domingo, 15 de julio de 2018

En la casona de calle Belgrano


El egregio poeta Carlos Mastronardi era amigo de Elsa Serur, poeta y escritora, y Eise Osman, pensador, poeta, escritor, y destacado cultor de la fina herramienta llamada aforismo. Los Osman también eran amigos de la novia “eterna” de Mastronardi: Eduarda Beracochea. Ellos vivían en Haedo, y Eduardita tenía especial interés en regresar a Gualeguay. Los Osman tenían preparada la vieja casona de calle Belgrano y Mitre, pero solo la ocupaban los fines de semana. Sus actividades aún se desarrollaban en Mansilla. Entonces el gesto: le ofrecieron vivir en la casa a Eduardita y Mastronardi. Todo dispuesto, pero Eduardita falleció en la siguiente nochebuena. Solo el egregio poeta terminaría viviendo en la casona. Y la muerte de la “eterna” novia lo afectó mucho. Viviría en la recobrada Gualeguay poco más de un año, desde principios del 75 hasta el otoño del 76. Durante ese lapso, los Osman ya estaban instalados en su casa.
Carlos Mastronardi
En la vieja casona de calle Belgrano ocupo mi lugar para primero escuchar a Elsa y Eise, y para luego charlar un rato. Eise siempre me dice: “Vení cuando quieras, esta es tu casa”. Y tanto lo agradezco. Compartir momentos en la casa de los Osman es parte de la resistencia a la bulla, es una renovada toma de conciencia sobre el paisaje y la criatura.
Pregunto por Mastronardi en la casa. Cuenta Eise de aquella amistad fundada en la noche de Buenos Aires, en el mítico café Tortoni y en boliches otros: “Él vivía atrás, en una pieza, ahí también vivió Manauta, con quien también tuve amistad. Mastronardi tenía una relación profunda conmigo, era muy respetuoso. Y discutíamos mucho sobre el espacio y el tiempo. Yo le decía que el ‘instante’ no existe, porque sería una porción de tiempo sacada del devenir, y este no tiene ‘instante’; lo que nosotros llamamos ‘instante’ es una especie de abstracción que hacemos de esa continuidad del tiempo, por lo tanto eso habla de que no hay una parcelación, eso es un invento nuestro; partimos de cosas que no existen, no hay forma de detener el tiempo. Una vez me mandó una carta dándome la razón. Hablábamos de cuestiones filosóficas hasta las 4 de la mañana. Hubo un intercambio muy intenso de pensamientos; por él conocí a Borges, con quien tuve una charla muy profunda. Mastronardi aceptaba lo que vos elaborabas con profundidad porque, si los niveles no se acortan, la comunicación es inútil, y habíamos acortado los niveles entre los dos: él bebía en lo que yo decía, y yo en lo que decía él, un intercambio de relación filosófica en profundidad. Era un tipo muy formado, y no podías andarle con chiquitas. Nos caímos bien. Fue un encuentro beneficioso para los dos. Él acopió algunas cosas mías y yo acopié muchas de él. Un intercambio cultural muy intenso”.
Eise Osman
Eise relata y a la vez desarrolla ideas: “Compartíamos la mirada sobre el mundo, pero él me decía: ‘Tomé, le doy un revólver y mátese, usted no cree en nada’, y yo le decía que no creo porque en general sabemos poco; él también era escéptico, pero era un escepticismo tolerado. Si vos te empezás a hacer preguntas, y empezás a filtrar lo que uno dice, hace y piensa, te das cuenta de que estás manoteando en la nada. Hay que ser soberbio para creer que uno tiene la verdad. ‘El mundo es una sombra y el hombre es el lector de las penumbras’, escribí. Denme un punto de apoyo y moveré el mundo, y no hay ninguno. Eso te hace escéptico. La vida es una continua pregunta. Soy escéptico, sí, pero más que nada del ser humano, porque las relaciones profundas del ser humano dejan a veces mucho qué desear; salvo los menos, que han profundizado la vida y han proyectado esa profundización a través de su conducta, porque profundizar la vida es comprenderla, es acercarla a cierta humanidad. La comprensión desnuda tu humanidad. A veces las relaciones no son humanas, son antihumanas. Mastronardi no era de discutir por discutir, escuchaba y veía lo que vos decías”.
Mastronardi y sus maneras: “Tenía carácter fuerte y no toleraba una estupidez. Un tipo de una gran sensibilidad. Una de esas personas que si vos la comprendés, llegás a disfrutar una charla profunda, pero sin muletas, hablando a calzón quitado. Él tenía una profundidad que Borges mismo admiraba. Pero Borges estaba más alienado de la realidad cotidiana que Mastronardi”. Elsa comenta que ciertas posturas de Mastronardi eran debidas a su ego. Eise continúa: “Tenía un sentido generado a partir de vivir una vida muy romántica; él no había tenido experiencias duras en la vida, y si tenés esas experiencias, con inteligencia, sabés profundizarlas, y al hacerlo profundizás tu humanidad, luego profundizás la comprensión de la gente y del mundo”. Me sorprende que el autor de “Memorias de un provinciano” usara el conocimiento aromado con cierto aire de superioridad. De hecho, estaba, en directo, escuchando a un pensador respetuoso, accesible, humano. Planteo mi mirada. Eise afirma: “Yo tendré mil defectos, pero nunca en mi vida he humillado a nadie, ni he rebajado a nadie; considero que el ser humano debe tener comprensión para que todos tengan comprensión con uno. Es recíproco, si vos respetás al otro, lo único que le queda es respetarte. Cuando uno ha venido de abajo, ha acumulado sufrimientos, elaboraciones y luchas, que te hacen más completo en el mundo. Uno no es ajeno, uno pertenece a todo. Mastronardi, cuando venía gente que no estaba a nivel, empezaba a jugar con temas, para ver si la gente entraba en una discusión; si no había respuesta hablaba de manera irónica. A nosotros al principio nos tanteó, hasta que se dio cuenta de que habíamos leído mucho”. El conocimiento era una de las maneras de abrir la puerta de admisión en el poeta.
Y el conocimiento y sus alrededores llamó la palabra de un Eise profundo y escéptico: “La realidad que vivimos es alienante, y es tan alienante que a veces hacemos una relación de tiempo, espacio y conceptos que están equivocados, pero que sirven para poder suplir nuestra falta de comprensión del universo. Saber todo, no sabemos; ¿ignoramos todo?, sí. Ahí comienza la duda, y de la duda se va a la búsqueda, que a veces te deja un sabor amargo. Te das cuenta de que las relaciones humanas, temporales, efímeras a veces, profundas otras, son un carrousel donde uno va dejando parte de la vida tratando de comprender parte de lo que somos. Es decir, estamos alienados, por lo tanto de la comprensión profunda del mundo estamos ajenos, y ese sistema nos hace vivir ajenos a nuestras profundas intenciones. Hay una especie de vacío existencial donde uno, si profundiza, se da cuenta que ese vacío es insalvable. Tratamos de conectar esas relaciones humanas poco transparentes, es como andar la vida con bastones, y tenemos más bastones que convicciones. Decía Antonio Machado: ‘El hombre es por natura la bestia paradójica, un animal absurdo que necesita lógica’, y cuando esto se comprende, que no hay ningún punto de apoyo para el mundo, nos damos cuenta de que somos un niño desamparado que no puede profundizar en el conocimiento de la vida. Hay como un alejamiento, a través de las relaciones humanas, de las profundidades de la vida. Vivimos en una elucubración mental donde tratamos de interpretar una cosa existencial que se nos esconde. El conocimiento es saber que somos desconocidos de todas las cosas profundas de la vida”.
Otra vuelta de tuerca: “Mi pensamiento no es filosófico, sino una interpretación filosófica de la vida. La filosofía sirve para conocer un razonamiento, pero no quiere decir que ese razonamiento sea lógico; es lógico dentro de la estructura humana, pero cuando vos profundizás, esos pensamientos son personales y están en comunicación con el mundo, son su representación. Es un conocimiento que trata de interpretar el mundo, pero nunca llegamos a hacerlo porque hay cosas que escapan a la racionalidad. El hombre vive en un mundo donde la mayoría son preguntas. Buscamos la coherencia, pero lo es dentro de un discurso, no dentro de la realidad. Uno anda por el mundo balbuceando tras una coherencia que nos es ajena”.
Y en todo este paisaje, el hombre: “El hombre cambia continuamente porque es un ser cambiante; hoy es de una manera, el que me suceda será diferente. El hombre es una variable continua de la interpretación del mundo, porque el mundo es indescifrable. Si el mundo fuera descifrable no habría variación en la conducta del hombre. Esta vida que vivimos no es coherente, es de alienación, estamos alienados de la verdad; se tiene la soberbia en un círculo de conocimiento, una verdad minúscula que se disuelve en el mundo entero”.
Pienso que siempre, cada hombre, único, irrepetible, hace lo que puede. Hacemos lo que podemos como los “lectores de penumbras” que somos. Cada vez que charlo con Eise Osman me queda claro el paisaje de encrucijada que se abre a cada paso; una historia plena de misterios, cuál el desafío mayor cuando el ser humano, y pienso en este presente, el ser humano como parte de la sociedad de la cáscara que nos cobija, o mejor, que nos enreda para que poco se piense, para que menos se sepa, para que casi nadie se pregunte (por más que ante nosotros el abismo sea insondable). Y pienso que ahí quizá se encuentre nuestro extra, nuestro seguro, como especie, señalo como extra: el intento, la perseverancia de unos pocos vigías y pensadores haciendo escuela, la que trata de descorchar las preguntas aparecidas en cada noche. Tengo suerte, me digo, porque hace tiempo que me pregunto y trato de entender historias y libros, aciertos y errores, memorias y miserias del ser humano; y me digo, tengo suerte además de poder asistir a clase cada vez que tomo asiento en la vieja casona de calle Belgrano, donde me reciben mis amigos Eise Osman, Elsa Serur, y también el buen fantasma de Carlos Mastronardi, que me tantea para saber a qué altura de los enigmas me encuentro. Con aroma de superioridad y cariño disimulado -lo sabe Elsa: en su libro “Diálogos con Carlos Mastronardi” da fe de los regresos del poeta a la casona-, me mira. Yo aviso que nada más estoy pidiendo permiso para poder escuchar a los que saben raspar lecturas, en profundidad, sobre las penumbras. Le digo al buen fantasma del egregio poeta que simplemente disfruto contando historias, ideas y lugares.

domingo, 8 de julio de 2018

Desde la batalla y el silencio


Contar, tejer, imaginar historias de amor, un intento inevitable para todo aquel que sabe que, a su manera, a propio impulso y ritmo, deberá construir, relatar, escribir la novela propia de sus historias de amor. Un puñado de momentos, de posibilidades que se soñaron, cada vez, como llegada indubitable de “la historia de amor”. Aquella historia que dejará en el mundo anecdótico -donde van a parar los retazos, los recortes que levantan ciertos velámenes del pasado- que resguarda, en lejanía, aquello que no fue, pero que a su vez no desaparece, porque en ellos la prueba de que estamos, de que estuvimos vivos. Porque de intento, búsqueda de amor, de humano amor, desesperado trago de vida, se trata; necesitados todos de la “verdad” de las historias que hicieron posible la historia.
Parela (1989) de Roberto "Cachete" González
Puede suceder en la historia de vida del ser humano que la identidad, los sueños, las construcciones sensitivas e imaginadas, tengan como resultante un gesto definitivo. Dicho gesto puede ser puesto en escena a través del intento sobre un oficio que puede llevar hasta el territorio del arte; puede ser puesto en escena, en una versión más especulativa, cuando el gesto humano está dirigido a la sencilla acumulación de riqueza y fama; una decisión poco poética, pero que puede ser muy efectiva para el ego del humano lanzado tras la notoriedad de la moneda. Y entonces, habrá sido “el gesto” de vida de aquel que sueña con ser poeta, y más allá de los resultados obtenidos, habrá estado bien fundar su gesto de valentía, acción en la que se ofrenda la vida toda: esos gestos en que uno coloca sobre el churrasquero todo aquello que fue, que es y que será. De la misma forma, el pichón de empresario calculador, fundará su gesto triste de ave rapaz que se interesa por el grano que correspondía a su semejante, de manera decidida. Como me decía el amigo Salvador Linares -hoy buen fantasma, ayer crítico de arte- al momento de pintar este mundo, estos tiempos: afirmaba que hoy, más que nunca, la cuestión pasa por hacerse una pregunta ética, es decir, preguntarse para saber: “de qué lado de la línea te encontrás”, podría haber redondeado el Indio Solari cuando era Redondito y de Ricota.
Vuelvo a los difíciles territorios por donde, por lo general, transitan las historias de amor, de sincero amor; pienso en la historia que entra a este, mi espacio de escritura, y me digo: se trata de sincero y desesperado amor.
No se conoce con veracidad de dónde, de qué historia, llegaba la Delfina, cuando se dio el encuentro con Francisco “Pancho” Ramírez (1786-1821). Ella, una mujer hermosa, enamorada. El Supremo Entrerriano fue hombre enamorado, y fue parte de este amor clandestino. Porque el hombre estaba oficialmente comprometido con otra dama: Norberta Calvento. María Delfina lo acompañaba en la batalla, por amor, desesperado amor. Norberta Calvento esperaba su regreso, por amor, por desesperado amor.
Recorriendo las páginas de ““La Histórica” Patrimonio, monumentos y escultura pública de Concepción del Uruguay 1783-2011” (2013), un gran trabajo y memoria sobre su ciudad de parte del escultor Mario Morasan, un asiduo visitante (ha participado en los encuentros de escultores) de la ciudad/río de Gualeguay, me encontré con algunas referencias relacionadas con esta historia de amor: “(…) Cuenta la tradición que el 10 de julio de 1821, ella cabalgaba junto al caudillo y algunos soldados, cuando una partida de soldados enemigos los sorprendió en inmediaciones de Río Seco en Córdoba. Delfina intentó ponerse a salvo huyendo hacia el norte, pero cayó en manos de los enemigos. Ramírez regresó y consiguió rescatarla, pero es derribado por un disparo que le dio muerte. Dos soldados del caudillo la sacaron del lugar y pusieron a salvo su vida. (…) Después de la muerte del ‘Supremo’, Delfina se instaló en nuestra ciudad donde falleció el 28 de junio de 1839.
Fue sepultada en el antiguo cementerio, en el actual barrio de La Concepción. Hoy, a la izquierda de la capilla, se levanta una cruz en memoria de los que fueron enterrados allí. Debajo una leyenda: ‘Junto a la cruz bajo este cielo abierto / su casa alzaron los conquistadores / la soledad venciendo y el desierto / Caminante: rogad por cada muerto / alma de los primeros pobladores’.
Debajo de la anterior encontramos otra placa que dice: ‘En este lugar que fuera camposanto reposan / los restos de DOÑA MARÍA DELFINA / la legendaria Coronela del Ejército Federal / Del Supremo Entrerriano / Falleció el 28 de junio de 1839 / PAZ Y RECUERDO / La Comisión Municipal de Cultura’.
En el libro de defunciones de la parroquia Inmaculada Concepción se lee:
‘Sepulto con entierro rezado, el cadáver de María Delfina, portuguesa, soltera, no recibió sacramento alguno, de que doy fe, Agustín de Los Santos’.
Otro homenaje que recuerda a esta valiente mujer es el paseo peatonal de la Defensa Sur Néstor Kirchner, que por la Ordenanza N° 8.155/2007, se lo llamó ‘Paseo La Delfina’. (…)”.
En torno al final de Pancho Ramírez en relación al rescate de su amada, hay versiones enfrentadas. Más allá de estos detalles que hacen a la escritura de la gran novela por los narradores de la historia en los pliegues del relato argentino, escritura además que cabalga sobre la mismísima escritura de la novela propia, es decir la de aquellos que contaron a partir de las sensaciones primeras desencadenadas por los hechos, los “sucedidos” no hacen más que fomentar imaginaciones varias. Si a la Delfina la rescataron otros soldados y no el Supremo, será detalle para que discutan quienes gusten y mejor sospechen. Digo -tratándose de una historia de amor-, que me gusta pensar que fue Ramírez, el héroe, y si no lo fue, habrá tenido tantas ganas de serlo que el hecho se fundó fantástico para que luego memoria romántica sea entre los que creen en el amor y en los maravillosos cuentos que viajan en la tradición oral.
La Delfina fundó su gesto de amor acompañando a su hombre hasta en el campo de batalla. Luego de la muerte del Supremo, fue a vivir en Concepción del Uruguay. Se cuenta que tuvo algún pretendiente de nombre; se cuenta también de la existencia de algún amante.
Mientras el Supremo moría, Norberta Calvento lo esperaba. ¿Quién fue Norberta? Era nacida en 1790. Una joven de sociedad. Otra hermosa mujer. Distinta a la Delfina. La escritora Lorenza Mallea (María Esther Orihuela Cook, viuda de Salles 1909-2000) en su libro “Evocaciones” (Municipalidad de C.del Uruguay, 1975) escribió: (…) Antes de partir a la que sería su última campaña, el Supremo se comprometió en matrimonio con Norberta; en los atardeceres, desde la esquina de su casa, contemplaba, mirando hacia el poniente, la cuchilla por donde en varias ocasiones vio aparecer a Francisco, y esa costumbre la conservó hasta el final. (…)”. Memoria de amor en un “mientras tanto” de larga espera, y memoria de amor para el después de la muerte de su hombre. Norberta Calvento fue sepultada el 22 de noviembre de 1880 en el cementerio de la parroquia de Concepción del Uruguay. Tenía 92 años: había sobrevivido en el lamento de su historia, un generoso puñado de años: 59. Murió, según se acredita en el acta de defunción, de congestión cerebral.
Mientras pasaban esos años, más precisamente en el año 18 de esos 59, Norberta Calvento supo de la muerte de doña Delfina, la otra. La Delfina, mirada con recelo por la “sociedad”, había muerto en la misma aldea que habitaba la Calvento, también vista y juzgada por la “sociedad” de los que suponen ser salvaguarda de “la moral y de las buenas costumbres”, y entonces -condena de ciudad chica-, de paso, se ensaya la burla, el chisme, la discriminación fundada en cualquier especie informativa. Las mismas calles, la misma gente, el látigo de la lengua para ambas. Y en esa misma ciudad, Norberta sabe del tránsito de la Delfina. La imagino pensando en su propia muerte, y pensando en Ramírez. Imagino el paso lento del coche que llevaba a la Delfina hacia la tumba; imagino el paso lento del tiempo que llevaba a la Calvento hacia la suya.
Aquellos que cuentan la historia dan pista de que Norberta Calvento sintió que sus fuerzas la dejaban; supo que su momento había llegado. Entonces decidió el cierre de su “gesto de vida” con otro “gesto”, el del final. La imagino dando la orden un tiempo antes de su muerte, cuando todavía era dueña de su pensamiento y memoria; no creo que todo lo haya dispuesto en una orden escrita o planteada de manera oral a su cuidadora para ser cumplida una vez que ella hubiera muerto. Imagino que quiso vestirse mientras era ella. El hecho es que Norberta Calvento elegía como mortaja el vestido confeccionado para ese casamiento que no fue. Ese vestido -ella era ese vestido- que nunca supo de la caricia del hombre, que nunca supo de urgencias desesperadamente humanas. Sí supo ella de otra sintonía de la desesperación y de lo humano; y supo de la memoria, y del amor. Su gesto en el relato había sido guardarse en su historia con el Supremo: una elección nacida entre el recuerdo, la esperanza y el dolor, todo dirigido para cerrar el gesto con este último gesto: escribir el final de la novela propia transmutando un vestido pensado para anunciar vida, en otro que solo visten los muertos.
La Delfina, la otra, había quedado en la historia a su manera, ese su gesto, su esencia en acción y batallas; y la Calvento hizo lo propio desde su vereda: su silencio.
Pienso en esta historia desde nuestros tiempos en que la mayoría de la sociedad de la cáscara aspira a que toda acción, y sin importar su contenido, tenga el rodaje público que lleva a la fama, y repito: sin importar su contenido, porque importa que se conozca el título de la acción: debe, ante todo, quedar a la vista para que así lo vea el otro, que devenido público respira en la única instancia en la que importa su existencia. Digo, pensaba, en estas dos mujeres, en la historia de amor que las unió, que las llevó a realizar estos gestos de vida, por estar inmersas en un apasionamiento aplicado a un relato inevitable, por haber sido transitado a conciencia.

domingo, 1 de julio de 2018

"Crocante" de silencio


“Crocante de silencio amanecido”: sigo el impulso, anoto una línea no periodística en este inicio de nota que juega/sueña a redescubrir, cada día, el silencio. Juego y sueño que se hace realidad dentro de la chacra gualeya.
No es que el silencio no pueda hallarse en el centro de la ciudad/río de Gualeguay, recuerdo ahora mismo a Julio Faggiana hablándome de su laborar por las madrugadas: su casa sobre una calle asfaltada, sin embargo, ahí el hombre se hermana/encuentra con el silencio amigo. Tan necesaria su presencia cuando pide la palabra nuestro puñado de almas. Pero la chacra gualeya tiene ese “no sé qué” -siempre hay un tango por escribir- habitado por destacados ciudadanos de la noche. Y es en la noche, cuando la noche se viste de invierno, cuando el viento acalla su voz: cuando el rocío viene con segunda intención, con aire de intentar una nueva eternidad, y entonces sueña su sueño despertando de punta en blanco.
Un “crocante” es invitación a la palabra todavía no dicha, no escrita; puede ser un quiebre de pequeños pliegues que nos avisa que es conveniente mantener la atención en alto; es la oportunidad para que el susurro de lo quebradizo se haga aroma en nuestras conciencias.
Miro por la ventana de la cocina. Sobre la foto de la chacra gualeya se deshojan, a cada momento, cada uno de los cuatro álamos del fondo, y entonces pienso en que la vida nos quiere en cada intento. Sobre la misma foto, llueve con “finito” de garúa, desde el jacarandá joven, su delicada fronda. El viento del sur convoca, dice, cuenta, la va de poeta; detrás de la arboleda cercana, se levanta el sol, que apenas entibia las almas. Luego, en la mañana, con plenitud de manos frías, llama la escritura y ahí voy: acá estoy, timón de bote pobre en mano, tratando de ser cauce en esta idea que se “viaja” a través del teclado con destino de pantalla y papel. Escritorio en frío, y aun así, almas atentas porque escucharon, sintieron, supieron, de la bondad del “crocante” y de su hacedor: uno de los dioses otros que resisten en esta chacra gualeya.
Un silencio de chacra gualeya como dios que funda una comunidad de detalles en el más simple de los cotidianos. “Sucedidos” entre el paisaje todavía verde, y con algunos fuegos ocres del otoño y el invierno sobre las calles de tierra, los árboles; luces conteniendo la respiración desde el atardecer, el humo tímido de los hogares que saben qué es arder con poca leña; cielos con nubes que colaboran en arranques amarretes de tanta estrella no solidaria. Es en este silencio donde el rocío llega con aire de eternidad y la va de punta en blanco. Es en este momento de chacra gualeya donde el rocío se transmuta, noches con esencia de alquimista, en escarcha que se desespera por abrazarse a tanta vida.
Presencia de helada y escarcha en el aquietarse del viento, en la primera parte de la noche y en las madrugadas de cada uno de los seres vivos que saben de su arribo. Una helada es silencio, y silencio será hasta el momento del quiebre. En eso pensé, en este nuevo invierno, cuando por primera vez pisé en el jardín la curva de los primeros pastos escarchados. Y silencio fue en la parición de la escarcha, y silencio es necesario para poder escuchar el quiebre, el “crocante”, la voz crocante de una naturaleza que hermana.
A mi hija Julia le conté, hace ya un tiempo, que el pasto en invierno puede enseñar su cualidad crocante; también le conté del crocante que dice el pan tostado; sobre el quiebre del pan, le di a Julia una manera de nombrarlo: le dije que era pan con ruido, así como el pasto también puede venir con ruido: un ruidito, una queja, un alerta amigo que invita y nos sostiene en la atención necesaria a la música que nos sucede, que nos rodea, a cada momento. Mundos mágicos alumbrados a partir de lo quebradizo, a partir de las posibilidades que ofrece el silencio.
Fue el silencio en la chacra gualeya quien me ayudó a volver hasta la escarcha sobre el caminito que corría junto a las vías del ferrocarril Urquiza –que llevó y trajo de regreso a tanto entrerriano desterrado en Buenos Aires, tanto Mansa Tuca, diría el poeta Ricardo Maldonado-, cuando mi pibe, mi yo gurí, caminaba hacia la estación de Martín Coronado en la provincia de Buenos Aires; el caminito estaba hecho con durmientes con cobertura de alquitrán, y sobre el manto negro el rastro blanco, y blanco sobre tanto yuyo del costado de la vía; silencio mediante fue además volver sobre los charquitos de superficie escarchada: vidrios finitos que se rajaban al primer toque; y digo que en el silencio de este invierno, acá, ya de regreso en la chacra, pude ver, y es más, pude oír el susurro que produce el deslizamiento de “fierritos” (apenas unos centímetros) de hielo nacidos en la canaleta de las chapas del techo que, después de la primera mirada de febo, iniciaron su corrimiento de final como glaciares de morondanga, y cayeron, caen, patinan, y entonces uno los ve llegar desde la altura de la chapa a la vereda sobre la tierra también silenciosa: grisines de hielo: un juego de palitos chinos de hielo, de escarcha rejuntada en otra sintonía creadora.
El silencio es la magia que todo esto hace posible: escuchar un crocante, sea de pasto, de pan, o el crocante de una idea que nos llama. Me digo, además, que el mejor silencio se funda en las noches, y en las primeras horas de la mañana, cuando se puede observar a conciencia la bondad de los comienzos esperanzados de cada día de la vida.
En el silencio de la chacra gualeya escuché por primera vez el canto de las ranas; venía desde el mismo misterio desde donde llega aquello que nos avisa del aroma “crocante” en ciertos elementos del paisaje y la criatura. Pienso en una comunidad de ranas cantando desde un grupo de álamos que está a cierta distancia de la casa. Imagino agua al pie de los árboles, y entonces el canto feliz luego de que la primera rana saltara sobre la primera curva verde escarchada. En Martín Coronado supe de ranas en la zanja, pero nada sabía de su canto persistente de festejo: es una sombra abismada de misterio en esas noches con exceso de luna llena.
"Lechuza en la encrucijada" acrílico de Rolando Lois
En un silencio pleno en noche de chacra gualeya me encontré con el llamado de una lechuza. Ese grito/chistido/saludo, creo, se produjo luego de que la lechuza se tomara su tiempo de observación y pensamiento. Sí, ella eligió mi compañía. Cuando la escuché escribía en el escritorio, ubicado al frente de la casa; por las paralelas de la persiana, luego del grito, pude ver a la lechuza parada sobre una de las columnas del frente. Me miraba. Miraba y pensaba. ¿Se dará cuenta de que lo estoy invitando a que me piense? Después del grito volvió el silencio a la chacra gualeya, y ella, ya mi amiga, la lechuza, cruzó pensamiento, manos frías, la luz sobre la mesa, sobrevoló papelitos, lapiceras y libros, entró por el teclado y se guardó en mi escritura. Esta no es la primera vez que aparece, que llama, y reclama su espacio, su tinta; en este caso, en la previa de una noche que promete helada con poema de escarcha.
Cuando el silencio de chacra gualeya acomoda sus gustos y circunstancias, y en su espíritu está el otro buen poema de acomodar el destino de una lluvia ligera sobre la tierra reseca y las chapas del techo de las casas, y aún más, sobre los recreos perdidos por tanto humano que distraído descuida su norte de amor, digo, cuando desde el silencio brota una lluvia lenta, fina, delicada, toda una damisela llegada del cielo a golpear a la puerta de tantas buenas memorias, se acentúan, para el después, las ganas de que ese rocío con cara de garúa llegue a transmutarse en escarcha que se quiebre mañana, y nos lleve a soñar con mayor decisión, sed y felices desesperaciones pensando en la bondad del nacimiento del nuevo día. Porque el “crocante” despierta, porque hace ruido, y porque además es ruido nacido en el más puro de los silencios, como lo es el silencio que se amanece en la chacra gualeya.
En este silencio de chacra, me lo digo siempre, lo comento, lo escribo: se puede escuchar al otro que fuimos, al de ayer, y a la comunidad de almas que hoy nos forma; se puede escuchar al otro que está a nuestro lado, en la misma casa, en el mismo tiempo/espacio en el que nos fundamos; se puede escuchar al otro que puede ser nuestro vecino, sea este amigo o simplemente un conocido más entre los tantos habitantes de la ciudad/río de Gualeguay; se puede escuchar al otro hermano de la provincia, del país; se puede escuchar a través del puñado de pensamientos que nos llevan a desear un “verdadero” bien común: escuchar desde un silencio para todos.
En el silencio, me repito, se pueden aquietar velocidades y bullas varias, aquietar las crestas de las olas más salvajes, esas que impulsan a la criatura a hacer omisión de sentimientos e ideales justos, lo dicho: para así poder escuchar al otro,  para comprender al otro.
La vida misma se presenta en su calidad de “crocante” posible, y sano es tener conciencia de su fragilidad. La naturaleza da cátedra sobre la condición crocante de todo aquello que haya sido pintado en verde, para toda aquella criatura que se mueva sobre la tierra, el agua y el aire.
En un silencio de chacra gualeya entonces se escucha la voz del pasto crocante, el pan con ruido, el canto de las ranas, el llamado de la lechuza, la caricia de la lluvia, y la voz del otro que hoy es grito.
La condición “crocante” en la naturaleza avisa, a través del quiebre momentáneo del más hermoso de los silencios, que es mejor andar atento: para escuchar mejor, para vivir mejor.

domingo, 24 de junio de 2018

Las bondades del "fracaso"


Quedó establecido en la sociedad de la cáscara, del cartón pintado, de la miseria efectivamente globalizada para salvaguardar la riqueza en manos de pocos, que aquel que no logra una posición económica visible, o aquel que no logra el reconocimiento de los demás, y esto sin importar a qué se dedique el susodicho, es un fracasado. Quedó establecido que la fama va atada con el éxito económico, y que este combo es el símbolo único de la felicidad.
Quien no triunfa de esta manera es mirado, de mínima, con desconfianza por las “fuerzas vivas” de la sociedad que defiende, por esencia y convencimiento, la única maquinita posible: la de la producción de una sustancia o imagen a vender. Quien no factura lo debido, no existe. Quien no es famoso, sea a través de acciones de cualquier tipo o a las bondades a la carta que pueda ofrecer su apariencia personal, no existe. Quien no aparece en imagen de video, y es retransmitida su presencia a través de cantidad de dispositivos asociados a la imagen, no existe. Así en todos los niveles y caminos tendidos a lo largo y ancho de esta sociedad. Hay una cantidad de personas muy ocupadas en señalar y despreciar a quienes “no existen”. Entre los no famosos, uno de los principales discriminados es el trabajador que, automáticamente es asociado a la categoría de ratón que debe dejar su vida en la tarea –siempre que tenga trabajo, dicho esto para graficar el presente ideológico- y olvidarse de cualquier tipo de aroma justiciero en el sueldo y sus derechos. Aquella gente que señala con espanto, que marca diferencia con el que está por debajo de su nivel económico -jamás hace la cuenta de que ellos están mucho más cerca del piso que de la terraza donde navega el “éxito” de los “dueños”- mira con asco disimulado. Asociado a este desprecio sobre el trabajador, aparece una versión recargada de la misma especie; a este otro susodicho se lo desprecia por pobre, por su andar de sobreviviente, y además se lo marca con furia mayor con el calificativo de “fracasado”. Me refiero a quien trabaja en el ámbito de la cultura, o mejor, a aquel que dirige su fuerza de vida al trabajo de un oficio que, con esfuerzo y viento a favor, lo puede llevar hasta algunos de los territorios por donde se mueve la damisela arisca del arte. El escritor, el plástico, el bailarín, el músico, el cineasta, el fotógrafo, el artesano: aquellos trabajadores de toda la vida en sus oficios son para la sociedad del éxito, si nadie los filma para ser mentados a los cuatro vientos: “fracasados”; lo dicho, mucho más fracasados que –orgullo en alto- un simple trabajador, una de esas personas que a nadie importa si, además, hacen de su actividad un mismísimo arte. Se agrega al cartelito de “fracasado”, una mirada mezcla de contención y lástima por ser quienes son: escritores a los que leen pocos, músicos a quien pocos escuchan, actores que nadie tiene en cuenta. El fracaso y la lástima tienen una vuelta de tuerca mayor cuando el que pierde su tiempo tonteando con palabras, pinturitas o notas -el arte como refugio para una sarta de vagos e inútiles-, decía, se acentúa cuando el observador, el “humano normal”, ve que el “fracasado” es una persona cercana. Qué va a ser escritor, si es mi vecino, si camina en el parque; qué va a ser actor si compra en el almacén. Porque en la sociedad de la cáscara se asocia al creador, al que la va de artista, como una persona lejana; esos son los importantes, los artistas de verdad. La cercanía mata el interés, y son contados los que se acercan a ver qué pinta el artista plástico del barrio.
El baile (1995) de Roberto "Cachete" González.
Esta es la mirada de la mayoría de la sociedad, la misma mirada de la que habla nuestro poeta Carlos Mastronardi en su libro “Memorias de un provinciano” (1967). Mastronardi señala una resultante infaltable en este paisaje triste, nacido en el ejercicio pleno de la ignorancia y la falta de curiosidad, y es el hecho que se da cuando el vecino que escribe, por un milagro insospechado, llega al reconocimiento fuera de las fronteras de la aldea; es ahí cuando su presencia es festejada; desaparece, o mejor, se lava la cara, la mirada de la lástima, el título de vago se barre bajo la alfombra, y se lo convida a la mesa de la sociedad; las “fuerzas vivas”, desde ellas, y desde su comparsa de imitadores y desclasados, dibujan la actitud tramposa del poder, que si juzga conveniencia, intentará la adhesión del poeta, el pintor, el músico. Fagocitar mientras se monta el circo de figuración, éxito y fama.
Otra flecha indicadora en los tiempos de la sociedad de la cáscara, es la que aconseja, a la hora de crear bienes culturales pensados siempre para el gran consumo: “liviandad” en la mayoría de las propuestas, para así ser funcionales al sistema. Si tenés un sentimiento genuino, si portás ideas que no cotizan en la bolsa de los viejos de la bolsa, si tenés una idea de contenido o tu propuesta no encaja en los cánones aceptados para la sana, sanísima, elaboración del alimento balanceado para pollos que se sirve en el gran comedero gran; si así fuera, vos, artista, tenés un problema. El sistema vende espectacularidad, cáscara, vacío, facilismos varios para que la mayor parte de los pollos picoteen sin preguntarse demasiado; y para que esta jugada conduzca al escenario de la vaca atada, al vaso de agua; para que la sociedad no corra el riesgo de andar preguntándose por la sustancia que de verdad pueda nutrir las almas, hace falta la concurrencia de la velocidad y la bulla. Se va como en montaña rusa rumbo al barranco donde se mueven los muertos en vida; una imagen de la linealidad mortal de los humanos está a disposición en la velocidad y la bulla de tanta serie que, como burla que casi nadie ve, enseña la triste vida del zombie: todos comportándose de la misma manera: arrastrados en pos de los mismos intereses.
Entonces ¿qué hacer frente al plano general con que abre esta película? Pues, en paralelo, se trata de abrir cada vez más el juego. La búsqueda, el encuentro, la necesidad de acercarse a uno de los oficios que pueden llevarnos al mundo del arte, comienza, como los mejores momentos de la vida, con el juego. Ese juego fundacional no debe perderse en el “mientras tanto” del trabajo. El juego mismo cambiará sintonías a lo largo de los días. Hay casos en que el juego en este paisaje puede servir por un tiempo, y muchas veces ser acallado porque no existe aún la pulsión decisiva, o porque el mandato de la conveniencia lo saca del camino (¿De qué vas a vivir si sos actor?); ese juego puede quedar en estado latente hasta que la pasión pueda dar su ¡buen día! Pero en aquellos en que no se acalla el juego, que siguen laborando con las herramientas en alto a lo largo de la vida, aquellos que muchas veces se sienten embarullados, mareados por la velocidad, y como frutilla del postre: son señalados como condenados al “fracaso”, es necesaria una revisión y fortalecimiento de la identidad y del compromiso con el trabajo. Hace falta dar la batalla de la resistencia desde una revalorización de las ideas de fundación del intento artístico.
Fotografía de Mauricio Echegaray
Aquel juego amanecido con sintonía de descubrimiento se mantuvo en el tiempo; muchas pueden haber sido las razones que sumaron voluntades: un libro, un cuadro, una película, el contacto con un maestro de la vida que haya dejado huella. El juego del arte fue llave esencial para abrir la puerta de la identidad y de la pasión. Identidad porque se sabe quién es uno, o cómo queremos ser; y la pasión que acompaña: una magia que va a nuestro lado como la sombra, y que colabora con la idea de certeza para con el camino elegido. Un apasionado nunca abandona el impulso; que a veces la pulsión lleva un tiempo en aflorar, sí, y en esto no hay pérdida de calidad, cada uno con sus tiempos, con su proceso de formación.
La pasión como una sombra, y es en esa figura, la sombra, donde mejor se cuida una pasión auténtica y el trabajo a conciencia en un oficio. Existe un gran árbol de los famosos, en él los notables: aquellos que, obra indiscutida mediante, ocupan su lugar con justicia; y también aquellos que fueron izados gracias a las bondades del mercado y sus recetas de vender. Bajo el follaje, la sombra: los barrios aledaños donde los “fracasados”, los que apenas son tenidos en cuenta por especialistas y curiosos bienintencionados, laboran sus historias. La sombra, bien entendida, tiene la bondad de ser refugio donde no hay lugar para la velocidad y la bulla; es paisaje para un quehacer a conciencia, feliz, genuino, atado a los sentimientos, a las ideas del artista. La sombra es libertad en un mundo condicionado por cantidad de casilleros. Como a todo árbol en la vida lo mueve el viento del destino; mientras la sombra se hamaca, y más allá de la posible magia del después, es decir: la oportunidad de enseñar la obra a más interesados, importa saber de la magia primera, que es la creadora, la fundacional, la parición en libertad del sueño, de lo entrevisto entre nuestras almas. Hay que resistir a la estupidez y la ignorancia desde la mejor de las sombras. El título de “fracasado” que maneja con más o menos disimulo la sociedad de la cáscara para con los hacedores que no tienen renombre, es una circunstancia a conocer, pero que de ninguna manera debe pesar al artista en formación (si todo va bien, nunca se deja de aprender). Importa el acto creativo, lo dicho, en libertad, a conciencia, siendo fiel a las historias de vida, siendo fiel al compromiso ético que nos hermana con el oficio. Todo ello sostiene el trabajo que se extiende en el día a día, en la vida del artista que no renuncia a su encuentro/búsqueda. Trabajo que tiene en contra todos los elementos que exhibe nuestro mundo actual, donde es un problema tener ideas, ya que se vive de la repetición insípida de los mismos estímulos.
En la ciudad/río de Gualeguay hay cantidad de artistas que hacen su trabajo en y desde la sombra; los sigue un puñado de personas; y son felices en el intento sincero. Pienso en sus declaraciones juradas de vida como personas que aman sus oficios, que van con los pies sobre la tierra de su fantasía creadora. Pienso en mi compañera: Evangelina Gálligo; ella y su baile de tango milonguero: un encuentro en intimidad con la música, con el tango como sujeto poético, y con el otro; un baile de detalle: cada movimiento del pie tiene sus razones en la pasión, lo mismo ocurre en el abrazo; y todo sucede sobre la tierra de los hombres y mujeres que transitan lo verdaderamente sentido, sin urgencia, sin la necesidad de andar “volando” imágenes gastadas, sin necesidad de bailar para el afuera, porque importa primero el escenario interior; sin él no hay resistencia posible, sin memoria de nuestros maestros estamos condenados, ahí sí, al éxito de los escenarios para nada. Se trata de entender -de tener vergüenza- que cuando se sube a un escenario hay que tener un mundo interno para ofrendar. Sólo así no se termina siendo cómplice de la sociedad de la cáscara, plena de lucecitas de colores, mentiras y malentendidos. Cada uno con su baile para “ser” en el baile de todos.

domingo, 17 de junio de 2018

La palabra de Julio Faggiana


La noticia de la presentación del libro “Alma y desvelo” a realizarse en la escuela Castelli el 15 de junio, fue impulso explícito para proponer una charla con Julio Faggiana. El diálogo que se dio en casa de Julio quedó en mi memoria como un momento especial. No fui en busca de una cronología artística, de letras y premios, imaginé encontrarme con un Faggiana intimista. Y agradecí, mientras se daba la charla, la posibilidad de escuchar a este hombre. Julio Faggiana, lo supe en ese “mientras tanto”, es hombre solidario, hombre que está del lado de aquellos que menos tienen; es hombre reflexivo, y profundamente religioso; un hombre a salvo de cualquier jugarreta que le quiera propinar el ego; me dijo: “Soy de perfil bajo”. Habla de manera tranquila, busca las palabras con tiempo. Piensa. También habla con la mirada.
Justamente sobre las bondades de la mirada, dijo: “El que contempla, observa, aprende mucho; a veces, mucho más que en algunos textos. Y el mensaje está en la mirada. La mirada es más poderosa, en expresión, que la palabra; desde ya todo depende de la capacidad de cada uno para captarla. La creación sin el favor de la mirada es superficial y se nota. Lamento mucho que se confunda al común, que compra en un bazar y no distingue qué tiene valor y qué no”.
Empezamos hablando de años, y Julio apuntó: “Nací en 1952, pero en una de esas somos de la misma edad; la edad que se lleva adentro, en nuestra psicología, en el intelecto, es la que tenemos. No me doy cuenta de mis años, no tengo un almanaque en la cabeza; el tiempo gira, y si estoy bien tengo 10 años, y cuando me siento mal, soy un viejito. Hay momentos en que soy un niño y salgo con cosas de niño, y soy feliz”.
De a poco Julio Faggiana va desgranando su historia: “Un amigo de la infancia, Roberto Salatino, escribió hace un tiempo que yo era primero en todo, que tenía mucha velocidad en las competencias, en el pensamiento. Nunca me di cuenta de eso. Era como un adelantado en el tiempo. Crecí en la costa, en la pureza del paisaje, siempre muy travieso, saliéndome de las reglas. Tenía un impulso de libertad muy fuerte. Sentía que podía”.
La velocidad de Julio será personaje importante en el desarrollo de sus días: “Soy un tipo de reflexionar sobre la vida. Luego de ir a mucha velocidad de pensamiento -pensaba demasiado, no paraba, y no me daba cuenta de que todo me resbalaba-, ocurrieron situaciones en mi vida que me provocaron un giro mental. Empecé a mirar a la gente, a observar que no estaba solo, que estaba dentro de una humanidad, dentro de un paisaje, dentro de la vida toda. Recién comprendo lo que es la vida a los 40 y pico de años. Yo era un chico que jugaba: era pasar, pasar. Empecé a mirarme, primero a encontrarme con mí mismo, mi energía en aquello que me daba fuerza: la naturaleza, el río, que es lo más simple que siempre nos llama a nosotros, los costeros, y a todos, agua somos. Por problemas en el corazón, pasé al otro lado. En ese entonces ya era profesor de música. Eso sirvió para despertarme”.
Anoté más arriba: “su vida”, la de Julio, y es mejor que me refiera a “sus vidas”: “Siempre supe que podía, y quizá por ello pude salir en el electroshock 17 del paro cardíaco, en el 97, y al año siguiente estuve en el borde de la muerte súbita. Soy como un caso especial. Sentí una transformación. A mi familia, los médicos, ya le habían dicho que no volvía, y salí. Todo por vivir acelerado. Desaparecí y volví a aparecer. Sentía, cuando estaba yéndome -de acá (se toca el pecho), pero de acá no (señala la cabeza)- escuchaba a los que me atendían, y empecé a irme, tranquilo: veía un cielo celeste de otoño, sin nubes blancas; me dormía, me quedé en ese recuerdo. Desperté estaqueado en terapia intensiva. Viví mucho la bohemia, por la música y las letras, todo eso se terminó cuando tuve el problema. Elegí la vida para seguir sembrando. Fue no entregarme”.
Las “consecuencias” del regreso: “Me hizo ver los sentimientos, que no debía ser tan indiferente a la vida, antes estaba sólo en mis cosas. Supe que era una lucecita más dentro del firmamento. Más humano. Sentí que había que recuperar el tiempo perdido y terminar la misión. Porque si estoy de vuelta, debo cumplir con una misión en este tiempo. La misión tiene que ver con transmitir vivencias, ideas; a veces un papel y un lápiz es la excusa para la docencia; hacerle entender al alumno otras cosas más allá de una guitarra, un sonido, la palabra. Mis alumnos son jóvenes, y con ellos se establece un diálogo, hay confianza y cariño. No solo dar el dato, ir más allá”.
Las primeras señales dentro de su interés por la música: “De pibe pedía guitarras prestadas; eran épocas de no consumo, se pedía prestada o se hacía artesanalmente. El hogar de mis padres era humilde, pero creció el ingenio para encontrar en un semi juguete una guitarra que producía sonidos agradables; las cuerdas estaban hechas con tanza, pero el oído iba creciendo o uno lo tenía de nacimiento. Mis padres no eran músicos, pero después, preguntando a mis mayores, supe que en generaciones anteriores sí, hubo violinistas, vengo de una familia –Faggiana- de inmigrantes italianos, de colonos; y también averigüé sobre la otra parte de la familia, la más criolla, y sí, también los hubo. Yo tenía una actitud. Me interesaba todo lo que era música, letras; en la escuela primaria me gustaba hacer las composiciones; siempre fui de tener mucha fantasía; a mis amigos de la escuela les decía que yo iba a ser artista; tenía 6/7/8 años, yo no iba a ser como mi papá o mi mamá, tener un oficio. Soñaba, deliraba imaginando que ya era artista. Se reían todos. Y bueno, mi vida la consagré a la música y las letras. Aprendí a tocar la guitarra de manera autodidacta. Renuncié a la escuela porque tenía mis propias definiciones. Un profesor llamó a mi madre. Yo estaba en 2° año, era repitente. Y le dijo que conmigo no insistiera más, que yo no iba a terminar la escuela, y que quería hacer mi música y mis letras. Era rebelde, quería ser yo mismo, desde esos años sé que no puedo disfrazarme. Mi madre lo aceptó, desde el primario le decía que iba a ser un artista. Y ni en sueños sabía lo que era un artista”.
Faggiana en la Castelli
Julio abre la ventana a sus madrugadas: “Mi vida transcurre de madrugada, en silencio. Me gusta la composición musical, por ahí se me ocurre una letra y escribo. Se pasan las horas y se me viene el día encima. Así toda la vida. A veces, hasta que no termino una obra o una parte, no paro; aprovecho el momento creativo para desarrollar la idea al máximo; en el verano voy sin límite, en el invierno el frío me corre un poco. Esa es mi felicidad. No es fácil convivir con una persona como yo, porque uno vive en tiempos distintos. Desde el 2008 que uso computadora. Antes, todo manuscrito”.
Aclaración, definición, esquina propia: “Una cosa es quién soy y otra es cómo me siento. Me siento como uno más del montón. Soy sociable, con muchas amistades, siempre soy bien tratado, caigo bien por mi forma de ser; ellos me ponen un rótulo, yo no me atrevo, salvo cuando era pibe, a decir soy artista, guitarrista, escritor, no. Soy polifacético, he armado coros, dúos, tríos, hago mis canciones, acompaño a otros músicos en grabaciones, escribo, todo eso es parte de mi misión”.
Sobre su escritura: “Siempre escribí. Fui un profesional de la música, viví de ella, pero con el libro no lo podía hacer, y tampoco tenía dinero para editar. No publicaba, pero sí acumulaba material. Llegaba de madrugada y anotaba en un papel para no olvidar la frase, porque hay situaciones que te inspiran; la mayor parte de mi trabajo tiene su origen en la realidad, después se redondea la escritura. Me siento más cómodo con la palabra escrita, no con la hablada. La guitarra es una prolongación de mí mismo. Mi escritura es regular, no muy elevada, pero superior a mi palabra hablada, tengo demasiados puntos suspensivos. “Tesoro del agua” es cercano a lo que sería una poesía primaria, en “Alma y desvelo” le escapé al poemario, y entran citas y reflexiones, también poemas, sobre todo del amor en todas sus expresiones: el amor a la mujer, a la tierra, el paisaje, y entonces nuestro río, la vegetación, los verdes, los buenos y los malos personajes, el costero, el isleño, quiero a esta ciudad. Me expreso a partir de lo que siento y he vivido. Cada uno tiene sus palabras. ‘Unos escriben pensando…, otros lo hacen sintiendo. He allí, la notable diferencia’ (leído de ‘Alma y desvelo’)”.
La sustancia sobre la que trabaja: “Lo mío tiene que ver con el recuerdo, con la añoranza, y más a esta edad, cuando se recuerda más lo lejano que lo cercano. En esa memoria encuentro las comparaciones lógicas, encuentro un tiempo mejor, una vida mejor; busco en el ayer de dónde vengo, cómo viví, porque cuando lo viví, no lo analicé; por eso lo hago hoy. La palabra recuerdo está siempre presente en mi escritura. Ayer era más libre: en eso de ser uno mismo; no había deseos de tener cosas, que tanto hay en estos días; antes no se conocía, y no se deseaba. Uno es feliz no deseando aquello que no se puede tener. Ayer era hacer los juegos con las propias manos. Ser creativo, desarrollar el ingenio. Son muchos valores que se han perdido, y yo quisiera que los chicos hoy tuvieran esos valores”.
Julio Faggiana relata una postal de la costa de su infancia: “Crecí en la orilla, entre cazadores furtivos: bicheros, nutrieros, pescadores, gente con códigos, cuando todo era ranchitos de paja y barro. Aquel cuadro de Antonio (lo señala) trata de un pescador que murió joven: Vieja del Agua. Morían jóvenes por razones de nutrición, el alcoholismo, la vida sufrida, los fríos. Murió en el Puerto de los Huesos, se quedó en la canoa; lo trajeron los hermanos; lo pintó Castro”.
Hacia el final de la entrevista -o mejor, al final de la charla, porque la palabra fue de ida y vuelta: fue una comunión, un encuentro, estábamos cómodos en la tarde/noche, habitantes de un refugio en la ciudad/río de Gualeguay-, mientras miraba cómo sus guitarras guardaban silencio, mientras tenía sus dos libros entre mis manos, pregunté a Julio Faggiana qué pensaba, cómo vivía hoy la presencia de la muerte. Me dijo: “Es como si estuviera educado para ello, tuve una educación sobre lo que nace, vive y se muere. A la muerte no la espero; si quiere, que me espere ella. No pierdo el tiempo pensándola, lo gano charlando con vos. Trato de darle más intensidad a lo que no viví, es decir, en un tiempo breve, vivir más”.
En todo momento Julio Faggiana habló rodeado de cantidades notorias de puntos suspensivos; lo disfruté, en los puntos suspensivos está el tiempo para la reflexión, igual que en el trago corto de vino, mientras se valora la charla, la comunicación, con el otro.

domingo, 10 de junio de 2018

La muerte y el llavero


Hace unas semanas escribí sobre la muerte de la escultora Rosa Elyn Díaz. La muerte hizo nido una vez más en la ciudad/río de Gualeguay. Y hoy, después de pasados algunos días de una noticia, y después de una lectura, sigo el impulso de escribirle una vez más a la última de las damiselas que nos llevará de la mano. Como me dijo la otra noche el lector amigo Armando García: Vos siempre escribís sobre la muerte. Y efectivamente, es así. Le expliqué las razones para esa escritura: porque tanto “la escribo”, porque tanto la tengo presente en la vida. En órbita de la muerte se desarrolla, una vez más, la escritura.
Cada día en la chacra gualeya abro la puerta del día, espíritu en mano, y abro la puerta de la casa con un llavero que amiga tres llaves, y que también amiga espíritus, presencias, a través de las formas.
El llavero tiene una historia que nace desde la historia de vida de mi viejo, Rolando Lois, artista plástico, que casi pisa sus 88 años. Desde que mi viejo transita las altas cimas de la vida, ha tomado una decisión, a veces sin titularla, y otras veces haciendo explícito énfasis en la razón que la dispara. Como mi viejo es un hombre que siempre vivió a conciencia, nunca hizo falta que le señalaran la presencia de la Parca. Y como hombre practicante de la memoria, siempre fue de contar historias, siempre invitando al presente amigos que ya no están, o como, por ejemplo, en estos días, hacer un movimiento mágico: pasarme la radio, que aún funciona, que comprara mi abuelo, su padre, el poeta Julio Martín, en el año 40. Esta decisión de ceder historias de memoria a memoria, de ceder, transferir, objetos/señales que acompañan la oralidad de esas memorias, aparece en él desde la confluencia del recuerdo y, con él, el amor junto a presencia avisada del final. Entonces te paso la posta. En esta misma sintonía, mi amiga, la poeta Tuky Carboni, me cedió 4 libros, edición original de Juanele Ortiz, que el mismísimo autor le dedicara a Emma Barrandéguy. Luego, un viaje de la mano del autor a una primera biblioteca/espíritu, luego a otra, y hoy juega dentro de mi estantería/espíritu, y todo ello en la felicidad de saber que mañana habitará el siguiente refugio para cuidar el desarrollo, el tránsito de la memoria: un río, el del tiempo, con el mejor de los cauces. Entonces mi viejo me cedió la radio del abuelo, y otros objetos que bien merecerían nota aparte; todas estas presencias transmiten el aroma del tiempo, ese aroma que tan bien anotó Ray Bradbury en sus “Crónicas marcianas”. Y algunos objetos saben del tiempo, y también saben de la amistad.
Entre las señales recibidas de manos de mi viejo está el susodicho llavero. Que es objeto práctico, es decir, contiene mis llaves, pero que es, ante todo, una obra de arte. Por años mi viejo lo atesoró. Desde el día en que se lo obsequiara su amigo: el notable escultor Antonio Pujía.
Cada día, la escultura, la miniatura creada por Antonio, se vive entre mis manos, es cercana a mi aire, a mis memorias. Entre mis manos la presencia trabajada en plata. La circulación en la vida la nutre de oscuridades y brillos; sí, la vida, en ella siempre está la posibilidad de llegar al brillo. Hoy acabo de enterarme de la muerte del padre Luis Farinello, lo supe a través de mi amigo poeta Pajarito Cuello: que cuenta que Farinello le dijo una vez: “La vida parece una cagada, a veces... pero tenés que vivir... ¡Es tan lindo vivir!”.
Antonio Pujía
La miniatura de Antonio Pujía lleva alma tridimensional de un hombre o una mujer, ambos, me digo, en plena acción de caminar en la vida, hacia la vida. Me gusta ver la figura activa, todo su cuerpo, y su cabeza en medio de una especie de remolino: de situaciones, pensamientos como si fuera la cabellera originaria que uno podría llamar, sentir, como naturaleza, como condición esencial para el tránsito de lo humano. Este hombre, esta mujer, cada mañana me acompaña para que abra la puerta; la figura me acerca la memoria de mi viejo, sus gestos, su amor, y su compromiso -una de sus grandes enseñanzas- con la amistad; la figura me habla también de Antonio Pujía, cuando tuve la oportunidad de conocerlo, y me habla de este presente, a días de saber de su muerte; la figura acompañándome en el “mientras tanto”, cuando decidía en qué momento hablar con mi viejo, y contarle la mala nueva (hacía una semana que él me había dicho: “El que me llama siempre es Pujía”).
Conocí al escultor en la casa de la escultora María Andrea Anzorena; fue en el pasaje Venialvo, en Boedo; acompañé en un almuerzo a mi viejo, y conocí a Antonio, y a Andrea, hoy una amiga. Grata impresión, un buen recuerdo estar frente a artistas que compartían una misma mirada sobre la vida y el arte: todos lejanos al mercantilismo que todo lo contamina.
Habrá que finirla, hermano. Y me digo: Habrá que finirla de la mejor manera. Lo sabíamos; lo sabemos desde el principio de las ideas. Escuchamos algo del asunto cuando éramos jóvenes inmortales, por derecho y feliz estupidez; después entendimos transitando la juventud entre paisajes bucólicos y paredones a la carta; y luego nos empapamos en la órbita real de la vida toda, que no porta carita para una sola damisela, sino dos, porque son dos las hermanitas que nos acomodan una de cal y otra de arena a lo largo de los días. La vida y la muerte: y todos los pensamientos todos en el “mientras tanto”, y luego del final de lectura de “Desde estos años”, uno de los últimos libros de mi amigo poeta y maestro: Rubén Derlis. El poeta es un pibe de 80 años y tuvo, me digo, la necesidad de aclarar algunas cuestiones en este libro. ¿Que habla de la muerte?, sí; y que habla de la vida, sí, también; ¿siempre se regresa a la misma moneda?, sí; desde su vereda, ¿siempre en directo?, sí: cara y ceca: “Que no se deshilache entre las manos, / desperdiciado, / el tiempo por vivir. // No guardar la vida / para consumirla luego, / pues no será la misma. // Que la intemperie la sacuda / y el viento la lleve –cualquier viento- / desplegadas sus alas, / libre”.
Rubén Derlis
La totalidad, el todo, la mismísima identidad de la dama de dos caras: y una sola ella, y en ella, la naturaleza, y apenas la distracción de dos vestiditos: “Hoy me quiero vivir / a mordiscones desesperados de luz, / como si dijera qué ganas de morir / para verte, Vida, desde adentro y entonces, / antes que la claridad te pariera de las sombras, / cuando aún no se habían bifurcado los caminos / y eras un todo con la Muerte”.
Derlis, el poeta, “homo porteñensis” fundado, se ocupa en “Desde estos años” de sus patrias internas: tiempo/espacio (me dijo el amigo y pensador Eise Osman que el hombre nace en el tiempo y muere en el espacio) no negociable que ofrenda a temas como la vida y la muerte, la escritura, la presencia de su ciudad madre: Buenos Aires, y la relojeada a la memoria de su propia vida como callejero de urbana esencia. Entonces cada libro tiene aire de memoria. De sus páginas elijo tres señales sobre la escritura que, de manera inevitable, refieren sabores de la vida y de la muerte: “Sigamos creando a ritmo sostenido, / sin pausa ni vacilaciones; / tal vez tengamos en la última hora / un resquicio en el Tiempo para corregir errores. / Si así no fuera, / que lo plasmado permanezca como se sintió: / de primera agua. / Al fin y al cabo / ¿a quién le importa el ajuste de relojería / sino a nuestro afán de perfección? / Lo único que cuenta: / dotar al verso de emoción y alas / hasta que el poema respire por sí mismo / y su aliento perdure / ya detenido el último engranaje que nos hizo posibles”.
Siempre la intención es lo que cuenta, después habrá que ver: “Hay palabras que rondan su intención de poesía / por el fértil baldío del poema aún no escrito. / Deberán llegar desde el silencio / a comulgar sobre el papel, espejo de la vida. / Si no hallaran su cauce / o se inmaterializaran en el aire, / algo permanecerá dentro de uno / -punzante estalactita o fría espina-, y dolerá”.
A continuación un poema solo posible luego de haber vivido una vida atenta a la escritura del soneto cotidiano: “La vida y el soneto se asemejan /como dos gotas de agua: ambos padecen / duda y dificultad en sus caminos. / Duda si se ha elegido bien el rumbo, / duda por la asonancia, el verso limpio. / Dificultad del elegir constante. / Dificultad por la palabra esquiva. / Y además el remate, que no es poco: / cerrar en una y otro el cometido / que hubimos de plantear en el inicio / con un final acorde, que redima / por lo tanto sufrido en carne y ritmo. // Por vivir y decir quedarán cosas; / la vida es breve, y los catorce versos”.
Es el poema “Constatación” la prueba de la mirada y el pensamiento del poeta, luego su manera tranquila de anotarlo. Derlis sabe que la escritura de la vida se basa en el logro de un ritmo respiratorio entre las almas del susodicho mortal; si se aprehende dicha sustancia es posible el trago en profundidad; es además la vida el intento diario de lograr la mejor de las miradas, porque la vitalidad, la fuerza, la posible poesía en el paisaje y la criatura merece la oportunidad de parir una sustanciosa historia de amor: “Pude haber hecho más, pero esto es todo. / Dejé escurrir el tiempo sin apuro / llenándome de luz; de azules puros / imaginé horizontes; sobre todo / capté el instante, su fugaz presencia / de eternidad, de nada, de infinito / y accedí a un saber que dejo escrito: / trasciende aquello que no lleva urgencia”.
Rolando Lois
Le dije a Armando que hace años que escribo sobre la muerte, y siempre estoy en su órbita (todos lo estamos); entiendo su presencia y no es punto de partida para el lamento. Es la muerte un artificio que nutre la idea de la invitación a la vida; porque si mañana no voy a estar, pues no puedo dejar la vida para mañana, precisamente porque “mañana” puede no existir. Tengo más años vividos que aquellos que me puedan quedar, entonces, desde que escribo, le entro a la muerte, para vivir a conciencia, y para mantenerla a raya con la palabrería. Nadie quiere morir, perfecto; pero la perfección no existe. Espero del escritor que anda por las alturas de la vida, una tinta mayor sobre el tema; de la misma manera que escucho a mi padre hablar de la Parca; no espero otra cosa: escribir la vida y la muerte, y la memoria, y otra vez la filosofada impostergable sobre posibles destinos de hoy, mientras, cómo no, se revisan los de ayer; una escritura de la novela propia mientras dura: la yapa, anotaría Derlis, Antonio Pujía y mi viejo. Es cuando me digo: está bien. Ojalá me llegue cuando ande por mis alturas, estaré atento para no perderme esa escritura, esa mirada.
La muerte y el llavero anoté en el título. La memoria y la vida. Partes del todo mientras abro la puerta cada mañana, espíritu en mano, mirada atenta.

domingo, 3 de junio de 2018

Chicharrón en escena


Hubo una primera vez en la chacra gualeya. Vi a un payaso habitar el verde con el verde de su mameluco, que deschavaba artista trabajador, y su remera a cuadros, emparchada de vida a puro color. Hubo un segundo avistamiento, esta vez, en el cumpleaños de mi hija Julia. Pintó payaso en el fondo de casa, también en la chacra gualeya, a últimos días de abril. Vi en el payaso a un tipo feliz en su trabajo, feliz por estar entre pibes. Vi a un trabajador a gusto, y entonces, ante la bondad artística del susodicho y la señalada felicidad, fenómeno poco usual en este presente manejado por “El rey de amarillo” (¡Siguen asustando, Robert Chambers, tus cuentos macabros!), tuve la intención de hablar con él. Fue así que en la sala Adrián Tournier de CoopArtE me encontré con Gonzalo Ferrando (1985), gualeyo que, como primera medida, me aclaró que él, según sus amigos payasos, es un payamúsico.
Cómo es que nace y se hace un payamúsico: “Vengo de una familia tradicional. Mi vieja falleció cuando yo era muy chiquito: Graciela Ana Rosa. La veta artística sospecho que viene de ese lado: ella era maestra jardinera, y mi abuelo músico: Aldo Neffa. Soy payamúsico, actor y maestro de grado. Pero en ninguno de los casos estos caminos estaban en mis planes. Por cosas de la vida estudiaba en Rosario, hice 3 años en bioquímica; me tuve que volver por cuestiones económicas y porque el lugar estaba jodido para vivir. Me había ido teniendo una hija, fui padre a los 17. Volví en 2012 con una oferta laboral que no resultó. Mi hermana, que tenía un Jardín de Infantes y era docente, me sugirió que hiciera la carrera docente y empecé. Mi novia, antes del regreso, me había regalado una guitarra. Aprendí unas canciones. Mi hermana me invitó a probar en el Jardín. Ese fue el primer contacto con la música infantil y con los niños, el primer vínculo como payamúsico. Cuando empecé, mis amigos: Cletonto Escopeta, Granito (Julián) y Cururú (Anita), me motivaron mucho; hicieron una varieté en 2013, y me invitaron a tocar en CoopArtE, fue una primera presentación precoz, improvisada. Después, cuando faltaba uno de ellos, del grupo Gurí Circo, me invitaban a participar, era suplente. Hice algunos cursos de clown, música, y mucho aprendí a través de la observación autodidacta, de mirar; y había además una base natural”.
Qué pasa durante una puesta en escena de Chicharrón: “Pasan un montón de cosas por la cabeza. En ese momento la entrega es total. Siempre intento dar el máximo. Y hay momentos que son geniales y otros que son feos, que generan incomodidad. Lo genial está en la sonrisa de los nenes, las carcajadas generales, eso es muy gratificante; y no hice grandes animaciones, mayormente cumpleaños, alguna en un barrio a través del Municipio o una varieté en la cooperativa. Lo mejor es la risa, las carcajadas de los grandes, y alguna cara de asco descomunal; por ejemplo con la canción del moco, hay gente que no puede creer que la cante. No a todos le gusta, pero a los pibes les encanta. Quién no se ha sacado un moco. La incomodidad, sin maldad, pone en evidencia esas caras de asco. Por más payaso que pueda ser Chicharrón, tiene también su veta docente; si un trabalenguas no me sale no es que perdí y me frustro, no, nadie nació sabiendo, la idea es practicar, entender, y animar el intento que puede salir equivocado, y laburar sobre los errores en libertad; esto también es gratificante. Un momento feo: el clásico es que cuando estás dando el show, entra uno que llegó tarde, y pasa delante de todos para saludar al cumpleañero. Vos vas al teatro y ves a un amigo en la primera fila, no vas a saludarlo. A veces cuesta generar un vínculo, y si pasa esto justo cuando empiezan a aparecer un montón de cosas, puede que se te caiga todo aquello que uno venía ensamblando, armando con los gurises y con los padres: el intento de vincular al padre y al nene, y de poner al padre en el lugar del nene, es decir, que recuerde su manera de jugar y de reírse, de olvidarse del miedo al error y aniñarse. Todo eso, en un momento, se puede destruir. Los nenes son seres íntegros, y busco que el nene pueda ver interactuando al grande -que no es fácil- con juegos, canciones y trabalenguas; hay padres a los que muchas veces les cuesta aplaudir”.
Un payamúsico entra en la mirada general con que gran parte de la sociedad mira los quehaceres artísticos. Son jueguitos para nenes, pavaditas para los que además no entienden mucho. Y esta mirada nacida desde la más profunda ignorancia es aplicada sobre el plástico, el poeta, el escritor, el actor, el músico, etc.: en vez de ponerse a trabajar, el rejunte de vagos se esconde en el arte. No importa los años que llevan trabajando, es poca cosa; eso sí, hasta que queda bien presentarlos como amigos, o cuando a alguno se lo adorna con cierto renombre. La sociedad de la cáscara y el interés, muestra la hilacha desde muchas esquinas.
Afirma Chicharrón: “Estoy muy feliz haciendo mi trabajo, y súper agradecido; apuesto a que siga creciendo el payaso”. ¿Y los chicos?: “Siempre tuve vínculos, fui de generar mucha empatía con los gurises. Mi hermana se recibió y abrió un Jardín en la casa paterna. Siempre estuve jugando con chiquitos, fui muy de payasear. Me sale natural, no es que me esfuerzo. Después, investigando, encontré a Luis María Pescetti, que me encanta; su música es muy buena, se ríe el nene y el grande encuentra cierta picardía, y toca muchos temas escatológicos; esto es algo que uso, está bueno lo que genera, y se termina con cantidad de prejuicios, que de niño no existen. Pescetti utiliza expresión corporal, que yo uso más en una versión clown; hay más juegos cercanos al absurdo, elegí ser más ‘chicharronero’. Una vez vi un match de improvisación y supe que eso era lo que quería hacer, entonces empecé en el Italia; hace dos años y medio hago teatro con Nora Cosso. El payaso me llevó a la actuación”.
Es interesante ver cómo un nombre se va repitiendo en distintos lugares de la ciudad/río: Nora Cosso como humana presencia, y como sinónimo de teatro: “Con el teatro me pasó que me encontré, me conocí muchísimo, me ayudó, y también descubrí que el teatro apoyó mucho al payaso. Me encontré con gente linda que ofrendaba apoyo. Siempre fue muy positivo, y era algo, un mundo, que yo ignoraba. Lo primero que hice fueron matchs de improvisación; la rapidez de agarrar una historia en 30 segundos y terminarla en 3 minutos, ayudó al payaso. Después apareció un libreto; Nora me propuso hacer la obra, ese año no se pudo, y al siguiente sí; por primera vez hice un personaje, fue en ‘Malditos todos mis ex’, una experiencia genial. Aprendí que uno puede hacer muchas cosas, ese personaje dista mucho del tipo que soy, y a ello se sumaba la ayuda del grupo; me sentí muy gratificado. Fue conocerme desde otra perspectiva, ser autocrítico, más consciente de las cosas a modificar. Después todo se aplica en el payaso. Por ejemplo, pude ver eso de ser ansioso, gritón, y demasiado ordenado”.
Foto: Mario Bellocchio
Gonzalo Ferrando dice ser un hombre que siempre intenta dar lo mejor, la docencia es otro de los oficios donde se involucra, entra, se presta, con todo lo necesario: “Ser docente es como ser el payaso, hay mucho trabajo por atrás; no es ir y cumplir, y ya está. Eso la gente no lo ve. Un docente no deja de ser un artista frente a los gurises. Me recibí en 2015, y me llamó una señora que tiene un hijo con discapacidad, como acompañante, todo un desafío. Ya hace 3 años. Hice un mes en un 5° grado en la Castelli, después 6 meses en un 2° grado en la Sarmiento, eso fue hermoso. Hoy trabajo en un centro educativo (198) para la coordinación de jóvenes y adultos de la Departamental de Escuelas y funciona en el CIC. Es primaria para adultos mayores de 15, y personas con discapacidad que se integran en los centros. Una diversidad de trabajo grande, y por eso me empecé a chocar con la realidad que vivían mis alumnos, gente muy humilde, y en algunos casos muy faltos de amor; si bien hay muchos padres que apoyan, hay nenes a los que nadie les mira una carpeta; una vez saludé a un nene, lo abracé y le di un beso, y me miró sin entender; en ese 2° grado generé un vínculo muy importante. Creo que nuestro sistema educativo no está de acuerdo a la realidad de los gurises. Se está aplicando otra forma educativa, y está dada en muchos casos por docentes que no saben usarlo, porque nadie les enseñó, entonces siguen con el sistema anterior. Entonces no ven, no cambian, no aceptan, y en el medio los pibes. De todas maneras el docente es el que tiene que ir revisando, regulando el aprendizaje, algunos gurises van más rápido, otros no, lograr que los alumnos vayan parejo, y eso lleva mucho trabajo en casa. Por ahí se hacen muchos cursos por el puntaje, y no para aprender algo que sirva para explicar; si no te involucrás realmente, si no generás un vínculo, difícilmente se pueda lograr algo; si no te vinculás, no conocés, si no conocés, no podés amar, y necesitás amar a los gurises para transmitirles algo, ayudarlos a desarrollar su capacidad,  a aplicar aquello que saben”.
Chicharrón afirma sobre el paisaje humano: “En Gualeguay hay una sociedad a la que le falta crecer; me parece prejuiciosa. No valora, no reconoce todo lo que en ella hay, y se niega a que la ciudad crezca, está cerrada a que siga siendo pueblo. Por ejemplo, no hay un apoyo real al arte local. Hay mucha gente trabajando, pero todavía se mira mal al que es señalado como ‘bohemio’”.
Gonzalo Ferrando es payamúsico, actor, docente, papá y compañero: tiene una hija de 15 años:
Foto: Martín Almada
Guillermina y tiene, con Luciana, a Julia de 5 y Luca de 2 y medio. La impresión es que Gonzalo anda por la vida en libertad, haciendo aquello que le gusta hacer, un afortunado; es consciente de ello, y se le nota en el mientras tanto de sus oficios. Lo vi como payamúsico, también sobre el escenario del Italia, y no lo vi, o sí, porque es cierto que en Chicharrón está presente la docencia, luego, lo imagino buen maestro, un caminante de una actitud decisiva en la vida: seguir el impulso de involucrarse en aquello que realizamos, sea en un empleo simple o en alguna arista que con suerte pueda conducir al arte; todo se guarda en una vida a conciencia, una vida con identidad.
De dónde habrá salido el nombre para el payamúsico, me pregunté hacia el final: “Chicharrón empezó en la adolescencia, cuando no podía saber que iba a ser payaso; fue un amigo: me puso Chicharrón dietético porque no existe, una especie de chiste. Cuando me tocó salir a escena, era Chiche, y me dije: Chicharrón, que hoy se vincula a la chicharra de verano que grita, con el pan con chicharrón que es repesado. Le quedó muy bien el nombre al personaje. Viene de ahí: Chicharrón dietético”.
Luego, Gonzalo Ferrando o Chicharrón, me digo, bastante bien para no existir.
Foto: Mario Bellocchio