domingo, 18 de febrero de 2018

El "espacio" de la infancia

De regreso. Volver a casa, a esos días en que la casa de la infancia se levantaba con cada uno de los días. Infancia, casa, refugio: de ayer, de hoy, de cualquier futura mañana. Vuelvo a la infancia desde memorias que atraviesan el cotidiano: la casa de paterna en Martín Coronado, frente a las vías del ferrocarril Urquiza: el paso del tren fue, y será, voz de presencia amiga entre mis estaciones; mis viejos en el paisaje; la piletita de cemento del fondo; la barra de pibes en ese barrio de provincia; la pelota de fútbol en el 12, el club que estaba a la vuelta de casa, y los barriletes en el cielo de la luz. Al barrilete se llegaba luego de cortar la caña en el costado de la vía; después cuchillo, hilo, papel y engrudo, y cola de trapo viejo. La disposición exacta de los tiros para poder llegar hasta el cielo del día. Porque otro era el sendero para caminar por el cielo de la noche: la dama misteriosa se guardaba en los detalles que la hacían fantástica, parida desde el sueño.
El cronista, como se sabe, habita una casa en la chacra gualeya, y es su costumbre -tan fuerte ella que hasta la practicaba entre los altos edificios de Buenos Aires- mirar hacia el cielo, en la noche. Teniendo esta inclinación, es una maravilla caminar por el pasto de la chacra y elevar la mirada entre los vestiditos de la dama. Busco vida en la noche, en su techo de chapa clavado de lejanías; la busco, porque así en la tierra como en el cielo, la naturaleza se prodiga, desde el origen, para que las criaturas tengan su parto dentro de la memoria. Y mientras nazco (intento ser) en la memoria de los mundos, llevo en mano las pequeñas memorias, las de la tierra, por cierto, pero también las del espacio, de ese espacio soñado durante la infancia.
Tendría un puñado de años cuando en la Tv me encontré con una serie: “Supercar” (se hicieron 39 capítulos en la Tv del Reino Unido entre 1961y 62, año en que nací). El super auto era apto para el aire, la carretera o el agua; a todos lados llegaba Mike Mercury, el piloto, incluso, creo, llegaba en un capítulo al espacio/tiempo de la mismísima noche espacial. Nada importaba que afuera de mi casa se juntara una calle de asfalto con una tierra, de la que inevitablemente nacería el barro. El super auto llegaba mientras, de fondo, yo escuchaba el paso del tren. Y volví, hace ya unas semanas, de manera inesperada, al sonido del tren, y sí, desde la chacra gualeya, volví al super auto; volví, es obvio, a esta sintonía que quedó marcada en mis pequeñas memorias de infancia. Volví a ese mundo luego de ver una foto de Fernando Sturzenegger, fotógrafo gualeyo.
Fernando me dice que la foto fue tomada a la izquierda de la estación de Gualeguay, donde antes se instalaban los parques de diversión y los circos. Entre las suertes que tuvo la imagen figura la de haber llegado a las manos de doña Lidia, la mujer que aparece en la foto; y haber sido elegida como foto del año en el foro español Dzoom. Sturzenegger hizo el disparo a las 19 hs. del 18 de octubre de 2008 (una bondad de la tecnología), y este cronista volvió a su infancia diez años después. Ya lo dijo el poeta Ricardo Maldonado, el valor de la foto está dado en la capacidad de generar palabras y despertar memorias en quien contempla.
Diez brazos mecánicos intentan llegar hasta un cielo típico de foto de Sturzenegger (quizás no lo sabía en ese momento, pero en 2008 Fernando fundaba ideas y estética); Al parecer hay un brazo que todavía toca tierra, que aguarda al viajero. La flor metálica se abre al cielo, en cada mástil un sueño, una promesa. Hacia la derecha de la foto se ven las copas de unos árboles, empequeñecidos gracias al porte del metal. La flor está rodeada por un cerco circular: barandas metálicas, y dentro del cerco: una escalera de ascenso. Hacia la derecha de la escalera descansa el brazo número 11. Once jugadores para esta fantasía. Lidia camina pegada al cerco, entra en escena desde la izquierda. Todo el paisaje apunta al cielo de la tarde que en pronto devenir será noche. La única testigo en tierra tiene, como solitaria conexión con el cielo, la cruz que lleva colgada al cuello; dos bastones la aferran al tránsito en la tierra; toda su postura corporal señala la tierra. La mirada de Lidia, a lo sumo, llega hasta la escalera de cuatro peldaños, escalera de cuerda corta. Hay dos testigos más del momento en que Fernando disparó su click, su sonido de la muerte que, años después, sigue dando testimonio, conectando con la vida. Hay dos testigos más, pero no están en la tierra, sino en el aire, volando, habitando el sueño, o su símbolo: la nave espacial, muy, pero muy parecida al super auto de los años 60 (pienso: una verdadera rareza para el 2008, una reliquia dentro del parque de diversiones pobre que visitó la ciudad/río de Gualeguay). Solo dos de los 10 super autos llevaban pasajero: dos gurises vuelan, toman altura en el cielo gualeyo. Los super autos habitados aparecen en la foto hacia la derecha. Sueños en altura cuando se acerca la noche, una de las bondades de la vida aprehendida desde mis días de pibe. La noche: tranquilidad, placer, silencio, vida, mirada atenta, por ejemplo, dirigida hacia las estrellas.
De tanto mirarlas, el sueño me fue llevando a querer ser astrónomo, jugaba con esa idea. Tenía 14 años cuando mi papá me compró unos binoculares (no alcanzaba para telescopio), y con sus manos hizo un pie de apoyo con metal y madera, y entonces yo calzaba los binoculares en el artilugio y miraba las estrellas apenitas más cerca; y además buscaba vida que viniera desde las estrellas, las famosas apariciones de ovnis. En esos años armé una biblioteca completa sobre la temática, asistí a conferencias de especialistas, y en algunas cajas guardo la colección completa de la revista “Cuarta Dimensión” que dirigía Fabio Zerpa. Hubo en el pibe que fui una continuidad de cielo nocturno que fue tejiendo mi amor, mi atracción, hacia las tantas sintonías que puede albergar la noche. Al final posé la mirada sobre las galaxias donde me tocó vivir: Buenos Aires y Gualeguay.
Luego de ver esta foto de Fernando, quiso el destino, quiso la bondad del viaje iniciado, que el fotógrafo izara al ciberespacio una nueva foto bien alta en el cielo (porque Fernando no sube simplemente una foto (que muchas veces acompaña con palabra e ideas acertadas en torno a la condición humana y sus misterios), digo que el fotógrafo despliega, iza, banderas de identidad en las que no se contempla la renuncia).
Unos años después de la foto citada, Fernando, en un espacio/tiempo en el que indudablemente fundaba y aseguraba mirada, tomó otra foto. Es inquietante. Una nave espacial techada de cielo está posada sobre la tierra. Se ve claro, todo sucedió en el Parque Quintana, después de una lluvia. Otro click de la máquina: el sonido de la muerte y de la vida, y del sueño, entre las manos de Fernando. La nave aterrizada proveniente de otro mundo, alberga entre sus patas el charco generoso que se guarda desde la lluvia de la noche anterior. Entonces nace el reflejo que despista, y engaña a los terrícolas que apenas pueden ver: la cantidad de agua que se juntó bajo el armazón metálico de los juegos infantiles: puentes y escaleras. Curioso que nadie vea las patas de la nave. Curioso que nadie se detenga en los elementos que componen el agua: tierra, cielo, nubes, metal, hojas de árbol (que también vienen de la altura), árboles, escaleras (de descenso, obvio) y trapecios. Una nave espacial llegada desde otra realidad posada en el Quintana simula ser juego de plaza. Otra vez Sturzenegger me lleva de la memoria, de la mano de la memoria, y me hace ver la verdad, mi verdad, la de cada uno, la que lleva nuestro puñado de almas entre tanto recuerdo.
Durante el último mes, Sturzenegger estuvo izando fotos conectadas con un tema: las orillas del Gualeguay. No en todas estas fotos, pero sí en varias, hay una sintonía que siempre pienso como una ventana abierta a otro, a otros mundos. En esas fotos es explícito el alumbramiento de coordenadas diferentes dentro del paisaje conocido: el Gualeguay, y tanto en tomas generales, como en recortes más acotados de orilla y cauce. Entre las tomas de esta serie me encontré con una foto, que no me sugiere otro mundo, es una foto por un lado informativa, y que a la vez lleva implícita una vuelta de tuerca sobre el sueño. Como si Sturzenegger hubiera sido por un momento reportero gráfico. La toma muestra cerca de la orilla del río, una prueba irrefutable para mi sueño, para el relato que anoto: la visita de una nave espacial. Hay un grupo de árboles al fondo de la foto, todos inclinados hacia la izquierda, acomodados por el viento sur en la siesta gualeya. Luego hay pasto bajo, y arena que llega hasta la frontera entre la tierra y el agua. A diferencia de las dos fotos anteriores, la toma es en color. El agua puede provenir de la lluvia, pero difícil, hace bastante que no llueve con ganas; o puede ser filtrada por el río. El líquido elemento forma un círculo perfecto. Un árbol levanta su esqueleto desde la memoria de su vida. Y el agua del círculo, habitante entonces de la hendidura en la tierra que dejó mi nave de otro planeta, se desborda lenta, silenciosa, y avanza hacia el espectador, que observa desde el fuera de campo que comienza en el final de una tierra resquebrajada. Un plano de ciudad seca dibujado desde el aire; sus calles/surco marcan la necesidad de vida mientras el agua avanza.

Veo las fotos de Fernando Sturzenegger, y me detengo en la última. Pienso en el desborde del agua del sueño –originada en la huella de la nave espacial, en el cielo sideral que despierta cada noche- que llega hasta los sueños que todavía no saben que sueños pueden ser, que llega hasta la infancia de cada gurí, a cada “espacio” de infancia necesitado de fantasía. Para que las miradas de los que están llegando sepan de la fantasía alumbrada, de la maravilla que tanto se necesita para “ser” en la realidad del juego y la vida. Mundos otros en tantas vidas, en la casa, el refugio, donde fuimos pibes.

domingo, 11 de febrero de 2018

Velorio del angelito

Anotaba días atrás el asombro que me causó enterarme del velorio del angelito a través de la lectura de “Recuerdos del pasado” (1930) de Julián Monzón de Rosario del Tala. Leía en “Velorios e insepultura de los angelitos”: “Era tradicional la costumbre de dejar sin sepultura los chicos que morían en la campaña, en los tiempos pasados; depositándolos en los árboles o en otro lugar al aire libre. / Cuando moría un chico, se amortajaba adornándolo con cintas de colores y así se velaba; muchas veces hasta que empezaba su descomposición. / Estos velorios no asumían el carácter serio y apesadumbrado del de los adultos; por el contrario, en ellos rebosaba la alegría con todas las manifestaciones de una gran fiesta. / Las familias vecinas concurrían a ellos ataviadas con lo mejor que tenían, para terciar en todos los alegres y chistosos actos que allí se celebraban. / Los homenajes con que se despedía de este mundo al angelito, empezaban generalmente con el baile. (…)”.
La poeta Tuky Carboni me decía: “Me alegra que Monzón haya rescatado esas costumbres. Me llené de emoción al saber que cuando morían los niños no les daban sepultura y hacían una fiesta. Me pregunto si los padres podrán haber soportado el extremo del dolor y la alegría de los demás. Tenía noticias de que en Arroyo Ñancay, acá cerquita de la ciudad/río, se había encontrado el esqueleto de una criatura en la cima de un árbol. Pero yo creía que eran costumbres de los nativos americanos”.
El tema atrajo mi interés, y entonces, en uno de nuestros encuentros de charla, el pensador Eise Osman contó: “Yo estuve en un velorio del angelito. Tendría unos 10 años, principios de los ‘40, en Villaguay. Era una farra, mucho baile. Recuerdo que se hacía la doma de la botella: una competencia entre los hombres para ver quién se mantenía más tiempo en equilibrio, con los pies sobre una botella. No vi al niño muerto. Después colgaban el cuerpo en un árbol”.
Velorio del angelito. Óleo del pintor chileno Arturo Gordon (1883-1944).
Comenzó entonces la búsqueda de información. Pude saber del paisaje general de este tipo de velorio. Comparto algunos detalles conocidos a partir de la lectura del trabajo de César Iván Bondar, antropólogo social y becario del CONICET: “Sobre el velorio del angelito. Provincia de Corrientes y Sur de la Región Oriental del Paraguay”. Su trabajo se nutre a su vez en otras investigaciones. Una lectura recomendada y a disposición en la red.
El origen del velatorio podría ser árabe, introducido a España luego de siglos de dominación, y a través de la espada y la cruz de los “descubridores y civilizadores” llegó hasta América. Es posible que los jesuitas instalaran ciertas creencias como consuelo para las mujeres nativas debido a los niveles que alcanzó la muerte de niños durante la conquista, gracias a las nuevas enfermedades. El velorio del angelito nace entonces a partir de la conjunción entre costumbres de los pueblos originarios y disposiciones de la iglesia católica. Hay una marcada diferencia con el velorio de un adulto, hay, debe haber alegría en el del angelito: no se debe llorar, se debe bailar. La madre no debe llorar porque de hacerlo podría mojar las alas del angelito, y esto entorpecería la ascensión directa hacia su automática calidad de ángel. El angelito pasaba varios días atado a una sillita o sobre una mesa. Existía el oficio de “vestidora” del angelito. La muerte de un hijo en las familias numerosas motivaba el festejo, ya que por lo general, nacía otro: el hijo retornaba. Además el angelito pedía a Dios bendiciones para la familia. De ahí el cuidado del bautismo antes o después de la muerte, para que los niños no transitaran devenidos en duendes o almas en pena. En el trabajo de Bondar también se hace referencia al alquiler o préstamo, del finadito en su ataúd, al bolichero del lugar o bien a un vecino para continuar con el festejo. Los padres del niño muerto tenían ciertos beneficios, como la bebida gratis. Estos eventos, su beneficio en público y bebida, el entretenimiento, está muy bien registrado en “La Pampa” (1890), el libro de Alfredo Ebelot. Las formas del velorio del angelito se practicaron en América Latina hasta mediados de 1960, su desaparición o modificaciones se debe, entre otras razones, a la migración de la juventud y con ello el corte de la tradición oral, así como la aparición de cultos evangélicos y de otros orígenes. Bondar también registra el caso de una madre que paseó en brazos a su hijo muerto (como si se tratara de un recién nacido) por las calles del pueblo; para que el angelito no olvide el barrio, y para que cada 1 de noviembre sepa volver a la casa. El autor habla de la despedida del cuerpo, que podía ser en el cementerio o en el patio de la casa. Nada dice del cuerpo en el árbol. Tampoco aparece el dato en el relato de Ebelot.
El poeta y periodista uruguayo Edmundo Montagne presenta a Ebelot (revista “El Hogar”, 1930). El autor de “La Pampa” volvió a Francia, donde había nacido, en 1908; vivió 40 años en estas tierras. Del libro se hicieron dos ediciones en París, castellano y francés, impresas por Escary, un editor de Buenos Aires. Asegura Montagne: “(…) es libro al que la animación humana de su contenido le depara vida eterna”. Ebelot era ingeniero y escritor. Formó parte de la expedición de Alsina, desde el 75 hasta el 79, en los días de la conquista del desierto, de la zanja para contener a los “salvajes”: “Terminada esta misión, Ebelot fue en Buenos Aires periodista. Pero ¡qué periodista! Versado en todo, escribió sobre todo, con un fundamento y una soltura inusitados. Su estilo, de oraciones breves, era lo contrario de esa pomposa declamación tan en boga entonces. Tanto como lo enriquecían los datos, lo amenizaban las anécdotas. Y ni los primeros le quitaban agilidad, ni las segundas lo apartaban de la idea capital de cada artículo, muchos de los cuales son acabadas obras de sensatez, de ilustración y de buen humor”.
En el capítulo “El velorio” de “La Pampa” se lee sobre un “sucedido” cerca de Azul, provincia de Buenos Aires: “(…) Un pesado olor a sebo, a cigarro y a ginebra cargaba la atmósfera. Un humo denso, tan denso como en la cocina, pero más desabrido, lo envolvía todo, comunicando a las cosas un carácter extraño. En el fondo, al centro de un nimbo de candiles, aparecía el cadáver del niño, ataviado con sus mejores ropas, sentado en una sillita, sobre unos cajones de ginebra arreglados encima de la mesa a manera de pedestal, fijos los ojos, caídos los brazos, colgando las piernas, horroroso y enternecedor. Era esta la segunda noche que estaba en exhibición. Una ligera sombra verdosa, como un toque de esfumino, asomaba en la comisura de los labios, y se me hacía, no sé si fue una ilusión de mi imaginación, que las jaspeaduras de las carnes reblandecidas no dejaban de contribuir al husmo que impregnaba los olores flotantes en el aire. A1 lado del cadáver estaba sentado un gaucho, blanco el pelo y color de quebracho la cara, con la guitarra atravesada sobre las piernas. Al verme entrar, había interrumpido su música, como los demás, su baile. Se discernían las parejas en medio del humo; el brazo de los mozos envolvió estrechamente el corpiño de las muchachas, y les hablaban de cerca, demasiado de cerca, algo encendidos por la bebida; ellas reían a mandíbula batiente, echaban sonoros piropos, teniendo también los bronceados pómulos coloreados por una pizca de intemperancia. Algunos viejos en los rincones fumaban y discutían sobre caballos. / La madre estaba al otro lado de la mesa, simétricamente con el guitarrero. (…) Mientras tanto seguía el baile. Al pasar frente al chiquilín muerto, al propio tiempo que meneaba las caderas con la provocativa ondulación propia de la habanera o de la zamacueca, una que otra bailarina persignábase furtivamente, y acto continuo largaba una carcajada para corresponder a una galantería de tono subido en que tenían arte y parte la voz, los ojos y las manos de su compañero. El trueno cubría de vez en cuando, con su grueso rumor irritado, la melopea chillona de la guitarra, el murmullo de las voces, el ruido acompasado de los pies que golpeaban en el suelo, las resonancias indiscretas de los besos. (…). Esta costumbre, que rige de una extremidad a la otra de la América española, da ocasión, tengo que confesarlo, a tráficos verdaderamente sorprendentes. Algunos pulperos, nada propensos a la sensibilidad e inaccesibles a preocupaciones, alquilan a tanto por noche los pequeños cadáveres con el fin de exponerlos en un galpón contiguo a su esquina, y organizar sesiones de ‘beverage’, de baile y de música. Este ardid, para dar animación al comercio, es fúnebre, pero acertado. Se les agradece la diversión. ¡Son tan escasas las diversiones! La gente acude de todas partes. El hombre decididamente es un ser sociable y jaranero. En el desierto, aprovecha cualquier pretexto para dar rienda suelta a sus instintos de charladuría y de diversión. Los mismos padres del angelito remontado al cielo gastan en ahogar su dolor el precio de la locación de sus queridos despojos. / ¡La primera noche ha sido tan agradable!, ¿por qué no volver la noche siguiente, y la otra, y otra más, hasta que el angelito se vuelva un objeto de asco? ¿Qué más quiere el pulpero? Prolonga tanto como puede la funeraria fiesta. De día, deposita cuidadosamente el cadáver en un cuarto fresco, lo resguarda de las moscas, a fin de que se conserve intacto por más tiempo. Su mercantilismo es una mancha en el cuadro, no lo niego, un manchón poco simpático. Hasta concedo que es algo bárbaro. Es de notar sin embargo que no ha sido producido por la barbarie, sino por un rudimento de civilización. Suprimamos los despachos de bebidas, esto es, el primer síntoma, la primera manifestación de la vida de relación, de las fuerzas económicas, de la influencia demasiado ponderada de los intercambios, de la actividad comercial, del ‘struggle for money’ (batalla por el dinero), y los pobres diablos de angelitos podrían ser tratados a veces con lamentable desparpajo, pero no se tornarían por cierto en motivo de una especulación repugnante. (…) el velorio es un genuino rasgo de los antiguos usos y la más curiosa manifestación del catolicismo de los jesuitas interpretado por los paganos de la pampa”.
Cantidad de pensamientos aparecen a partir de la imaginación alimentada por la palabra, el testimonio. Pienso en que la referencia al destino del cuerpo en el árbol aparece en esta, nuestra zona. Anoto que quizá en cada lugar se sumaban o restaban detalles a la ceremonia, nacida, creada, adornada, desde el cruce de orígenes, naturales o interesados. Pero ante todo pienso en los niños, los gurises, en las familias; ver el velorio del angelito desde nuestros días, de mínima nos hace ruido, muchas sintonías resultan inexplicables. Dónde ubicar el dolor, me pregunto. Entre el oleaje de la historia, en la memoria del hombre, en los tiempos de la naturaleza. Eso me digo, y sigo pensando.

domingo, 4 de febrero de 2018

Las cuerdas del aire

En la chacra gualeya, cuando llega el final de un día de verano, cuando a la luz se le empiezan a dibujar los bostezos, cuando la copa tiembla en sus manos, y la materia vuelve al estado sólido, al cuerpo que tenía en la madrugada, entre sombra, silencio y rocío, es ahí, en ese preciso momento que, sentado en la galería del fondo de esta casa, agradezco la aparición del pensamiento, y junto con él, la llegada de las estrellas, y de la multitud de los habitantes de la noche. Porque cuando el día de verano bosteza y se encamina a vestir su tumba en la noche, aparece la vida de los hacedores de este maravilloso estado de gracia y penumbra. Cuando un día de verano bosteza con música de final, es el único momento en que puedo festejar la susodicha estación. Porque intento mirar, y veo, y luego, pienso en medio de uno de los mejores verbos para conjugar en la ciudad/río de Gualeguay: me digo: “yo fresqueo”, y entonces aparecen algunas memorias, alguna idea perdida o mordida por una mirada, por una manera de seguir vivo, de seguir participando a conciencia despierta, esa manera de andar que recomendaba el grande hombre José Saramago.
Hay noches con presencia de los típicos bichitos de luz entre las plantas bajas del jardín. Llevan ellos un vuelo sostenido pero errático, con avances y retrocesos, como si los guiara el miedo o la duda, una duda poco creativa, diría que un tanto creída, pedante, y por lo tanto, una duda cómoda, acomodada, una que no agita el alma del verdadero “dudante” y su motor de dudar, el cuore. Los bichitos de luz parecen almas errantes de seres humanos, fantasmas mínimos nacidos de hombres que al morir poca pista tenían de su identidad. Los bichitos de luz quedan un tanto a merced del viento, un poco para allá, otro tanto en contrario, para nada más acomodar la luz de cada uno de los sueños que se apagaron en la vida, y que se siguen apagando en la muerte.
Desde hace varias noches reparo en la presencia de los tucos, en su vuelo. Los tucos no se dejan ver todas las noches: puede haber bichitos de luz y ellos dan su presente, puede no haber lucecitas en el jardín, y ellos, los tucos, los que llevan una luz de porte generoso, pueden estar; y es entonces que me di cuenta de que ellos siempre están, más allá de la posibilidad de verlos. Hay una conciencia en el vuelo del tuco, hay un saber que les llega desde la mismísima naturaleza, un misterio que los habilita a respirar y, cuando están de humor, a señalar con su luz, el lugar exacto donde cuelgan las cuerdas que sostienen el aire. Un tuco no vuela en línea recta, no vuela de manera sostenida, vuela, o mejor, simplemente se desliza sobre cada una de las cuerdas que están tendidas en el aire, que son el aire, como si se tratara de guirnaldas o lucecitas festivas; un tuco vuela comprendiendo que el vuelo es, ante todo, un acto de fe en la naturaleza, y un ejercicio respiratorio. El tuco inspira y se lanza sobre la pureza del tendido de las cuerdas del aire, inspira y es impulso; y suelta el aire mientras toma la comba de la cuerda; el tuco vuela de esa manera porque sabe de la respiración del aire en la naturaleza, de la misma manera que un escritor debe comprender que toda escritura es un misterio que mucho tiene que ver con la respiración. El tuco es quien ilumina el andamiaje del aire, lo muestra para quien lo quiera ver: cuerdas, combas, hilos de rocío, hilos de silencio, hilos de la tela que teje la araña, la multitud de pasos de los cascarudos de cuerno curvo contando la cantidad de almas que se esconden, cada noche, bajo el pasto en esta chacra gualeya. Todo se ilumina, se ve, se piensa, gracias al vuelo, visible o no, de los tucos, que se deslizan a mayor altura; se los ve llegar, se los ve pasar, queda claro, son almas que tienen identidad, y un propósito de vuelo.
Pienso en la realidad de la poética construcción del aire, lo dicho, que enseña para quien quiera ver: el tuco con su vuelo sobre la gran pizarra del cielo, que no es más que aire puro que queda un tanto más alto. El tuco, aquí la razón primera, hace visible la necesaria limpieza del aire para que todo nuestro universo, y en él todas las criaturas: desde el hombre cotidiano hasta el último y más cansado de los tucos, siga rodando entre las espiraladas esperanzas siderales. El tuco señala el aire, y este aire es agua, alimento y tierra, y muchas otras sintonías que habitan, que “hacen” la vida dentro del misterioso equilibrio de la naturaleza.
Sucede luego de contemplar una simple señal de la naturaleza -un trago generoso de amable vino tinto en la noche- que la posible poética de la observación y el sueño, me lleva, de a poco, hasta la razón que con mayor profundidad debería estar arraigada sobre la faz de esta tierra; hablo del bien de la vida, y de la calidad de esa vida, de ese bien. Y entonces la música cierta de la poética me habla del aire otro, el que profana la muerte que nace entre las manos de los hombres codiciosos.
Digo que el buen destino entre los hombres comenzó a nublarse de malicia cuando se dio que un primer hombre se quedó con el pan que bien podía comer el otro, su hermano. Dos y tres panes, el sustento, luego dos o tres monedas, la riqueza mayor en que se funda el cultivo salvaje del capital. Bien sabe el gualeyo del aire otro, el sucio, el nacido del interés y la explotación de los famosos “recursos” materiales y humanos. El desfile de botas blancas sobre las bicicletas hacia cada turno marca la supuesta bondad de determinadas presencias y permisos. Bien lo sabe el gualeyo. Hasta este cronista en la chacra, cuando el viento sopla desde coordenadas precisas, sabe llegar el aire ganado de podredumbre, las miasmas que a diario soportan los vecinos de la empresa en la que, como bien ya sabe Julia, mi hija de 6 años, hay señores a los que no le importa la gente ni el paisaje; sólo hasta la ganancia llega el compromiso moral por el metálico destino que sueñan como grandeza. Hay que entender que el olor ya es agresión, esto dicho para los que defienden la dudosa verdad de un olor no contaminante. Y hasta esta línea llega el ejemplo, que no es el único; y válido es para cualquier lugar de nuestro país, tierra donde ha crecido, y solo por hacer corta la cuenta, durante los últimos 40 años (alabado sean los fomentos recibidos de manos de los dictadores, del miserable de Anillaco, o de la posverdad amarilla) un tipo de empresario sin límites que sabe que la fantochada de los controles es controlable, comprable, y que todo el sistema valida la rapiña monetaria. Desde hace unos 40 años se viene estableciendo este tipo de empresariado, esta casta de hombres miserables que solo piensan en el lucro sin reglas, o solo admitiendo las que se originan dentro de los horrores del mercado. El único derrame posible será la miseria y la destrucción del medioambiente.
Hace días que pienso en los cóndores muertos en Mendoza, cóndores y un puma, y todo animal que se sustente desde el equilibrio de la naturaleza. Ahí la foto, la información: el mismo veneno que se llevó a los cóndores, habitantes ellos del buen aire que tiende y se tensa entre las cuerdas que iluminan los tucos, es el que se robó a Rocío, la nena de 12 años que comió una mandarina envenenada en Corrientes, y a no esquivar el hecho de que Rocío era otra criatura del aire, del aire feliz que alguien se robó y que todo pibe debería conocer en el territorio de la infancia. Tierra arrasada, glifosato, agrotóxicos y tantos otros nuevos nombres para la Parca: veneno para las criaturas porque alguien hace negocios salvajes.
Resistencia, resisto desde mi orilla, desde donde la mirada no ve a las víctimas, los pobres, como si fueran una pincelada de color en un cuadro de malentendido costumbrismo; no escribo fotos incoloras, inodoras e insípidas para retratar el pintoresco arte de sufrir. Nos están matando. La timba que mueve la conveniencia de los habilitados: es el nuevo dios.
Desde mi orilla pienso, y busco las palabras y las miradas de los creadores. Me refugio, me pienso ahora en la escritura del poeta Ricardo Maldonado, desde su libro “La perdiz que mató Monsanto” (2015), elijo su poema “Fumigando”: “Un eclipse, una ola fatídica, / una respiración de la hora suspendida, / un regreso del orín del diablo en plena primavera, / una noticia de fatalidad que a poco se anima. // Un casamiento malogrado del hombre con la tierra, / una lenta veladura del pobre gaucho / pasado a cuarto oscuro; jinete caído, / paisaje en seguro sillón de ruedas. // El pensamiento seco por el dinero / no ve más allá que Nidera. // A la guitarra que tan lindo sonaba / se le cortó la cuerda aparcera de la voz, / y ahora el silencio observa: / la media faz del hemipléjico, / la media faz de la manzana podrida; la media faz de la sociedad mezquina. // La pantalla multicolor se quedó en blanco y negro. // Y ese olor, como una transpiración de mala época, / neutraliza lo que se mueve y avanza impune”.
La mirada y la palabra del artista plástico Maxi Crespo, que actualmente trabaja en una serie titulada: “Regando Glifosato” refleja lo siguiente: “La serie nace a través de mis incursiones de pesca deportiva. La pesca que hago consiste en pesca y devolución, se devuelve al medio ambiente, no se pesca para sobrevivir. Esta actividad me lleva a una sensación de tristeza, porque voy habitualmente a lugares donde había peces y naturaleza, y antes o después de una siembra, empiezan a regar con glifosato y otros venenos, ya sea para matar los árboles y después desmontarlos, o como dicen ellos, para “depurar” la tierra de todos los bichos. Todo ese veneno que queda sobre los árboles y la tierra, cuando llueve, se lava en parte, cae en los arroyos y envenena a los peces. A partir de todo esto, de la tristeza que tenía, causada por la muerte que uno ve en la naturaleza, empecé a trasladar esas sensaciones, no en dibujos, sino en colores. Lo llevo a colores porque cuando un campo no está regado con glifosato los colores se presentan, como deben ser, naturales: el amarillo es amarillo; después del veneno, el paisaje cambia: el amarillo es otro, es fluorescente; lo que predomina en el monte cuando pasa el veneno es el blanco, no sé porqué el árbol queda blanco, y el paisaje pasa a ser totalmente desolador, ya no hay pájaros o los ves muertos. Es lo que interpreto a través del color. En la serie predomina el blanco reflejando un paisaje fantasmal, pájaros y árboles de pie, muertos, y también el amarillo, que aparece antes de que todo quede blanco: el pasto primero es amarillo, luego blanco; el azul y el verde que aparece en los cuadros tiene que ver con los colores de los tachos en los que viene el veneno”.
Obras de la serie Regando Glifosato de Maxi Crespo
Se trata de defender la orilla donde nos paramos con compromiso; eso sí, para hacerlo hay que “ser” en la orilla. Y hay sólo dos: resistencia o complicidad, tuco o bichito de luz, ser solidario o desentenderse, estar con la vida o con la muerte.

domingo, 28 de enero de 2018

Cachete en el José Hernández

Hace meses que esperaba volver sobre una señal. Andar por la vida contando historias me permite la mirada sobre mi manera de ser: saber de mi identidad: mis elecciones, y de esta convicción que apunta a la práctica de la memoria como parte fundamental de un futuro saludable para esta sociedad. Y en este andar se producen encuentros felices. La gente, en este caso, los habitantes de la ciudad/río de Gualeguay son quienes alumbran las vidas y los paisajes de ayer. Entre estos encuentros hoy destaco la presencia de la museóloga Iris Wulfsohn. El caso de Iris es especial: de manera natural la memoria toma cuerpo entre sus palabras, y a ello se suma su estudio, su carrera/oficio que la ubica como profesional en la defensa de los recuerdos. Hace ya varios años que está al frente del Museo Ambrosetti. En 2013 hice una nota sobre el Museo, y la sensación fue que ella caminaba a conciencia las salas: Iris sabe muy bien de qué está hablando. Se agradece cuando en ciertos lugares, por lo general descuidados por la velocidad de los administradores, el visitante se encuentra con la persona indicada para ocupar el puesto. Luego de aquella nota quedó el vínculo con Iris, y hubo distintas oportunidades para la charla, para comentar sobre el retazo de una historia, sobre las sintonías de una anécdota, o sobre todo aquello que, luego de descorchada la memoria, fundara la palabra del recuerdo.
Roberto "Cachete" González
Así sucedió cuando en el escenario de charla se asomó, una vez más de paseo por su aldea natal, el amigo Roberto “Cachete” González. Iris guarda una historia, me dio un resumen hace meses, y entonces volví sobre esa señal.   
Iris abre el recuerdo dando detalles del plano general con que empieza esta película: “Mi primer trabajo como museóloga fue, en esa época, en el Museo de Motivos Argentinos José Hernández, hoy se llama Museo de Arte Popular José Hernández, ubicado sobre Avenida del Libertador, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Era muy difícil conseguir trabajo y, lo era más -lo sigue siendo- para un museólogo. Se accede por lo general por algún contacto; siendo de Gualeguay no tenía ninguno. En la calle me encontré con un compañero de estudios; eran años sin celulares y pocos teléfonos, yo no tenía; le dije que buscaba trabajo. Tres días después llamó a la casa de una compañera de estudios que teníamos en común, para ver cómo podía comunicarse conmigo. Y atendí justo yo, que estaba de visita. Me avisó que iban a contratar gente en el museo porque se iba a hacer una reestructuración grande. Año 83, entré en agosto; se cumplían 45 años que la casa donde funcionaba había sido donada a la ciudad. Hubo remodelación, pintura, fiesta, se tomó gente: ya había un equipo muy interesante. Todo esto sucedía durante los últimos arañazos de la dictadura. El 10 de noviembre, Día de la Tradición, se tiró la casa por la ventana; y no recuerdo qué se me atravesó, por qué me enojé, ese día no fui. Trabajar ahí fue una gran experiencia. Como decía mi abuelo: ‘Bien de milicos, muchos cargos, todos jefes y no había indios’. Por eso hubo que contratar gente. Se formó un muy buen equipo, y aprendí de todo, porque todos hacíamos todo. Se proyectaban las exposiciones con un año de anticipación. Resolvía la jefa de investigación y documentación, y desde ahí se iniciaba la selección de material, si hacía falta el envío al taller de restauración, la investigación, el diseño gráfico. Estuve 5 años. En el museo funcionaba el Centro de Promoción Artesanal, de apoyo a los artesanos del país, y la biblioteca José Hernández. Estuve en todos lados, los últimos años en el taller de restauración. Se trabajaba mucho; veías desde el nacimiento de la idea hasta su concreción, fue un gran aprendizaje. El equipo formado además, como había guardias los fines de semana, compartía esos días y entonces te conocías, estrechabas lazos con gente de todos los sectores. Esto se daba entre los indios. Cuando me fui, seguía estando la misma directora, que venía desde el 76, y que siguió, una persona nefasta”.
Iris Wulfshon en el Ambrosetti.
En el Museo José Hernández nació la idea para hacer una exposición/homenaje, y en el inicio de ese trabajo apareció el nombre de Cachete: “Fue una exposición por los 100 años del fallecimiento de José Hernández en 1886. El museo tenía una muy buena biblioteca, que poseía varias joyas entre, prácticamente, todas las traducciones y cantidad de ediciones hechas del ‘Martín Fierro’, la obra cumbre de Hernández, con tapas de cuero, metal, madera. Se pensó en la exposición alrededor del libro, y partiendo del material que había en el museo. Se eligió además a dos ilustradores de la obra: Juan Carlos Castagnino y Roberto ‘Cachete’ González. Enseguida remarqué que yo era de Gualeguay, y que lo conocía. Siempre lo veía en los veranos, era muy caminador, se quedaba hablando en las esquinas; encontrártelo hablando en la San Antonio era algo cotidiano; cuando yo era chica, todos los domingos a la mañana, mis padres se juntaban con sus amigos en el balneario; Cachete siempre se acercaba a saludar, por años; dejé de verlo desde que, como todo adolescente, dejo de acompañar a mis padres. Saludaba a todos, con todos tenía algo de qué hablar. Este era mi conocimiento de Cachete. Para la exposición se llamó a los familiares de Castagnino, se habló con uno de los hijos; se explicó lo que se quería hacer; la familia aceptó y se arregló el envío, por escrito, de las exigencias en relación a los cuidados que necesitaban las obras. Pidieron seguro de determinada empresa, detalles sobre las características del embalaje, vigilancia personal cada tantos metros en la sala de exposición, y otros detalles que ya no recuerdo. Todo arreglado. Y se llamó a Cachete. Cuando hablan, él aclara que no tenía nada; decía: ‘No sé, lo dejé en la editorial, no tengo nada’. A la jefa, Graciela Taquini, le agarró un ataque. No podía entender que Cachete no tuviera ni una obra de las realizadas para el libro. Ella era licenciada en Historia del Arte de la UBA. Le preguntaba: ‘¿Cómo que no se dejó obra?’. Graciela le empezó a decir que iba a llamar a la editorial, tenía conocidos en todos lados, pero no, ya habían pasado un montón de años. De todos modos, Graciela invitó a Cachete, lo quería presente en la inauguración, donde iba a estar expuesto el libro. Cachete dijo que sí, que iba a estar. Era 1986. Ocurrió que tres días antes de la inauguración, llegó Cachete al museo con un cuadro de aproximadamente 70 x 50 cm. hecho especialmente para la exposición, y una obra que además donaba al museo. Nos emocionó, él y el cuadro. En el centro de la pintura se ve a José Hernández, y alrededor, lo corona, lo rodean varias recreaciones de las ilustraciones que había trabajado para el ‘Martín Fierro’. Graciela gritó de emoción cuando vio el cuadro. He visto obra de Cachete, no conozco todo, pero esta debe ser una de las más hermosas; cuando la vimos, la sensación fue de pura emoción. Graciela no entendía cómo un artista podía tomar su obra de esa forma, con cierto descuido. Porque Cachete regalaba mucha obra. Cuando Graciela conoció a Cachete, lo amó, andaba enamorada. Era muy seductor, muy simpático. Siempre reía. Graciela igual lo retó por dejar abandonada la obra. Yo me acerqué, le dije quién era, se acordó de mis padres y de mí, de nena; me dijo: ‘Mandale muchos saludos a don León’, mi papá. Yo toda ancha, claro, la gente no sabe que en los pueblos no tenés que ser amigo para saber el nombre. La historia de este cuadro entra en esas actitudes destacables de Cachete, porque se tomó el trabajo, lo enmarcó, pienso en el gasto que le pudo significar todo, justo a él que nunca le sobró un peso; y todo porque se sentía culpable, pero no porque no tenía su obra, sino porque no podía colaborar con la muestra. Él lo dijo: que se había sentido muy mal por no poder colaborar, que hizo algunos llamados pero sin resultados, y que entonces se puso a pintar para el homenaje a Hernández; sucedió así, cuando la obra de Castagnino un poco más y llega con la Armada. Y pensar que Cachete nunca retiró sus originales. Me pregunto si Cachete realmente supo, sintió, lo bueno que era como artista. En el museo me cargaban porque siempre aparecía algún tema que tenía que ver con Gualeguay. El cuadro de Cachete tuvo el mejor lugar. Todos los cuadros de Castagnino, uno al lado del otro en una pared, y el de Cachete fue dispuesto solo en la otra pared. Tuvo la pared completa. Me acuerdo, le rompió el corazón a Graciela”.
El recuerdo de Iris Wulfshon es, pensaba, una especie de radiografía de cómo funcionaba el universo todo que guardaba la persona –Cachete: un generoso puñado de almas e historias- de este destacado artista gualeyo que, por derecho ganado a través de su trabajo, tiene un lugar en la historia del arte argentino. En el relato aparece el Cachete que no tenía control de su obra, pero es necesario agregar dos consideraciones. Podía regalar obra, ser un tanto desprendido, sí, lo era; pero también vivía y pagaba sus necesidades con ella: el médico guardó el cuadro que el artista le dio por atender a su hijo. Y es un caso especial el trabajo que hizo para la editorial Cátedra: jamás pudo cobrar la ilustración del “Martín Fierro”, que imagino tanta apasionada dedicación le costó. Le entregaron ejemplares para que él mismo los vendiera y se generara un ingreso. Mi viejo, Rolando, compartía con Cachete, allá en los años ’70, reuniones de pintores -los viernes en el bar Florida de Buenos Aires- y el gualeyo ofrecía el “Martín Fierro”. Cachete sin dudas fue un tipo muy especial. Siempre lo imagino torbellino, a galope constante, pensando, respirando arte, una sustancia que lo acompañó desde el principio. Este hombre artista era el que a su vez mantenía memoria de su origen pobre, de su desprotección, y entonces andaba por la vida mirando al otro, a ese que menos tenía. Viene a mi memoria aquello que me contó Marisa, su hija; la vez que le explicó a sus hijos que debían darle el juguete nuevo al chico solo que estaba en la plaza; cómo no colaborar, y lo señala Iris en su recuerdo: se sentía mal porque no colaboraba: con el museo, con la gente que había pensado en él, con la memoria del mismísimo José Hernández. El “Martín Fierro” de Cachete está habitado por hombres pobres.
Después de escuchar a Iris, tempranito en una mañana en el Ambrosetti, pensé en que sería bueno llegar hasta la imagen del cuadro que aparecía en la historia. Escribí al José Hernández. Me dicen que la obra ya no está en el museo. Acabo de consultar con una investigadora que me sugirieron desde el mismo museo. Pienso: veremos si aparece otra señal; pero si nada más se supiera, queda el rescate de aquellos momentos gracias a la memoria de Iris Wulfshon que, de manera natural, guarda memoria.

domingo, 21 de enero de 2018

Acento de chacra gualeya

Un disparo certero de piedra en medio de la chacra gualeya. Un gurí poco atento al oleaje de la vida y de la muerte, tensó gomera y apuntó sobre el plumaje quieto dentro del paisaje de una rama. Llegó la muerte, me dije; y la carrera del gurí para contemplar su obra.
En el cotidiano de la chacra gualeya se vive un tanto más cerca de los elementos que hacen a la vida y a la muerte, un par de amigas que siempre van de la mano. Vuelvo a la imagen del pájaro, pero le recorto al gurí con gomera, y dejo un pájaro vivo, con su plena poesía en desarrollo, su misterio; y elijo descubrir en el cotidiano la presencia constante de un colibrí, como ejemplo de la maravilla de la vida y la naturaleza. Siempre hay un colibrí entre las flores del jardín. Como contrapartida, un perro elige un rincón en la chacra para terminar de morir, por viejo o porque comió lo que no debía en su hambruna desesperada; sabido es que los perros comen cada vez menos, cuenta que viene atada a la menor ingesta -por lo tanto un nacimiento menor de sobras- de los hombres capaces de la ofrenda al otro: sea persona canina o persona atrapada en destino salvaje. La chacra permite estas sintonías para quien está con ganas de mirar. En ella se pudo ver, por ejemplo, en estos recientes días de fiesta, la pulsión a que lleva el amor, que puede ser tan desesperante como el hambre, y digo amor como norte y búsqueda en una de sus sintonías: la compañía que mitiga la soledad, que tan desesperante puede ella también ser, y entonces sobre esta chacra donde se manifiesta toda vida, en días de fiesta, se festejaba el descorche de la botella que podía, por ejemplo, significar compañía, paréntesis en la soledad por un rato, compartir un momento casi irreal, pero tan necesario para la sed de tanto desesperado; porque la botella que invita a la palabra ligera puede descorcharse, y descorcharse puede la memoria, que tantas veces guarda sabor amargo, triste. Y todas estas posibilidades en la chacra gualeya, creo, aparecen subrayadas cuando se mira el acento, siempre presente -con él no hay errata u olvido posible-, hablo del acento que lleva toda vida: la marca de la muerte condiciona, juega barajas sobre toda existencia, hasta en el simulacro del más distraído, postura esta originada en la ignorancia cultivada y la mentira administrada, o en el más chato desinterés por el ejercicio del pensamiento. Hay distintas maneras de morir, y varias la muertes que pueden respirarse durante la vida.
Encuentro en la chacra.
La presencia de la muerte en nuestro futuro nos modifica, nos escribe, nos hace relato y personaje dentro de la novela que, cada uno, deberá escribir desde sus días. La muerte es escritura desde afuera y desde adentro. Revisaba hace unos días algo que escribí a partir de un poema: “Testamento”, escrito por Francisco Benítez (Kiko), destacado integrante, ya fallecido, de la APDH de Gualeguay. En el poema, Kiko anotó: “(…) No le temo a la muerte, ya es mi amiga, / vino junto conmigo al nacimiento, / ese marzo lejano allá en mi Sauce / y desde entonces anduvimos juntos. (…)”. Y entonces me preguntaba si Kiko habría leído la novela “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge” de Rainer Maria Rilke. La pregunta apareció cuando Kiko señala a la muerte como compañera del nacimiento. Pensaba en que muy bien la idea pudo nacer desde una clara pulsión vital, a modo de revelación sensitiva.
Junto a la cercanía de la muerte, o a la proyección del hecho, aparece, creo, un impulso de soltar las amarras al puerto; se busca establecer y fortalecer la identidad y fijar una distancia emotiva con el paisaje. A mi memoria llegan un par de poemas escritos por Derlis Maddonni, artista plástico, pensador, poeta, habitante ineludible del cielo de la ciudad/río de Gualeguay. Luis Alberto Salvarezza, poeta, ensayista y plástico de Concepción del Uruguay es autor de “Derlis Maddonni” (2014). El libro guarda el intercambio epistolar entre estos dos amigos artistas. En este rescate de Salvarezza se hace referencia a Oliverio O., que era una de las almas que vivían en Maddonni, era el alma que firmaba la mayoría de sus poemas. Dice Maddonni en un poema fechado en 1996/97: “He intentado autorretratarme varias veces, de varias formas, por eso ‘en memoria de mis personalidades muertas’, escribí: Soy una asociación civil / de múltiples personalidades / sin fines de lucro. // Soy muchos que se reúnen en uno / que se activa al negarse siempre / para ser otros / para ser el mismo / para crearse. // Juego a que soy otros / impostor que se disfraza de lo que quiere huir / pero se desnuda ante todos y cualquiera. // Soy un club de admiradores de mí mismo / la vanidad me guía buscándome hombre / durante la luz y la noche / sin séptimo día. // Mis todos y yo / existimos en la confrontación / con la muerte virtual o real. / La muerte existe. // Para no mentir / quiere ser un eslabón / insoslayable de la vida”.
Maddonni también le dice a Salvarezza en diciembre de 1993: “Salvarezza, porque mi mundo, un pedacito, quedará a salvo por tu generosidad, te acerco ‘Fuera de mí’: Puesto que de mí / en mí queda poco / y todo lo mío lo he dado sin reservas, apenas moriré. / Moriré muy poco, casi nada. / Todo lo mío quedará / en los papeles de líneas tensas / tiernas o arremolinadas, / en las palabras mal escritas / sin sintaxis, ágatas combinadas. / Todo lo mío quedará por ahí / y el resto, ese poco / morirá conmigo. / Pero mi mundo estará a salvo / fuera de mí”.
El poema de Maddonni descorchó mi memoria, y fui en viaje directo a una respuesta, una línea, un pensamiento, que Troilo, el Gordo Pichuco, le dio a María Ester Gilio en la entrevista publicada en la revista “Crisis” en septiembre de 1974. Pichuco hacía referencia a un momento: “Estaba Perón en el teatro. Él había hecho posible que una orquesta típica llegara al Colón. Cuando voy a entrar, me encuentro en la puerta, esperándome, a Lunghi, uno de los músicos más viejos del Colón. Él sabía lo que significaba para nosotros tocar allí. Quería saludarme, que le presentara la orquesta. Pobrecito... Cuando se estaba muriendo, me mandó llamar. ‘Maestrito, no me deje morir’, me decía”. En ese momento Gilio desliza: “¿Y vos?”. Entonces Troilo contesta: “Y yo. ¡Qué querés! Uno se va muriendo con cada amigo que se muere. Uno no se muere de golpe, ¿sabés? Llega un momento que de Pichuco ya no queda nada. Se lo fueron llevando de a poco”.
Foto Mario Bellocchio
Desde esta tarde en la chacra gualeya pienso en mi viejo, Rolando, en su vida y memoria como artista plástico en su ciudad: Buenos Aires. Trato de imaginar aquellas reuniones de los viernes en el bar Florida, ubicado sobre calle Viamonte, donde hoy está el Centro Cultural Borges. En ese bar se juntaban un grupo de pintores, sucedió durante varios años de la década del ’70. Como ocurre siempre, hubo una primera vez y una última. De aquellos habitués voy a nombrar a uno en representación del grupo: el gualeyo Roberto “Cachete” González. De todo ese grupo de artistas, solo uno hoy sigue haciendo memoria, mi viejo. Rolando siempre me dice: “Soy el último que queda”. Y Rolando es el que sigue recordando a otros amigos pintores que yo conocí, a los que llegué a través de su amistad. Nombro a Eolo Pons, Rodolfo Medina, Juan José Cartasso. Aprendí a través de mi padre el significado de la palabra memoria, de aquello que significa el ejercicio cabal de la memoria. Siempre cuenta anécdotas, pequeñas historias, ideas y pensamientos que giran alrededor de su manera de entender el mundo, y proyectada esta mirada hacia esos otros pintores, esforzados artistas que durante toda la vida trabajaron su oficio. Mi viejo siempre contó estas pequeñas historias, pistas, señales. Pienso hoy que es la manera de cumplir con la responsabilidad de ser el que queda para hacer memoria. Claro que una memoria como esta, más allá de, por ejemplo, mi presencia que también intenta guardar memoria, él la realiza en soledad. Como se ha sugerido, uno se va yendo, y nunca es de golpe. Hacer memoria es un acto ético, una esquina a ocupar desde la valentía y, sí, cómo no, desde el llanto nacido en el cruce de la felicidad de haber estado con la melancolía por aquello que ya no es, y que de alguna manera sigue estando.
Calle 115. Foto Mario Bellocchio
Tener conciencia de la finitud de la vida es algo fundamental para el disfrute de los días. Saber cada día de la existencia de la Parca es, creo, una pincelada a favor de la buena salud mental; saber de ella no para andar llorando por los rincones, sino para no dejar la vida para mañana. Porque mañana bien puede no llegar. La muerte como motor de vida, porque si un día no voy a estar, debo dar hoy mi presente con todas las letras. Y después, claro, siempre la memoria. Supe de la muerte cuando fui al velorio de mi compañerito de segundo grado: Roberto Ferrazo; supe más de la muerte con Néstor Hugo Ortiz, mi amigo del barrio cuando andábamos por los 14; supe de ella con la muerte de los abuelos, y allí entonces se guardó en la memoria Julio Martín, mi abuelo paterno, el poeta a quien desde pibe quise emular. Y entre mis muertos como adulto nombro a mi amigo y maestro, el novelista Gabriel Montergous, y sus cenizas, las que llevé hasta la cima del Mogote Bayo, en Merlo, San Luis; y mi amiga Liliana Bustos, que todavía me mira desde la foto en mi biblioteca: desde su silla, a un lado de la estatua que recuerda al poeta Fernando Pessoa en el café donde fue habitué, en su amada Lisboa.

Pienso, en este final de nota, que el mismo Pessoa era un especialista en esto de ser varias almas en una; pienso en todas las imágenes e historias que llevo en mi memoria, como mi viejo; pienso en que tanto me identifico con las palabras de Kiko Benítez, Rilke, Maddonni y Troilo: en que soy tantos, en que nos vamos yendo de a poco porque nos fuimos con el otro, en el cotidiano amanecido desde la bondad de los relatos y los afectos. Pienso en que esta chacra gualeya acentúa, me acentúa, en esto de andar descubriendo pensamientos alrededor de los días de la vida y de la muerte.

domingo, 14 de enero de 2018

Julián Monzón y sus recuerdos

Nada sabía de Julián Monzón, cronista y trabajador de la memoria. Y quizá nada hubiera sabido sin el trabajo, en este caso, como editor y, también, trabajador de la memoria, que realiza Ricardo Maldonado a través de su editorial: Ediciones del Clé. Hasta mis manos llegó “Recuerdos del pasado”, el libro de Monzón, cuya 1ra. edición es de 1930, y de 2017 la del Clé. Se consigna antes del prólogo del autor tres cartas a Monzón: la primera del Dr. Delio Panizza de mayo de 1923, la segunda de Martiniano Leguizamón de junio de 1923, y la última del historiador César Blas Pérez Colman, que le recomienda lo siguiente el 2 de julio de 1926: “(…) me permito insinuarle la idea, de que coleccione estos sus trabajos y los publique en un volumen, ya que el cosmopolitismo va haciéndonos perder hasta los últimos vestigios de nuestro pasado tan poético como honesto y viril. (…)”. Creo que desde estas tres apoyaturas Monzón encaró el libro. Una acción que se agradece. “Recuerdos del pasado” es asomarse a otro mundo, uno que existió sobre los mismos lugares en donde hoy hacemos nuestra vida. Me sucedió que cada vez que aparecía nombrada Gualeguay, un cierto nerviosismo me transitaba, qué iba a conocer, qué era aquello que llegaba desde el más allá del pasado: hechos y lugares históricos, o la mecánica de la yerra: que me llevó a la que presencié de la mano del amigo doctor Rodrigo Ayala; lo mismo ocurría con cada nombre aparecido, tantos buenos fantasmas. Dice Monzón en su prólogo (escrito en Rosario Tala en abril de 1929) sobre la razón que sustenta sus páginas,: “(…)  En ellas se refleja la vida y costumbres de los viejos moradores de mi terruño, de todo Entre Ríos y de los mismos pueblos del litoral. (…)”. No conozco la fecha de nacimiento de Monzón, sus recuerdos rozan ciertos años, ya andaba a caballo en la década de 1870; era hombre mayor cuando publicó el libro. También desconozco la fecha de su muerte.
Pinceladas que dibujan la aldea natal: “(…) Recuerdo aún la rústica y escasa edificación que constituía lo que hoy, con énfasis, llamamos Ciudad del Rosario Tala, como a los principales vecinos y sus familias. (…) Estábamos muy vinculados con aquel pueblo que llamábamos ‘Gualeguay Grande’, donde se iba en excursiones de recreo y a buscar lo que aquí no se encontraba, como vamos hoy a las grandes Ciudades. (…)”. Destacan en la memoria de Monzón ciertos personajes o anécdotas que transitan la maravilla: “(…) Era párroco de aquella feligresía el cura Juan de Rosas y Escobar, porteño, rosista acérrimo, alcoholista empedernido y enemigo mortal de los gallegos. Tenía más de soldado que de sacerdote, y muchos actos se contaban, más que impropios, ofensivos a la sagrada misión que desempeñaba. (…) Un día le servía yo de monaguillo en la misa, y al servirle las vinajeras le eché agua en vez de vino; inocente equivocación que lo irritó tanto que mirándome con ojos centelleantes me amenazó con los puños cerrados, diciéndome con voz ronca, especie de gruñido: ¡Sino mirara Dios te arrancaba las orejas! Contaban que una vez, estaba muy enojado, porque se criticaba su conducta, culpando a las mujeres de esa irreverencia. Y que, aprovechando la misa de un domingo para desahogarse, increpó a éstas su mal proceder, concluyendo con el siguiente apóstrofe: ‘¿Quiénes son ustedes para censurar mi vida? No son más que unas chismosas, que no valen lo que vale mi moro viejo’. (…)”.
Alrededor de la escuela: “(…) la disciplina era rigurosa como en tropa de línea. El rebenque y la palmeta eran los instrumentos que se usaban para corregir las faltas, aplicando azotes por docena, según la gravedad del caso.
Los estudios se hacían en alta voz, formando una gritería infernal, que más parecía un lago de ranas que una sala de enseñanza escolar. Sin embargo, se aprendía pronto y bien, y con estudios tan limitados, algunos hicieron lucida carrera, ocupando elevados puestos públicos (…). La indumentaria era muy pobre; muchos iban de chiripá y descalzos, otros con calzón de cotín y mal calzados y pocos eran los que iban bien vestidos. El abrigo de los pobres en invierno, era el poncho de picote o de bayeta.
Solo tres quedan de mis condiscípulos: Florentino Barreto (a) Totón, Demetrio Pereyra y Gregorio Montenegro; vecino de Las Raíces el primero, de esta Ciudad el segundo y de Gualeguay el tercero. Los demás han muerto. (…)”.
Los muertos al cementerio: “(…) El Cementerio estaba en el espacio que mediaba entre el Templo y la Escuela. Pocos eran los que se enterraban con cajón; la gran mayoría iban a la fosa con una simple mortaja.
Los cajones eran de formas rústicas y forrados con zaraza negra, cuanto más. Los muertos en la campaña, se traían en carretas tiradas por bueyes o en pequeñas carretillas de un solo pértigo; únicos vehículos que había entonces y que sólo los tenían los ricos hacendados. O bien se conducían sobre caballos que traían de tiro; ya tendidos sobre el lomo o montados y vestidos, simulando cabalgantes vivos. (…)”.
La pobreza, presente: “(…) Los pobres iban con frecuencia a las estancias a pedir carne, que nunca se les negaba. No debe extrañarse ese desprendimiento, pues los novillos gordos de tres años arriba, sólo valían tres pesos bolivianos. (…)”.
Enfermedades, y remedios que asombran: (…) El Arte de Curar estaba en manos de simples curanderos, siendo los principales: don Francisco Moreno, don Juan Campodónico y la vieja Raimunda Cariaga.
No había boticas; los medicamentos se componían de yerbas, grasas y otros elementos naturales, sin mezcla ni adulteración artificial.
No había los medios que hay ahora para descubrir las enfermedades. Todo se hacía rutinariamente a la simple vista; por los informes que daba el paciente, por las observaciones que se hacían de los orines, por presunciones o por adivinanzas.
Muy pocas eran las enfermedades descubiertas por estos medicastros sugestionadores: la tisis, llamada también mal de calenturas; pasmo de frío o de sol; puntadas que llevan el nombre del lugar donde aparecían; erupciones cutáneas como sarampión, viruela, etc.; siendo una de las más temibles la puntada de clavo, o sea ataque cerebral, llamada también chabalongo. El célebre Moreno decía, que para el chavalongo (terminología de su propio caletre) no había mejor remedio que el gallo negro muerto y abierto; y así, con plumas y chorreando sangre, puesto sobre la cabeza del enfermo. (…)”.
Algunos de los Capítulos del libro: La yerra, La trilla, Corrida de la bandera, la corrida de sortija, Las carreras de caballos, Los troperos, Las diligencias, Peleadores y bandoleros, Las yeguadas alzadas-Grandes volteadas, Funerales en vida, Velorios e insepulturas de los angelitos. Cierra el libro Monzón, admirador de Urquiza, haciendo memoria de su participación en la tropa de López Jordán, con anécdotas y opiniones. También refiere situaciones que le tocó vivir siendo autoridad policial en Rosario Tala.
En “Velorios e insepultura de los angelitos” me encontré con costumbres sobre las que nunca había leído: “Era tradicional la costumbre de dejar sin sepultura los chicos que morían en la campaña, en los tiempos pasados; depositándolos en los árboles o en otro lugar al aire libre.
Cuando moría un chico, se amortajaba adornándolo con cintas de colores y así se velaba; muchas veces hasta que empezaba su descomposición.
Estos velorios no asumían el carácter serio y apesadumbrado del de los adultos; por el contrario, en ellos rebosaba la alegría con todas las manifestaciones de una gran fiesta.
Las familias vecinas concurrían a ellos ataviadas con lo mejor que tenían, para terciar en todos los alegres y chistosos actos que allí se celebraban.
Los homenajes con que se despedía de este mundo al angelito, empezaban generalmente con el baile. (…)”.
Hay otros mundos en el libro de Julián Monzón, mundos cuya ceniza forman los caminos por los que hoy transitamos nuestras vidas. Esta nota es apenas un esbozo de las riquezas a encontrar en su lectura. Las sensaciones van desde la comprensión del paisaje general y sus limitaciones, hasta la ruptura, a manos del asombro, de ese mismo escenario armado en el pensamiento. Era otra vida, otros destinos y quehaceres cotidianos. Y muy necesario es saber de aquello que ya no es. Aquello que “fue” gracias al accionar salvaje del tiempo y su paso seguro. El tiempo mismo es personaje del libro.
Como final para esta lectura recomendada para todo lector atento, cito las últimas líneas de “Lo que era mi pueblo a mediados del siglo pasado”: “(…) Todo era relativo en la vida de aquel pueblo; la sencillez y la ingenuidad reinaban en todos los actos, ya públicos como privados.
Las transacciones sobre bienes y obligaciones en general, que comúnmente se hacían de palabra, se basaban en esa moral típica y se cumplían honradamente y con exactitud.
¡Qué lejos estamos de aquellos tiempos! Entonces todo era elemental y pobre; pero giraba dentro de la franqueza y de la lealtad. Hoy vivimos dentro de la civilización, del progreso y de la riqueza, pero acechados por la doblez y la falsía”. Pensaba en Julián Monzón, cuál hubiera sido la percepción actual sobre “la doblez y la falsía”, y la posverdad. Pensar que Monzón señalaba el cambio allá cerquita de 1930, ahí nomás de la Década Infame.

Es “Recuerdos del pasado. Vida y costumbres de Entre Ríos en los tiempos viejos” de Julián Monzón un libro/lugar al cual regresar. Guardo el impulso de volver a sus historias.

domingo, 7 de enero de 2018

Una mesa de café en Gualeguay

En el barrio de Boedo me fundé dentro de una garúa luminosa: la memoria de la ciudad. Una memoria: desde mi Boedo, mi Buenos Aires. Y mientras escribo sé que hoy, de esta historia de amor, de estos amores, me separa cierta distancia. Hasta este cronista se ha hecho recuerdo: al fin maravilloso fantasma que vuelve siempre a casa. Desde una humana poética ciudadana construí la “urbanía” que me identifica. Soy urbano dentro de la chacra gualeya, desde donde escribo hace casi 5 años.
La memoria se funda en gestos. Es un gesto de mis almas, de mis patrias internas, el regreso a casa: a aquella que fue de infancia y primera juventud en Martín Coronado, donde nació el amor por la palabra en todos sus estados; a aquellos departamentos alquilados y sus historias en los que fui por la vida en los barrios de Boedo y San Cristóbal.
La memoria se funda en gestos, repito, y gestos decisivos tuvieron lugar en la órbita de innumerables mesas de café. El café, el bar, son referencias, pistas fundacionales luego de producido el big bang que daría inicio al gen ciudadano en la gran aldea de Buenos Aires. Lugares que fueron mutando, “haciéndose” en y desde los días de los parroquianos. Hace años escribía un pensamiento, una sensación de la que estuve convencido, y de la que hoy, como devenido fantasma, percibo como cierta: todo puede ocurrir alrededor de una mesa de café.
Café Margot. Acrílico de Rolando Lois.
Hace pocos días, en el café Margot de Boedo, ubicado en la esquina de San Ignacio, un pasaje, y la avenida Boedo, se colocó en una de sus mesas, una placa de bronce en recuerdo de un habitué especialísimo del lugar, y de la ciudad toda: el amigo Diego Ruiz. La placa dice: “A Diego Ruiz, porteño inclaudicable, barriólogo, presidente de Baires Popular, compañero entrañable, en homenaje y recuerdo de sus amigos. 16-11-1953/2-9-2016”. Diego, entonces hoy, un buen fantasma, llevó en sus maneras de andar por la vida -él mismo lo era- la prueba de la existencia de la ciudad, de los hombres que la hicieron, y de los lugares desde donde partieron para sus labores. Diego era un trabajador de la memoria, para prueba están sus notas publicadas en el periódico “Desde Boedo” dirigido por nuestro amigo el periodista Mario Bellocchio. A lo largo de un buen puñado de años nos encontramos entre palabras y cafés en las páginas del periódico, y en las mesas del Margot. Mientras pienso en Diego viene el recuerdo de su libro “Mascarones de proa de La Boca”. Y también el recuerdo de la entrevista que le hice para el diario “Tiempo Argentino” en el Museo Quinquela Martín de La Boca. Diego era memoria de barrio, de ciudad, de sus habitantes, de ayer y de hoy; porque su mirada establecía puentes entre épocas y entonces encontraba ideas que ayudaban a establecer la mecánica de los paisajes. Su memoria era prodigiosa, en sintonía de humor, lo llamaba: “la memoria que humilla”, como para ilustrar de manera liviana, porque jamás molestaba su saber, y sí, siempre, su manera de iluminar producía asombro. La impresión era que, por ejemplo, no necesitaba cotejar fecha alguna, los números junto a la historia o la anécdota necesaria para ilustrar, simplemente fluía, aparecía, casi magia.
Entonces, en el café Margot hay una mesa que lleva en su cuerpo, en su historia, en su aroma de tiempo, porque dentro del Margot se puede saber de ese aroma, una plaquita con el recuerdo de Diego Ruiz. Pero no es la única, también está la mesa que lleva la señal de vida del Gordo González, otro personaje para guardar en la memoria de mi barrio. El Gordo era un feliz exceso: como hincha de San Lorenzo, como buscador de señales físicas del Boedo natal: adoquines originales de la avenida Boedo, o el dato de estirpe poética que aseguraba que la creación de la “milonguita” (un clásico de las panaderías porteñas) se había llevado a cabo en Boedo. Recuerdo sus ojos apasionados, un día lunes, en la trastienda del Margot, cuando dio la noticia durante un encuentro del Alpedismo Boedense acuñado por el poeta Rubén Derlis (bajo esta designación, un grupo de personas se encontraba a hablar al pedo en el Margot).
Hay otra mesa con placa en el susodicho café, y en ella se homenajea a varios actores del quehacer cultural boedense, se trata de “La Mesa de Soñar: Aquí nacieron: Realizaciones Culturales Boedo XXI; Ediciones Papeles de Boedo; Periódico Desde Boedo; Grupo Baires Popular, no pocos libros del barrio hacia el mundo y otras aventuras espaciales del espíritu. Este lugar siempre acogerá los desvelos de los irreductibles ensoñantes. Abril de 2004”. En dicha mesa de sueños aparece el periódico “Desde Boedo”, un espacio/tiempo de encuentro, un alma a la que habrán de invocar aquellos que en el futuro quieran saber sobre cómo era la vida en el barrio.
Un bronce más se guarda entre las mesas del Margot, la que recuerda la presencia del artista plástico Juan Manuel Sánchez, un habitué notable, fue integrante del recordado grupo Espartaco, cuyo líder fuera otro notable: el plástico Ricardo Carpani.
Toda esta introducción centrada en el Margot tiene por objetivo señalar el valor del café como lugar de encuentro de la comunidad. Alrededor de una mesa de café puede nacer un libro, una amistad, un amor, puede nacer la sana costumbre de la reflexión, la mirada atenta a través de la ventana puede revelar, por ejemplo, durante una lluvia lenta, los grandes secretos del mejor universo, el que se reconoce en el alquimista que todos podemos llevar adentro, ese que sabe del diálogo entre sus almas, las patrias internas. Tomar asiento frente a una mesa de café es descubrirse, puede que a través de una lectura, una idea o los ojos soñados de la más hermosa de las damiselas. Me pasó en mi otro lugar en el mundo, el Cao, ahí miré a los ojos de Evangelina, gualeya de origen.
El cronista se fue de la gran ciudad, volvió en espíritu a Buenos Aires, y desde allá lo trajo de regreso a la ciudad/río de Gualeguay, una vez más, la presencia de su compañera. Lo dicho, hace casi 5 años que habito la ciudad, y entonces sigo el impulso y pregunto, ¿cómo es posible que no haya hoy un café en la ciudad/río? Y no hablo de algún simulacro al paso, como podía ser el ya casi olvidado “Las Margaritas”. Hablo de un café como el Margot, el Cao, donde, por ejemplo, un escritor pueda sentarse un par de horas a trabajar, o una pareja a arreglar su mundo, o dos amigos a charlar en un lugar neutral que a la vez les signifique su “casa”.
Me siento muy cómodo hablando con la poeta Tuky Carboni en su casa; igual con Aron Jajan en su oficina o también en su casa; cómodo en casa de Nidya Rampoldi, y voy a dar solo estos ejemplos de encuentro en la ciudad/río de Gualeguay; con ellos, cada uno de los encuentros pudo haberse dado entre las bondades del universo amanecido en una mesa de café. Y ahí la cuestión, cómo es posible, luego de haber conocido la tradición de bar, café, confitería, que guarda la historia de esta ciudad, y cito algunos nombres de ayer: El Águila, El Murugarren, Mayo, Irún; decía cómo es posible que huella semejante haya quedado escondida entre las sombras.
Esquina de El Murugarren.
En la ciudad/río de Gualeguay quedan adoquines en muchas de sus calles, la lluvia no falta, y más allá de que muchos de sus habitantes solo piensen en el dinero, hay también muchos gualeyos que, además de pensar en la moneda que necesitan para transitar este áspero presente, se aplican a tratar de entrarle a los diversos caminos que pueden conducir hasta el arte. Pienso, qué bien que les vendría un café, un paisaje corrido de la corrida, porque si no se está atento, la velocidad se lleva puesto paisaje y criatura, memorias y ceremonias. Tener un café a la mano es contar con la oportunidad de reforzar la identidad, los pensamientos, puede significar para cualquiera correrse de la imagen sagrada de la costeleta de la noche o del mediodía; puede significar para el que, por ejemplo, intenta escribir, un espacio de soledad acompañada, donde no interrumpa la tv, alguna necesidad cotidiana de la casa o la familia; hay en un café la posibilidad de la libertad trabajada en el murmullo hermano de los ahí presentes; todos ellos entendiendo los significados de ocupar un sitio alrededor de una mesa de café. Sentarse a habitar una mesa de café no es una pérdida de tiempo, nunca lo es, lo anoto para aquellos que todo lo miden por los frutos en metálico que depara toda acción. Sentarse a una mesa de café es la posibilidad de encontrar el camino para “ser” en la vida, o para reafirmar, siempre desde la reflexión, la identidad o el trabajo creativo que acompañará durante toda la vida.
La ciudad/río de Gualeguay necesita de un café, como los tuvo ayer, con la cultura y la gente haciendo la vida entre sus mesas. Una mesa de café acepta todas las sintonías, todos los destinos. Fue uno de los aprendizajes en mi aldea natal, y es, el café, algo que me falta en esta, mi nueva ciudad, el espacio/tiempo que aprendí a querer desde mi trabajo y los días de mi vida; ayer en la ciudad, en Carmen Gadea 222 (y cada vez que pienso en esa casa me encuentro con la sonrisa, el saludo, de Enrique Martínez, hoy un buen fantasma), y en este presente desde la chacra gualeya.

Pienso en que falta el café, en que me falta el café mientras espera nuevos vientos la novela en la que trabajo, una novela totalmente gualeya; y ahí está, duerme hace un tiempo; mientras tanto la pienso, pero a esta manera de pensar le falta algo, el tiempo de reflexión en un café; y además, digo, todo este tema referido a sensaciones sobre la escritura: ¿es que el periodista se comió al novelista?, sería para charlarlo en un café, en órbita a una mesa de café, y mirar por la ventana para ver una calle adoquinada de la ciudad/río de Gualeguay.