domingo, 21 de diciembre de 2014

Guillermo Wiede y su memoria de La Fraternidad

En la nota referida al descubrimiento del escritor Guillermo A. Wiede (1939-2012) y su libro “Jinetes de nombre muerto” (1988), hice mención de otro de sus libros: “El Palacio de Septiembre” (1998).
Este libro es autobiográfico, y en él es posible hallar muchas señales sobre la persona de Wiede: el muchacho que fue, y la mirada, el oficio, del hombre, del escritor. Wiede cuenta de manera amena sus años en la casona de La Fraternidad: el alojamiento para los alumnos que vivían lejos y que estudiaban en el Colegio Nacional y en la Escuela Normal de Concepción del Uruguay. Guillermo Wiede era el hijo menor de la familia. El padre, Rafael, decidió que iba a estudiar, y además, que lo haría lejos de la casa, que estaba en Curuzú Cuatiá, Corrientes. Tenía 12 años. Guillermo hizo el secundario en el Colegio entre 1952 y 1956.
Hay una única pretensión en “El Palacio de Septiembre”: el relato, el viaje en el tiempo para contar las historias que hicieron a la construcción de un paisaje querido, y en él: los hombres. Entre las historias y los personajes que pueblan las páginas, es posible encontrar ciertos pensamientos alrededor de la memoria y la vida, pero esta sintonía de ninguna manera detiene la sucesión de relatos y anécdotas. Wiede pinta historias, en ellas hay formas y colores: sus cuadros atesoran una memoria, un tiempo.
En las primeras páginas informa del paisaje desolado: “Aunque mi nostalgia del hogar se había visto muy aliviada con la sorpresiva aparición de mi antiguo compañero de primaria ‘Nenuco’, yo no estaba dispuesto a perdonarle tan fácilmente a mi padre su terrible decisión de enviarme a estudiar lejos de mi casa; lejos de mi madre, en verdad, que era lo que me producía una pena indecible y un estado de extrañeza, de enrarecimiento en cuanto podía percibir a mi alrededor.
De pronto yo estaba solo en el mundo; y era como una muerte. O más bien, como uno de esos días de la infancia en que alguien había muerto en el vecindario, o en la familia de alguien de la escuela, y en los que yo me sentía terriblemente raro; entonces me aferraba a una melodía escuchada al pasar como a un ancla que pudiese sostenerme flotando en el tiempo, lejos de las vidas limitadas y las muertes arbitrariamente inexorables.
Pero esta vez no había melodía; la música había dejado de existir: me hundía sin remedio. Sin papá ni mamá, sin mis hermanos mayores, sin los amistosos y protectores vecinos de mi casa, ¿qué iba a ser de mí?”.
Guillermo Wiede, 1998.
Wiede da pista del edificio, y de la veta de toque fantástico, algo esencial para acercarse al mundo del arte, que había en el muchacho que fue: “Mi sensación de esos primeros tiempos oscuros era que la máquina del Reloj, y la Torre, para producir las campanadas cada quince minutos aspiraban el aire, al modo del gigantesco órgano que años atrás yo había visto instalar en la iglesia de los salesianos próxima a mi casa. En medio de esta succión que yo imaginaba como una implosión –sin conocer, desde luego, tamaña palabra- a merced de la noche y de mi soledad, cuando todos dormían y roncaban, yo era el único que sentía que todo en el Dormitorio 5 era aspirado por la Torre, con lo cual los tabiques de madera trepidaban, crujía el piso de tablones, chirriaban las camas de metal, y hasta me parecía en algunas noches que las blancas camas levitaban como inofensivos fantasmas flotantes en el alto espacio del dormitorio”.
En esos primeros tiempos en La Fraternidad, cuando el autor ni siquiera escribía poemas ni llevaba un diario, supo de compartir el aire, los sonidos y los silencios con algunos notables, recuerda: “O mientras un importante señor me hacía, al pasar, una caricia en el pelo; y alguno de los grandes me informaba: -Ese que acaba de saludarlo es un gran poeta: se llama Carlos Mastronardi- o -¿Sabe quién es ése, ése que le dio recién la mano? Córdoba Iturburu…”.
Celeste Wiede, una de las hijas del escritor, me contaba que para él era motivo de orgullo haber sido “fraternal”. Wiede siempre volvió a Concepción del Uruguay y a La Fraternidad. Fue amigo de otro “fraternal” notable: el escritor Arnaldo Calveyra.
Entre las historias aparecen algunos momentos de pura reflexión, de una búsqueda sincera amparada en la sana duda: “Aquellos días tienen una naturaleza tan perfectamente ambigua… Se parecen a esas máscaras dobles de las fiestas medievales en que una careta alegre y farsesca se convierte con un giro en algo aterrador: un dragón, el demonio, la muerte.
Pero la ambigüedad de esos tiempos nada tiene que ver con esas conversiones de la risa en horror, sino tan sólo con la dupla memoria/olvido.
Pequeños sucesos olvidados, escondidos ‘fuera de la vista’ de nuestra memoria, se presentan de golpe con la fuerza de lo inolvidable como seres hibernados que echaran a caminar tras una larga temporada de hielo y de sueño. Y por esto, entre otras cosas, quizás forjamos la ilusión de que nuestra memoria puede vencer a la muerte.
De aquellos días lejanos de trémula memoria, a los que me acerco como se acercaba uno a las muchachas de la adolescencia –sin poder prever lo que resultaría del encuentro-, creo saber claramente algunas cosas, y una mancha gris, en cambio, cubre el lugar de muchas otras”.
Hay un relato que guardé en la memoria, en ella hay una mujer y un beso. Ocurrió en un domingo de invierno. La casona estaba casi deshabitada. Uno de los celadores: “hombre robusto, rudo, cara de pocos amigos; ni siquiera recuerdo su nombre o apodo”, invitó Wiede a almorzar a su casa: “El hombre del corpachón vivía en una humilde vivienda a un costado de la iglesia, con su mujer; supongo que alquilaban una o dos habitaciones; no tenían hijos; deduje instantáneamente que no podían tenerlos, ya fuese por escasez de recursos económicos o impedimento de otra clase, porque cuando llegamos él le dijo a su esposa: -Mirá lo que te traje…- como si yo fuera un regalo…”. El muchacho le dijo a la mujer: “¡Qué rico, usted cocina como mi mamá! Hablé como si nos conociéramos de toda la vida”. Wiede dio las gracias en el momento de la despedida: “-¿Vas a volver?- me dijo ella en la puerta. // -¡Seguro!- exclamé, como si se tratara de un juramento; y su beso fue interminable, aunque no por su duración en ese instante sino porque ella, la mujer-sin-hijos que por un par de horas había disfrutado de uno en préstamo, olvidada y sin nombre –nunca volví a verla- todavía me besa, me llama, me reclama y se enternece de verme, y se regocija porque yo disfruto, una y otra vez, eternamente, de su materno estofado”.
Por demás interesante me pareció el siguiente recuerdo y reflexión que apunta al origen mismo del libro: “Yo era mucho más sencillo; estaba aprendiendo un ‘arte de vivir’ que no exigía arrebatos ni dramatizaciones; consistía en dejarse llevar por una corriente más ancha que uno mismo, sabiendo que los demás eran tan importantes –por lo menos- como uno mismo; había muchísimo por mirar, y sin anegarse en el fluir de los demás podía olvidarme un poco de mí mismo, no creerme tan importante ni decisivo. Curiosamente, en ese mundo los demás resultaban más decisivos que yo; lo cual no implicaba forma alguna de parasitismo. Simplemente –¡Ay Daniel Elías que tan temprano te fuiste!- el espectáculo del mundo me resultaba más apasionante que todas tragicomedias que pudiesen tenerme de protagonista.
Quizás fue entonces que silenciosamente empezó a escribirse esta historia; no por un espectador ajeno sino por alguien que participaba de corazón en el viejo juego elemental del ‘Sube-y-Baja (paradigma, al fin y al cabo, de la más honesta balanza) en que el Otro se vuelve esencial para el propio juego”.
Una leyenda con origen en la región amazónica ubica al pájaro Mitu posado sobre un jacarandá. Una mujer hermosa venía con él: una sacerdotisa de la Luna: descendió del árbol y vivió entre la gente, compartió su sabiduría y su ética. Luego volvió al árbol con flores y subió a los cielos para unirse con el hijo del Sol. Es por esto que se relaciona al jacarandá con el saber, y es por ello que es el árbol símbolo que se planta dentro de colegios y universidades. Guillermo Wiede anota en las páginas finales de su libro: “Hasta el año anterior casi no había reparado en el jacarandá; pero en la primavera de 1955 su floración de octubre me produjo un efecto imborrable; era el árbol único de nuestro patio y constituía por sí solo un jardín entero; sus flores lilas, campanillas, ínfimos cálices perfectos de opalina estaban al mismo tiempo en el árbol y a sus pies; repetían en el suelo la brillante corona de la copa como si cada flor caída fuese reemplazada, instantáneamente, por otra idéntica, renaciendo sin pausa”.

Hay lila en el arte de tapa del libro: desde sus flores/páginas retorna el escritor y su muchacho.

3 comentarios:

  1. Que grato leer sobre la vida como escritor de Guillermo. Escribiendo sobre aquellos años, me vino a la mente la época en que trabaje con el, en su Estudio de la Av.de mayo. Quien me enseñó gramática y como redactar una demanda. Fue más que eso. Y ahora, que me lancé a escribir, como me hubiera gustado compartir con el, esta vida que no fue. Javier M.

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