domingo, 20 de abril de 2014

Gandini y Manauta en Gualeguay: paredón y después




En el mundo que se construye a través de las redes sociales ocurre a veces el encuentro con personas que hacen uso de la herramienta a favor del pensamiento, de la reflexión. Porque no todo es cartón pintado en la virtualidad instalada. Hay personas preocupadas por el cotidiano del barrio, la ciudad, la provincia, el país, la región; hay personas que no agotan su mirada en el espejo que solo refleja la quintita propia (paisaje que atenta contra toda posible evolución mental), sino que están abiertas a la información, a la cultura del todo al que se pertenece. Este es el caso de Gustavo Gandini, vecino de Gualeguay con el que me encontré en el ciberespacio, y que ayer me recibió en su casa para hacer un poco de memoria. Gustavo es un hombre con intereses variados. A través de sus publicaciones diarias en la red da pista de un pensamiento atento al presente y al pasado.
 Cambiamos opiniones sobre algunos temas, pero lo que decidió la charla en persona, fue un cuento de Juan José Manauta. Empecé la lectura de los Cuentos Completos del Chacho, luego de que Leticia, hija del escritor, me obsequiara el libro. En ellos Gualeguay es una presencia madre: paisajes y personajes, historias chiquitas en las que a veces muy poco ocurre, historias en los alrededores del amor, la desesperación, la venganza, historias de gente del pueblo enfrentando el principal enemigo: el hambre y sus hacedores. Llegué al cuento: “El olvidado de la muerte”: el viejo Mendoza reparte correspondencia mientras va de copa y en copa en los almacenes. Llega al de doña Juana Rosales y dice “su frase sacramental”: “’Todavía estamos vivos.’ Y siguió: ‘¿Eh, doña Juana? Todavía estamos vivos’”. El Chacho ubica el almacén en un tramo de calle San Martín, entre Rioja (hoy Correa) y Monte Caseros. Aparecen en la historia el armero Blas Amodio y su hermano Juan; el peluquero don José Vallejos a quien le gustaban las historias fantásticas. Es el peluquero quien sale a la vereda del almacén y mira: “Vallejos miró esas cosas que tanto conocía. Todos los vecinos se sabían mutuamente vida y milagros, parentela y antepasados, como si todos hubiesen venido a parar allí desde una misma procedencia. Pero se conocían sobre todo en las pequeñas y grandes fallas de la conducta, en los deslices supuestos o verdaderos del comportamiento, en los defectos físicos visibles o secretos, en las costumbres insólitas, las más encubiertas. Nadie escapaba a esa regla, de modo que todos pasaban alternativamente de reo a fiscal y viceversa. La vida de cada uno estaba dictada por los otros, pero sin excepción o privilegio alguno”. Después de vivir un año en Gualeguay, entiendo muy bien lo anotado por Manauta. Pero antes de esa mirada, Vallejos se detiene en una imagen: “Tomando por frontón la pared de los Gandini, cuatro muchachos jugaban a la pelota de mano. Los Gandini soportaban estoicamente esos partidos, porque el Elvio, que los organizaba, era uno de los pelotaris infaltable”. Ante el hallazgo, le escribí a Gustavo para preguntarle si sabía de su apellido en el cuento. Dijo que no. Así arreglamos la charla.
 Gustavo dice: “El almacén era ahí”, y señala por la ventana, enfrente de su casa: es la esquina (noreste) de Belgrano (antes Ayacucho) y Ambrosetti (antes Catamarca). Lee la línea del cuento del Chacho y empieza con el cuento propio: “El paredón sería el último tramo de la pared por Belgrano, ahí no había vidriera. El almacén nació con la gran crisis del 30. Papá tenía un tío, Sanguinetti, que se fundió y dejó el lugar. Papá con un amigo, García, ponen almacén en la esquina y a continuación peluquería. Luego vino mi tío Bartolo, que trabajaba en la herrería de Lanza. Quedaron los hermanos, y García se corrió a dos cuadras. Bartolo era de 1900, papá de 1901. Mis padres se casaron en el 37, yo nací en el 41 en esta casa. Mi hermano nació a la vuelta, había una casa a continuación del negocio. Mi tío vivía en el almacén, era soltero. Después papá compró acá y yo me vine a nacer acá (se ríe). Papá era Luis Gandini, la firma fue Luis y Bartolomé Gandini”. Un puñado de recuerdos: “Era almacén, parecía de ramos generales. Se tomaba además la copa, era como un cafetín, en cambio el de Manauta era solo almacén. El padre del Chacho tenía almacén en Belgrano y Victoria (esquina noreste), donde ahora hay una veterinaria. La casa está igual. Eran competencia. Mi tío siguió solo hasta el 74, papá falleció en el 49. Era un hombre grande para la época. Era obsesivo con el trabajo. Iba al negocio a las 6 de la mañana, por ahí venía a dormir un poco de siesta, y seguía hasta la hora que hubiera gente. Mi tío igual. Venían de la nada. Papá había sido empleado en la barraca de Carbone, trabajaba con el cuero. Pudo independizarse. Siempre le admiré su capacidad de trabajo, el esfuerzo por superarse. Mi tío se casó grande, en el 47 y tuvo dos hijos”. Gustavo se abisma en la remembranza, como si espiara desde una ventana alta: “Hubo gente que me contó que la salida del sábado a la tarde era ir a comprar con la madre a lo Gandini. Era un negocio importante, era la calle de entrada a la ciudad desde las chacras. El almacén no tenía mesas, se tomaba parado, a lo sumo había banquitos de madera junto al mostrador. La parte del mostrador que era bar era de mármol, la del almacén de madera. El piso era de madera. Se tomaba mucho vino tinto. Había que sacar mamados. Mi papá era de mediana estatura, mi tío era grande. Me acuerdo de los cocheros, la esquina era parada de coches: los tres Pereira, cada uno con un coche. Recuerdo el bacalao en cajones de madera, la cerveza Quilmes con el agregado de naranjina. Había clientes fijos. Los ferroviarios que venían a tomar su copa, gente muy conocida, venían todos los días. Había más gente al anochecer: era ir de paso y tomarse una copa, una costumbre: vino, cerveza, grapa, caña, la Lusera y la Marcela, que eran aperitivos que se hacían en Concepción del Uruguay, Fernet, Cinzano. Me llamaba la atención la cantidad de cosas enlatadas que había. Se compraba mucho fiambre, 10 de queso y 10 de mortadela para llevar a la casa. Las lavanderas venían a comprar el pan de jabón. Se vendía carbón y leña, vino: venían los toneles y se llenaban las botellas. La costumbre de la copa desapareció, debía ser barato porque era toda gente humilde, aunque creo que muchos días se comía fiambre”.
Almacén Gandini: Luis Gandini en el escritorio (1938)
 Pregunto cómo fue perder a papá tan chico: “Perdí a mi papá a los 8, fue un impacto en lo afectivo, en la falta de una guía, en lo económico, una gran falta. Pensé luego en cómo hubiera sido la relación entre nosotros. En la Argentina era una época de grandes cambios, él falleció y estaba el peronismo. Mi papá era radical, como buen comerciante hijo de inmigrantes, y yo peronista”. Luis y Bartolo estudiaron las primeras y únicas letras con los curas de la parroquia San Antonio: “En esos años la educación no era para todos”.
Hoy: El buen fantasma del almacén Gandini
Ahora pregunto por el propio Gustavo: “Me fui dos años a Córdoba a estudiar derecho, pero fue complicado. Más que estudiar me dediqué a ver el movimiento de ciertos personajes. Escuché charlas de Jauretche, Frondizi, Abelardo Ramos, políticos en campaña. La política me interesó siempre. En Gualeguay conocí a Frondizi, para mí el político más importante de la Argentina por su nivel intelectual; escuché a Américo Ghioldi; observé a Balbín, y a Mac Kay en el ámbito local. Al peronismo me acerqué en los 70, antes no tomaba partido. Entré a la CGT de Gualeguay en el 75”. ¿Y después del golpe del 76?: “En Gualeguay recuerdo las detenciones del 80: los médicos. Yo no sufrí persecución, lo mío fue intangible. Ocupé el último lugar en mi trabajo en el Banco de Entre Ríos (1964/95) para que se olvidaran de mí. Siempre me sentí observado, era la manzana podrida dentro del cajón, y eso no me lo hacía sentir el gerente, sino mis compañeros. La política era mala palabra. El gerente una vez me dijo que me trataban así porque tenían miedo por lo que pasaba. Me dijo también que estaba desapareciendo gente y yo no le creí. Tengo tres primos desaparecidos, mi tío era un alto oficial de Gendarmería, apellido Surraco: están en el ‘Nunca Más’: Carlos Adolfo Surraco, nacido en Gualeguay, Basilio Pablo Surraco y Eduardo Oscar Surraco. Recuerdo que acompañé a mi madre a Buenos Aires. Fuimos a ver a mi tío, su hermano, y ella le decía: ¿Qué pasó con tus hijos?, ella sabía o intuía más que yo, que creía que sabía de política. Yo no lo quería creer”. Desconcierta ver que Carlos Adolfo Surraco, nacido en Gualeguay, no figura entre los desaparecidos de la ciudad.
Gustavo afirma que: “No heredé la inclinación a la literatura de mi madre. La lectora llamó a mi hermano Hugo por Hugo Wast; a mi hermana Anielca, que en ruso es Anita, por Ana Karenina de Gustave Flaubert, y a mí Gustavo Adolfo por Bécquer. Yo leo ensayos, libros políticos. A los 17 descubrí la revista ‘Qué’ y leí a Jauretche y a Scalabrini Ortiz. Me interesaba la historia. Tuve de profesor a Humberto Vico. Me interesó el otro lado de la historia, el revisionismo y con el peronismo proscrito. Yo creo que el pensamiento nacional está ahí”.
Hoy: El buen fantasma del almacén Manauta.
Llegué al cuento citado. Nombré a algunos de sus personajes y el paredón. Después escuché a Gustavo, y estuve frente a la construcción que albergó el almacén de los Gandini con el famoso paredón que ya no existe. Desde la puerta de la casa de Gustavo miré hacia la casa que fuera de los Manauta. Y entonces decidí releer el cuento para saber qué había quedado del pasado, o para saber hasta dónde el cuento tuvo intención de ajustarse a la realidad de ayer. A poco de la relectura me di cuenta de que las calles donde se ubica la acción marcan un cruce imposible, los nombres de las mismas son reales, pero su disposición no guarda lógica. Hubo un solo paredón de los Gandini y queda lejos del tramo disimulado sobre calle San Martín. Los nombres de las calles son reales, el paredón fue real, no así un boliche cercano con mesas, y el peluquero que debía ser García se llamó José Vallejos, así las decisiones del escritor en el momento de levantar su propia Gualeguay, mezcla de verdad y ficción, de recuerdos que se convirtieron en pura literatura. No tiene caso tratar de buscar coincidencias o no entre la ficción y la realidad, pero resultó tentador luego de escuchar la memoria de Gandini. Sí prueba este juego entre literatura y memoria, que la obra de un verdadero escritor se conecta en forma directa con la vida y de cada cruce quedan retazos, hilachas que el autor sabrá hilvanar en las historias que alumbre en la próxima mañana.
No dejo a la vista la suerte de los personajes, digo que en el cuento hay miedo y muerte. El peluquero aclaró: “-Claro –dijo Vallejos-, eso querría decir que Dios se habría olvidado de ti, que no te desea a tu lado, que te condena al infierno de esta vida terrena”. Y dijo por último: “Todavía estamos vivos”. En esta condición pienso mientras escribo esta nota sobre literatura y memoria, sobre el Chacho y los Gandini: en ella el feliz desafío de mantener, cada uno a su manera, los recuerdos con vida.

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