domingo, 19 de marzo de 2017

V Encuentro Argentino de Poesía: Del Gualeguay a Finisterre

El lugar elegido para este Encuentro es la ciudad/río de Gualeguay. El mes elegido: Marzo, del 23 al 25 de marzo, y entonces su abrazo abarca el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Llegan a la ciudad los poetas: Alfredo Luna (Catamarca), Aldo Luis Novelli (Neuquén), Maxi Ibáñez (Córdoba), Natalia Geringer (La Pampa), Héctor Berenguer, Raúl Feroglio, Ana Danich, Beatriz Vignoli (Santa Fe), Hugo Toscadaray, Alicia Agnès Pastore, Paula Carman, Laura Ponce, Gisela Galimi, Catalina Boccardo, Eduardo J. Espósito, Martín Raninqueo (Buenos Aires), Candelaria Rojas Paz, Pablo Jerónimo Dumit, Alejandra Díaz (Tucumán). Por Entre Ríos: Daniel González Rebolledo, uno de los organizadores del Encuentro.
Daniel González Rebolledo
El poeta gualeyo cuenta sobre la historia del Encuentro: “En febrero de 2012 fui invitado a un Eco Encuentro de Poesía en Rosario y Granadero Baigorria. Allí nos encontramos algo dispersos, fallaron algunos puntos de la organización por errores humanos y quedamos varados en la reserva natural de Baigorria, en una maravillosa playa sobre el Paraná. Decidimos que de ahí en más organizaríamos nuestros propios encuentros con este grupo inicial de Ecopoetas, que transformamos en Secopoetas, porque el humor fue siempre lo que nos salvó. En Octubre de 2012 organicé en Gualeguay el I Encuentro: La Orilla que se Abisma; luego Hugo Toscadaray organizó el II en San Antonio de Areco; siguió el III en Las Parejas, Santa Fe, organizado por Raúl Feroglio; el IV en Tucumán, dentro del llamado Festival del Esperancero, organizado por Pablo Dumit. Ahora vuelve a Gualeguay con este ‘núcleo duro’ de Secopoetas, incorporando otras voces en cada lugar que se va realizando, o sea, ampliando el espectro de poetas de distintas provincias que se suman a los Secopoetas con su calidad en el trabajo con la palabra”.
El V Encuentro recibe el título de: Del Gualeguay a Finisterre. Pregunto a Daniel por la designación: “El título se debe a que somos poetas de la orilla, al menos si entendemos que siendo poetas en plena producción, no estamos en el cannon de las grandes editoriales, la Poesía en general no lo está, pero este es otro cantar. Cuando pensé en dónde estarían alojados los poetas visitantes, así como en el 2012, andaríamos desde la orilla del Río en los bungalós municipales hasta Finisterre, que es mi lugar en el mundo, la chacra donde vivo entre pecanes, ovejas y galllinas. Por eso: Del Gualeguay a Finisterre”.
El V Encuentro en marzo, y nada de casualidad: “Cuando comenzamos a pensar en fecha, hay una especie de ‘mesa chica’ entre Toscadaray, Pastore, Feroglio, Dumit y yo, tiré la idea del fin de semana del 24 para reflexionar un poco entre nosotros primero, y luego cómo re-significarla entre los jóvenes desde la poesía, o ampliando desde las distintas expresiones artísticas; pero no para quedarnos en el llanto, sino para decir que continuamos, que los jóvenes no olvidan, pero viven también en el hoy con muchísimas luchas invisibles; tampoco hoy es sencillo y armonioso ser joven en un sistema injusto, y que de última podemos hacer todo esto en Democracia, en esa democracia tan duramente conquistada. De allí surge que el 24 sea un momento especial de este Encuentro, donde los poetas participantes darán voz y cuerpo a la palabra de aquellos poetas desaparecidos o exiliados por la dictadura cívico/militar que comenzó en esa fecha, hace 41 años. Esto será en el Anfiteatro del Parque Quintana, con sonido, o en caso de lluvia en el Salón de Liebre de Marzo, y queremos que se amplíe con jóvenes músicos, plásticos, artesanos, performers, voces nuevas en la poesía local. Este momento, de unas 3 hs. de duración, se denomina Festival Nido de la Memoria”.
Algunos lugares, mecánica del V Encuentro: “Cuando busqué los lugares de rondas públicas de lectura, repetí lo que ya habíamos hecho en el 2012 en el Concejo Deliberante, por considerar que es el estrado del pueblo donde sesionan sus representantes, y la Biblioteca Popular por su carga maravillosa de personajes literarios nuestros que por allí han transcurrido. Esta vez por fortuna, también la Sub Comisión de Cultura del Club Social medió para conseguir 2 fechas en ese maravilloso Salón que tanto ha visto desfilar bajo sus luces, y de este modo se cumpliría el cronograma de esta actividad núcleo de todo Encuentro de Poesía, escuchar, cómodamente sentado, la palabra desde sus mismos creadores. En cada lugar habrá un conductor que leerá un brevísimo currículo de cada poeta participante, el cual no podrá luego exceder los 7 minutos para dejarnos su palabra. Escuchar poesía no es algo a lo que el público en general está acostumbrado, pero es una experiencia donde dejarse llevar por el mundo interior de cada uno, movilizado o estimulado por la palabra y la imagen de cada poema, es realmente toda una experiencia, como escuchar música, como asistir a cualquier otro hecho artístico”.
Daniel González Rebolledo confiesa: “A veces me pregunto, y en este momento, a medida que va avanzando el momento de concretar el Encuentro, con tanta gente valiosa que se moviliza desde lugares lejanos, la pregunta se hace algo insistente: tiene sentido tanto esfuerzo para promover un hecho artístico que tal vez sea valorado por escaso público, porque los gualeyos trabajadores de la cultura sabemos que no es sencillo convocar gente para escuchar poesía, a pesar de la fama y del renombre de la Capital de la Cultura de la Provincia que resuena por donde quiera que uno ande. Pero luego, sabiendo que para el poeta visitante, el solo hecho de estar respirando el mismo aire, viendo la misma orilla, el mismo campo o el Clé casi mítico, es en sí mismo un motivo disfrutable, me distiendo y pienso, vaya mucha o poca gente a cada momento del Encuentro, las ‘tertulias amundsianas’, recordando a Marechal, o sea, el encuentro en las comidas y reuniones entre nosotros, poetas de distintas geografías y realidades, con sueños y proyectos similares, también amerita ponerle el cuerpo a organizar algo que celebre la creatividad, el empuje, el ‘mirar por arriba de los tapiales’ como decía el Juan Amaral de Emma Barrandéguy”.
El Cronograma del V Encuentro es el siguiente: Jueves 23: 10,30 hs. Escuela Secundaria Francisca Herrero de Manauta. / 14.30 hs. Charla/taller en la Unidad Penal. / 18,30 hs. Lecturas públicas y simultáneas: Salón Concejo Deliberante (Municipalidad), Salón planta alta Biblioteca Mastronardi. / 20,30 hs. Ronda Inaugural Encuentro en Salón de Fiestas Club Social Gualeguay. // Viernes 24: 17,00 hs. Festival Nido de la Memoria en Anfiteatro Parque Quintana o Sala Teatro Liebre de Marzo (a confirmar según clima). // Sábado 25: 20.30 hs. Ronda de Cierre Encuentro en Salón de Fiestas Club Social Gualeguay. Entrada gratis. Auspician: Municipalidad de Gualeguay, Sub Comisión de Cultura Club Social Gualeguay, Sociedad de Fomento y Biblioteca Popular Carlos Mastronardi, Teatro Liebre de Marzo. El dibujo para el afiche del Encuentro es de Juan Soto, de la revista Fierro, y el diseño del poeta Lautaro Ortiz: “Se destaca allí el carácter ‘orillero’ del mismo, ya que somos un pueblo de orillas, y quienes nos visitan, también orillean el campo social de la Poesía, desde la más absoluta entrega desinteresada. Rejuntarse y pensar, darse energía, proponer, proyectar nuevos encuentros, de eso también se trata la orilla. Colaboran el locutor Fernando Núñez, gualeyo que trabaja en Radio Continental, y la licenciada en periodismo y comunicación social Estefanía González Rebolledo.
Pienso en esta Gualeguay de Marzo, en estos días en que es tan necesario ejercer el deber y el derecho a transitar a conciencia el camino de la Memoria. Tiempos estos en que tan necesario es invitar a quienes todavía se desentienden de la importancia que tiene la lectura de la historia, la importancia de mirar desde distintos lugares los relatos amanecidos. Un amañado y devaluado mito del eterno retorno suma distraídos a sus filas. A estos tiempos veloces se los frena a pura conciencia. Pienso en esta Gualeguay de un nuevo 24 de marzo, y me detengo en el hecho de que su Asamblea Permanente por los Derechos Humanos logró, por ordenanza votada en el Concejo Deliberante, que 19 calles de la aldea lleven el nombre de víctimas del Terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico/militar, y de militantes de Derechos Humanos. Nombres de hijos de la ciudad de Gualeguay. Pienso en nombres de calles, un símbolo siempre a la mano para los dueños históricos del país: el poder económico. Y pienso también en este Marzo que amanece con un encuentro de poetas, convocado desde la necesidad de ejercer la Memoria. Para ello hay distintas sintonías: el nombre de militantes en las calles, llevar con la palabra la identidad de esos nombres hasta todo aquel que quiera saber: quiénes fueron estas personas, en qué creían, cuáles sus sueños; es la poesía uno de los peldaños más altos de la Memoria, y entonces de poetas se visten algunas jornadas.
Desde que me enteré de la sustancia del V Encuentro pienso en un poema de Roberto Santoro “El gran bonete”: “a mi país se le han perdido muchos habitantes / y dice que algún cuerpo de ejército los tiene / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la policía / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la cámara del terror / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / los organismos parapoliciales / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene?”. El mismo Santoro sería desaparecido por los asesinos en 1977. Santoro, quien fuera refugiado en Gualeguay cuando los asesinos le pisaban los talones, había escrito en la “declaración jurada” de su carpeta “No negociable”: “Si mi poesía no ayuda a cambiar la sociedad / no sirve para nada”.
Gualeguay con la poesía en las calles y en la plaza. Poesía en el Reloj de Sol de plaza Constitución y en el Nido de la Memoria. En el paisaje de la ciudad/río un encuentro de almas, siempre en ronda alrededor de la Memoria.

domingo, 12 de marzo de 2017

Mario Tamaño recuerda...

La lectura de un libro, la práctica a conciencia del juego de la lectura, puede tener “serias” consecuencias para el mundo y las emociones del lector. Un libro puede abismarnos el alma, puede fundar patrias otras, inaugurar viajes en el tiempo, ser emisario del asombro y el miedo, ser un llamador de lágrimas y alegrías. Una obra como “Mi libro de otoño” (Ediciones del Clé, 2016) de Mario Tamaño entregó a este lector, ahora devenido en cronista de una lectura, esa sortija que a veces queda en la mano cuando el giro se hizo mágico, y entonces quien lee siente que se ha hecho amigo del autor. Mientras leía a Mario, una y otra vez me decía por lo bajo: cómo me hubiera gustado conocer a este hombre. Entonces se presentan ciertas cuestiones: ¿conocerlo?: si ya lo conozco, leí su libro; claro, me refiero a conocerlo personalmente; me digo: Mario hace unos años que se fue para la otra aldea, la otra orilla del río, pero sin embargo podría decir que estreché su mano, de hecho, la estrecho cada vez que tomo su libro; pienso luego en el valor de las memorias, y en este caso, de un libro de memorias: esos caminos, las historias, y la manera de caminar del testigo prueban, en humana sintonía poética, una verdad incuestionable: mientras leo a este hombre la muerte no existe. Cuando nace la magia entre aquello que se cuenta y cómo se lo cuenta, el autor, simplemente transcurre, transita, retorna. Esta maravilla puede darse en los días a través de la vieja nao de amplias velas al viento: la forma libro y su puente de tiempo.
Mario Tamaño
A “Mi libro de otoño” se entra con una invitación de Zélika Alarcón, la compañera de vida de Mario. En las palabras previas, Zélika cuenta: “(…) Fue un constante e infatigable lector, no tenía preferencia por un determinado género literario, tal vez fuera la novela lo que más asiduamente abordaba; la prueba está en su biblioteca en donde se cuentan por cientos los libros de este género, aunque la poesía, el cuento y el ensayo siguen presentes aún hoy en sus estantes. Movido por una cierta inquietud intelectual comenzó a escribir lo que solía denominar sus memorias, su ‘libro de otoño’ como él lo llamaba, pero que en realidad es una compilación de lecturas y vivencias. Es así que en el transcurso de algo más de veinte años escribió doce cuadernos de los cuales he rescatado aquello que consideré interesante y digno de divulgación (…)”. Es así como el lector se entera de la destacada labor de Zélika, porque fue ella quien fue seleccionando los textos que hoy hacen posible el transcurso, el tránsito, el retorno de Mario como autor. Zélika sabía del hombre, entonces brindó su sensibilidad y su trabajo frente a los cuadernos, frente al nacimiento del árbol.
Mario cuenta sus memorias fundacionales de infancia y juventud en el paisaje del distrito Yeso, terreno de magia dentro de la Selva de Montiel, en ella el arroyo Yeso, Corral Redondo, el arroyo El Penco, coordenadas geográfico/maravillosas donde transcurren sus historias. Sobre esta tierra del norte, dentro del abrazo del departamento de La Paz, se concentran la mayoría de las historias y los personajes. Otra época se alumbra a través de costumbres y hechos. Mario Tamaño nombra a personas que vuelven así de la muerte, con sus oficios y destinos de vida. Un mundo, hoy desaparecido, que retorna como retorna el mismísimo Mario.
Óleo de tapa: Mario Tamaño
La escritura de Mario se sostiene además en su mundo de lector. En esos cuadernos transcribía lecturas (fragmentos, poemas, pensamientos) de autores que eran de su agrado. Muchos de ellos aparecen en las páginas de “Mi libro de otoño”, solo por nombrar algunos notables: Federico García Lorca, Withman, Ingenieros, Kipling, Goethe, Marcelino Román, Leoncio Gianello, Alfonsina Storni, Eise Osman, Amado Nervo, Miguel Hernández, Antonio Machado, Baudelaire, Emma Barrandéguy, Alfonso Sola González, Alfredo Veiravé, Ricardo Molinari. Es la lectura a lo largo de toda una vida la llave que hizo posible la escritura de Mario. Lectura y observación atenta de todo aquello que lo rodeaba: el paisaje de la vida. Estoy seguro de que en sus cuentas nunca figuró ser él mismo un escritor, nunca tuvo esa pretensión, y quizá debido a esta postura en libertad, es que en muchos pasajes de “Mi libro de otoño”, Mario Tamaño dio con la construcción literaria. Sin proponérselo, hizo literatura.
Pienso en el libro y me digo: es una comunión de regresos, una convención de buenos fantasmas, y es en esta sintonía que elijo los alrededores de este tema para presentar la escritura de Mario. En sus historias, sus estampas, y si digo estampas, digo fotos, y entonces Roland Barthes me habla del click fotográfico como el sonido de la muerte, y luego anoto que este click de muerte, con aroma de escritura, ofrenda nueva vida para que aquello que fue, retorne como reflejo literario.
Anotó Mario en “La Casa asombrada”: “Así se llama en nuestra provincia a aquellas casas donde ocurren hechos extraños con aparecidos, ruidos de pasos, gritos, galope de caballos. (…)”. No conocía esta poética manera de designar a este tipo de casas. A continuación una foto, una estampa, una historia mínima de las tantas ofrecidas: “En una vieja casa de madera, situada en el medio de la selva de Montiel, distrito Sauce de Luna, pasaban cosas extrañas. Nadie quería habitarla hasta que, por los años 27 o 28, y a raíz de la demanda de leña para el ferrocarril se instalaron varios obrajes en las proximidades del Arroyo del Medio. La casa asombrada la alquiló una empresa contratista de hacheros. Allí vino a vivir un viejo inglés del que no recuerdo su nombre. Una noche, ya acostado, escuchó que en el patio estaban hachando leña, y luego comenzó a oír el llanto de una criatura. Molesto, se levantó, se vistió y tomando un arma, abrió la puerta del inmenso caserón. Con gran sorpresa el míster constata que no había nadie, ni hachero ni niño alguno. Recorrió varias dependencias y no encontró nada. Esto, a menudo volvió a repetirse, por lo que el gringo, que decía que no creía ni en brujos ni aparecidos, encontró una explicación no sé si filosófica o física, pero muy práctica para poder vivir con tranquilidad. Él decía que la vieja casa de madera, guardaba sonidos, los que al soplar el viento se dejaban escuchar. Eran los sonidos de épocas pasadas que habían quedado guardados entre las maderas de la construcción. Esta vieja casa fue demolida en 1938”. La revelación mágica del viento es un hallazgo poético.
Mario cuenta a lo largo del libro varias historias de fantasmas, y lo hace dejando constancia de todas las sintonías de esos otros mundos: “(…) La vieja cocina, mi madre, tardes de frío y garúas. Mi padre… nunca le dije que lo admiraba y lo quería. La dicha vive, a veces, dentro de uno, sin saberlo. Los fantasmas vuelven a mí… El ladrido de los perros en Federal… El coche motor llegando a la vieja estación. La luz mortecina, amarillenta de los almacenes y los gauchos jugando al truco…
Paraná, con mi madre en el tren. Un viejo coche de plaza, hasta la calle Rivadavia. La ciudad temblando bajo la lluvia. Días fríos, atardeceres tristes. La escuela del Centenario… Mis hermanos… mi amigo José. Aquella tristeza… y el miedo…
El ruido de la usina de La Paz. Las noches de guardia y fusil... y el frío…
Los algarrobos del campo grande… la niebla y un molino alto, sin ruedas… el ruido de la tranquera que se cierra… el ladrido de los perros… el olor del recado recién desensillado… Pindú... el relincho del nochero… gente a caballo, sin rostros... el olor del humo en la cocina vieja… el viento en el carandazal. Sé que ya no volveré a ver ese paisaje… el hotel de Calleja… el espejo. Una calle larga, con lluvia... sin voluntad… la ausencia… la melancolía. (…)”.
Obra de Mario Tamaño
“Mi libro de otoño” también es el registro del pensamiento y las sensaciones de un hombre que, habitante ya de las alturas de la vida, sabe a conciencia que nada es para siempre. Como hombre que piensa, hombre de almas despiertas, no puede desentenderse de la aproximación del final. Charla con sus recuerdos, y funda amistad con ese final. Mario se estudia, se presta atención mayúscula frente a las señales que aparecen en su presente y las llegan desde su pasado. Retorna a los afectos perdidos en el tránsito, festeja los presentes. Se escribe despidiéndose, como lo hacen aquellos hombres que han sabido de la vida y de sus tesoros verdaderos. Un hombre valiente que sabe del triunfo y la derrota: los sabores de la vida.
Obra de Mario Tamaño
En “Hoy pienso en el río. Lo tenía ahí cerca y no lo aproveché” leo: “Escucho aquellos trenes de mi mocedad, con noches de frío y niebla. Trenes largos que aullaban allá por Sauce de Luna. La gente en los andenes y el rostro de mi padre. En la niebla de mi olvido un perro ladrando, el olor del pan casero y el brachichito… Algún día volveré sobre mis pasos recorriendo el sendero de mi niñez. Soy del campo aquel, bravío, con caminos olvidados, y árboles, de pronto, callados. Mi corazón de niño y la angustia. El viento persiguiéndome. Tal vez me cuidaba, en aquellos años lejos de mi casa. Entonces aquel viento no era olvido. Siempre, a pesar de estar lejos de mis afectos, mi corazón permanecía junto al carandazal. No conocí todos sus secretos y eso me apena. Lejos de mi tierra, pienso en aquellos días, en el camino del ciervo y los zorros, y en mis hermanos, con quienes jugué poco. Mi padre, puro coraje, fumando, con su sombrero gris, en esa galería con enredaderas. El frío de gurí. Me gustaba la escuela. Por ese camino largo, el humo y las estrellas, y aquel llanto de un niño.
Siempre los trenes perforando la noche con su ojo de Polifemo. La gente en los andenes. Y yo, caminando apurado bajo la llovizna. Un perro que me lame una mano.
Sigo mi camino, sin infancia. Todo está lejos. La nostalgia me muestra tu rostro de niña que vi una vez y no olvidé.
Un paredón largo y oscuro. Zaguanes con parejas de novios. Luces amarillas y tenues en las esquinas. Una hoja en la tormenta”. Así escribió Mario Tamaño, también poeta.

El libro se presenta el 18 de marzo a las 21 hs. en el Club Social.
Obra de Mario Tamaño

domingo, 5 de marzo de 2017

Escritor a la vista

El 1 de octubre de 1995 Emma Barrandéguy publica en El Debate Pregón: “Palabras de agradecimiento de la ciudadana destacada” (ver “Cronosíntesis” (EDUNER, 2016); en dicho texto la escritora gualeya rechaza un homenaje público del Concejo Deliberante y la Dirección de Cultura; entre sus apreciaciones quedan a la vista un par de reflexiones en torno al trabajo de la escritura: “(…) El oficio de escritor consiste, para mí, sólo en poseer una mirada diferente de la realidad y cuidar su herramienta, que es el lenguaje. El mayor deseo creo que es, para quien se dedica a este oficio, el compartir su propia obra con el mayor número de lectores. El principal afán creo que debe ser el enseñar a pensar en todos los actos de su hacer cotidiano y en el ejercicio de su tarea.
Realizar esto –que ya es mucho- vale para toda una vida y ha sido, en el transcurso de la mía, mi única aspiración. (…)”. Emma anota además una expresión de deseo (ironía incluida): “(…) Que se evite mencionar a los artistas como medio raros o medio locos (sería preferible locos enteros, no medios) y que se considere su oficio como cualquier otro, dándoles espacio para el cumplirlo a solas, como esta labor lo requiere. (…)”.
Escritor a la vista: Emma habla de un oficio, no de magia. Coincido, y no porque no crea en la existencia de la magia en la escritura. Soy un convencido de que el toque de magia dentro de la construcción en el oficio aparece cuando el laborar diario, en el papel y en el pensamiento, abre la puerta para que pueda entrar aquello que nombramos como la susodicha magia, la inspiración, la posesión de un otro que quizá, hasta ese momento, “creíamos” no conocer. La magia del otro, uno más dentro del puñado de miradas que somos, se alumbra cuando abrimos la puerta de la emoción atenta, y entonces escribimos, vivimos. Ocurre igual que en la vida cotidiana: el trabajo de buena persona abre la puerta social hacia el otro: el vecino, sea del barrio, la chacra, la provincia, la gran ciudad. Es cuando se puede escribir de la mejor manera. Es cierto además que el escritor desea compartir lo escrito; este costado del oficio casi carece de magias, y nada tiene que ver con el hacer de orfebre en la escritura; hablo de personas que elaboran su obra a partir de una posición sincera, ética, de una pulsión interna con la sana pretensión de llegar, en el mañana, a poseer una obra; esto nada tiene que ver con la puesta en marcha de una fábrica de chorizos, o una productora de papel picado: en la venta también puede uno interesarse, pero sostengo que esta modalidad no cotiza de manera saludable en el paisaje de aquel que intenta contar una historia nueva.
Emma Barrandéguy
Habla Emma de “locos enteros”, y mejor así, nada de mitades a la hora de mirar a quien se dedica a estos menesteres de la escritura. Porque al escritor siempre se lo mira de costado. Lo hablábamos días pasados con Tuky Carboni, poeta y amiga. Los escritores y poetas parecen ser personas que, de aburridas, se les da por contar cuentitos, hacer versitos, y todas esas pavadas, boberías de chicos. Así los mira la familia, la gente cercana, unos pocos prestan atención. Sucede muchas veces que alguien se siente obligado a preguntar algo, pero después se desentienden de la respuesta. Eso sí, hay momentos en que tener un escritor cerca, de amigo o conocido, queda bien, “garpa” en sociedad, porque no hay nada como habitar esa cultura que, en el cotidiano, se ignora.
Hay un pasaje maravilloso (otro más y van…) en “Memorias de un provinciano” (1967) del mago Carlos Mastronardi, que viene de maravillas para estos momentos en que el escritor está a la vista: “(…) Según mi vieja costumbre, pasé los meses del verano en Gualeguay, pero no encontré ni podía encontrar en el ámbito natal la alegría de otros tiempos. Mi padre había enfermado, y si bien no lo afectaba un mal agudo, su declinación era visible. A ese motivo de preocupación se sumaron mi mala trayectoria estudiantil y algunos contrastes de fortuna que ensombrecieron aquellos días. Debo decir, no obstante, que la publicación de mi primer libro atenuó la tristeza que en el seno de la familia produjo mi alejamiento de los claustros universitarios. Un amable comentario de ‘La Nación’, a su vez comentado en el club del pueblo, vino a suavizar o corregir las censuras de la gente respetable, para la cual yo había dejado de ser un valor social en potencia. Y no porque lo fuese en acto: más bien se me identificaba con el no ser. Sin destino visible, borrado de la tabla de tasaciones, ni el foro, ni la política, ni los padres con hijas casaderas podían contar conmigo, pero la nota encomiástica del diario porteño, a pesar de los muchos defectos de aquel libro de poemas, obrando a modo de argumento de autoridad, vino a militar en mi favor con toda su fuerza compensatoria. Sin embargo, la timidez me mantuvo escondido durante una semana, y después empecé a salir sin deponer mis prevenciones, como si hubiese cometido un delito.
Carlos Mastronardi
En aquellos tiempos y en los medios alejados de las grandes ciudades, el escritor era una especie de ornato de la comunidad, sólo apto para las fiestas, de modo que en el plano de la vida cotidiana, su posición era más bien incierta. Su esfuerzo, apenas distinto del placer, escapaba a toda estimación precisa. Se trata de una creencia tan antigua como el mundo, pero que no en todas partes se manifiesta con la misma fuerza: sólo aquello que inspira un acatamiento unánime carece de ambigüedad. Los valores estéticos son muy fluidos y no se sujetan a las pautas con que juzgamos los objetos, los bienes de uso. (…)”.
Solo puede modificarse el lugar del escritor cuando su nombre aparece en alguno de los medios de comunicación. Alguien, ahí afuera, donde sí, al parecer, se manifiesta la vida que importa, posa sus ojos sobre el nombre y la escritura del vecino, del vago que se la pasa leyendo y escribiendo en la aldea de los ignorados. Cómo tu trabajo va a tener importancia si vivís en mi misma calle, pero si el diario dice, si a la radio te invitan, por ahí bien vale un elogio. El escritor, el trabajador de la cultura, también cae en la volteada que detona la flecha indicadora de los tiempos: hecha a base de velocidad y extravío, la mirada perdida en medio de la bulla y el cartón pintado. La inercia se lleva puesta a esta sociedad de ausentes.
Ser escritor, poeta, tiene que ver con asumir un compromiso ético en la vida. Definir una posición, una manera de mirar, de ser, de vivir. El resto no importa, y no es que quiera destacar la nada, la inacción; hablo de la pulsión vital, de una manera de dar el presente en la vida. Nunca la moneda por sobre la identidad y la palabra, la dada y la escrita. Pienso en Cachete González pintando, haciendo su arte porque en ese hacer se le iba la vida.
Hugo Salerno
Hace unos días, a través de las famosas redes sociales, reinicié el contacto con un poeta que conocí en Boedo, mi barrio, en un anteayer lejano. Yo estaba en los pasos iniciales de la etapa donde se sellaría mi identidad como persona y escritor. En las tardes de los días lunes, en la trastienda del café Margot, en la intersección del pasaje San Ignacio y Boedo, a instancias del poeta Rubén Derlis, sucedían en el universo barrial las recordadas tardes de café denominadas: Alpedismo Boedense. El nombre no guarda secretos: un grupo de personas se encontraban en el café, escritores, poetas y gente afín a las letras, para hablar, para rondar en la sintonía de “estar al pedo” (con el perdón de la Academia) y con tiempo a disposición, para proceder a hablar de los temas que surgieran del ida y vuelta de la palabra. Mientras esto sucedía, se podía mirar por la única ventana y por la puerta, dos hojas hechas en madera y tiempo con vidrio biselado, y contemplar los adoquines que, aún hoy, siguen dando su presente en el cuerpo del San Ignacio. Conocí a varios personajes en aquellos días, y uno de ellos fue el poeta Hugo Salerno. Su aspecto correspondía al imaginario de don Quijote: flaco, desgarbado, cabello largo blanco en canas, bigote frondoso al tono, y barba con punta en la pera. Sin dudas, era el Quijote. Venía desde un  incierto pasado. Muy relacionado al mundo del tango, y poeta de andar contando las monedas. Llegaba a Boedo desde alguna localidad lejana del Gran Buenos Aires.
Acaba de publicarse el libro “Alto Guiso. Antología de poesía matancera”. Tuve noticias de la edición gracias a Víctor Pajarito Cuello, otro poeta de moneda flaca, pero con esquina hecha de una sola palabra: sinceridad e identidad de origen en las calles de su aldea. Salerno, su poesía, está dentro del libro. Cuello fue quien, luego de tantos años de no saber de Salerno, me acercó su libro “Baldío Natal” (2006). Recuerdo que en el Margot, allá por 2001, Salerno ya tenía el título del libro, y en esos días tenía una bajada que fundaba una maravillosa promesa: “Baldío Natal. Ego asoma”.
Ayer Hugo Salerno publicó un poema en Facebook. Me había contado que vive en un geriátrico. Hoy me dijo, sigue con su humor doble filo, que tiene cadena perpetua en el mismo. Me contó además que planea una novela en relación al geriátrico. El poema enviado a las redes dice: “Puedo morir de cualquier cosa, / menos de aburrimiento. / Es tan variado el universo, / a pesar de ser un solo verso. / Hay varios mundos / en el mundo de una pieza. / Navegamos en el espacio de los sueños. / Cuando nos vamos a dormir / en vez de “Buenas noches”, / tendríamos que desear: “Buen viaje”. / Para esos viajes no hace falta / tomarse, aspirarse ni fumarse nada. / Solo sueño. Que tengan buen viaje”.
Venía pensando junto a los notables, como Emma, Mastronardi y Tuky, sobre quién, cuándo, dónde es que uno se hace escritor, poeta. Decía que era una manera de ser, de hacer esquina en la vida, de estar más allá de ciertas cuestiones sin importancia. Fue cuando, para cerrar esta nota, me dio una mano la memoria y la presencia del poeta Hugo Salerno. Salido desde el tiempo mismo, poeta a pesar de los molinos de viento.


domingo, 26 de febrero de 2017

Leer a Eise Osman

Leer a conciencia abierta la escritura de Eise Osman, significa para el lector la posibilidad de pasar a otro plano, digamos, de subir un escalón más en el día de la vida, y con esta acción lograr que el pensamiento tome un poco más de altura y claridad, para que entonces los nubarrones, paridos por la velocidad, la bulla y la confusión, en la criatura y la sociedad, vuelen bajos, más a la mano; nada de perderles el rastro, es la posibilidad de tener la tormenta a una distancia que nos permita descifrarle la careta a través de la mirada atenta.
Eise Osman
Leer a Eise Osman, pensador, escritor y poeta, es una invitación a abrir la puerta para salir a jugar con las ideas que hablan de una vida transitada con espíritu atento. Su palabra en construcción, la herramienta, el oficio, lo lleva por los caminos de la filosofía. Eise mismo, me digo, es una especie de artefacto mágico que, urgido por el llamado vital, no se detiene en la búsqueda, en los hallazgos, en las dudas, en la construcción de su mirada. Un universo late en la escritura de Eise Osman y, como corresponde, su sustancia vive en constante expansión, mientras sabe que llegará un día en que todas las cuerdas llamarán a silencio.
En el texto “La Soledad” del libro “Oasis para la meditación” leo: “(…) La soledad no es estar solo, es estar incomunicado. Tampoco es recibir información, pues esa información no nos comunica. Como decía Maritain, la poesía es la comunicación profunda entre el hombre y el ser profundo de las cosas. Por lo tanto, comunicarse es intentar llegar a la profundidad del hombre y de las cosas. Y el mundo moderno es la promiscuidad superficial de los hombres entre sí, que asemeja a líneas que se entrecruzan, pero no tienen más contacto que un punto superficial de choque. Por eso expreso en un aforismo ‘La soledad es el espejo de la muerte’, un espejo que no nos muestra nuestra imagen, sino que nos niega a nosotros mismos.
Yo diría que el drama del hombre moderno es la soledad, pero desgraciadamente con el espejismo de estar acompañado. (…)”.
Eise, el Beduino Errante que propone pensamiento y meditación, abre su mejor juego sobre la mesa de paño verde; en un movimiento rápido inventa su sistema de baraja: escribe, dice, alumbra: uno, dos, tres, un puñado de aforismos para contar del mundo de las criaturas; su palabra se ocupa de las dos caras de la moneda: el paisaje de adentro, sangre a fondo, y el de afuera, techo y parte del Revuelto Gramajo de quien elige preguntarse, conocerse.
“Hay personas que entienden casi todo y no comprenden casi nada.
Entender es para uno, comprender es con el otro”.
“La caridad está tan cerca del desprecio, como la compasión de la soberbia”.
“Todos somos Pedro, todos somos Judas, todos somos Cristo. Salvo que nadie es sólo Pedro, sólo Judas, o sólo Cristo”.
“El mayor triunfo del hombre moderno es haber demorado la muerte. Su mayor derrota es no saber qué hacer con la vida”.
“El hombre sin trascendencia, tiene solamente el día y la angustia de la noche”.
“Sólo los necios se enorgullecen de ser lo que no son”.
“Los triunfos económicos suelen ser derrotas éticas”.
“Es tan ancho el camino de la duda, y tan estrecho el de la certeza, que a veces no permite el paso de la verdad”.
El mismo Beduino Errante, Eise Osman, el egregio ciudadano gualeyo, reflexiona sobre la esencia del aforismo. En “Aforismo, pensamiento y poesía” del libro citado anota: “(…) Pensamiento, diríamos, que trata de sintetizar una situación, que va más allá del hecho observado, dejando abierto un interrogante para una conclusión personal del lector. Pues el buen lector es el que lee una página diferente a la que ha escrito el autor, pero con la complicidad del mismo. Se ha dicho que el ser del espíritu es el lenguaje. Y un conocido existencialista dijo: ‘La morada del ser es la poesía’. (…)”.
La relación entre el autor y el lector, recuerdo cuando el poeta Marcos Silber se detuvo en ella. Dijo que el lector terminaba la escritura del poema, jugando así el rol de coautor. Eise lo señala, y una vez más en su escritura aparece el término “poesía”. En estos días leí “Oasis para la meditación. El Beduino Errante” (1993) y “Aprender desaprendiendo. Pensamientos del Beduino Errante” (1996). En una ocasión tuve la oportunidad de hojear en la biblioteca un libro de poesía de Osman, y hace pocos días leí otros poemas que fueron incluidos en “Antología del viento. Herencia de agua” de autores entrerrianos. Hay en Eise Osman el registro del poeta: sabe de sacarle con la mirada una punta muy fina al lápiz. Pienso que llegar a poeta es haber alcanzado la última llave en la escritura, la que abre todo el cielo de lo humano para que la palabra alumbre nacimientos, verdades y emociones otras. Este trabajo, esta identidad de Eise, es la que acompaña su quehacer en los territorios del aforismo. Al leer sus aforismos el lector confirma que detrás del pensamiento, la observación del paisaje todo, y de aquello que se quiere señalar, hay un poeta trabajando con la palabra para que el estilete de la idea llegue a profundidad, entre las almas.
Los aforismos de Osman son el núcleo, no tuve oportunidad de leer toda su obra, pero creo que es su trabajado pensamiento quien marca la dirección primera. En los libros citados también hay relatos, unos tienen algún personaje, otros son relatos donde se cuentan ideas alrededor de un tema, y donde el relato aparece condimentado con la apoyatura del aforismo. En mi memoria quedará el relato final de “Aprender desaprendiendo”: “El botador”, consecuencia directa de su experiencia como médico en las islas, en él está lo narrativo y la poesía y las ideas: “(…) Miro mi maletín en el fondo de la lancha y me acuerdo de mi tardanza, de mi alejamiento, de mi pequeño pueblo, que es más pequeño a la distancia, más entrañable, más triste, más deseable, como un brasero que llama a su calor en invierno.
Es ese calor íntimo detenido en la permanencia de las cosas, lo que da a los pequeños pueblos la sensación de antigüedad vivida, de historias sentidas, de continuidad casi religiosa de lo humano, de pequeña eternidad detenida en un espacio sin tiempo. (…)”.
La presunción en torno a la obra de Eise: los aforismos como núcleo, fue confirmada por -a esta altura una amiga- Emma Barrandéguy. Hacia fines del año pasado apareció una selección de trabajos periodísticos: “Cronosíntesis” (EDUNER, 2016). Con fecha 14 de enero de 2001, Emma escribió “¿Quién es el ‘Cazador de sombras’? Un médico local”: “Tal vez intencionadamente, el doctor Eise Osman mezcla los aforismos de su último libro de modo que de pronto se nos aparece una nota filosófica, una reflexión sobre su propia vida, una exaltación del amor o un enfoque de la muerte, que es tal vez el tema de su diaria meditación. (…)”. Emma afirma que el Hombre “(…) siempre está presente en Osman como ser solitario, desvalido, angustiado (…)”. Y señala dos aforismos relacionados a su oficio: “(…) No escapan al quehacer literario de Osman ni el arte ni los artistas, pues sabe mirarse dentro y a su alrededor para llegar a decirnos: ‘El poema / es una plaza sitiada / por los profanadores / del lenguaje’ y luego: ‘Los poetas <inválidos> /caminan con la muleta / de la erudición’. (…)”. Espero poder leer “Cazador de sombras”.
Durante los 90 intenté recibirme de librero en Buenos Aires. Quise ser una de esas personas que sabían de todas las materias, que conocían cada estante, cada título o autor. No lo logré, las épocas cambiaron, la cantidad de papel picado que imprimen las editoriales apabulla a cualquiera. La montaña de basura puede asfixiar. Pero de esos años guardo valiosas excepciones, porque en la avalancha siempre se filtraba la literatura, la poesía, y entre las buenas lecturas llegaron los aforismos de Eise Osman. Leí y vendí sus libros.
Cuando ya hacía un tiempo que transitaba la ciudadanía gualeya, la poeta y amiga Tuky Carboni me invitó a un asado en su casa. A mi derecha estaba sentado un señor a quien no conocía. Era Eise Osman. No lo podía creer, era el hombre al que había leído hace años, el escritor que con su obra confirmaba su título. Fue una feliz sorpresa. Le conté de mis lecturas, de mi intento librero, de sus libros. Dije “filósofo” y él me corrigió: “pensador”. Enseguida me di cuenta de que su pulsión vital se manifiesta a través del pensamiento, la mirada, y de que ese “estado de gracia” lo lleva a la escritura y a la emotiva comunicación con el otro. Eise me probaba en cada puente tendido entre distintas materias: política, historia, sociología, teología, de las dimensiones de sus conocimientos. El pensador comunicaba su fiesta. Otro día lo encontré en la cerrajería, la única que conocí atendida por un cerrajero que disfruta de la buena literatura; era de mañana y Eise seguía de pensamiento, de aforismos a flor de piel. Un apasionado.
Hace un tiempito fue a visitar a Elsa Serur y Eise a su casa. Fue un encuentro corto, ellos tenían que salir. Pero los minutos que estuve en el refugio, me alcanzaron para “ver” detalles, presencias, objetos: libros, cuadros, fotos, bibliotecas, todo atesorado en el abrazo maravilloso de la madera. Me dije: este es el lugar, acá la cocina de las ideas. En una esquina de Gualeguay, la ciudad/río que no para de sorprender.

Ahora me resta fijar la fecha de un encuentro. Pienso en una charla con Eise, quiero saber de su historia, desde dónde, desde cuándo funda travesía el Beduino Errante.

domingo, 19 de febrero de 2017

Emma Barranduéguy: de regreso

La egregia escritora, poeta y periodista gualeya Emma Barrandéguy (1914-2006) sigue de ronda por la ciudad/río. La práctica del constante regreso confirma su vívida condición de buen fantasma. Esta vez, la Barrandéguy periodista, aparece muy bien vestida de libro por la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos (EDUNER). Una editorial que sabe de “fundar” libros, un arte que no es para cualquiera.
Emma Barrandéguy
El libro de Emma “Cronosíntesis” contiene una selección de los textos periodísticos que publicó, entre 1976 y 2006, en la página cultural del diario “El Debate Pregón” de Gualeguay. En 1989, luego de la muerte de Roberto Beracochea, Emma asumió la dirección de dicha página. El libro también contiene los textos escritos para la revista “La loca de al lado” (1981 y 1986), algunas cartas, poesías, una cronología. Se llega hasta esta lectura, donde distintas miradas enfocan un término tan amplio como: cultura,  a través de una puerta sumamente sustanciosa: la Introducción de Evangelina Franzot, licenciada en lenguas modernas y literatura, y ciudadana de Maciá. En su investigación, debidamente sustentada con fechas y la información necesaria: Franzot cumple con las coordenadas profesionales, pero además obsequia un extra emotivo, nacido en su felicidad frente a todo lo relacionado con el mundo libro, y acentuado por la admiración e interés que en ella despierta la obra de Barrandéguy. Brisa emotiva que acompaña la lectura, el conocimiento, y que como lector festejo cuando queda felizmente a la vista, porque se está hablando de un escritor. La escritura siempre de garúa sobre la emoción de cada día.
Franzot cuenta que su tesis de licenciatura consistió en un proyecto de edición de Obra Completa de Barrandéguy. Después llegó la invitación para participar de la colección “El País del Sauce” de EDUNER. En enero de 2005 entrevistó a Emma en Gualeguay. Recuerda: “Ella estaba sorprendida porque mis preguntas no iban hacia su elección sexual, sino a su proceso de escritura y construcción de la novela, y me dijo: ‘Es que pensaba que venías a entrevistarme porque soy rarita, como los otros que vinieron’”. Cuenta Franzot que la emocionó su valentía: “Un coraje soberbio para vivir y para escribir, pero un coraje sin estridencias”.
Dice Franzot en la Introducción: “(…) Ser escritora y lesbiana en un pueblo pequeño hizo que Barrandéguy, desde los días de la dictadura y hasta su muerte, desarrollara estratagemas muy sutiles para mantenerse fiel a sí misma. Desplegó recursos que había aprendido de sus lecturas de Katherine Mansfield, de Simone de Beauvoir, de Virginia Woolf (…)”. Franzot señala sobre el trabajo de Emma en la hoja cultural: su manera de: “(…) dar un lugar a esas nuevas generaciones de escritores porque conoce y ha vivido en carne propia las dificultades de publicar, de encontrar un espacio para que las obras entren en diálogo social más allá del círculo íntimo, y se ofrece humildemente como mediadora entre los autores noveles y su entorno. Y decimos ‘humildemente’ porque en la mayoría de los casos apenas expone su voz, en brevísimas intervenciones, para dar paso de inmediato a la palabra del otro. (…)”. Afirma Franzot: “(…) Esa coherencia, esa unidad que se establece en la obra de Barrandéguy, ese caminar por los mismos caminos, variando las formas y los registros, es de algún modo la prueba cabal de que estamos frente a una gran escritora: todo forma parte de un mismo universo, de una manera propia de ver y mostrar el mundo, desnudándose por completo en sus novelas y en su poesía, o abrochando su vestido para dialogar con un público masivo que viene con la inmediatez de la crónica semanal. (…)”.
Emma
En “El arte del pueblo y para el pueblo” (22/09/1985) Emma define: “(…) Trabajador de la cultura o artista no significa distanciarse del pueblo, pero sí significa no poder hacer otra cosa que lo que cada uno hace bien o mal. Eso lo decidirá el receptor de la obra y nadie más”.
En “Adiós al amigo” (10/04/1994) se despide de Marcelo Etcheverry, compañero del grupo Claridad. Son sumamente emotivos los textos en los que Emma despide a su gente querida: “(…) Siempre fue fiel a sus ideas, a sus viejas amistades, a sus hijos que tanto quería, a sus asados en el taller y en la costa, a su caña de pescar, a su vino tinto y a sus charlas siempre abiertas donde expresaba su avidez de conocimientos, sus lecturas y sus sueños de futuro, que quedaron en el camino, como a todos nos sucede”.
En “Un siglo siempre igual” (03/01/1999) la periodista observa y “acomoda” su aldea: “(…) Mis observaciones a través de una ya larga vida son las que me permiten decir en el título que en tolerancia, por ejemplo, nuestro siglo y Gualeguay siguen siempre igual o peor. En mi juventud escribí sobre cosas diferentes a las que se escribían en la época, y eso me valió una etiqueta que aún llevo, y si bien mis poesías eran agresivas, no lo fue menos la respuesta que recibí, al punto que familiares cercanos dejaron de frecuentar mi casa.
Absorta contemplo ahora, sesenta años después, que Gualeguay no ha aprendido nada en tren de juzgar a los demás. Pongamos, por ejemplo, el larvado antisemitismo que existe, basado en la envidia en su mayor parte. (…)”. Emma nombra la figura del Papa y habla de su promoción del “ecumenismo” que: “(…) en todo Gualeguay es totalmente ignorado; no funciona, o tal vez lo hace de palabra en las revistitas parroquiales”. Más adelante Emma anota: “(…) Y lo más lamentable es que sea de las reuniones femeninas (educadoras, por ejemplo) de donde vienen las más frecuentes e intensas habladurías sobre los demás congéneres, a pesar del odio al chisme que, en general, se dice profesar”. Luego es el turno de las típicas miserias de la política, y cierra su mirada filosa sobre su propio territorio: “(…) Todas estas pequeñeces de la política se asimilan a las pequeñeces religiosas anteriores, para llevarnos a la desilusión de una ciudad que no consigue espantar los fantasmas de la intolerancia y del miedo en ninguna de sus actividades.
¿Acaso la tarea intelectual es diferente a las demás? No. También se parcializa y nacen rencores. Por eso me permito decirles que este siglo ha sido siempre igual en Gualeguay. (…)”. También aparece la sociedad de su aldea en el poema “Visión de campo argentino” (publicado en la revista “Contra, la revista de los franco-tiradores”, en septiembre de 1933): “(…) me repudiaron / en el pueblo mío de las ‘casas chatas’ / y de las chatas almas. // (…)”.
En “Cronosíntesis”, las crónicas sintéticas de Emma, hay dos textos que hacen referencia a su padre, personaje que además es habitante de su obra narrativa. Hay un texto corto titulado “Un hombre siempre a caballo” (15/06/1986) que es una de las perlitas del libro:
“El hombre que me enseñó a conocer los árboles y los pastos.
El hombre imperioso con sus sacabotas y su limonada, y su inesperado malhumor.
El hombre que estando en primer año me rompió las fotos de artistas de cine porque Lescá me había aplazado en Castellano.
El hombre que una vez, una sola vez, me llevó a babuchas siendo niña.
El hombre que me traía el mate a la cama para charlar de política.
El hombre silencioso cuyas cartas releo a veces con emoción.
Sabía de caballos, de vacas, de guascas, de abrojos malos, de sus ancestros vascos, de las ‘Vidas paralelas’ de Plutarco, de Zola, de los libros de versos de Panizza y de las diferentes formas de cebar el mate.
El hombre con el que dirían mis amigas psicólogas que tengo una fijación, y la tengo.
Ese fue mi padre”.
En “Antonio Castro” (22/12/2002) Emma se despide de su amigo, y en medio del texto hace extensivo el recuerdo a Neil Mac Donald, estadounidense con quien se casara en 1939. Recuerdos encadenados por la bebida: “(…) Me veo en el cumpleaños del año pasado, gruñendo Antonio por su renguera, por su bastón, por querer volver a su casa…, hasta el momento en que vio la botella de tinto abrirse y recuperó su alegría dicharachera, como si hubiese salido el sol en la costa, con la misma ansiosa premura que embargaba a mi marido ante una botella de buena grapa. Pobrecitos borrachitos queridos: tienen en el cielo un refugio especial, como si fuera el cielo musulmán, lleno de las cosas hermosas que siempre segregan a los hombres o están prohibidas en la tierra. (…)”.
“Cronosíntesis” de Emma Barrandéguy se ubica entre esos libros que uno tilda de “necesarios”. Pienso ahora en “El canto entero de Marcelino Román” del escritor y poeta Juan Manuel Alfaro. Otro libro necesario. Porque dónde encontrar los libros de Román, con suerte en las bibliotecas, y cómo encontrarnos con el hombre que fue, qué de sus ideas. Y entonces, cómo encontrarnos con la obra periodística de la Barrandéguy. Con sus libros, puede que con un poco de suerte aparezca alguno (recuerdo que a poco de vivir en Gualeguay encontré “Las Puertas” en un estante de la librería Papelucho), pero cómo llegar hasta esta parte de su obra. Solo con decisión y mucho tiempo en el archivo de El Debate Pregón, o en alguna nota de rescate del pasado. Por eso es un libro necesario; aquí está, sobre mi escritorio, gracias al trabajo necesario que realizó Evangelina Franzot y la gente de la EDUNER.

Lo dicho, el buen fantasma de Emma Barrandéguy vuelve vestido de libro a su ciudad/río. Una invitación a la memoria, al encuentro con tantos amigos gualeyos que aparecen dentro de sus páginas periodísticas, uno de los puertos desde donde sabía mirar la escritora.

domingo, 12 de febrero de 2017

La escritura en los días

Pasan los años y sigo encontrándome con mi amiga; diría, a esta altura de la función, que su compañía es de toda la vida. No ha habido amiga más fiel; ella: la escritura, respira junto a mi lado desde que yo era pibe, cuando con un poco de juego y otro tanto de verdad afirmaba que iba a ser poeta como mi abuelo paterno Julio Martín. Acurrucadas en algún sobre amarillento, algunas de mis poesías de los 10 años, duermen, bien escondidas, el sueño de haber confirmado el impulso. Después de estos juegos verdaderos, llegaron las lecturas, el alimento, y entonces a crecer en ganas, a festejar ese impulso a través de las palabras de los otros. Traté de avanzar con atención en las historias, con la misma concentración que en esos días le dispensaba a la pelota de fútbol y los campeonatos en el club 12 de Octubre de Martín Coronado. Se podía, se pudo, y hoy también se puede: leer el libro, patear una pelota, y ver mucho cine, otra manera interesante de llegar a las historias. Interesante también es llegar a los relatos a través de los recuerdos de la gente que habita la misma calle que nosotros, el barrio, y luego la ciudad conectada a la galaxia mundo. El relato, cada uno, es memoria, y entonces vida de otro tiempo.
La escritura dio forma a una manera de andar: atento a los estímulos, y a veces, al más simple de los escalones del cotidiano; una manera de andar: una manera de ser. La escritura fundó y se funda en mi identidad: mis banderas, mis patrias internas, las miradas, las ideas, y ya que hablo de escritura, digo, esta identidad en la que uno sabe, a conciencia, en qué lista anota el alma y en cuáles no lo hace ni lo hará.
Mientras escribo afirmo que me ubico en órbita sobre el tema a tratar; si se trata de una nota: escribiendo como si pintara al acrílico, que seca rápido; si el desafío es el argumento de una novela: escribo como si estuviera frente a un cuadro que espera óleo y sus tiempos lentos de secado. Mi papá, Rolando, mi viejo, artista plástico él, me enseñó estas cosas que aplico a la escritura; pero además, digo, habito una órbita mayor a estas sintonías, y esta tiene que ver con mi vida toda girando sobre la hoja amiga apoyada sobre mi escritorio, sobre la pantalla en blanco, sobre la posibilidad siempre presente de poder contar una historia.
Viviendo de esta manera es que suceden encuentros de detalle entre la vida cotidiana y la escritura, por ejemplo: un momento en que ayudaba a mi viejo a pintar la sala de exposiciones de Estímulo de Bellas Artes en Buenos Aires (enero 2008). Desde el oficio de pintor de Rolando, herramienta con la que la familia Lois cubrió sus necesidades económicas (con el arte no se come, o en todo caso, comen unos pocos), yo me encontraba con la escritura, titulé el texto “Escribir desde el murmullo”: “Lo descubrí en el ir y venir del rodillo sobre las paredes del salón, durante el tiempo en que jugué a ser un pintor. Un rodillo es un artefacto de mango plástico que sostiene un dispositivo de metal que a su vez recibe el cilindro que, vestido como osito de peluche, se empapa con pintura, y en este caso pintura látex con un agregado mínimo de agua para facilitar la acción cubritiva sobre el tipo de superficie que ponía el pecho al beige clarito.
El recorrido del rodillo cargado con pintura me llevó una y otra vez a una misma imagen y sonido: una calle cualquiera de Buenos Aires cuando la lluvia fina es manto sobre el paisaje, mientras ella misma calla, cuando ella es muda o silenciosa en el contacto con dicho paisaje. Tan distinta la lluvia fina, o su ínfima expresión: la garúa, de la lluvia violenta con sus sonoridades efectistas.
Cuando la lluvia fina “es” sobre la ciudad nace en las calles un murmullo mínimo, suave. Las ruedas de los autos en su plenitud de giro mágico, misterioso, sobre el asfalto húmedo, son el origen de dicho murmullo.
El rodillo rueda y recorre la pared que, seca en la primera pasada, va tomando humedad y entonces el rodillo o la rueda húmeda pasa, se desliza, sobre la calle vertical de la pared. Es el látex con su toque de agua el que llega hasta el brazo que lleva y trae el rodillo. Llega como si fuera lluvia fina, no violenta, como si llegara la garúa y su murmullo sobre mi cuerpo, la ciudad primera.
Nada más placentero que escribir en un café, cerca de una ventana abierta a una Buenos Aires de lluvia fina, calles y autos.
En los cafés escribo tan solo y a la vez tan acompañado que a veces me da miedo la fuerza del extravío que me aleja y me acerca: ¿volveré al café?, ¿saldré de la página?, ¿final para esta tinta roja?
El murmullo de la gente arrulla mi escritura en su momento interior, antes de salir a jugar, pero el arrullo o el extravío nacido del aroma de ese sonido se multiplica cuando el murmullo es el otro, el murmullo mínimo, suave, de la lluvia, la calle y los autos, que pasa a través de mí, de la ventana, de mi ventana.
Cuando el rodillo iba y venía reparé en que para que un paño de la pared quedara cubierto, pintado, hacía falta que yo pasara el artefacto, mi brazo, mi mano de escribir varias veces por el lugar. Con la repetición, con la vuelta al territorio delineado momentos antes, se lograba, se iba logrando, la textura, la carnadura requerida para hacer de la pared pintada, una pared o un personaje pintado, creíble. Mientras tanto la lluvia fina sobre mi brazo, como si estuviera en un café, en mi Buenos Aires y todo, absolutamente todo, quisiera pasar por mi ventana para hacerme feliz durante la labor, en capítulos, sobre las distintas maneras de escribir”.
Descubrir una semejanza entre el ir y venir del rodillo sobre la pared, y las lecturas sucesivas, los arreglos, el barrido de basuritas en la escritura de una historia para ir allanando el relato o los personajes, me acaba de ocurrir nuevamente, y esta vez en la chacra gualeya.
Me encontré escribiendo mientras cortaba el pasto en el fondo de casa. Y si bien el ida y vuelta de la cortadora podría aparecer como hermana del movimiento creativo del rodillo, no fue en la acción de corte donde mi memoria remitía a la escritura, sino a los momentos en que uno empieza a vislumbrar la belleza en el paisaje del jardín. Quizá todo empezó con un juego para Julia, mi hija, o más que juego, una sorpresa que derivó en un juego que hoy pide cada vez que hay que cortar el pasto. Hice los movimientos justos, de modesto joven manos de tijera, sobre el pasto y escribí el nombre de mi hija. Julia lo reconoció al instante.
Más allá de este detalle, el trabajo progresivo, tan necesario en la escritura, volvió a entrar en el transcurso del día; a esta altura es una manera de vivir: escribiendo, contando las señales entrevistas. Empezar a ver cómo queda el paisaje del fondo (creo que a resguardo escribo mejor), decía, “ver” es el nexo mágico que me lleva hasta mi oficio, hasta ese momento en que uno empieza a desmalezar detalles, errores, desde los simples de tipiado, hasta las pifiadas de construcción, y entonces empiezan a respirar las primeras trazas del relato que serán las que irán enhebrando los caminos de la escritura definitiva.
Es el momento, el lugar, el refugio espacio/temporal en que puede alumbrar la belleza, pero como un todo imperfecto, como en todo territorio donde transite lo humano; pienso en la belleza como en el momento en que la puerta de calle se abre para que entre el aroma y la brisa que saben de alentar la llegada de la felicidad. Digo belleza y felicidad, repito, imperfectas, pero con el enorme valor del intento sincero del hombre para “encontrarse” en la vida, en este caso, a través de este oficio maravilloso de la escritura.
Hay potenciales presencias poéticas en todas las personas y oficios, puede el poeta “ser” en el panadero, en el obrero, en el pescador; poesía en el hombre que un día se subió a la torre de la telefónica y se sacó una foto en las alturas de otra Gualeguay (saludos Ariel); hombre y oficio despuntan a la vista de quien pueda descubrirse y descubrir una vida como la suya en el otro. Agrego al cerrajero, pienso en el cerrajero lector de calle San Antonio, porque se me ocurre hablar de la llave. Creo que la llave en esta vida está en poder ver, sin nieblas peligrosas, que el buen destino está a la mano cuando el hombre aprende a verse en el semejante. Porque en definitiva, a la mayoría de los hombres nos unen las mismas necesidades, los mismos sueños de paz y justicia. Mamá Evangelina le cuenta a Julia la historia de un hombre que hace mal su trabajo porque no le importa el paisaje que contamina su fábrica: un hombre al que no le importa el hombre. Yo le digo a Julia que es bonito ser una buena persona, es más lindo que ser malo.

Es en este tratar de ser donde me encuentro con la escritura curioseando entre los días, fresqueando las ideas en la chacra gualeya. La belleza del corte del pasto, la belleza de la pared pintada, la belleza de un libro terminado, son momentos determinantes en la vida de cualquier hombre, repito: hombre y oficio, hacer y desear lo mejor para todos y, como siempre, en el “mientras tanto” de los días: el ir y venir del rodillo, la cortadora y la criatura imperfecta.

domingo, 5 de febrero de 2017

Encuentro en Gualeguay

Llevo en la memoria un espacio de poéticas coordenadas en el que solo anoté, y anoto, encuentros especiales entre personas (amigas o que se conocieron el día mismo del encuentro) que guardan entre sus patrias internas distintas sintonías de fuego apasionado en sus oficios (maneras de dar calor, vida, y de quemar, cuando la situación lo exige) en el quehacer cotidiano: ese espacio-tiempo en que el trabajo y la identidad abren la puerta que lleva hasta el costado mágico de los días (lo mágico señalado no refiere a una condición no humana, por el contrario: vida eterna a la magia nacida desde los hombres).
Estos encuentros son “suertes” de vida en la memoria de este cronista. Pienso en el encuentro citado en una nota hace unas semanas. Fui testigo, estuve como escucha, traté de intervenir solo cuando lo consideré acertado; siempre me gustó ocupar -lugar que tanto agradezco- mi posición de testigo aplicado, de escucha atento, para así poder aprender, y saber quién es el otro, y aún más cuando me encuentro delante de personas de labor destacada. Aquella vez el encuentro fue de amigos: José Saramago, su compañera: Pilar del Río, y mi amigo y maestro: el poeta Hugo Ditaranto. Fui testigo del encuentro/abrazo entre Jaime Torres y el Tata Cedrón; sucedió en un cumpleaños del Tata, cuando todavía estábamos cerca y compartíamos mucho de los días. Fui testigo del encuentro, de la charla de ideas y recuerdos entre el Tata, y el poeta y editor José Luis Mangieri en el departamento de calle Colombres, en Boedo. Fui testigo del encuentro en una mesa del café Margot de Boedo entre poetas como Nira Etchenique y Rubén Derlis. Fui testigo del encuentro, inolvidable, en que la compañera del poeta desaparecido: Roberto Santoro, Dolores, le llevó a Hugo Ditaranto la carpeta con los poemas del Tano que Santoro no pudo terminar de armar porque se lo llevaron los asesinos allá por el 77. Esa carpeta llegaba a las manos de Ditaranto en el 2005. Fui testigo del encuentro entre el escritor Osvaldo Bayer y los hacedores de la agrupación cultural Baires Popular. Fui testigo del encuentro de los poetas Marcos Silber y Leopoldo “Teuco” Castilla en la previa de la presentación de un libro de Castilla, en la Peña del Colorado en Palermo. Y fui testigo del encuentro en un café de mi Buenos Aires entre quienes fueron mis maestros en el oficio de la escritura: Hugo Ditaranto, poeta, y Gabriel Montergous, novelista; ninguno de ellos me enseñó cómo colocar una coma, pero sí me transmitieron mucha sustancia alrededor de una cuestión fundamental para quien quiere llegar a ser un escritor: me refiero al compromiso ético con el oficio.
Mario Bellocchio
Todo este recorrido mínimo sobre encuentros que guardo en la memoria tiene la siguiente razón de ser. Durante la visita de Mario Bellocchio a Gualeguay, sobre la que informara la semana pasada, hubo un momento de excepción, momento que refiere a uno de esos cruces que muchas veces se dan entre las cuestiones fundamentales de la vida y los puertos de contacto con aquello que se entiende como territorio cultural, en este caso el trabajo periodístico, de escritura y creación, y entre personas que saben de andar por un mismo desafío. Mi propuesta fue una reunión para presentar amigos: aprovechando la presencia de Bellocchio en mi casa, hice el convite y fue aceptado por el poeta Ricardo Maldonado. Desde Nogoyá el poeta traía el nuevo número de su revista “El Tren Zonal. Por la integración de los pueblos”, y desde Buenos Aires Bellocchio me acercaba los últimos cuatro números del periódico “Desde Boedo”. Dos hombres con historia se juntaban en la chacra gualeya. Dos publicaciones llegaban hasta mis manos: El Tren Zonal con 27 años de existencia, y Desde Boedo con 15 años de rodaje.
Ricardo Maldonado
Fue tiempo del abrazo, fue el tiempo de intercambio de sus publicaciones. El Tren Zonal número 182 en manos de Mario Bellocchio y con destino en su casa de calle Somellera; en las de Maldonado los meses de Desde Boedo y un ejemplar de “Luminoso Boedo. La aventura de Antonio Zamora y su Editorial Claridad. El Grupo de Boedo y las contiendas culturales”, con destino lector en Nogoyá. Maldonado luego agregaría a la revista su plaqueta: “Reverberaciones del Gualeguay” y su libro: “Que tan lejos llega”.
La charla se fue dando a paso tranquilo y certero durante el almuerzo y la sobremesa, que duró toda la tarde. Mario Bellocchio habló sobre la idea origen del nombre del periódico: desde un barrio con historia de artistas-obreros se tiende el puente hacia los otros barrios de la ciudad de Buenos Aires. Ricardo Maldonado habló de las bondades del tren en su tarea de ir enhebrando pueblos con las vías, y ahí la imagen primera para nombrar a su revista.
Tanto Bellocchio como Maldonado dejaron en claro una cuestión fundamental frente al hecho de fundar y mantener durante tantos años publicaciones culturales como las que son de su propiedad: saber exactamente desde qué lugar se mira el paisaje, saber a qué vereda se pertenece; en definitiva, una parada ética, casos de ideología, una defensa de ideas que los ubica claramente en la esquina que habita la gente que pertenece y defiende al pueblo. La defensa de las ideas por sobre todas las necesidades, el trabajo sincero al momento de revisar la historia que casi siempre cuentan de manera sesgada los vencedores. Está el rescate de la multitud de voces que “hacen” la memoria de los hombres en la aldea, la ciudad, la provincia, el país, la región, el mundo.
Estas publicaciones resistieron a través de los años sin que jamás alguno de sus directores vendiera su conciencia por conveniencia alguna. Poca publicidad es la que se ve en El Tren Zonal; y Desde Boedo recibe del gobierno de la Ciudad Autónoma de la Ciudad de Buenos Aires una publicidad que por ley está dispuesta para los medios barriales registrados; en sus páginas con claridad se ve que las ideas que sostiene el periódico nada tienen que ver con las que transita el gobierno de Larreta y Cambiemos. Decía Bellocchio en el editorial de enero: “En un retorno a las prácticas de explotación de ‘La Forestal’, el secretario de Empleo y ex CEO del grupo Techint, Miguel Ángel Ponte, opinó que ‘Contratar y despedir debería ser tan natural como comer y descomer’. Tan fino en sus modales provenientes de una educación que privilegia el bien decir antes que el social proceder, el señor secretario utilizó un neologismo que va a competir, por el trofeo ‘Eufemismo de Oro’, con la ‘grasa militante’ de Prat-Gay y el voto ‘no positivo’ de Julio Cobos. Dijo ‘descomer’, no se animó siquiera al académico ‘defecar’. Y muchísimo menos al que pronuncian las hipotéticas víctimas de su ‘paleolítica’ propuesta: ‘cagar’. (…)”.
Por su parte Maldonado en el editorial del número 182 de El Tren Zonal anota: “(…) siempre pensaron en su bolsillo y en su casta (banqueros, militares y obispos) así tuvieran que negociar con los enemigos de la patria con tal de conquistar hegemonía y escribir la historia luego a capricho para que las futuras generaciones los salvaran en la memoria a fuerza de mentiras. Por eso uno de los grandes criminales de la guerra contra el indio, el gaucho y el hermano pueblo de Paraguay, se apuró a escribir el relato de la historia según él, fundó un diario para limpiarse las manos manchadas con la sangre de tantos inocentes y que por más que haya procurado amañar los hechos narrados, la historia no lo ha absuelto, el mismo diario que hasta hoy sigue manipulando la opinión pública en la estricta defensa de la clase social a la que pertenece, simpático con toda entrega de aquello que implican los intereses nacionales y populares, partícipe necesario en todas las dictaduras (Papel Prensa por medio), asegurándose el poder, no sea que el pueblo se despierte y recupere el anhelo revolucionario de cuestionar tantas propiedades privadas fruto del latrocinio y de una justicia que ha santificado cuanta barbarie fuera cometida por los de arriba contra los de abajo (…)”.
El trabajo cultural desarrollado desde estas dos publicaciones: literatura, historia, identidad de los barrios/pueblos, es llevado adelante por un grupo de personas convencidas de sus ideas; se sabe del esfuerzo y el tiempo que este trabajo de hormiga demanda a los trabajadores de las publicaciones que transitan en las calles de la periferia de la prensa grande que, en la mayoría de los casos, defienden intereses empresariales.
Acompaño con mis notas a Desde Boedo desde sus primeros números, esta historia urbana ya lleva 15 años; y hoy ya sumo casi 3 años como pasajero en El Tren Zonal que cuenta de la historia de la entrerrianía haciendo pie en los pueblos. En la vereda del Café Margot, desde la mesa de publicaciones propuesta por Baires Popular, se reparte en mano el periódico a todo vecino que se acerca al refugio. Sobre la mesa también hay libros que no entran a las librerías, y fotos de la Boedo de ayer. Y en Gualeguay, cada vez que aparece la revista de Maldonado, me coloco el traje de canillita y visito a los amigos que colaboran comprando la publicación. Camino Gualeguay con El Tren Zonal, y también la camino llevando los ejemplares de Desde Boedo.
Anoté entonces, como testigo, en mi memoria, el encuentro del periodista y escritor Mario Bellocchio y el poeta Ricardo Maldonado, amigos con identidad, dos personajes que se encontraron en la casa de este cronista que, como ellos, es un trabajador de la cultura que sabe de su vereda.

En la chacra gualeya hubo un día en que se hizo encuentro de ideas y palabras. Hubo saludos de copas, y la música del poeta guitarrero.