Un disparo con aroma de murmullo corto
se produjo entre los árboles del Parque Quintana. Fue en la tarde. Nadie, casi
nadie, escuchó el disparo. Tarde de música en el verde cercano a la orilla del
río. Una tarde en gris cuando el disparo certero, el murmullo. En el parque: un
disparo eterno. La felicidad -un arte efímero como el aroma del disparo- en el
aire, en la sombra tenue, en el centro del “mientras tanto” de la vida.
Sigo anotando el aroma de murmullo corto
con la palabra “click”, el término necesario que, desde el principio de mi
escritura, me acompaña para mejor decir el sonido fundacional de una
fotografía, de una toma, de cada eternidad fija en la eternidad limitada de los
hombres.
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Foto: Luchi Jajan |
Una persona toma una foto con la mejor
de las intenciones. Siempre está el sueño de lograr, atrapar, hacer memoria, un
momento irrepetible. Y lo es, siempre irrepetible, si atendemos a Roland
Barthes y su click/sonido de la muerte: la foto guarda un momento irrepetible,
dice que aquello que fue, ya no es, que ya nunca volverá a ser como fuera
cuando el click. Pero pienso en la mirada e intención de una persona tan simple
como uno, con un dispositivo fotográfico a la mano, y su intención, su sana
fantasía de click que se guarde en la memoria de los testigos.
El hombre mira, se mira, se busca -porque
el fotógrafo no podrá fotografiar nada que no lleve en su interior-; es ahí
donde reside la línea divisoria entre una persona que puede lograr fotografías
que queden en algunas memorias, y las personas que solo encuadran con más o
menos suerte y la toma no dice más que la supuesta virtud técnica que de seguro
“neblinará” en las memorias. Nadie puede fotografiar, escribir, pintar, sin
tener noticia de la motivación esencial en las cuestiones fundamentales de la
humanidad: el amor, la vida, la muerte, la libertad, el respeto de los derechos
humanos todos. En el caso de la fotografía, la sintonía en cuestión para esta
nota, el que mira -nutridas esencialmente el puñado de almas que lo forman (siempre
una misma expresión de deseo)- hará entonces el disparo con la mejor de las
intenciones porque algo vio, algo lo tironeó en su sangre; y el “no avisado”
disparará desde el puñado de zócalos y frases vacías que lo construyen como simple
calesita de red social.
Es una suerte que en mundo tan
complicado por mentidas tormentas mundiales que nos llegan hasta la mesa de la
cocina, el autor de la fotografía que quiero contar, haya estado a la altura de
esencias y aromas entre sus almas, porque lo dicho, sin ello, esta fotografía
no se hubiese quedado a vivir en mi memoria; sin ello no sería un motivo de
felicidad. Porque el espectador, el lector, aquel que recibe el intento
artístico del otro, está destinado a completar el trabajo recibido; el lector
completa el libro con su mundo interior, un mundo que fue convocado por el
ofrecimiento del autor; así en todas las artes: hace falta, nos hace falta la
mirada del otro para saber de la vida toda, para mejor relacionarnos, para ser
mejores personas. Entonces uno da, ofrenda, y desde el sueño de la mayor
riqueza de contenido, el otro recibe, y es entonces cuando se da la maravilla
en función del arte y la vida.
Miro la fotografía tomada en el Parque
Quintana de la ciudad/río de Gualeguay, la fotografía donde, me digo, hay ahora
cinco miradas entrelazadas. Veo tres dentro del cuadro, y dos más allá.
En la fotografía vertical se observa detrás
de los protagonistas: el tronco de un árbol de buen porte, un auto negro de
lustrosa caripela, atrás del mismo una casa, y cables de alumbrado que nada más
soñaron con alcanzar el cielo. A la derecha de los protagonistas centrales se
ve media bandera, de pie sobre un soporte de metal, perteneciente a la Escuela
Municipal de Música Isidro Maiztegui, y delante de ella el anónimo costado
izquierdo de otro músico, porque música hacen dos de los tres protagonistas de
la foto. Detrás del protagonista adulto un caño descascarado sostiene algún
dispositivo relacionado con la electricidad. Este protagonista está parado
sobre lo que parece ser el dibujo del cimiento de una casa, en el momento en
que la construcción es bosquejo, o sea, esos dos ladrillos que sobresalen sobre
la tierra y el pasto, y que anuncia la fundación de un mundo. Me digo: no de
casualidad el hombre está parado en ese lugar: quiere dar aviso claro de que un
nuevo mundo es posible al segundo protagonista, el menor, que está parado sobre
el pasto ralo de invierno con esparcida presencia de hojas de eucalipto. El
cimiento se extiende sobre la tierra, y aparecen en el cuadro dos mojones de
baja altura, uno en primer plano, y el segundo cercano al árbol. El dibujo de
los cimientos y los mojones han sido recientemente pintados de blanco.
El protagonista mayor, el hombre adulto
que parece estar recortado sobre el árbol, lleva sobre su pecho la cinta con la
que ajusta un “chico” (tambor integrante de la cuerda de tambores del Candombe)
a su cuerpo. Los brazos de Juan Almada, las manos de Juan Almada, están en el
aire. Juan Almada no mira al frente, no mira su instrumento, mira sí hacia su
izquierda, y hacia abajo, hacia la tierra que promete felicidad.
La mirada de Juan Almada llega hasta la
mirada de su hijo: Inti, y la mirada de Inti llega hasta la mirada de su padre,
hasta las memorias de su padre, hasta el lugar de la memoria de su padre donde
el susodicho atesora las maravillas de la vida.
Porque maravilla debe ser cuando el
padre ve al hijo -y no por imposición o conveniencia- acercarse a su mundo
porque simplemente el gurí vio aquello que festejaba papá. En la foto, Inti,
lleva una cinta sobre el pecho, y traba su tamborcito (adaptado por papá) entre
las piernas. Mira al padre mientras descansa una de sus manitos sobre el
parche.
Miradas de amor, de confluencia, de
sintonías, de compromisos fuera de mercado. Miradas como puentes, me digo,
miradas como especies superadoras de las palabras. Y me digo que Juan Almada
sabe practicar en algunas charlas, la mirada por encima de las palabras; lógico
es entonces que así se comunique con su hijo, más allá de las distintas
motivaciones que pueda exhibir esta foto. Pienso que solo los hombres
transparentes saben, pueden, hablar con la mirada. Para mejor graficar esta
manera de comunicación, aparece, en soledad, extraño en el paisaje, y a mitad de
camino entre padre e hijo, un micrófono innecesario.
La tercera mirada. El tercer
protagonista de esta fotografía aparece en una fotocopia de la foto mil veces
vista, y que debe ser vista millones de veces más, hablo de un detalle del
retrato de Santiago Maldonado, otra de las historias tristes alumbradas en este
país cuando en el poder están los dueños de la tierra y el poder económico.
Juan Almada lleva pegado sobre su tambor la fotocopia. Entonces Santiago
Maldonado mira también desde la ciudad/río de Gualeguay, y su mirada es tomada
por quien hace click de foto para la memoria en una tarde gris, en el Parque
Quintana. Y Santiago Maldonado, su mirada, es vista también por Inti, que
después de mirar a su padre, llega hasta los otros ojos, los ojos del otro, y
su historia de ideales junto a la tristeza de su muerte escondida.
La persona que ensayó el click con
intención de memoria se llama Luchi Jajan, la que pudo hacer la foto porque lo
entrevisto estaba en ella. Disparo de felicidad entre el verde, entre padre e
hijo. Luchi es la cuarta mirada en esta historia.
Quinta entra entonces mi mirada, que desde
el inicio intenta hacerse relato.
Miradas escritas, es lo que hago con la
tinta, la palabra, siempre tratando de darle forma a lo descubierto, a lo
adivinado. Y me digo que en esta escritura de foto, desde que vi el click de
Luchi, hace ya unos cuantos días, supe que iba a escribir la imagen, porque
ella ilustra el mejor de los lugares que pude conocer, casi un sueño que ya se
hace distancia: la paternidad.
Descubrí la mirada de un hijo cuando
tuve en brazos a mi hija Julia por primera vez. Ahí estuvimos mientras mamá
Evangelina se recuperaba. Mirada de descubrimiento en un universo nuevo. Ahí
estaba, parado yo también sobre el cimiento del nuevo mundo amanecido.
Llegué al Parque Quintana desde este, mi
lugar en el escritorio, llegué desde mi casa en la chacra gualeya, y desde esta
mirada repetida sobre la foto es que puedo decir que ahí estuve, que ahí estoy
cada vez que quiero estar. Cuando esto pasa, la duda avanza sobre la verdad de
Roland Barthes, el sonido de la muerte, sí, está bien, cómo no, pero como
ocurre cada vez, cada día, la vida al lado de la muerte y la muerte al lado de
la vida, y entonces la inmensidad poética habla, señala, exalta, el encuentro
feliz entre un padre y su hijo, que ya no será el mismo que fuera, pero que ese
haber sido arbola caminos futuros de felicidad.
La fotografía de Juan Almada con su hijo
es también una invitación a un futuro sustancioso, una invitación al territorio
cercano al arte, a todas esas actividades que no cotizan en la bolsa de los
viejos de la bolsa, sino en el camino que habla del encuentro con la libertad y
la belleza. Que no todos llegarán a alcanzar el arte, puede ser, habrá que ver
cómo y quiénes son los que miran, los testigos, pero importará haber afrontado
el desafío del intento sincero: hacer porque simplemente no puedo dejar de
hacerlo, y entonces será venturoso el camino a conciencia en la sombra. Será un
desafío aprender a vivir entre las “bondades del fracaso” (la ironía preferida
del Japo Vela), haber entendido la mecánica terrenal de la pasión, el silencio,
el compromiso, el pensamiento, esa manera de vivir que tiene que ver con poder
sonreír ante la propia mirada atenta, la que vive en el espejo del baño, cada
día, en cada intento.
Cinco miradas en una foto, sucedió,
sucede, en un Parque Quintana de tarde gris, cada vez que miro este recuadro
para la memoria. Y vuelvo hoy a la imagen a través de este relato. Entra Julia
a mi escritorio y nos miramos, como ayer nos miramos con mi viejo en su taller
de pintura en mi Martín Coronado de infancia. Anoto: cuánto importa el nuevo
mundo, cuánto importa la mirada de un pibe.
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