mediados del año pasado. El impulsor es el artista plástico Néstor Medrano, a cargo del área de cultura del Municipio. La manera de llevar adelante la muestra es la misma que estableciera la Sub-comisión de Cultura del Club Social para aquella exposición/homenaje a Cachete en 1998, llevada a cabo a meses de la muerte del artista. Para realizarla se pidió la colaboración de los vecinos de Gualeguay. Hay en la ciudad/río una buena cantidad de familias que tienen, entre sus tesoros, obra de Cachete. Es una buena idea para homenajearlo que muchos de los gualeyos con los que trabó charla y amistad, acercaran esos cuadros con motivo de la convocatoria alrededor de su memoria. Ocurrió en 1998, y ocurrirá en este 2017.
Cuando entrevisté, hace unos años ya, a Medrano, me contó de su encuentro con Cachete en Paraná: “(…) A Cachete lo conocí en una exposición. Me lo presentan, y viste que a veces te parece que a la persona la conocés de antes. Nos cruzábamos en la peatonal, y por ahí agarraba y me llevaba a la librería donde él compraba papeles. Me regalaba papeles de muy buena calidad. Una vez lo encontré acompañado del doctor Pocho Vírgala, que estuvo junto a Juan L. Ortiz en los últimos tiempos. Llego a una reunión de café, estaba Pocho, otro muchacho Morelli, y me quieren presentar a Cachete. Él dice: No, qué me van a presentar al Negrito, es un gran artista, y yo siempre le digo -y era cierto- que hoy no alcanza con ser un buen artista, además hay que parecerlo. Me lo decía en función de cómo uno se tiene que armar en este mundo. (…)”.
Junto a Medrano, en el armado de la muestra, aparece dando una mano, el plástico Vicente Cúneo. En una de mis primeras entrevistas en Gualeguay, dijo de Cachete: “(…) Yo le contaba que desde muy chico, en mi niñez en la calle, porque los juegos eran en la calle, en la vereda, con todos los vecinos, cosa que hoy, bueno, es triste ver que los chicos juegan con la pantalla y nada más, es más ficción que realidad, y la mía era, por ejemplo, la bolilla, la rayuela, y yo, terminaba la jornada y tenía la necesidad de dibujar, como me saliera: el dedo con la bolilla o los pibes jugando a la pelota. Cachete me decía que yo estaba marcado para este mundo de la plástica: ‘Vos tenés la necesidad de contar con este lenguaje’. Eran clases maravillosas cuando él me explicaba desde todo su saber cada una de las cosas. No era solamente probá este material, este papel, era entrarle a lo profundo del asunto. Bien sabemos que era un expresivo total, qué fuerza vital hay en sus trabajos, y lo sabía transmitir. A veces nos poníamos a mirar una revista de arte sobre Manet, y me hacía ver cómo este tipo metía la pintura, y a esa enseñanza se agregaban las anécdotas, la biografía, la época, pero importaba, por ejemplo, cómo había trabajado la luz. Yo atendía con un silencio respetuoso, y él pegaba bien en el centro de lo que yo quería y sigo queriendo, mi pasión por la pintura. Estar con él, en las circunstancias que fueran, en el lugar que fuera, era maravilloso, siempre había lugar para el aprendizaje. Me hacía ver la composición, la sección áurea, y a veces me lo hacía entender de una manera muy simple. (…) Cachete me enseñó a tomar apuntes casi como una gimnasia, tratando de conocer los objetos y grabando sus diferencias, para que cuando dibuje obtenga mayor libertad. No tuve una enseñanza académica, sí tuve una enseñanza de vida, todos los detalles los dábamos vuelta en medio del sentir del hombre, de la misión del hombre, temas profundos. Yo le tiraba mis interrogantes, y él se prendía y terminaba haciendo maravillas. Comprendí por qué yo renegaba con lo que dibujaba, lo comparaba, y pensaba que no servía para nada. Cachete me decía que no, que de alguna manera yo necesitaba dibujar y pintar, y que no importaba lo que hiciera por otro lado para ganarme la vida: ‘Importa sí, esto que hacés. Si a vos te parece, dejá todo a un lado, como si este mundo fuera por un costado, pero en realidad va por el centro, y dale la importancia cuando vos te sientas bien para dársela’. Tenía razón, después uno va buscando una manera, no metódica, una hora, un momento, hasta que termina haciendo, trabajando, y esto también implicó un aprendizaje. Cachete me dijo que el hecho de intentar pintar, dibujar, desarrollar la actividad plástica, no es sólo meterse en ese mundo, uno debe estar compenetrado con todo lo que va pasando en la cultura, y aprender quiénes son los mejores escritores, los músicos, para que el desarrollo sea general. (…)”.
Necesario es a esta altura del anuncio, establecer algunas pistas alrededor de la vida y obra de Cachete. Elijo citar un fragmento del libro que preparo sobre el artista. Su título: “Y la nave va (Una memoria de Roberto ‘Cachete’ González)”: “(…) Me enteré de otras circunstancias de la vida de Roberto ‘Cachete’ González a través del capítulo escrito por Patricia Míguez Iñarra en el libro ‘Formas y colores de Gualeguay’ (Ediciones del Clé-2004) de Nidya Rampoldi, Patricia Míguez Iñarra y Daniel A. Gabriel. Nació el 9 de febrero de 1928 en Gualeguay. Su madre fue Martina González, su padre lo abandonó antes de nacer. Vivió una infancia pobre, el padrastro lo sacó de la escuela para trabajar. Fue repartidor de leche, lustrabotas, vendedor ambulante de golosinas. En la adolescencia brilló como arquero en el club Estudiantes de Gualeguay; el Racing Club se interesó por el muchacho. Pero Cacho (Cachete es su derivación) ya tenía una persona a quien escuchar. Al entrar al Hogar Escuela San Juan Bosco conoció al maestro Roberto Epele. Él fue quien había alentado sus cualidades artísticas, y fue él quien lo puso frente a la disyuntiva: ¿la pintura o el fútbol?, el pibe eligió el arte y se quedó en su ciudad. En 1950 viajó a Buenos Aires. Al principio no la pasó nada bien, hasta durmió en la calle. Obtuvo luego una beca de la provincia de Entre Ríos para asistir al taller de Juan Carlos Castagnino. Después estudió con Emilio Pettoruti, el maestro no le cobraba, pesaba el afecto por el alumno. Más tarde estudió composición con la escultora Cecilia Marcovich. En la Facultad de Filosofía y Letras asistió a clases de Historia del Arte a cargo de Julio Payró. En 1955 expuso por primera vez en su ciudad, en la librería de Ernesto Hartkopf, un hombre de la cultura que convocaba alrededor de su librería a hombres de distintas disciplinas del arte. En 1957 obtiene la máxima distinción en el Salón Mar del Plata. En 1960 es becado por concurso por el gobierno de Entre Ríos para hacer un viaje a Europa. En 1963 fue invitado a la muestra ‘Juventud del mundo’, llevada a cabo en el Museo de Arte Moderno de París. En 1967 fue distinguido con el gran premio de honor en el salón María Calderón de la Barca. Obtuvo el gran premio Fondo Nacional de las Artes en 1971. Ilustró una publicación titulada ‘El mate’ (junto a pintores como Policastro, Castagnino, Berni), ‘El barón rampante’ de Italo Calvino, ‘Hombre al margen’ de Marco Denevi, el ‘Martín Fierro’ de José Hernández, ‘Tucumán al paso’ de Enrique Wernicke, ‘Sinfonía de la llanura’ de Hamlet Lima Quintana, ‘La sonrisa de Hiroshima’ de Eugen Jebeleanu (junto a Laxeiro, Soldi, Carlos Alonso). En 1993 organizó en Gualeguay la muestra Pintura Argentina. En 1996 fue designado padrino del IV Congreso de Artistas Plásticos de Entre Ríos, llevado a cabo en el Club Social de Gualeguay.
(…) Murió el 26 de enero de 1998 en Buenos Aires, enamorado de Lidya Tchira, retratista ella, con quien tuvo cuatro hijos. Tuvo amigos muy especiales, entre ellos: Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi, y también tuvo amistad con Cuchi Leguizamón, Mercedes Sosa, Osvaldo Pugliese, Carlos Alonso, Ernesto Sábato, Julio Payró, Hamlet Lima Quintana, Horacio Guaraní, Rómulo Macció, Armando Tejada Gómez, Luis Felipe Noé.
En octubre de 2012 hubo una muestra de sus pinturas en Hoy en el Arte. (…)”.
El Museo Quirós recibió obra de varias personas en préstamo. Los habitantes de la ciudad/río que colaboran con el Quirós son: Zélika Alarcón, Selva Maddonni, Federico Ántola, Julio Lescá, Raúl Lescá, Familia Argot-Ronconi, Familia Daneri-Gastaldi, Zulema Moran; y obras pertenecientes al Patrimonio de la Municipalidad.
Escribí en otro texto que Cachete nunca se olvidó de su origen: de clase, porque el pintor viene desde la nada, tan llena de riesgos, y de su lugar geográfico/afectivo: Gualeguay. No se olvidó nunca de que en el Hogar San Juan Bosco de Gualeguay había, hay, pibes pobres. Nunca olvidó a los amigos. Sembró su andar con cantidad de historias. Por eso la gente de sus lugares en el mundo: Gualeguay y Buenos Aires, nunca lo olvidaron. Esta muestra/homenaje, la manera de hacerla posible, convocada y realizada por su gente, cuenta de un abrazo de afecto y memoria.

domingo, 26 de marzo de 2017

Escribir en Marzo

Una lechuza visita la cercanía de mi casa en la zona de chacras. Silenciosa. Uno de los seres que gustan de andar en la noche. De mirada atenta, fiel a su esencia. Hubo una primera vez: la descubrí sobre el poste desde donde se sostiene la luz del alumbrado público. En la sombra. Presente y oculta, respirando a conciencia. Después la vi sobre distintos postes del cerco sin alambrado que marca el terreno de enfrente. La lechuza se hizo vecina. Cuando no la veo, ella me avisa que está: un chistido, un grito de atención. Una rajadura fina en el aroma de la noche. Sonido misterioso, una tela de araña sonora que, digo, me invita a pensar, primero en que ella está ahí, y luego a revisar otros pensamientos. Fue tiempo después que, una vez conocidos los movimientos finales del día en la casa, se acercó y ocupó un lugar en la columna central de las tres que se levantan al frente; columnas de cemento con una base cuadrada en el extremo. Desde allí, la lechuza, observa la vida, y piensa. La espié, la espío, desde la ventana del escritorio; miro por entre los listones de la persiana, en los finales de labor. Ahí está, poco movimiento. Repito: atenta, pensativa.
Estos días de Marzo son un tiempo con estados de ánimo cambiantes, con lecturas diferentes, con pensamientos que piden su momento en la pista de la mirada. Con recuerdos de lecturas, de voces, de testimonios cumpliendo con el deber y el derecho de construir, de nutrir la memoria. En la relectura de “Las flores del mal” (1857) de Charles Baudelaire, me encontré con una referencia a las lechuzas. Desde la traducción de Ulyses Petit de Murat leo que ellas “meditan”, leo: “(…) Sin moverse permanecen hasta la hora melancólica en que, empujando el sol oblicuo se establezcan las tinieblas. // Su actitud enseña al sabio que es necesario que tema en este mundo el tumulto y el movimiento; (…)”.
Anoche, antes de esta escritura, pasó la dama volando frente a mis ojos. Estaba parado entre las columnas, mirando el cielo, las estrellas, la noche amiga en la que, muchas veces, encuentro las señales necesarias para enfrentar cada uno de los días. Volví de las estrellas, y seguí el vuelo de la lechuza. Se izó hasta el poste de alumbrado de mayor altura con la gracia de una pincelada lograda por la mano de un viejo pintor; de manera acariciante transitaba en el aire, como si fuera una hoja cayendo hacia la tierra, pero a la inversa, una hoja volviendo al árbol. El poste está a unos cincuenta metros de la casa. La lechuza se posó en el techo de la noche del poste, acomodó su plumaje, y me miró. Estoy seguro de que me preguntó: Y a vos, esta vez, qué te pasa.
Es Marzo, le dije, me dije. En voz baja también le dije que necesitaba, en esta noche, escribir qué me pasaba en este mes de Marzo de 2017.
Hace meses que trabajo en un proyecto de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Gualeguay. El desafío es dar forma y contenido a un libro. El tema: la memoria, y en este caso, la memoria de un grupo de personas víctimas del Terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico/militar. El libro es una Memoria sobre hijos de la ciudad/río de Gualeguay. Entre estas víctimas hay personas que no volvieron a sus casas y otras que sí pudieron hacerlo. Por quienes no están habla la memoria de familiares, amigos, compañeros de militancia; por aquellos que volvieron de las cárceles habla su propio relato de vida. Mi trabajo consiste en recoger sus testimonios, en escucharlos, en leerlos, en ver la cara de la víctima mientras habla, o en imaginarlas mientras algunos me cuentan a través de la palabra escrita. Es a partir de esta experiencia que siento el impulso de escribir en este mes de Marzo.
Horas de grabación, de charla en directo, de contacto con el horror, y luego horas de desgrabación para volver al recuerdo, al relato. Hubo momentos, días completos, en que quedé fuera de tiempo y espacio, colgado sobre algún precipicio. Me ocurría que no podía, no puedo sacarme de la cabeza, que esas barbaridades fueron cometidas por sujetos de la misma especie: hombres, simplemente hombres capaces de comportamientos tan miserables. Y hombres siendo parte de un plan ideado por hombres. Sé que esto es una obviedad: los asesinos fueron hombres. Pienso, a partir de ellos, en la capacidad del hombre para ejercer el mal.
Aquel Estado dejó de lado las leyes para fundarse en terrorista, para nacer como Estado aniquilador frente a todo aquel que pensara distinto. Aniquilador de los Derechos Humanos fundamentales. Y después la muerte, la figura dolorosa del desaparecido, los mil horrores soportados en la tortura: en cárceles y centros clandestinos de detención. Pienso en las fosas comunes, como las que vi en mi adolescencia en documentales sobre el nazismo. Pienso en las ausencias: sin tumba, sin nombre, sin cenizas, algo tan necesario, tan humano para establecer el final. Pienso en estas historias salvajes. Este trabajo me llevó al recuerdo de Dolores, la compañera del poeta Roberto Santoro, desaparecido desde 1977. La conocí en casa de mi amigo y maestro, el poeta Hugo Ditaranto. Ella iba, más de 30 años después, a entregarle a Ditaranto una carpeta que Santoro había impreso con sus poemas. Santoro no llegó a armar la publicación. Charlé con Dolores, y hace años escribí: “(…) Dolores sigue volviendo a Roberto Santoro, sigue atenta desde el colectivo, sigue recorriendo las veredas de la ciudad con la vista: ‘Por si lo veo’; sigue deteniéndose cuando ve a algún marginado de esta sociedad tratando de hacer la vida en la calle, sigue mirando cuando el porte sugiere que podría ser, por las dudas, porque quizá, porque tal vez. Así manipula momentos la condición de desaparecido, como escuché hace poco a una madre de Plaza de Mayo: ‘Sé lo que es perder un hijo, pero no sé lo que es enterrarlo’. (…)”.
Entre las víctimas del Terrorismo de Estado nacidas en la ciudad/río de Gualeguay hay desaparecidos, hay asesinados, hay presos torturados. Trabajo sobre sus historias de vida, sobre sus testimonios, y estos relatos, me llevaron a otras lecturas, a revisitar películas. Porque venía informado sobre lo ocurrido en este país, sabía muy bien qué había significado el Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, como también sabía sobre lo ocurrido en 1955, cuando los tiempos de la Fusiladora, o cuando en medio de la Revolución Argentina, el dictador Onganía repartió palos en la universidad donde una juventud, como en muchas partes del mundo, pedía por un mundo más justo. Estaba informado y de pie sobre mi vereda: mis ideas, mi elección a conciencia: el lugar/alma desde donde miro e intento entender el mundo. Y aun así, sabiendo, estando informado debido a mi oficio de escritor y periodista, lo escuchado en los testimonios, no deja de sorprenderme, de dolerme como si todo fuera una revelación.
No había leído el libro “El vuelo” (1995) de Horacio Verbitsky. Lo leí en estos días. El marino Scilingo arrojaba personas adormecidas al mar desde aviones de la Armada, los famosos vuelos de la muerte. Pregunta el periodista:
“(…) —¿Los capellanes aprobaban el método?
—Sí. Después del primer vuelo, pese a todo lo que le estoy diciendo, me costó a nivel personal aceptarlo. Al regreso, aunque fríamente pensara que estaba bien, interiormente la realidad no era así. Creo que es un problema del ser humano, si hubiese tenido que fusilar me hubiese sentido igual. No creo que a ningún ser humano matar a otro le cause placer. Al día siguiente no me sentía muy bien y estuve hablando con el capellán de la Escuela, que le encontró una explicación cristiana al tema. No sé si me reconfortó, pero por lo menos me hizo sentir mejor.
—¿Cuál fue la explicación cristiana?
—No me acuerdo bien, pero me hablaba de que era una muerte cristiana, porque no sufrían, porque no era traumática, que había que eliminarlos, que la guerra era la guerra, que incluso en la Biblia está prevista la eliminación del yuyo del trigal. Me dio cierto apoyo. (…)”.
A esto me refiero. Por ejemplo: ver en el documental “Trelew” (2007) de Mariana Arruti el testimonio del empleado de una funeraria. Había visto los cuerpos de los 16 fusilados en la base Almirante Zar de la Armada, luego de la fuga de la cárcel de Trelew (1972). El hombre recordó la imagen de una mujer. Era Ana María Villarreal de Santucho, la compañera de Roberto Santucho, el líder del ERP. Ana María embarazada de cinco meses con tres disparos en la panza.
La lechuza me mira desde la altura del poste. Podría decirle que de haberme encontrado la historia en aquellos años, yo podría haber sido un desaparecido más. No hubiese empuñado un arma, más allá de que puedo entender esa decisión en aquel marco histórico de lucha por una sociedad más justa. Desaparecido por no comprar/aceptar todo lo que vende una sociedad con dueño. Elijo escribirme para contarme que hay veces en que frente al relato me siento como desfondado, indefenso frente a la bestialidad; hay momentos en que me gana la tristeza, la negrura de un mundo, de una historia, que deja sin aire. En mi posición de padre dentro de una sociedad con dueño, veo a mi hija, y entonces pienso en todo el paisaje, el de ayer, el de hoy, y las almas se me parten y duelen desde cada imagen, cada palabra. Pero después, en otros días, o en otras partes de ese mismo día que pintaba de puro y absoluto horror, me gana un aroma de calma que me lleva, que me permite ver que a toda noche sobreviene la luz, y en este tema, el nacimiento de la luz me gusta designarlo con la palabra: Memoria. Sólo la Memoria puede acorralar las miserias, sólo la Memoria puede curar, puede fundar conciencia. Esa conciencia abierta, como herramienta vital en manos de toda la gente, es la manera de conjurar las intenciones de los miserables.
Escribo Marzo, quiero contar de mis miradas, de mis miedos y dolores. Quiero festejar la Memoria que nos permite conocer lo ocurrido. “La verdad es hija del tiempo”, así leo en el reloj de sol de la plaza Constitución. En Gualeguay, la ciudad/río, desde donde intento la Vida y la Memoria.

domingo, 19 de marzo de 2017

V Encuentro Argentino de Poesía: Del Gualeguay a Finisterre

El lugar elegido para este Encuentro es la ciudad/río de Gualeguay. El mes elegido: Marzo, del 23 al 25 de marzo, y entonces su abrazo abarca el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Llegan a la ciudad los poetas: Alfredo Luna (Catamarca), Aldo Luis Novelli (Neuquén), Maxi Ibáñez (Córdoba), Natalia Geringer (La Pampa), Héctor Berenguer, Raúl Feroglio, Ana Danich, Beatriz Vignoli (Santa Fe), Hugo Toscadaray, Alicia Agnès Pastore, Paula Carman, Laura Ponce, Gisela Galimi, Catalina Boccardo, Eduardo J. Espósito, Martín Raninqueo (Buenos Aires), Candelaria Rojas Paz, Pablo Jerónimo Dumit, Alejandra Díaz (Tucumán). Por Entre Ríos: Daniel González Rebolledo, uno de los organizadores del Encuentro.
Daniel González Rebolledo
El poeta gualeyo cuenta sobre la historia del Encuentro: “En febrero de 2012 fui invitado a un Eco Encuentro de Poesía en Rosario y Granadero Baigorria. Allí nos encontramos algo dispersos, fallaron algunos puntos de la organización por errores humanos y quedamos varados en la reserva natural de Baigorria, en una maravillosa playa sobre el Paraná. Decidimos que de ahí en más organizaríamos nuestros propios encuentros con este grupo inicial de Ecopoetas, que transformamos en Secopoetas, porque el humor fue siempre lo que nos salvó. En Octubre de 2012 organicé en Gualeguay el I Encuentro: La Orilla que se Abisma; luego Hugo Toscadaray organizó el II en San Antonio de Areco; siguió el III en Las Parejas, Santa Fe, organizado por Raúl Feroglio; el IV en Tucumán, dentro del llamado Festival del Esperancero, organizado por Pablo Dumit. Ahora vuelve a Gualeguay con este ‘núcleo duro’ de Secopoetas, incorporando otras voces en cada lugar que se va realizando, o sea, ampliando el espectro de poetas de distintas provincias que se suman a los Secopoetas con su calidad en el trabajo con la palabra”.
El V Encuentro recibe el título de: Del Gualeguay a Finisterre. Pregunto a Daniel por la designación: “El título se debe a que somos poetas de la orilla, al menos si entendemos que siendo poetas en plena producción, no estamos en el cannon de las grandes editoriales, la Poesía en general no lo está, pero este es otro cantar. Cuando pensé en dónde estarían alojados los poetas visitantes, así como en el 2012, andaríamos desde la orilla del Río en los bungalós municipales hasta Finisterre, que es mi lugar en el mundo, la chacra donde vivo entre pecanes, ovejas y galllinas. Por eso: Del Gualeguay a Finisterre”.
El V Encuentro en marzo, y nada de casualidad: “Cuando comenzamos a pensar en fecha, hay una especie de ‘mesa chica’ entre Toscadaray, Pastore, Feroglio, Dumit y yo, tiré la idea del fin de semana del 24 para reflexionar un poco entre nosotros primero, y luego cómo re-significarla entre los jóvenes desde la poesía, o ampliando desde las distintas expresiones artísticas; pero no para quedarnos en el llanto, sino para decir que continuamos, que los jóvenes no olvidan, pero viven también en el hoy con muchísimas luchas invisibles; tampoco hoy es sencillo y armonioso ser joven en un sistema injusto, y que de última podemos hacer todo esto en Democracia, en esa democracia tan duramente conquistada. De allí surge que el 24 sea un momento especial de este Encuentro, donde los poetas participantes darán voz y cuerpo a la palabra de aquellos poetas desaparecidos o exiliados por la dictadura cívico/militar que comenzó en esa fecha, hace 41 años. Esto será en el Anfiteatro del Parque Quintana, con sonido, o en caso de lluvia en el Salón de Liebre de Marzo, y queremos que se amplíe con jóvenes músicos, plásticos, artesanos, performers, voces nuevas en la poesía local. Este momento, de unas 3 hs. de duración, se denomina Festival Nido de la Memoria”.
Algunos lugares, mecánica del V Encuentro: “Cuando busqué los lugares de rondas públicas de lectura, repetí lo que ya habíamos hecho en el 2012 en el Concejo Deliberante, por considerar que es el estrado del pueblo donde sesionan sus representantes, y la Biblioteca Popular por su carga maravillosa de personajes literarios nuestros que por allí han transcurrido. Esta vez por fortuna, también la Sub Comisión de Cultura del Club Social medió para conseguir 2 fechas en ese maravilloso Salón que tanto ha visto desfilar bajo sus luces, y de este modo se cumpliría el cronograma de esta actividad núcleo de todo Encuentro de Poesía, escuchar, cómodamente sentado, la palabra desde sus mismos creadores. En cada lugar habrá un conductor que leerá un brevísimo currículo de cada poeta participante, el cual no podrá luego exceder los 7 minutos para dejarnos su palabra. Escuchar poesía no es algo a lo que el público en general está acostumbrado, pero es una experiencia donde dejarse llevar por el mundo interior de cada uno, movilizado o estimulado por la palabra y la imagen de cada poema, es realmente toda una experiencia, como escuchar música, como asistir a cualquier otro hecho artístico”.
Daniel González Rebolledo confiesa: “A veces me pregunto, y en este momento, a medida que va avanzando el momento de concretar el Encuentro, con tanta gente valiosa que se moviliza desde lugares lejanos, la pregunta se hace algo insistente: tiene sentido tanto esfuerzo para promover un hecho artístico que tal vez sea valorado por escaso público, porque los gualeyos trabajadores de la cultura sabemos que no es sencillo convocar gente para escuchar poesía, a pesar de la fama y del renombre de la Capital de la Cultura de la Provincia que resuena por donde quiera que uno ande. Pero luego, sabiendo que para el poeta visitante, el solo hecho de estar respirando el mismo aire, viendo la misma orilla, el mismo campo o el Clé casi mítico, es en sí mismo un motivo disfrutable, me distiendo y pienso, vaya mucha o poca gente a cada momento del Encuentro, las ‘tertulias amundsianas’, recordando a Marechal, o sea, el encuentro en las comidas y reuniones entre nosotros, poetas de distintas geografías y realidades, con sueños y proyectos similares, también amerita ponerle el cuerpo a organizar algo que celebre la creatividad, el empuje, el ‘mirar por arriba de los tapiales’ como decía el Juan Amaral de Emma Barrandéguy”.
El Cronograma del V Encuentro es el siguiente: Jueves 23: 10,30 hs. Escuela Secundaria Francisca Herrero de Manauta. / 14.30 hs. Charla/taller en la Unidad Penal. / 18,30 hs. Lecturas públicas y simultáneas: Salón Concejo Deliberante (Municipalidad), Salón planta alta Biblioteca Mastronardi. / 20,30 hs. Ronda Inaugural Encuentro en Salón de Fiestas Club Social Gualeguay. // Viernes 24: 17,00 hs. Festival Nido de la Memoria en Anfiteatro Parque Quintana o Sala Teatro Liebre de Marzo (a confirmar según clima). // Sábado 25: 20.30 hs. Ronda de Cierre Encuentro en Salón de Fiestas Club Social Gualeguay. Entrada gratis. Auspician: Municipalidad de Gualeguay, Sub Comisión de Cultura Club Social Gualeguay, Sociedad de Fomento y Biblioteca Popular Carlos Mastronardi, Teatro Liebre de Marzo. El dibujo para el afiche del Encuentro es de Juan Soto, de la revista Fierro, y el diseño del poeta Lautaro Ortiz: “Se destaca allí el carácter ‘orillero’ del mismo, ya que somos un pueblo de orillas, y quienes nos visitan, también orillean el campo social de la Poesía, desde la más absoluta entrega desinteresada. Rejuntarse y pensar, darse energía, proponer, proyectar nuevos encuentros, de eso también se trata la orilla. Colaboran el locutor Fernando Núñez, gualeyo que trabaja en Radio Continental, y la licenciada en periodismo y comunicación social Estefanía González Rebolledo.
Pienso en esta Gualeguay de Marzo, en estos días en que es tan necesario ejercer el deber y el derecho a transitar a conciencia el camino de la Memoria. Tiempos estos en que tan necesario es invitar a quienes todavía se desentienden de la importancia que tiene la lectura de la historia, la importancia de mirar desde distintos lugares los relatos amanecidos. Un amañado y devaluado mito del eterno retorno suma distraídos a sus filas. A estos tiempos veloces se los frena a pura conciencia. Pienso en esta Gualeguay de un nuevo 24 de marzo, y me detengo en el hecho de que su Asamblea Permanente por los Derechos Humanos logró, por ordenanza votada en el Concejo Deliberante, que 19 calles de la aldea lleven el nombre de víctimas del Terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico/militar, y de militantes de Derechos Humanos. Nombres de hijos de la ciudad de Gualeguay. Pienso en nombres de calles, un símbolo siempre a la mano para los dueños históricos del país: el poder económico. Y pienso también en este Marzo que amanece con un encuentro de poetas, convocado desde la necesidad de ejercer la Memoria. Para ello hay distintas sintonías: el nombre de militantes en las calles, llevar con la palabra la identidad de esos nombres hasta todo aquel que quiera saber: quiénes fueron estas personas, en qué creían, cuáles sus sueños; es la poesía uno de los peldaños más altos de la Memoria, y entonces de poetas se visten algunas jornadas.
Desde que me enteré de la sustancia del V Encuentro pienso en un poema de Roberto Santoro “El gran bonete”: “a mi país se le han perdido muchos habitantes / y dice que algún cuerpo de ejército los tiene / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la policía / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la cámara del terror / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / los organismos parapoliciales / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene?”. El mismo Santoro sería desaparecido por los asesinos en 1977. Santoro, quien fuera refugiado en Gualeguay cuando los asesinos le pisaban los talones, había escrito en la “declaración jurada” de su carpeta “No negociable”: “Si mi poesía no ayuda a cambiar la sociedad / no sirve para nada”.
Gualeguay con la poesía en las calles y en la plaza. Poesía en el Reloj de Sol de plaza Constitución y en el Nido de la Memoria. En el paisaje de la ciudad/río un encuentro de almas, siempre en ronda alrededor de la Memoria.

domingo, 12 de marzo de 2017

Mario Tamaño recuerda...

La lectura de un libro, la práctica a conciencia del juego de la lectura, puede tener “serias” consecuencias para el mundo y las emociones del lector. Un libro puede abismarnos el alma, puede fundar patrias otras, inaugurar viajes en el tiempo, ser emisario del asombro y el miedo, ser un llamador de lágrimas y alegrías. Una obra como “Mi libro de otoño” (Ediciones del Clé, 2016) de Mario Tamaño entregó a este lector, ahora devenido en cronista de una lectura, esa sortija que a veces queda en la mano cuando el giro se hizo mágico, y entonces quien lee siente que se ha hecho amigo del autor. Mientras leía a Mario, una y otra vez me decía por lo bajo: cómo me hubiera gustado conocer a este hombre. Entonces se presentan ciertas cuestiones: ¿conocerlo?: si ya lo conozco, leí su libro; claro, me refiero a conocerlo personalmente; me digo: Mario hace unos años que se fue para la otra aldea, la otra orilla del río, pero sin embargo podría decir que estreché su mano, de hecho, la estrecho cada vez que tomo su libro; pienso luego en el valor de las memorias, y en este caso, de un libro de memorias: esos caminos, las historias, y la manera de caminar del testigo prueban, en humana sintonía poética, una verdad incuestionable: mientras leo a este hombre la muerte no existe. Cuando nace la magia entre aquello que se cuenta y cómo se lo cuenta, el autor, simplemente transcurre, transita, retorna. Esta maravilla puede darse en los días a través de la vieja nao de amplias velas al viento: la forma libro y su puente de tiempo.
Mario Tamaño
A “Mi libro de otoño” se entra con una invitación de Zélika Alarcón, la compañera de vida de Mario. En las palabras previas, Zélika cuenta: “(…) Fue un constante e infatigable lector, no tenía preferencia por un determinado género literario, tal vez fuera la novela lo que más asiduamente abordaba; la prueba está en su biblioteca en donde se cuentan por cientos los libros de este género, aunque la poesía, el cuento y el ensayo siguen presentes aún hoy en sus estantes. Movido por una cierta inquietud intelectual comenzó a escribir lo que solía denominar sus memorias, su ‘libro de otoño’ como él lo llamaba, pero que en realidad es una compilación de lecturas y vivencias. Es así que en el transcurso de algo más de veinte años escribió doce cuadernos de los cuales he rescatado aquello que consideré interesante y digno de divulgación (…)”. Es así como el lector se entera de la destacada labor de Zélika, porque fue ella quien fue seleccionando los textos que hoy hacen posible el transcurso, el tránsito, el retorno de Mario como autor. Zélika sabía del hombre, entonces brindó su sensibilidad y su trabajo frente a los cuadernos, frente al nacimiento del árbol.
Mario cuenta sus memorias fundacionales de infancia y juventud en el paisaje del distrito Yeso, terreno de magia dentro de la Selva de Montiel, en ella el arroyo Yeso, Corral Redondo, el arroyo El Penco, coordenadas geográfico/maravillosas donde transcurren sus historias. Sobre esta tierra del norte, dentro del abrazo del departamento de La Paz, se concentran la mayoría de las historias y los personajes. Otra época se alumbra a través de costumbres y hechos. Mario Tamaño nombra a personas que vuelven así de la muerte, con sus oficios y destinos de vida. Un mundo, hoy desaparecido, que retorna como retorna el mismísimo Mario.
Óleo de tapa: Mario Tamaño
La escritura de Mario se sostiene además en su mundo de lector. En esos cuadernos transcribía lecturas (fragmentos, poemas, pensamientos) de autores que eran de su agrado. Muchos de ellos aparecen en las páginas de “Mi libro de otoño”, solo por nombrar algunos notables: Federico García Lorca, Withman, Ingenieros, Kipling, Goethe, Marcelino Román, Leoncio Gianello, Alfonsina Storni, Eise Osman, Amado Nervo, Miguel Hernández, Antonio Machado, Baudelaire, Emma Barrandéguy, Alfonso Sola González, Alfredo Veiravé, Ricardo Molinari. Es la lectura a lo largo de toda una vida la llave que hizo posible la escritura de Mario. Lectura y observación atenta de todo aquello que lo rodeaba: el paisaje de la vida. Estoy seguro de que en sus cuentas nunca figuró ser él mismo un escritor, nunca tuvo esa pretensión, y quizá debido a esta postura en libertad, es que en muchos pasajes de “Mi libro de otoño”, Mario Tamaño dio con la construcción literaria. Sin proponérselo, hizo literatura.
Pienso en el libro y me digo: es una comunión de regresos, una convención de buenos fantasmas, y es en esta sintonía que elijo los alrededores de este tema para presentar la escritura de Mario. En sus historias, sus estampas, y si digo estampas, digo fotos, y entonces Roland Barthes me habla del click fotográfico como el sonido de la muerte, y luego anoto que este click de muerte, con aroma de escritura, ofrenda nueva vida para que aquello que fue, retorne como reflejo literario.
Anotó Mario en “La Casa asombrada”: “Así se llama en nuestra provincia a aquellas casas donde ocurren hechos extraños con aparecidos, ruidos de pasos, gritos, galope de caballos. (…)”. No conocía esta poética manera de designar a este tipo de casas. A continuación una foto, una estampa, una historia mínima de las tantas ofrecidas: “En una vieja casa de madera, situada en el medio de la selva de Montiel, distrito Sauce de Luna, pasaban cosas extrañas. Nadie quería habitarla hasta que, por los años 27 o 28, y a raíz de la demanda de leña para el ferrocarril se instalaron varios obrajes en las proximidades del Arroyo del Medio. La casa asombrada la alquiló una empresa contratista de hacheros. Allí vino a vivir un viejo inglés del que no recuerdo su nombre. Una noche, ya acostado, escuchó que en el patio estaban hachando leña, y luego comenzó a oír el llanto de una criatura. Molesto, se levantó, se vistió y tomando un arma, abrió la puerta del inmenso caserón. Con gran sorpresa el míster constata que no había nadie, ni hachero ni niño alguno. Recorrió varias dependencias y no encontró nada. Esto, a menudo volvió a repetirse, por lo que el gringo, que decía que no creía ni en brujos ni aparecidos, encontró una explicación no sé si filosófica o física, pero muy práctica para poder vivir con tranquilidad. Él decía que la vieja casa de madera, guardaba sonidos, los que al soplar el viento se dejaban escuchar. Eran los sonidos de épocas pasadas que habían quedado guardados entre las maderas de la construcción. Esta vieja casa fue demolida en 1938”. La revelación mágica del viento es un hallazgo poético.
Mario cuenta a lo largo del libro varias historias de fantasmas, y lo hace dejando constancia de todas las sintonías de esos otros mundos: “(…) La vieja cocina, mi madre, tardes de frío y garúas. Mi padre… nunca le dije que lo admiraba y lo quería. La dicha vive, a veces, dentro de uno, sin saberlo. Los fantasmas vuelven a mí… El ladrido de los perros en Federal… El coche motor llegando a la vieja estación. La luz mortecina, amarillenta de los almacenes y los gauchos jugando al truco…
Paraná, con mi madre en el tren. Un viejo coche de plaza, hasta la calle Rivadavia. La ciudad temblando bajo la lluvia. Días fríos, atardeceres tristes. La escuela del Centenario… Mis hermanos… mi amigo José. Aquella tristeza… y el miedo…
El ruido de la usina de La Paz. Las noches de guardia y fusil... y el frío…
Los algarrobos del campo grande… la niebla y un molino alto, sin ruedas… el ruido de la tranquera que se cierra… el ladrido de los perros… el olor del recado recién desensillado… Pindú... el relincho del nochero… gente a caballo, sin rostros... el olor del humo en la cocina vieja… el viento en el carandazal. Sé que ya no volveré a ver ese paisaje… el hotel de Calleja… el espejo. Una calle larga, con lluvia... sin voluntad… la ausencia… la melancolía. (…)”.
Obra de Mario Tamaño
“Mi libro de otoño” también es el registro del pensamiento y las sensaciones de un hombre que, habitante ya de las alturas de la vida, sabe a conciencia que nada es para siempre. Como hombre que piensa, hombre de almas despiertas, no puede desentenderse de la aproximación del final. Charla con sus recuerdos, y funda amistad con ese final. Mario se estudia, se presta atención mayúscula frente a las señales que aparecen en su presente y las llegan desde su pasado. Retorna a los afectos perdidos en el tránsito, festeja los presentes. Se escribe despidiéndose, como lo hacen aquellos hombres que han sabido de la vida y de sus tesoros verdaderos. Un hombre valiente que sabe del triunfo y la derrota: los sabores de la vida.
Obra de Mario Tamaño
En “Hoy pienso en el río. Lo tenía ahí cerca y no lo aproveché” leo: “Escucho aquellos trenes de mi mocedad, con noches de frío y niebla. Trenes largos que aullaban allá por Sauce de Luna. La gente en los andenes y el rostro de mi padre. En la niebla de mi olvido un perro ladrando, el olor del pan casero y el brachichito… Algún día volveré sobre mis pasos recorriendo el sendero de mi niñez. Soy del campo aquel, bravío, con caminos olvidados, y árboles, de pronto, callados. Mi corazón de niño y la angustia. El viento persiguiéndome. Tal vez me cuidaba, en aquellos años lejos de mi casa. Entonces aquel viento no era olvido. Siempre, a pesar de estar lejos de mis afectos, mi corazón permanecía junto al carandazal. No conocí todos sus secretos y eso me apena. Lejos de mi tierra, pienso en aquellos días, en el camino del ciervo y los zorros, y en mis hermanos, con quienes jugué poco. Mi padre, puro coraje, fumando, con su sombrero gris, en esa galería con enredaderas. El frío de gurí. Me gustaba la escuela. Por ese camino largo, el humo y las estrellas, y aquel llanto de un niño.
Siempre los trenes perforando la noche con su ojo de Polifemo. La gente en los andenes. Y yo, caminando apurado bajo la llovizna. Un perro que me lame una mano.
Sigo mi camino, sin infancia. Todo está lejos. La nostalgia me muestra tu rostro de niña que vi una vez y no olvidé.
Un paredón largo y oscuro. Zaguanes con parejas de novios. Luces amarillas y tenues en las esquinas. Una hoja en la tormenta”. Así escribió Mario Tamaño, también poeta.

El libro se presenta el 18 de marzo a las 21 hs. en el Club Social.
Obra de Mario Tamaño