domingo, 20 de mayo de 2018

Rosa Elyn Díaz en la memoria


Otra vez la muerte haciendo esquina en la ciudad/río de Gualeguay; en este caso, en la casa, en el taller amado, en la historia de vida de Rosa Elyn Díaz, ceramista y escultora.
Día miércoles, de mañana. Acabo de escuchar la noticia en la radio. Fue instantáneo, me ganó la tristeza. Enseguida su imagen apareció desde la memoria, y luego más imágenes y algunos retazos de su relato. ¿Era Rosa Elyn mi amiga?, al parecer no, solo hablamos dos veces; pero, sin embargo, apareció el lamento que señala cercanía. Busqué entonces entre mis sensaciones, investigué dentro de mi tristeza, y pude descubrir que sí soy amigo de Rosa Elyn, y es más, también recordé, luego de la noticia, que por lo general, entre mis tantos amigos que se fueron con la última de las damas, las historias del después se tejen, de manera inevitable, con una parte de ausencia, porque en efecto, parece que la persona no está, y a la vez con una parte de presencia: esos puntos en el tejido del refugio que prueban una distinta manera de estar y perdurar en la memoria humana. Hace unos años hablo de la presencia de la ausencia, una manera de escribir “memoria”. Humana memoria, y dentro de este universo misterioso, memoria de vida simple, y memoria de encuentro artístico. Entonces, Rosa Elyn Díaz ha muerto, y luego la tristeza de este cronista, y después entender, una vez más, los intersticios por donde transcurre la vida cuando esta ha rozado los intrincados caminos que nos pueden llevar hasta el arte; un trago corto de vino con sabor a felicidad y placer que nos exige una vida de trabajo y encuentro.
Solo dos veces hablé con Rosa Elyn, desde la primera vez que escuché su segundo nombre que la pensé personaje de novela (podría hallarla con seguridad en una historia de Tolkien). La primera vez fue en su taller, con motivo de la entrevista que le realizara para este espacio, en agosto de 2017, y luego la noche de la inauguración de su muestra en el Museo Quirós, en septiembre. En su taller, vencido el nerviosismo, Rosa Elyn se permitió el rodaje de su palabra, su historia. En cambio, en la noche del Quirós, estaba nerviosa, otra vez, de felicidad, pero no sé si pudo cambiar esa sintonía; anduvo de emocionada a cada momento, apenas pudo hablar al público presente, cuestión que no importó; su obra completó la necesidad de palabrera sustancia.
Quiero contar de qué manera llegué hasta la vida y obra de Rosa Elyn Díaz. El artista plástico y amigo: Maxi Crespo, es su sobrino. Cuando lo entrevisté para conocer su trabajo como plástico, por abril del año pasado, en su relato apareció una primera pista. Maxi, habitante de la sintonía de la abstracción, me contaba de sus inicios, de la fundación de su manera de pintar, ¿cómo pintar el río en medio de la abstracción?: “Esa es mi búsqueda. Empecé a bocetar y estudiar a los 17 años, pero esto viene de más atrás. Tengo una tía que es ceramista: Rosa Díaz. Yo la ayudaba cuando tenía 6, 7 años. Todo su trabajo era figurativo. Cuando fui a la escuela de arte, la mayoría de mis compañeros hacían lo que veían en el cotidiano: un florero, una silla. Yo no veía solamente la silla, veía el defecto y trabajaba sobre él, que le faltara un pedacito o la presencia de un clavo, eso me fue llevando a buscar el más allá de cada momento, de cada figura. Hay un lugar no visible, está, lo que pasa es que hay que verlo”.
Y desde los días del origen, Maxi cuenta un hecho decisivo: “Todo tiene que ver con el tema de los olores. Nunca tuve necesidad de trabajar de chico, mis viejos nos dieron todo. Pero a los 15 quise trabajar; me lo permitieron mientras siguiera estudiando. Estuve un año de lavacopas y conocí un chico, un poco más grande que yo. Un día lo ayudé a mudar en la casa de los padres una pila de ladrillos, había que llevarla al fondo. Terminamos de acarrear los ladrillos y en el piso quedó todo un polvillo rojo. Me acerqué, y el olor que largaba el ladrillo húmedo me hizo acordar al preparado que hacía mi tía con los ladrillos. Eso me llevó a querer hacer una masa y armar unos cacharros. Ese fue el inicio, ahí empecé a dibujar y pintar, a expresarme. Volvió aquello que había mamado de chico al lado de Rosa Díaz”.
Rosa Elyn había nacido en 1942 en Gualeguay. Dejó pocas veces su aldea natal, y las veces que lo hizo fue para aferrarse a su pasión por modelar: vivió y estudió en Gualeguaychú y Fray Bentos (Uruguay). En la entrevista apareció la nena que fue: “Desde chica lo mío fue el barro, siempre me castigaban porque yo me perdía en el campo, y andaba amasando barro al lado de las vacas; vivía embarrada. Me gustaba dar forma, hacer formas; tenía 4 años, y sabía que quería jugar con barro. Después, con los años, me di cuenta de qué era aquello que me atraía”.
En aquella mañana en su taller pude ver una figura mediana, un homenaje a Piazzolla; Rosa Elyn dijo: “Es un automatismo en alambrina; la estaba trabajando y se me cayó al piso. Y ella quedó parada, se notaba que se quería incorporar, quería ser algo, insistía, entonces la levanté; estaba como esperando que la completara. Fue cuando supe que tenía que hacer el bandoneón; lo hice en cartón y listo. El material es cemento blanco y yeso, patinado”. Era esta la primera señal de la maravillosa relación entre ella y sus figuras: unos personajes con voluntad propia: “quería ser algo, insistía”.
Me contó: “Trabajé la arcilla roja de la zona, la junté en bolsas cuando hicieron el pozo en la calle para el paso de la red cloacal. Llegué a amasar 700 kilos; con parte de ella modelé el bombero, y todavía guardo una buena cantidad. Me quedaron pocos trabajos en este material: el minuán, y otras cuatro figuras. En el incendio del vagón perdí 14 esculturas. Tengo ganas de volver a hacer La Riña, una de las perdidas”.
Observé en aquella entrevista que en Rosa Elyn existía un diálogo mágico, un delicado puente emotivo entre la hacedora y sus criaturas dotadas de voluntad: “Hablo con todas mis figuras, siempre. A este busto le digo: ‘Vos sos un ejercicio’, fue mi primer trabajo figurativo, es el portero de la escuela de arte, me sirvió de modelo; siento que él sufre dentro de esa forma tan cerrada, como la Mona Lisa, tan perfecta en forma; ya no me nacía copiar, en cambio sí hacer la Mujer Mono, llena de imperfecciones, y siempre con esos brazos, como si quisieran decir algo más. Amo a mis figuras”. En la nota consigné que la relación de Rosa Elyn con sus personajes, me recordaba a mi gente: la que había nacido para habitar mis novelas.
Ella me dijo: “He sido muy feliz trabajando en estas figuras; era como una fiebre, venía al taller y no me iba más; mi mamá me traía la comida, y siempre recuerdo mi tallercito en el vagón de tren. Los momentos en el taller fueron de una gran felicidad, con tanto para sentir”.
De manera inevitable en un hacedor, la vida y la obra: “En cerámica guardo una maternidad que tiene en el centro un gran hueco; digo que soy yo, que no fui madre; recuerdo que estaba cansada de modelar y no podía hacer la panza; era de madrugada. Le dije que ella era una caprichosa, y entonces agarré el cuchillo; eso me quería decir: ‘Vos no me pongas el hijo’. Es una maternidad frustrada. Y en esa otra maternidad había hecho a la mujer en la posición de amamantar, pero no le había hecho el bebé; ella, desde la inclinación de su cabeza, lloraba, y tenía un problema en la mano; claro, no podía agarrar bien, entonces rompí una parte y coloqué el bebito; ahí cambió todo, ahora hay paz”. Percibí que podía preguntar sobre el tema: “A estas figuras las podía hacer y no me dolían. Era chiquita cuando escuché en casa dos o tres partos de mamá; y gritaba ella, y el nene; yo dije: ‘Nunca, los voy a hacer de barro’. No me quise casar y no quise tener hijos. Y además éramos muchos; era chica, siempre había un bebé para cuidar, y yo quería jugar; todo eso te va marcando. Esas fueron mis decisiones”.
Pienso que Rosa Elyn era una mujer valiente y muy sincera. Confesó: “Tengo una soledad multitudinaria, nunca estoy sola; estoy llena de ideas, de proyectos, de momento no los hago, por la enfermedad, pero ya los haré”. También me dijo: “Así voy transitando hacia el lugar que me corresponde. No le tengo miedo a la muerte. Solo quiero poder hacer algunas esculturas más”.
Pienso en que Rosa Elyn falleció ayer, pero sin embargo, aquí está presente, y podrá estar presente cada vez que el plástico Maxi Crespo recuerde o cuente de sus inicios. En la historia de Maxi la presencia de Rosa Elyn fue decisiva.
Pienso que por dos razones fui y soy amigo de Rosa Elyn. La primera es porque me siento cercano de cada persona que, de manera sincera, tiene la osadía necesaria en la vida para enfrentar algunos de los caminos que pueden llevarnos hasta el arte. Su manera de contar vida y obra, su mirada mientras se daba la palabra, se quedaron en mi memoria. Su presencia en el relato de Maxi habla de mi amistad, y por ello mi tristeza; pero también mi alegría, aquí la segunda razón: cuando pienso en el diálogo que Rosa Elyn mantenía con los otros mundos, por ejemplo, ese en que viven sus figuras: que la escuchaban, que le hablaban -porque esa es la manera mágica de conversar que los seres humanos deberíamos recordar siempre-; y entonces pienso, y me digo, que si Rosa Elyn ya hablaba con otros seres vivos -que están para quien quiera saber de su maravilla: sus amadas esculturas-, no va a tener problema en partir y volver de las memorias y de los lugares de esta ciudad/río de Gualeguay; una ciudad que señalo como aldea en el límite, una aldea de frontera, donde los mundos se tocan: el de los vivos y el de los muertos. Hay buenos fantasmas en las calles de la memoria de esta ciudad/río, y hay una buena cantidad de personas que sabe que están vivas, y que esa vida a conciencia los mantiene atentos al paisaje, a la gente y otra vez: a la memoria. En la ciudad/río de Gualeguay se cruzan entonces el mundo de los vivos y de los muertos, y también el mundo privado donde habitan las figuras de Rosa Elyn Díaz junto a la mismísima escultora. Ella bien lo sabía. Tranquila se fue a ocupar el lugar que le correspondía.

domingo, 13 de mayo de 2018

Gualeguay en la Feria del Libro 2018


Atrás quedó la chacra gualeya en un recreo más de una lluvia que duraba ya varios días. Cielo gris que parece haber llegado para quedarse. Día viernes 4 de mayo, mediodía: 40 minutos de demora en la salida hacia Buenos Aires, y el “lechero” con falsa cara de Flecha que se tomó casi 5 horas de ronda y fuga.
Dejaba el refugio en la ciudad/río de Gualeguay, me alejaba de Julia, que preguntaba cuándo volvía papá, y de Evangelina que saludaba la causa de mi ausencia. Con un cielo gris en cada bolsillo y dentro de la valija, emprendí el viaje hacia la gran ciudad, y hacia la Feria del Libro, donde el sábado 5, pensaba, presentaría mi último libro: “La marca de Gualeguay 1”, aparecido en octubre del año pasado y en su oportunidad presentado en el Museo Quirós. En el acto se presentaba el libro, pero en realidad el espacio/tiempo terminó siendo una charla en torno a Gualeguay: sus modos en la historia, sus modos en la actualidad, maneras de orbitar alrededor de la cultura y las artes.
La oportunidad para esta presentación/charla vino de la mano de una escritora cuyas raíces señalan explícitamente a la ciudad/río de Gualeguay, me refiero a Leticia Manauta, hija del Chacho, uno de los egregios nacidos en esta aldea. En abril de 2013 yo llegaba a mi nueva aldea, en esos días el Chacho se recibía de buen fantasma: 24 de abril, y él había pedido que sus cenizas se guardaran en su río: el Gualeguay. Se cumplió con su voluntad un día de mayo. No me enteré del acto, lo supe después a través de la prensa. En aquella nota Leticia explicaba la razón por la que su padre eligió el Gualeguay. Seguí el impulso y escribí una nota, seguí el impulso y volví a la lectura de “Las tierras blancas”. Después llegaron, a través del ciberespacio, las palabras de agradecimiento de Leticia, y luego la construcción de nuestra amistad.
Fue Leticia Manauta, Secretaria de Cultura del Gremio UPCN (Unión del Personal Civil de la Nación) quien, conociendo la aparición de “La marca de Gualeguay 1”, me hizo la invitación para presentarlo en el stand que el gremio tiene, desde hace 15 años, en la Feria del Libro de Buenos Aires.
Acepté. Tenía un libro fresco, recién salido a escena, y le debía el esfuerzo de contribuir a su difusión. Me defino -tratando de nombrar y dar dimensión al mundillo literario y editorial- como un escritor en las sombras; la gran arboleda está regida por el mercado, debajo, en los barrios periféricos, aledaños, aquellos que trabajamos con la palabra de manera casi artesanal. Soy un escritor y periodista en la sombra, así como mi padre es un artista plástico trabajando por la sencilla razón de que el oficio elegido es tan importante como respirar. Desde hace cinco años se agrega un condimento al revuelto gramajo que es la sombra, y es que, además, uno entró a ser parte –como siempre indica el escritor Daniel González Rebolledo- de los escritores de provincia. Es sabido que en la geografía histórica de este país, las provincias subsisten bajo los designios de la gran ciudad (recomiendo una lectura más que ilustrativa: “La cabeza de Goliat” de Ezequiel Martínez Estrada). Decía días atrás a Cristina Barrandéguy, sobrina de Emma, a quien conocí en Buenos Aires, que si bien yo estaba medianamente informado sobre poetas y escritores, en Entre Ríos me había encontrado con poetas notables de quienes no había noticia en el ambiente literario.

Mario Bellocchio, el autor y Leticia Manauta 
Entonces acepté la invitación a la Feria como una manera de resistencia; desde las sombras hay que ocupar los espacios, enseñar la otra poesía, la otra literatura, y luego, las otras aldeas, una manera de fomentar el conocimiento y la memoria entre las provincias.
Dije al público presente que “La marca de Gualeguay” es una selección de notas escritas, durante casi 5 años, para el diario de la ciudad/río de Gualeguay. Aclaré que la llamo ciudad/río porque me gusta pensar que, cuando de memoria se trata, ella es más río que ciudad. Y que de manera natural el cauce de la voz de los gualeyos presenta una inclinación al relato del paisaje de ayer.
Me presente: Nací en Buenos Aires, en la maternidad Sardá, viví infancia y primera juventud en Martín Coronado, provincia de Buenos Aires; viví en los barrios de San Telmo, Almagro, Palermo, San Cristóbal, y Boedo: espacio/tiempo que tengo por primera patria. Soy hombre de patrias internas llevar, lugares no negociables con ninguna velocidad y conveniencia. En la patria de Boedo, donde mi viejo se hizo hombre, tuve la inmensa suerte de conocer al poeta Rubén Derlis y al periodista Mario Bellocchio, este último el responsable de la edición, desde hace 16 años, del periódico “Desde Boedo”. Escribo su contratapa desde los primeros tiempos. Así a mi escritura le creció una nueva sintonía: el intento periodístico, y su intención primera fue contar el barrio, la ciudad y sus personajes. Desde los cafés México, Margot y Cao creció la mirada, se fue puliendo la escritura.
En el nuevo paisaje: El mes pasado se cumplieron cinco años de mi mudanza a Gualeguay, Entre Ríos, una tierra donde nunca había estado. Mi compañera es gualeya, quisimos salir de Buenos Aires, una ciudad muy exigente, cara, y no hablo solo de dinero. En Gualeguay se abrió la puerta del diario “El Debate Pregón” para que yo pudiera hacer con esta ciudad y su gente, aquello que hacía con mi aldea natal: tratar de contarla a través de su paisaje, su historia, sus ciudadanos y sus buenos fantasmas.
En esta sintonía, la amistad de los buenos fantasmas, puedo decir que en esencia son coincidentes Buenos Aires y Gualeguay. Claro que Gualeguay tiene como bondad y condena, su tamaño. Al ser más chica, todo el paisaje queda más a la vista, y entonces aquello que beneficia el descubrimiento de un fantasma, a su vez colabora en el nacimiento del chisme malvado entre muchos de los habitantes de la chatura cotidiana. Nada es perfecto. Ya lo sabía.
Entonces “La marca de Gualeguay” está formado por historias que cuentan, que rescatan presencias, de ayer y de hoy. Hará un par de años que a la ciudad/río se la nombró oficialmente como Capital de la Cultura de la provincia de Entre Ríos. La razón principal para este título, al que todavía hay que dotar de mayor vida, como a todo sello bonito, es que en Gualeguay ha nacido una cantidad llamativa de creadores, de trabajadores del arte y la cultura. La cuestión intriga a primera vista, pero luego de observar los límites férreos de su sociedad conservadora, se puede entender que desde este caldo de cultivo aparezcan aquellos que supieron, que saben, de respirar en las orillas, trabajadores de las artes que con su hacer tratan de resquebrajar la frontera, de emparejar la aldea, y a través de ella, el país, la región, el mundo. Hay una galería de notables nacidos en Gualeguay, entre ellos destacan: Cesáreo Bernaldo de Quirós, Carlos Mastronardi, Juan Laurentino Ortiz, Amaro Villanueva, Isidro Maiztegui, Juan José Manauta, Emma Barrandéguy, Juan Bautista Ambrosetti, Alfredo Veiravé, Roberto “Cachete” González, Antonio Castro. En “La marca de Gualeguay” aparecen algunos de ellos, porque no había intención de hacer un libro que solo se ocupara de los notables; en sus páginas aparecen lugares de la ciudad/río que hoy solo existen en la memoria de algunos ciudadanos, y también en el relato propuesto hay lugar para la historia de trabajadores que hicieron de su oficio un arte. Recuerdo a Ubaldo Arnaudín, linotipista o Deolindo Romero, lustrador. Y ellos también aparecen junto a hacedores, trabajadores de la cultura, creadores, que hoy están haciendo su historia; algunos con una vida de trabajo: pienso en la poeta Tuky Carboni, en el pensador y escritor Eise Osman, en el hombre de teatro, novelista y poeta: Daniel González Rebolledo; pienso en jóvenes con historia: pienso en el músico Chango Ibarra, en el fotógrafo Fernando Sturzenegger, en el cineasta Mauricio Echegaray, en el plástico Maxi Crespo, entre otros.
“La marca de Gualeguay” es la búsqueda de la memoria de una aldea y su gente. Hasta donde pude saber, nadie había hecho un trabajo como el mío. La escritura, digo siempre, me salvó la vida, y esto ya me hace feliz; saber que en muchos casos mi trabajo en Gualeguay salvó ciertas historias del olvido, acentúa esta felicidad.
La vida no tiene sentido sin la memoria. Una sociedad no tiene futuro sin la memoria.
“La marca de Gualeguay” es reflejo de este pensamiento: No podemos dejar la memoria para mañana. La memoria debe ser una bandera a defender todos los días. Tener conciencia de la finitud de la vida, lejos de ser una sustancia para el lamento, debe ser aliento para nuestras almas. Cada uno puede, y debe, practicar la memoria, interesarse, colaborar en su resguardo. No hay historia grande sin las historias de la gente que hizo y hace el relato de cada aldea. Habiendo guardado en este trabajo: pistas, señales, historias de vida y obra: de vida cumpliendo con un oficio querido, de vida junto al intento artístico, siempre será posible el regreso a la superficie del tiempo. Memoria como sinónimo de conciencia y enseñanza.
Desde el público llegó la pregunta. Me pidieron que contara una historia, un personaje, el primero que saliera de mi memoria. Fue cuando, en uno de sus tantos regresos, apareció Catón, el que acompañaba a los muertos hasta el cementerio. Ahí estaba yo, contando en medio de la Feria, esta memoria de gualeyo distinto, habitante de la frontera que separa la vida de la muerte. El interés fue notable. Se me preguntó por el quehacer cultural de nuestra ciudad, por sus costumbres. Junto a Leticia saludamos que ciertas costumbres hayan ido cambiando. Hubo interés por los creadores notables, y la consulta fue qué pasaba hoy con los jóvenes. Comenté que hay muchos nuevos hacedores, pero que los trabajos eran en solitario; cuesta la reunión de las distintas disciplinas, y en ello, creo, tiene que ver la tendencia social de desconexión que resulta por tanta conexión en soledad, y que también tiene responsabilidad el hecho de que en muchos oficios el trabajo se desarrolla, por necesidad, en soledad; habría que activar el después del trabajo y fomentar el encuentro, la reunión, la colaboración entre disciplinas.
En la presentación y charla me acompañó el periodista y amigo Mario Bellocchio, director del periódico “Desde Boedo”, y Leticia Manauta. Fue después del acto que, de a poco, tomé conciencia de que en realidad había llegado a la Feria para hablar de mi nuevo lugar en el mundo: la ciudad/río de Gualeguay.

domingo, 6 de mayo de 2018

Abel Edgardo Schaller, poeta


La poesía de Abel Edgardo Schaller llegó hasta mis manos gracias al buen ojo de mi amiga Tuky Carboni. La poeta un día me contó una historia, y me entregó una copia de un poema de Schaller: “Homo sapiens”, señalo un fragmento, una manera de avisar sobre la mirada de su autor: “(…) ¿Y qué entonces de este homínido patético, / espectro de su propia calavera, / con su rostro de primate esquizofrénico / invertebrándose a la sombra de su prisa y de sus átomos? / ¿Y qué de sus cilicios cotidianos / y el estertor nuclear de las ciudades, / del post mortem del ángel y las nubes / en manos de su empresa y su Aqueronte? // (…)”. Es nuestra poeta Tuky la que me señala la fecha de un encuentro. El jueves 10 de mayo, en el Museo Quirós: ella va a presentar, junto a Schaller, el libro “De fulgores y sepias” (Premio Literario Fray Mocho 2012).
Abel Edgardo Schaller
Enseguida pensé en pedirle a Tuky que me diera una semblanza, un relato de sus impresiones sobre el poeta: “Abel Edgardo Schaller emergió en el escenario de la poesía entrerriana, casi diría como una epifanía luminosa. Hace mucho tiempo que me invitan a Congresos de Escritores de diversas provincias. Desde luego, a los que más he concurrido es a los de la patria chica. Estando yo siempre tan interesada en conocer los buenos poetas de mi provincia, es para mí muy sorprendente que no haya escuchado hablar de él y que, apenas hace poco más de un año, haya llegado a mis manos un poema de vertiginosa belleza: ‘Homo sapiens’. Para que ustedes se hagan una idea del impacto emocional que me causó ese poema, confieso que en el último Congreso Internacional de Gualeguaychú, realizado en septiembre, en lugar de leer algo escrito por mí, ocupé el tiempo para leer ese poema: ‘Homo sapiens’, lentamente y con toda la claridad de la que soy posible, para que los asistentes (muchos de ellos extranjeros) pudieran captar las maravillosas metáforas que Abel había volcado en ese poema. Lo hice a conciencia, porque me pareció un regalo para los compañeros poetas; para que se llevaran a Perú, Bolivia, Colombia, Ecuador, República Oriental del Uruguay, en sus memorias, esta joya verbal que tanto me había conmovido”.
Quise leer el libro que se presenta el 10 de mayo en el Quirós. Tuky me lo prestó, y además agregó dos títulos más de Schaller: “Las altas horas” (Ediciones del Clé, 2012): en él me encontré con dos poemas de apertura para esta música de poeta: “Berta”, dedicado a su madre, y “La palabra encontrada”, dedicado a su padre; una apertura que vuelve a presentarse en “De fulgores y sepias”; cada vez una emotiva memoria de sus padres: palabras justas, seguras, distancia y cercanía; sin truco, sin lugares comunes. Y el tercer libro: “Cortitos y al pie” (Ediciones del Clé, 2016): un buen puñado de “greguerías”, especie nacida del puño del grande Ramón Gómez de la Serna, y libro que además contiene “Otras yerbas”, una personal búsqueda de escritura minimalista.
Anotaba mi impresión sobre los poemas dedicados a sus padres, agrego que quizás en los de “De fulgores y sepias” estén las señales más altas en la poesía de Schaller, cuando el poeta resuelve en pocas líneas. Esa fue la sensación que llegó primero y trabajó la opinión del cronista, nacida desde la sencilla emoción que golpea las puertas de la memoria propia: que guarda una madre, un padre, una abuela. Transcribo “Madre”: “Por el delantal sin pausas, / las manos apantallan / los negros paladares del carbón. / Así, toda mañana fue un milagro”. Y el “Padre”: “Una vez nos construyó una choza / con ramas de un paraíso florecido. / Y estábamos allí, con la vida a pleno niño, / ilesos y en presente / en el júbilo sin horas / de aquel techo perfumado. / Fue esa tarde / que la lluvia vagó sola por el mundo”.
Y qué decir de la imagen de “Cobijo”. Significó para este lector un regreso a un momento en apariencia olvidado: “A la menguada altura de mi pecho / mis brazos sostenían la madeja. / En el extremo próximo, allí, tan al alcance, / mi madre ovillaba colores, ternuras y paciencias. / ¡Ah, jubilosa voz de los años iniciales, / y esos momentos de perplejidades / postergadas interminablemente / por la extendida sed de la madeja! // ¡Ah, los estoicismos ingenuos / de aquella edad apetecible! // Muchas veces me atrapó ese rito / de brazos extendidos / hacia el profundo ovillo de sus manos. / El mundo desde entonces / es un abrigo fatigado que huye”. Tanto lamenta este cronista la existencia de no lectores en esta sociedad de las velocidades que no hacen más que fundar olvidos. Qué maravilla, cuanta bondad en la poesía que sabe de los regresos, de los inicios en que se jugaba nuestra identidad, y nuestros primeros avistamientos de un mundo que buscaba guardarse en la memoria.
Es la memoria elemento esencial en la mirada y la escritura de Abel Edgardo Schaller; convido otro de los poemas contenidos en “De fulgores y sepias”: “Algo queda en los pueblos”: “Algo queda en los pueblos de aquella patria infancia, / los júbilos descalzos e hirsutos de baldíos, / cómplices de las siestas, los suaves paraísos / que urdían municiones y sombras de payanca; / naranjas rezongadas por antiguas vecinas, / la cercana vertiente, robándose las clases, / el puerto con sus islas, los gigantes barcos / ensilando en sus vientres la gracias de los campos. // Detrás de una pelota corrían las deshoras, / en la esquina gregaria censábamos estrellas, / el mañana no era ni siquiera una seña / y el ‘hoy’ se enronquecía a pecho desprendido. / Cuidábamos entonces las flores de la plaza / porque ellas explicaban sin palabras la vida; / la voz de nuestra madre ordenaba las cosas / y ofrecía milagros en la mesa de todos. // Algo queda en los pueblos, el número y la puerta, / mas ya no son los mismos la casa, los vecinos; / ni tampoco nosotros, con los sueños ajados. / Ahora, aquí la tarde arrodilla sus joyas, / y los amados rostros aroman la penumbra. / No sabemos siquiera quién se va o quién se queda, / ni el verdadero nombre del día que nos nombra / y lento nos regresa al misterio que fuimos”.
Entre lecturas seguí el impulso de preguntarle a Schaller sobre algunas cuestiones.
Consultado por el origen/receta de escritura, cuándo, cómo nace el poema, dijo: “Un poema tiene orígenes inciertos y una receta inexistente. De lo que no debiera carecer es de inteligibilidad, pasión, música y honduras”. Salvo en algunos poemas donde el poeta busca entre imágenes, preguntas y sensaciones, y se permite la extensión, creo que, de manera natural, se inclina a una escritura escueta, “cortito y al pie”, como uno de los caminos elegidos a conciencia.
Ante la pregunta: ¿Qué es para usted la poesía?, respondió: “Siento a la poesía como una forma de respiración. Podría no comer por varios días, pero no dejar de respirar por tanto tiempo”. En esas vueltas que a veces uno le da a ciertas ideas, al leer su respuesta corta, pensé en aquello que sostengo hace unos años: la escritura, ante todo, como una forma de respiración, un “hacer” interno que en algún momento, luego de un arduo trabajo de años, al fin, y si había la sustancia base, llegará a un ritmo interno, ahí el poeta y su identidad, o el novelista y su manera de ser entre personajes.
¿Y qué dice Schaller cuando se lo consulta sobre la memoria, y sobre su explícita inclusión en su escritura?: “‘El hombre es memoria que anda’ (J. L. Borges dixit). Pero la memoria es, además, una de las funciones neurológicas más caprichosas, pues en muchas ocasiones hace lo que se le ocurre, prescindiendo por completo de nuestra voluntad. Sin embargo, es un tanto inocente: cuando me asesta la luz de algún renacimiento, me aprovecho de ella y escribo algo, antes que se fugue en un suspiro”.
¿Por qué presentar su libro en la ciudad/río de Gualeguay?: “Esos pagos gualeyos ostentan un poeta imprescindible: Juanele. Y dos amigos: Tuky Carboni y Néstor Medrano, que me han honrado con su hospitalidad. Estas razones me parecen suficientes como para intentar la presentación de mi libro allí. Podría hacerlo también en Diamante, otra ciudad/río amada, de la que nunca me fui. Aún reside allí mi niño... Lo intentaré”. Explícito su amor por la ciudad/río de Diamante: en “Las altas horas” aparecen los poemas: “Pequeño adagio de pueblo” (notable), “Puerto Diamante”, “Diamante: recuerdo de Puerto Viejo”.
El poeta nació y vive en Paraná. Es profesor Nacional de Educación Física (1962). Realizó estudios en la especialidad Dirección Coral en el Instituto de Música de la UNL, donde fue profesor titular de la cátedra entre 1993 y 1998. Es fundador de 13 organismos corales en el país. Dirige el Coro “Vocal Son Mayor” de Santa Fe e integra como segundo tenor y arreglador el grupo vocal “Melipal”, fundado por el maestro Eduardo Hernán Gómez.
El registro de vida de Abel Edgardo Schaller está ante todo en su obra, en su decir; luego se puede buscar en una larga lista de premios y distinciones los reconocimientos a su trabajo. Las enumeraciones muchas veces son necesarias, pero, en el caso de este poeta, las dejo a un lado.
Comparto las acertadas palabras previas a “De fulgores y sepias” escritas por Mario Alarcón Muñiz: “Se detiene ante mí el poema. No pasa de largo. A veces sigue conmigo. Esto me sucede con la poesía de Abel Edgardo Schaller, desde que comencé a frecuentarla, hace más de diez años.
El poema del Negro, mi amigo, se acerca. Me arrima percepciones comunes a partir de lo inmediato. Los padres, la casa, la infancia, la siesta, el río, el pueblo, el árbol, el campo, es decir la vida que nos circunda y nos concierne.
No son motivos originales. Sin embargo, Abel logra de ellos una luz distinta, prescindiendo de recursos extraños, con el valor de la sencilla palabra colocada en el momento y el lugar adecuados para lograr belleza expresiva.
El poeta está llamado a iluminar el mundo y él lo consigue a partir de los asuntos cotidianos más simples.
¿Dónde está el secreto? Vaya uno a saber… Lenguaje, talento, percepción, sensibilidad, se encuentran en un punto y ahí comienza a tomar forma el poema. Cuando llega a mí, Lector, se queda. Está aquí. Me acompaña. Ese es su gran valor”.
El jueves 10 de mayo, en el Museo Quirós de nuestra ciudad/río, se presenta “De fulgores y sepias”. Las palabras estarán a cargo de Tuky Carboni, y de Abel Edgardo Schaller, su autor, el hombre poeta que recuerda y felizmente anota.

domingo, 29 de abril de 2018

Lectura y escritura: su ejercicio


Sigo el impulso de escritura en relación a ciertos modos que se van haciendo costumbre dentro de los días de nuestra sociedad actual. Sí, la que nos toca en suerte construir, y la misma dama que muchas veces nos manda estilete a fondo en el cuore. La sociedad humana de estos tiempos, en la gran ciudad Buenos Aires tanto como en nuestra ciudad/río de Gualeguay, muestra globalizados sus ritmos y costumbres. Sí, bienvenidos al revuelto gramajo terrenal que a todos empacha trabajando la receta del vacío. Reunidos, englobados así en cuestiones planetarias que todavía van más allá del trato desparejo que la capital le dispensa a las provincias (salvo la que importa, obvio), creo, deberíamos estar atentos a ciertas tendencias.
Hablaba la semana pasada de la adicción a la tecnología, esa llavecita juguetona que nos abre el mundo de las redes sociales. Sin el cuidado de dar a la herramienta su lugar como tal, muchos terminan condenados a la filosofía de alimentar, con tiempo y energía, los resbaladizos caminos de la letrina. Horas y horas para nada, para lograr un “me gusta” nuevo, para hacerle creer al otro -porque para muchos el otro importa en la medida que hace de público- que el de la foto tiene la vida resuelta en medio de la gran felicidad del éxito. Esa costumbre de parecer antes que ser, es una flecha indicadora dentro de la sociedad, la sintonía madre de la susodicha flecha: sentirse diferente, pasar por un ser clarificado, aunque, en realidad, se sepa poco más que nada. Nunca la lectura de una nota donde halla contenido literario, filosófico, ideológico; nunca un libro; alcanza para ladrar sandeces dos zócalos televisivos y otros tantos slogans al tono, pura superficie; estos fieles representantes de la sociedad de la cáscara juegan, actúan su rol de pensador, y no son más que simples manoseadores de recortes mínimos que, por lógica, carecen de los puentes propios que puede generar una lectura verdadera; ese personaje se jacta -llegado el caso de que la careta se mueva un tanto- de su ignorancia, sucede así porque es su misma palabra la que lo deja en evidencia, y entonces sólo queda a mano el alarde, la defensa necia, y por último el ataque.
Jesús Quintero
Utilizo la herramienta de las redes sociales, utilizo la tecnología. Puede la persona que guste saber de qué se trata la vida en sociedad, sus verdades y apariencias, investigar, encontrarse con opiniones sustanciosas. Así llegué hace unos días a un monólogo filmado, apenas dos minutos, de un viejo conocido. Volver a su nombre me significó felicidad; la sensación estaba bien guardada en mi memoria, y entonces volvía, claro que sí, como una buena noticia. Hablo del notable Jesús Quintero (1940, Huelva, España): periodista, hombre de la radio y de la televisión. La referencia primera aparecía desde el recuerdo de su programa de entrevistas: “El perro verde” (1988). Llamaba la atención el tiempo que daba para que hablara el entrevistado, su manera de preguntar; Jesús intervenía de manera mínima, y el perro escuchaba. Un perro de raza, conocida como “calma de valle negro”: blanco y de mucho pelo se quedaba quieto, asombrosamente echado en el piso, a un lado de Jesús. Se hacían tomas del perro, que era apuntado por una luz verde, mientras transitaba la entrevista.
De uno de los varios programas realizados por Jesús Quintero para la tv española viene parido el pequeño monólogo al que hago mención. El programa se llamó: “El loco soy yo”, y el monólogo “Siempre ha habido analfabetos”. A continuación su desgrabación: “Siempre ha habido analfabetos, pero la incultura y la ignorancia siempre se habían vivido como un vergüenza; nunca como ahora la gente había presumido el no haberse leído un puto libro en su jodida vida, de no importarle nada que pueda oler levemente a cultura, o que exija una inteligencia mínimamente superior a la del primate. Los analfabetos de hoy son los peores porque en la mayoría de los casos han tenido acceso a la educación, saben leer y escribir, pero no ejercen. Cada día son más y cada vez el mercado los cuida más, y piensa más en ellos, la televisión cada vez se hace más a su medida, las parrillas de los distintos canales compiten en ofrecer programas pensados para una gente que no lee, que no entiende, que pasa de la cultura, que quiere que la diviertan, o que quieren que la distraigan, aunque sea con los crímenes más brutales o con los más sucios trapos de portera. El mundo entero se está creando a la medida de esta nueva mayoría, amigos, todo es superficial, frívolo, elemental, primario, para que ellos puedan entenderlo y digerirlo; esos son la nueva clase socialmente dominante, aunque siempre serán la clase dominada, precisamente por su analfabetismo y su incultura, la que impone su falta de gusto y sus morbosas reglas, y así nos va a los que no nos conformamos con tan poco, a los que aspiramos a un poquito más de profundidad, un poquito ‘má’, hombre, un poquito ‘má’, joder”.
Quintero habla mirando directamente a la cámara. Sentado a un escritorio. Enfatizando las palabras necesarias. La última línea la dice mientras se pone de pie y sale de escena; las palabras suenan en una mezcla de ironía y asco.
Jesús Quintero es autor de los libros  “Cuerda de Presos” (1997), “Trece noches” (1999), junto a Antonio Gala, y “Jesús Quintero: entrevista” (2007). Programas de televisión: “Qué sabe nadie” (1990-1991) junto a “El perro verde” visto en la Argentina, “El vagamundo” (1999-2002), “Ratones coloraos” (2002-2004), “El loco de la colina” (2006), “El gatopardo” (2010-2012), entre muchos otros.
Las palabras de Quintero sobre los analfabetos y la ignorancia me hizo recordar algún momento de mi trabajo como librero. Estudié la carrera de librero en Buenos Aires, trabajé en el ramo durante 10 años; no me recibí, pero fue una gran experiencia: literaria y humana. Recuerdo la vez que entró una mujer al local ubicado en el barrio de Flores pidiendo un libro para su hijo. Reparé en esos años de librería en que las personas que entran a buscar un libro -y me refiero a los que no son gente lectora- lo hacen las más de las veces tratando de actuar sobre su “no saber”, y en esa actuación se ven tentados a siempre decir algo más, sin saber que es ahí donde se ponen en evidencia. Además, porque alguien los alumbró, saben que un libro no es una remera. Es cultura, y la cultura, escucharon, hace bien o está bien. El caso es que la mujer, no practicante, en la media de los 30 años, cuando llegó el momento olvidó el título del libro; pregunté entonces por el autor, y ella, haciendo fuerza con el pensamiento, cerraba los ojos y repetía: “Ay, es tan conocido”. Como el dato no alcanzaba, insistí por el título y el milagro se produjo: “El lazarillo de Tormes”; entonces le dije: “Anónimo”, y ella respondió: “Ese, ese es el autor”. Efectivamente hay mucha obra escrita por Anónimo. Esto sucedió en los 90, y en esos años no había duda de que el título era de autor anónimo. En 2010, al parecer, se pudo casi asegurar que el autor fue Diego Hurtado de Mendoza.
Y recuerdo también a una madre que, en estado de desesperación, entró a la librería a pedir un libro de Marco Denevi para su hijo que estaba en los primeros años del secundario. La mujer casi gritaba: “No me lee nada”. Pensé en ese momento en cuántas oportunidades ese hijo no lector presenció momentos de lectura en sus padres.
La forma libro, el amigo libro a la mano, la presencia de libros en una casa, puede apuntalar muy bien muchas historias. Aunque existen, como siempre, excepciones que sabemos: confirman la regla. Pienso que en mi caso funcionó de maravillas, las bibliotecas de mi padre, los libros compañeros, sin duda, marcaron una tendencia que luego hice mía en felicidad. Pero es posible que la presencia de lectores y de libros en una familia no alcance en ciertos casos. Conocí a una persona que se vanagloriaba del hecho de que ni siquiera había leído “El principito” de Saint Exupéry. Y esa persona era hijo de una reconocida trabajadora de la cultura. Claro que ante la jugada del destino, siempre mejor que haya libros, y después se verá. Más aún frente a un panorama tan triste como el señalado por Quintero.
En una librería, allá por mediados de los ’90, fui testigo, es más, recibí la siguiente consulta. La persona interesada venía con dos medidas anotadas en un papel: tantos cm. de ancho y tantos de alto. Necesitaba libros para cubrir ese espacio de un estante. Pregunté sobre qué autores buscaba; y entonces me explicó que quería libros que alineados cubrieran las medidas. Recuerdo que le vendí varios libros de editorial Alianza bolsillo hasta saturar el espacio.
Sucedía en los ’90, y ¿hoy?, en estos tiempos veloces que se han llevado puesta a la señorita curiosidad, velocidad que tanto ha colaborado con el mal trato de la lectura y la escritura; es cierto, ya no da vergüenza ser un cabeza de horno apagado que no se interesa más que por el clima y la costeleta que despachará a bodega en la noche; una de esas personas que desde ya vive pendiente de los temas “importantes” que tienen que ver directamente con el espíritu: el dinero en el bolsillo, el total de riqueza acumulada, y su ego triunfal trabajando para que en su imagen se vea cáscara y comparsa, o sea, una lonja de desierto.
La curiosidad es una especie en extinción. El lector es otra especie en peligro. Y entonces pienso en el gran desafío que tienen ante sí los padres, parar un poco con la manera “face” en todas sus sintonías sociales, salir del aparatito y hacerse amigo de la lectura para que esta le dé una mano a la familia: quien lee piensa, imagina, se divierte, conoce otras historias, otras palabras, crece. Pienso en la responsabilidad decisiva de los maestros a la hora de alentar lectores: vamos, seño -que todavía no es lectora-, a dejar la fotocopia y a acariciar el libro, a “ser” entre lecturas con el libro en la mano. No está mal ser curiosos, no está mal sentir las pinceladas de la vergüenza, no está mal, lo digo siempre, sabernos mortales para comprender la vida de la mejor manera, asumiendo el compromiso de mejorar hoy, y nada de andar dejando la cuestión para mañana. Ser personas hoy, ser a conciencia. En la chacra gualeya veo siempre a mi amiga la lechuza, no afloja ni una noche: siempre de mirada atenta y pensamiento al tono.

domingo, 22 de abril de 2018

Duerme, duerme, negrito...


Así anotó, por muchas razones, el chileno Víctor Jara. Tomo la expresión para hablar, en este caso, de la siesta, y no exclusivamente en la ciudad/río de Gualeguay (por acá las brujas también existen), sino de la siesta que se abate sobre las criaturas de la aldea global. Ante una amenaza que no reconoce fronteras, la resistencia debe estar a la altura; entonces, desde la aldea gualeya va también esta invitación a despegar de una siesta que viene con la peor de las Solapas.
Hablo de la adicción a la tecnología que nos “enreda” en sociedad, hablo de vivir conectados a través de cantidad de aparatitos que los distraídos adoran como verdades reveladas: los nuevos dioses que prometen felicidad y pertenencia. Esa felicidad táctil y sus coloridas canciones arrullan la siesta señalada. Dicha siesta comienza cuando aquello que debería ser incorporado a los días como herramienta, termina teniendo la entidad de un fin en sí mismo. Soy testigo a diario de la desconexión, porque en este caso: estar conectado, desconecta; las caricias sobre el teléfono se repiten, una y otra vez, sin pensarlo, de la misma manera que el fumador compulsivo enciende el cigarrillo: ejecutar el pase mágico que abre la ventana para asomarse al abismo que viene con caripela de foto intrascendente o un “me gusta” que alienta a seguir pensando en nada. Hay imágenes que no se olvidan, ejemplo: fiesta de cumpleaños de 15, música y baile, y las pequeñas damiselas bailando solas con los celulares en las manos.
A diario soy testigo del descalabro causado a través de la adicción a la tecnología: la vieja de la red (qué corto quedó el viejo de la bolsa). Practico la mirada, la escritura, la lectura, y a veces uno da un paso adelante y refuerza lo entrevisto. Así me sucedió con una nota escrita por Axel Marazzi, especialista en temas de tecnología. La nota -la leí en la “Revista Anfibia” de UNSAM (Universidad Nacional de San Martín), y originalmente fue publicada en la revista “Qué Pasa” de Chile- es una mezcla de testimonio personal e investigación sobre el tema: “Cinco horas diarias mirando el teléfono”.
Marazzi abre el juego de esta manera: “Trabajo siete horas por día, duermo otras siete y una aplicación me dice que en promedio uso el teléfono cinco horas diarias. También que lo desbloqueo unas 150 veces por día: eso quiere decir que no puedo pasar siete minutos despierto sin volver a él. Lo primero que hago cuando suena la alarma por la mañana, antes de ir al baño, lavarme los dientes y la cara, es mirar si me llegó un mail importante, cuántos likes tuvo la última foto que subí a Instagram o si se viralizó alguno de los tuits que publiqué el día anterior”. Toda una descripción del paisaje general, continúa: “Uso WhatsApp para hablar con mis jefes, con mi novia, con mis amigos. Juego en el smartphone, uso una app que me dice cuántos kilómetros corrí y cuántas calorías quemé, otra me informa cómo llegar a direcciones que desconozco, otra cómo estará el clima —he llegado a mirarla antes de abrir las cortinas de mi cuarto— y otra hace todas mis transferencias bancarias. El iPhone es la extensión perfecta de mi mano derecha”.
El autor, para saber de sus tiempos, incorporó “Moment”: “una aplicación que te avisa si usas demasiado el celular”. Supo así que: “El 50% de mi tiempo libre lo estoy pasando delante de la pantalla del iPhone”.
En la investigación: “(…) En una entrevista al medio estadounidense Axios, Parker reconoció lo que pensaban a la hora de crear Facebook: ‘¿Cómo podemos consumir la mayor parte de tu tiempo consciente? Teníamos que darte un poquito de dopamina a cada rato. Porque alguien te había dado ‘me gusta’ o porque había comentado tu foto. Y eso contribuye a la creación de más contenido para, de nuevo, crear más comentarios y más ‘me gusta’”. Se pregunta Marazzi: “Me pareció tan burdo que sentí que había entendido mal. ¿Estaba diciendo que nos hicieron adictos de forma consciente? Sí, lo estaba haciendo: ‘Es la clase de cosas que se le ocurriría a un hacker como yo, porque estás explotando las vulnerabilidades de la psiquis humana. Los creadores de redes sociales como yo, Mark [Zuckerberg] o Kevin Systrom [Instagram] entendimos muy bien que esto iba a suceder y aun así lo hicimos’”.
Confesión: “(…) Parker no era el único ex Facebook que había salido a hacer su mea culpa. Chamath Palihapitiya, que estuvo en la empresa hasta 2011 y fue vicepresidente de crecimiento de usuarios, también tenía remordimientos. En un foro de la Escuela de Negocios de Stanford dijo: ‘Los ciclos de retroalimentación a corto plazo impulsados por la dopamina que hemos creado están destruyendo el funcionamiento de la sociedad’”. De qué se trata: “(…) Todos hablaban de dopamina y yo necesitaba averiguar no sólo qué era, sino además qué generaba cada like en una recóndita zona de mi cerebro. Por eso contacté a la bioquímica Katia Gysling, profesora de la Universidad Católica y reconocida investigadora del sistema dopaminérgico, quien me lo explicó de manera simple: ‘Es un neurotransmisor que determina nuestra motivación para acceder a la comida, a la interacción social, incluso al apareamiento. Es esencial para poder motivarnos. Las drogas adictivas y los estímulos generados por factores como obtener recompensas económicas o sociales producen una gran liberación de dopamina’”.
De esta manera se sigue construyendo el paisaje, luego: “(…) Instagram es una vidriera mentirosa que exhibe sólo los momentos perfectos de la vida de sus usuarios, Facebook nos segrega en grupos de personas donde todos opinan lo mismo, haciéndonos sentir validados y fragmentando las comunidades, y YouTube utiliza su autoplay por defecto para que pases de video en video sin poder desengancharte. Todo controlado por algoritmos que saben perfectamente lo que nos gusta”. Un espanto; el horror, el horror, y recuerdo a Marlon Brando en el final de “Apocalypse Now” de Coppola.
El señor Raskin le dijo a Marazzi: “(…) Me explicó, también, que todos estos productos que usamos a diario no son, en absoluto, neutrales. ‘Son parte de un sistema diseñado para volvernos adictos. Llegamos hasta acá porque todas estas compañías produjeron cosas increíbles, que nos benefician, pero que al mismo tiempo tienen un modelo de negocio que se basa en engancharnos. Eso significa algo evidente: que detrás de cada una de las pantallas de las apps hay miles de ingenieros a quienes les pagan para que nosotros queramos volver’”. Bien, y entonces: “Después de entrevistar a Raskin me quedé pensando en algo evidente, pero que tal vez nunca me había cuestionado de verdad: que usar redes sociales puede ser gratuito, pero de algún lado tiene que salir el dinero para mantenerlas. De golpe, creí entender algo fundamental: que nosotros no pagamos por esos productos, porque nosotros somos el producto”. Marazzi habla de la “economía de la atención”: “Es simple: en el negocio de las apps el oro es nuestro tiempo. Este tipo de plataformas generan ingresos a medida que más tiempo las usamos. Si nuestra atención fuese infinita, no sería un problema, pero no sólo no lo es, sino que además está afectada por nuestra necesidad de trabajar, dormir y tener vida fuera de nuestras pantallas. Por eso las empresas deben luchar entre ellas para crear nuevas formas de mantenernos atentos, y no hay ninguna tan efectiva como explotar nuestro deseo de validación social”. Y aquí aparece todo un tema a la hora de habitar las redes sociales; hay una necesidad de reconocimiento en muchas personas, una necesidad de formular pensamientos importantes que validen sus vidas en la sociedad de la cáscara. En dicha sociedad del cartón pintado alcanza con repetir zócalos o slogans, la sustancia formateada de los medios que solo tiene lugar en el afuera, donde puede jugarse la fantasía de ser aquello que no se es. Suma Marazzi sobre la adicción: “(…) “Incluso el tiempo que tarda cada aplicación en actualizar nuestro timeline está pensado. Mientras esperamos a que las redes nos muestren los likes y comentarios que recibieron nuestras publicaciones, el cerebro recibe la misma sensación que cuando está girando la ruleta del casino. No sabemos si vamos a ganar, pero la posibilidad nos mantiene enganchados. Según Tristan Harris, los smartphones son esencialmente eso: máquinas tragamonedas que están en los bolsillos de miles de millones de personas. (…) La mayor parte de la gente ni siquiera consideraría que podemos ser adictos a algo tan normalizado como Facebook o Netflix. Tendemos a reservar la palabra ‘adicción’ para las drogas o el alcohol, pero estudios científicos recientes demostraron que hay cambios profundos en el cerebro de quienes tienen adicciones conductuales, que son similares a aquellos con adicciones a las drogas”. Marazzi cita a Tanya Schevitz. creadora de una campaña mundial para “que las personas recuerden, al menos un día cada año, cómo era vivir sin smartphones. ‘Sin conversación y cambios vamos en un camino peligroso’, me dijo. ‘La expectativa de que siempre alguien te puede contactar, de que responderás inmediatamente a ese pitido, a ese zumbido de mensajes, correos y llamadas creó una sociedad de personas que están desbordadas’”.
Y hablando de desbordes, el físico chileno Cristián Huepe, que investiga para la Universidad de Northwestern, que en 2012 fue capaz de prever la llegada de la posverdad, le dijo a Marazzi: “‘Al fragmentar nuestras redes sociales y generar burbujas extremas estamos llegando al punto en que no sólo no compartimos ni discutimos nuestras opiniones con grupos distintos, sino que ya ni siquiera compartimos la misma realidad’”. Me citó un caso que está teniendo un auge espectacular en los últimos tiempos: el de las personas que vuelven a creer que la Tierra es plana. Hoy es muy fácil ir a YouTube o Facebook y encontrar una comunidad que apoye cualquier teoría falsa, retroalimentando la idea y validándola ante nuevos incautos”.
Duerme, duerme, negrito… anotó el grande de Jara, y yo anoto: mientras los interesados en el silencio, en el vacío mental -porque cuántas veces estás ausente en una reunión por estar dentro del celular, cuántas veces entre tu familia, amigos, en la charla con los maestros en la escuela donde va tu hijo- te necesitan enredado, siempre con la zanahoria de lucecitas por delante: enredado para no saber del paisaje, quién te gobierna, qué ideas defiende, cuánto hay de mentira. El poder necesita que compres lo que ellos venden. Mientras sigas bailando en soledad, aislado, con el celular en la mano, vas a dormir la mala siesta. Esta Solapa existe y corta cabezas con la guadaña que no mancha, la que deja todo en su lugar. Te quieren durmiendo, negrito; les interesa que duermas, pero que no tengas sueños. Ellos, siempre ahí: los de la vereda de enfrente. Que la siesta sea recreo que se decide, que la herramienta colabore, que la motivación de la vida esté dada en una vida atenta, a conciencia despierta.

domingo, 15 de abril de 2018

Hadas en el castillo


Un avión, llegado desde la memoria, aterrizó en el pensamiento distraído de este cronista, justo cuando miraba el pasto amarillento en el fondo de su casa ubicada en la chacra gualeya. Conocía la historia de la visita accidental del escritor y aviador francés: Antoine De Saint Exupéry, el famoso autor de “El principito” (1943), a un “castillo”, el San Carlos, de Concordia, construido en 1889. El aviador tuvo una falla en su nave cuando establecía una ruta como trabajador de correo postal. Corría 1929 cuando aterrizó en cercanía de la casa de la familia Fuchs; pero del avión bajó el escritor, no el aviador. En su libro “Tierra de hombres” (1939) aparece una crónica de aquella visita inesperada a los Fuchs, y especialmente consigna la presencia de las hijas del matrimonio: Edda y Suzanne, de 9 y 14 años.
Fui gratamente sorprendido por el capítulo 5 de “Tierra de hombres”, diría que fui feliz durante la lectura, una fiesta de la mirada y la escritura. Por eso sostengo que del avión bajó el escritor: “Tanto hablé del desierto que, antes de seguir hablando de él, me gustaría describir un oasis. La imagen que tengo de él no está perdida en el fondo del Sáhara. Otro milagro del avión es que te sumerge directamente en el corazón del misterio. Eres un biólogo, estudiando, tras el tragaluz, el hormiguero humano; consideras, fríamente, esas ciudades asentadas en la planicie, en el centro de los caminos que se abren en forma de estrella y las alimentan, a la manera de arterias, con el jugo de los campos. Pero una aguja ha temblado en el manómetro y esa verde espesura se ha vuelto un universo. Eres prisionero de un campo de hierba en un parque adormecido.
No es la distancia lo que mide el alejamiento. La pared de un jardín doméstico puede encerrar más secretos que la Muralla China, y el alma de una niña está mejor protegida por el silencio, que lo están los oasis saharianos por el espesor de las arenas.
Voy a contar una breve escala realizada por ahí, en alguna parte en el mundo. Tuvo lugar cerca de Concordia, en Argentina, pero hubiera podido ser en cualquier otro lugar: en todos los lugares existe el misterio.
Había aterrizado en su campo y no sabía que iba a vivir un cuento de hadas. (…)”.
Aparecieron las niñas: “Detrás de un recodo del camino surgió, a la luz de la luna, un bosquecillo y detrás de esos árboles, una casa. ¡Era tan extraña! Compacta, maciza, casi una ciudadela. Castillo de leyenda que ofrecía, al franquear el porche, un refugio tan apacible, tan seguro, tan protegido como un monasterio.
Entonces aparecieron dos muchachas. Me examinaron con seriedad, como dos jueces apostados en el umbral de un reino prohibido. La más joven hizo una mueca de enojo y golpeó el suelo con una varilla de madera verde. Una vez presentado, ellas me tendieron sus manos en silencio, con un aire de curioso desafío, y desaparecieron.
Aquello me divertía y me encantaba. Todo era simple, silencioso y furtivo como la primera palabra de un secreto.
-Ya lo ve. Son ariscas -dijo el padre con naturalidad. (…)”. Resultó cierto aquello que me dijo, antes de venir a refugiarme en la ciudad/río, el amigo poeta Rubén Derlis sobre las entrerrianas: “Son todas ariscas”.
Fotografía de "Telaraña".
Una vez que Antoine entró en la casa se encontró con esta maravilla: “Me atraía, en el Paraguay, esa hierba irónica que asoma la nariz entre el pavimento de la capital y que, de parte de los invisibles bosques vírgenes, viene a ver si los hombres mantienen aún la ciudad, si no ha llegado la hora de sacudir un poco todas esas piedras. Me gustaba esa forma de deterioro que no expresaba sino una riqueza demasiado grande. Pero allí, de verdad, quedé maravillado.
Pues todo estaba ruinoso, y lo estaba adorablemente, a la manera de un viejo árbol cubierto de musgo al que la edad ha resquebrajado un poco, a la manera del banco de madera en el que los enamorados van a sentarse desde hace diez generaciones. Los revestimientos de madera estaban ajados, los batientes estaban raídos, las sillas patizambas. Pero si aquí no se reparaba nada, en cambio se limpiaba con fervor. Todo estaba pulcro, encerado, brillante.
El salón adquiría un rostro de extraordinaria intensidad como el de una anciana con arrugas. Yo admiraba todo: las grietas de las paredes, las desgarraduras en el techo y, por encima de todo, ese piso hundido aquí, bamboleándose allá, como una pasarela, pero siempre bruñido, barnizado, lustrado. Curiosa casa que no dejaba ver ninguna negligencia, ningún abandono, sino un extraordinario respeto. Cada año añadía, sin duda, algo a su encanto, a la complejidad de su rostro, al fervor de su atmósfera amiga, como por lo demás a los peligros del viaje que era preciso emprender para pasar de la sala al comedor.
-¡Cuidado!
Era un agujero. Se me hizo observar que en semejante agujero me hubiese roto, fácilmente, las piernas. Nadie era responsable de ese agujero: era la obra del tiempo. (…). De un modo muy natural habían desaparecido las jóvenes en esa casa de prestidigitación. ¡Cómo debían de ser los desvanes cuando el salón contenía ya las riquezas de un granero! Se adivinaba que, de la menor alacena entreabierta, caerían paquetes de cartas amarillas, recibos del bisabuelo, más llaves que cerraduras existen en la casa y de las cuales ninguna, con seguridad, correspondería a cerradura alguna. Llaves maravillosamente inútiles que confunden la razón y que hacen soñar con subterráneos, con cofres enterrados, con luises de oro. (…)”.
La familia y el visitante sentados a la mesa: “Pasamos a la mesa. Aspiraba, de una a otra pieza, esparcida como incienso, ese olor de vieja biblioteca que vale por todos los perfumes del mundo. Y, sobre todo, me atraía el trajín de las lámparas. Auténticas lámparas pesadas, que se acarreaban de una pieza a la otra, como en los más profundos tiempos de mi infancia y que componían en las paredes, maravillosas sombras: negras palmeras y abanicos de luz. Luego, una vez en su sitio, se movilizaban las playas de claridad y esas vastas reservas de noche, en derredor, donde crujían las maderas”.
Otra vez las niñas: “Las dos jóvenes reaparecieron tan misteriosamente, tan silenciosamente como se habían desvanecido. Se sentaron a la mesa con gravedad. Sin duda habían alimentado a sus perros, a sus pájaros, abierto sus ventanas a la noche clara y saboreado en el viento de la noche el olor de las plantas. Ahora, al desplegar sus servilletas, me vigilaban con el rabillo del ojo, con prudencia, preguntándose si me clasificarían o no en el catálogo de sus animales familiares, pues ellas poseían también una iguana, una mangosta, un zorro, un mono y abejas. Todos ellos viviendo entremezclados, entendiéndose maravillosamente, componiendo un nuevo paraíso terrenal.
Reinaban sobre todos los animales de la creación, encantándolos con las caricias de sus pequeñas manos, alimentándolos, dándoles de beber y contándoles historias que, desde la mangosta a las abejas, todos escuchaban. (…)”.
Antoine De Saint Exupéry
Las víboras: “Mis dos silenciosas hadas vigilaban tan bien mi comida, con tanta frecuencia hallaba sus miradas furtivas, que cesé de hablar. Se produjo un silencio y durante el mismo algo silbó ligeramente sobre el piso, murmuró bajo la mesa y luego se calló. Alcé una intrigada mirada. Entonces, sin duda, satisfecha de su examen, utilizando su último recurso y mordiendo el pan con sus jóvenes dientes salvajes, la menor me explicó simplemente con un candor con el cual confiaba, por lo demás, dejar estupefacto al bárbaro si acaso yo era uno de ellos:
-Son las víboras.
Y se calló, satisfecha, como si la explicación hubiera debido bastar a cualquiera que no fuera demasiado tonto. Su hermana lanzó una rapidísima mirada para juzgar mi primer movimiento y ambas inclinaron sobre sus platos los rostros más dulces e ingenuos del mundo.
-¡Ah!… Son las víboras…
Naturalmente que se me escaparon esas palabras. Algo se me había deslizado por mis piernas, había rozado mis pantorrillas, y ese algo eran las víboras.
Afortunadamente, sonreí. Y no por obligación: pues ellas lo hubiesen descubierto. Sonreí porque estaba alegre, porque esta casa me gustaba, decididamente, más a medida que pasaban los minutos, y porque yo también experimentaba el deseo de saber algo más acerca de las víboras.
La mayor acudió en mi ayuda:
-Ellas tienen su nido en un agujero bajo la mesa.
-Alrededor de las diez de la noche vuelven -añadió la hermana.
Cazan de día. (…)”.
¿Y el futuro de las niñas?: “Ahora, me parece un sueño. Todo ello queda muy lejos. ¿Qué se ha hecho de esas dos jóvenes? Sin duda se han casado. Pero, entonces, ¿han cambiado? Es muy serio pasar del estado de muchachas al de mujer. ¿Qué estarán haciendo en su nueva casa? ¿Qué se ha hecho de sus relaciones con los hierbajos y las serpientes?
Ellas formaban parte de algo universal. Pero llega un día en que la mujer se despierta dentro de la joven. Una sueña con otorgar, finalmente, un diecinueve. Un diecinueve pesa en el fondo del corazón. Entonces se presenta un imbécil. Por primera vez, la aguda mirada se equivoca y se ilumina con bellos colores. Si el imbécil hace versos, creen que es poeta. Se cree que comprende los pisos agujereados, se cree que ama a las mangostas. Se cree que lo halaga la confianza de una víbora que cimbrea bajo la mesa entre las piernas. Se le entrega el corazón que es un jardín salvaje, a él, que sólo ama los parques cuidados de la ciudad. Y el imbécil se lleva, como esclava, a la princesa”.
Ante la escritura maravillosa del escritor, el cronista decidió ajustar al mínimo su palabrería. Me digo que habría que agregar algunos datos sobre la historia del castillo, pero será en otra oportunidad. En esta nota las palabras son del visitante ilustre: Antoine De Saint Exupéry. Releo su texto e imagino aquel encuentro en esa casa donde el tiempo marcaba un tiempo en que disfrutaban de la vida un puñado de seres humanos. Ocurrió en Concordia, Entre Ríos.