domingo, 20 de julio de 2014

El cementerio de Gualeguay: Una memoria de Deolindo Romero



Visitar las tumbas no es tiempo perdido // Sobre ellas las almas vuelven a jugar / Y cual mariposas de un tiempo ya ido / Un beso invisible dejan al pasar.
de Alma viva de Deolindo Romero

Los muertos habitan su ciudad dentro de la ciudad de los vivos. Los muertos necesitan una existencia poética en la memoria de los vivos, para así poder completar su esencia de buenos y recordados fantasmas.
Debía una visita al cementerio desde mi llegada a Gualeguay. Leyendo “Espacios públicos con historia. Gualeguay” (2002), libro de Nidya Rampoldi, Claudio Marcelo Piaggio, Daniel A. Gabriel y Patricia Míguez Iñarra, tuve noticia de su fundación, supe: que las obras del cementerio empezaron en 1847 durante el gobierno del general Urquiza, que contaba con una superficie de ciento veinte varas cuadradas, que las obras fueron bendecidas el 27 de febrero de 1848, y que sus padrinos fueron: don Jerónimo Cáceres, don Francisco Fonso y don Francisco Iñarra. Junto a estos datos aparece la particular historia de su capilla. Estuvo terminada dos meses después, pero a la hora de resolver su bendición y eventual padrinazgo, Urquiza se encontró con un problema. Debido a que no había padrinos ofrecidos, porque ello significaba hacerse cargo de los gastos de la fiesta, el gobernador decidió dar un mensaje a los que formaban parte del poder y la riqueza en la ciudad: designó al más pobre de los soldados del Batallón “Gualeguay” de las milicias entrerrianas: “El elegido fue Higinio García y el Gobernador se hizo cargo del costo de la ceremonia”.
El 9 de julio inicié el camino hacia el cementerio acompañado por el amigo Deolindo Romero. Él es uno de los memoriosos de Gualeguay, pero además su historia de vida lo ha llevado a transitar los alrededores de la muerte, y es durante este tránsito donde construyó una especial relación con el cementerio.
Su padre era tercera generación de pueblos originarios. La familia vivía en un asentamiento en las tierras blancas, el lugar que Chacho Manauta eternizó en una novela. Deolindo nació en 1942.
Cuando llegamos frente al cementerio, el memorioso alumbró la primera de las imágenes: “La gente se acercaba a la plaza Rocamora en carros, sulkys, jardineras. Muchos llegaban para pasar la noche del 1 al 2 de noviembre, del día de Todos los Santos al día de ánimas. Se desataban los animales y quedaban los carros con las barras al cielo. La plaza está bastante parecida a los tiempos en que yo acompañaba a mi abuela materna. Las calles, hasta las del cementerio, eran de barro. Los dueños de una chacra, donde ahora está el barrio, arrendaban un pedazo de terreno para que se hicieran kioscos de venta. Mucha gente se quedaba haciendo noche en la plaza, otros se iban a la casa de un familiar y volvían al otro día. Venían de las chacras, del campo. Se quedaban todo el día dentro del cementerio. Se reunían, compartían la charla, la comida: conocidos, amigos y parientes. Era una fiesta respetuosa, y se velaba al finadito. Eso se terminó un poco cuando Sportiva sumó doma en la fecha”. Dentro de este plano general, Deolindo hizo un acercamiento de cámara hacia su historia: “La gente se quedaba alrededor de la tumba. Yo acompañaba a mi abuela materna el 1 de noviembre. Volvíamos a la casa, ella vivía en el pueblo, y vuelta al otro día. La abuela me pedía a mi mamá, yo tenía 8. Le llevaba una sillita petisa para tomar mate, era muy matera, el único momento que suspendía el mate era en semana santa, que no prendía fuego. Era una ceremonia, ella llevaba flores, una canasta con empanadas, y las velas para velar la tumba. Iba a visitar a Delfina, una hija muerta a los 19. Las tumbas están cerca, entonces la gente se mezcla, igual las velas. Los muchachos más jóvenes buscaban novia o un entretenimiento, o como yo que mientras tanto con un tarrito de limpia metal y un trapito me ganaba unas monedas. También llevaba agua, había pocas canillas y a veces quedaban lejos. Yo andaba entre las tumbas en tierra, que era donde teníamos a los muertos. Una semana antes había un rebusque para los changarines porque se hacía dar una mano de pintura, se acomodaban las tumbas”.
Panteón Argentina.
Pienso en esas vueltas que a veces tiene la vida. Deolindo afirma que creció rodeado de cuentos de ánimas, lobizones, “el sin cabeza”, tenía 5 y el abuelo paterno lo asustaba con sus relatos. El abuelo era un hombre valiente: cuchillo, fósforos, algo para tomar y un puñado de sal en el bolsillo, así se iba al monte en la noche, tan distinto a su padre que temía a la noche y los muertos. La madre le aconsejó -dice Deolindo que “La vida es puro consejo”- que el día que fuera a un velorio, mirara al muerto para dejar de tener miedo. Le hizo caso a mamá, caminó hasta la muerta; en puntas de pie, tenía 6, la miró como pudo: esa noche no durmió, cerraba los ojos y la veía. Nunca volvió a ese rancho. Miedo salvaje tuvo la vez que a los 12 decidió ir solo al cine Mayo a ver dos películas de terror, una con Frankenstein. 21.15 hs. de un sábado. Las películas fueron bravas y lo predispusieron peor para la odisea de la vuelta a casa: ya no era el asentamiento, pero las calles seguían siendo de tierra blanca, a más de siete suertes de chacra pasando la calle ancha. Llevaba honda y cuchillo mellado, pero las sombras fueron muchas, variados los perros amenazantes, los monstruos se descolgaban de los paraísos que bordeaban la frontera ancha que decretaba el más allá en esta tierra gualeya. Deolindo afirma que lo pasaron de miedo cuando era chico. Sabiendo estos antecedentes, se entiende mejor la entereza posterior del memorioso. Y ahora sí estamos en condiciones de volver a las vueltas de la vida arriba enunciadas.
Primera vuelta: “Mi padre era carrero y tenía la parada en la esquina de la carpintería Sperandío. Llevábamos siempre los muebles. Desde los 8 anduve con mi viejo. Hacía mandados a los del taller. A los 12 mi viejo me puso ahí, cuando estaba en 4º grado. Medio día en la escuela y medio en el taller. Fui el único varón que terminó 6º, los demás repitieron o dejaron. Le tenía mucha dedicación a la escuela. Costaba salir de la barriada los días de lluvia, vivía en el barro. Iba igual, medio colgado de los alambrados para pasar la calle. Me mojaba los pies hasta que volvía a casa. No había estufa, y la ropa era escasa. Estábamos curtidos porque en esos barrios se comía abundante, cazabas un animal y comías fuerte”.
Le llevó cinco años ser oficial lustrador en la carpintería: “Después me ofrecieron buena paga en la funeraria Otegui. También estaba Amerio, que después se vendió a Chamot, que no hizo ni un muerto porque no lo quería nadie en Gualeguay y se la vendió a Bernigaud. Entré a confinarme en una pieza en Otegui, a lustrar ataúdes y nada más, nada con los muertos. Pero se fundió a los cuatro años. Por el 69, cuando los fúnebres dejaban de ser tirados por caballos, arranqué en Grasso”. Fue en este lugar donde se abrió el otro mundo, Deolindo terminó trabajando con los muertos, y en este quehacer hizo de todo, mucho más que limpiar plaquitas como cuando tenía 8 y acompañaba a la abuela: “Me pasaba días en la sala o en los panteones. La primera vez que hice ese trabajo me agarraron a traición, estaba en la primera pompa. Me destaparon de repente un cajón, y me impresioné un poco, pero después agarré viaje. Sí me impresionaba cuando moría una criatura, pero cuando uno ya es grande, no”. Estuvo en Grasso hasta el 1977/78, relata: “En el cementerio todo empezaba con el día de la madre en octubre, y preparando para el día de ánimas. Los dueños de los panteones pasaban por la funeraria para encargar los retoques. Iba yo. Cuando querían el retoque de cajón entero, porque podía ser que se pidiera el costado que está a la vista en el panteón, los empleados del cementerio llevaban el ataúd, siempre que no se corriera riesgo de que se rompa, a la sala de autopsias. Ahí vivía yo, o dentro de los mismos panteones. En la sala empezaba retirando las manijas atornilladas para limpiarlas. Después se pulía la madera y se le daba laca con color. Se llevaban uno y me traían otro”.
Hacia las profundidades de la memoria.
Durante la recorrida Deolindo me señaló los lugares donde tenía amigos. Cada vez que lo hizo me dio la impresión de que mi guía conservaba a sus amigos con él, de tal manera vivos en la buena memoria que los presentaba en directo, sin lamento o tragedia, teniendo a la mano un instante de vida: “Tengo ese concepto, voy al cementerio todos los domingos a visitar a mis muertos, como si estuvieran vivos. En cualquier asado hago chistes, cuento historias de los que están muertos, pero como si estuvieran vivos, nunca digo el finadito, tengo esa costumbre, sin maldad. En la orquesta Los Imperiales éramos seis, hacíamos música tropical: Wawancó, La Charanga, Los 5 del ritmo, El Cuarteto Imperial: Ramón Albornoz, acordeonista, Rubén Silva, baterista, Rubén Barreto, contrabajo, Nemesio Martínez, tumbadora, Félix Olivera, guitarra, y yo tocaba la guacharaca o las maracas, cuatro cantábamos, nos turnábamos, y bueno, soy el único que queda, me deben estar esperando para ir a tocar (se ríe). Paso a ver siempre a Techa Rinoldi, una amiga de la peña, era peñera como yo. Le gustaba la música, fumar y tomar la copa. Los domingos hago mi recorrida: empiezo por mi hermano en el panteón Argentina, voy a ver a mamá y papá, a un amigo correntino: José Luis Rolón, después la Techa, y sigue Olivera, que está alto, a ese lo miro de abajo, dejo una flor donde la señora de Pérez, también amiga de la casa, murió muy viejita, visito el panteón de una amiga que fue esposa de Barreto, Garzia, que murió antes que él”.
Pregunté por las sensaciones mientras trabajaba en la frontera: “Nunca tuve miedo, nada de misterioso, venía con el entrenamiento del trabajo en soledad en la sala de lustre de la carpintería, entonces no me afectó el panteón o la sala de autopsias. Ataúd vacío o completo, nunca tuve problema, y nunca me llevé el trabajo a casa, mi problema por ahí era sacar el color correcto. Y lo mismo me pasaba cuando encajonábamos muertos de accidentes o con días de muerto. El olor sí, por ahí te quedaba impregnado, pero impresión, no”.
Deolindo Romero guarda mucha memoria sobre su andar entre los muertos, algunas de detalle del oficio, otras terribles por la impresión que transmiten. Es por eso que viendo todo este paisaje, le pregunté por él, qué pensaba para su después teniendo tanta información: “Siempre tuve el convencimiento por la Pachamama, como originario, yo siempre pido que el día que me toque, vaya a la tierra, que para mí es un honor. No me gustan los nichos, y los panteones no estoy de acuerdo, para colocar las urnas con cenizas, sí, pero los cuerpos, no me parece higiénico”.
Deolindo Romero en el cementerio inglés.
Cuando salimos del cementerio me llevó por la calle del costado para enseñarme el cementerio de los ingleses, sector demarcado y separado del resto del terreno desde la fundación: “Había mucha gente inglesa, por el ferrocarril, cuando yo era gurí estaba bien cuidado, algunas veces mi papá llevó mármoles en el carro”. Da pena el abandono del predio: un cementerio muerto dentro de otro que también sufre el cambio de las costumbres. Tiempos distintos, bien lo sabe Deolindo Romero.
Se vende.

1 comentario:

  1. Fantastico yo trabaje 6 meses dentro de este Historico lugar con este blog pude saber porque hay un cementerio Ingles y justo me entero hoy 2 de Abril del 2017

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