domingo, 7 de septiembre de 2014

Roberto "Cachete" González por Salvador Linares



La memoria es un puente flotante, un pontón mágico sobre el curso de los relatos.
Y si digo “puente”, pienso en el de La Boca, y pienso en el puente sobre el río Gualeguay. Entre ellos una historia inicia el tránsito.
No sé si Salvador Linares caminó las calles de Gualeguay. Sí sé que de haberlo hecho le hubiese gustado: el río, los árboles, las casas viejas, el aire de esta ciudad poblada de los buenos fantasmas de sus artistas. Se hubiese preguntado: cómo puede ser que este lugar, siendo de tan modesta dimensión dentro de la isla entrerriana, haya dado tantos notables al arte y la cultura.
Salvador Linares fue amigo de mi viejo, Rolando, artista plástico. Conocí a Salvador en “La Actualidad en el Arte”, la revista de Elvira Fernández Arbós. Era codirector y jefe de redacción. Salvador sabía que yo escribía y que me interesaba mucho el cine. En una charla me invitó a colaborar con el mensuario de la revista: “Lys”. Una nota corta, recuerdo muy bien que escribí sobre “La doble vida de Verónika” la película del director polaco Kieslowski. Fue mi primera vez en letra de molde. Le debo a Salvador el comienzo de mi juego como periodista.
Salvador Linares. Enero 2010.
Linares fue periodista, crítico de arte, diseñador gráfico. Nació en Buenos Aires y ejerció su actividad, desde 1950, en diversas publicaciones: “Democracia”, “Mundo Argentino”, “Cuadernos Australes”, “La Voz”, “La Calle”, “Confirmado”, “El Cronista”, “Compañero”, etc. Dictó cursos en la Universidad de Tucumán. En 1960 fundó el periódico “Del Arte”. Participó de los documentales cinematográficos “La Libertad”, dirigida por Nicolás Rubió, sobre la obra de Líbero Badií y “El Museo Vive”, dirigida por Moneo Sans. Coautor de los libros “Arte argentino actual” y “Arte argentino para el tercer milenio”. En 1966 fundó la “Revista de Cine” del INCAA. Fue colaborador especial de la Agencia Télam, crítico de artes plásticas de la revista “Question” y del periódico de la SAAP.
En Salvador había sustancia creadora y conocimientos: una gran cultura. Fue dueño de una prosa cuidada, con vuelo, y por sobre todas estas virtudes: apasionada. Escribía como vivía los días: apasionada su mirada sobre el arte: que entendía como el camino de un alma para desentrañar el mundo, para retratarlo, y una herramienta para ejercer la crítica. Sus notas tienen mucho de ensayo, amasa en ellas la esencia del tema y del artista plástico a contar, con el amor con que el hacedor sincero practica su oficio. Hay en cada una de sus notas una declaración de principios éticos. Me decía siempre que el artista debe encontrar su postura ética, y que esa elección debe ser su columna vertebral.
Salvador Linares (centro) en la redacción de "Compañero".
 Anotaba que no sé si Salvador anduvo por Gualeguay, pero sí anduvo cerca de uno de sus hijos notables: “Cachete” González. Al encontrarme con su nota “Roberto ‘Cachete’ González: Entre la beligerancia y lo fraterno” que publicara en el periódico de arte de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos (SAAP) en julio de 2006, quedé maravillado. Mi trabajo alrededor de la memoria de “Cachete” me llevó a leer muchos juicios de valor sobre su obra. Sin dudas, este es el mejor. Yo no conocía el texto, descubrí su existencia, una cita, en el libro “Tres dibujantes entrerrianos” de Marcelo José Vázquez. Luego escribí a Daniel Chiaravalle, Secretario de SAAP, pregunté por la publicación y enseguida recibí el archivo. Lo transcribo íntegro: “Cuando se habla de dibujo en la Argentina hay tres nombres imprescindibles que invariablemente se mencionan juntos: Carlos Alonso, Martínez Howard y ‘Cachete’ González. Los tres son además, excelentes pintores, pero la hermandad surge desde la compartida condición de dibujantes. Los tres también, son hijos directos de esa escuela fundamental que cimentaron en nuestro país otros tres nombres inseparables: Lajos Szalay, Juan Carlos Castagino y Lino Eneas Spilimbergo.
Es desde el dibujo que se accede al sentido de un arte que pretenda contenidos humanísticos y sociales, que aspire a ser una expresión testimonial del tiempo en que se realiza.
El dibujo es el hilo conductor del pensamiento del artista que en sus líneas expresa sus ideas y emociones. La línea, siempre envolvente, siempre en un vaivén de dentro a fuera y desde fuera a la profundidad es la exteriorización del pensamiento visual, que fue el primer movimiento inteligente que proyectó el cerebro del hombre en sus pasos iniciales por el universo-mundo.
El dibujo es el signo inaugural de todo arte plástico y también literario, porque la escritura es dibujo; y también musical, porque la música es una vibración que traza ondas en la inconsistencia aparente del espacio y también dibuja para nuestro oído.
El dibujo al emerger de la mano del artista es una prolongación de esa asombrosa red de conexiones nerviosas a través de las que expresa todo lo que sienten las más profundas vísceras en las que, posiblemente, anide ese misterio que llamamos alma.
Roberto "Cachete" González.
Alguien dijo con acierto ante los dibujos de Roberto González, que transmitían una ‘experiencia honda, dolorosa y lúcida, signada por la dimensión trágica de la belleza’.Hondura, dolor, lucidez y tragedia que ‘Cachete’ envolvía en una superlativa, exacerbada sensualidad que lo acompañaba y embebía todos los gestos de su vida y en la que posiblemente estuviera la clave de su particular búsqueda de la belleza.
Belleza que en sus pinturas restalla a pesar de todo; a pesar de ese bucear en los arrabales más paupérrimos y desdichados de la sociedad, en esos basurales en que todo es destrucción y fracaso, en esos sórdidos interiores donde unos funambulescos ancianos parecen ir apagando su vida en una teatral luz desfalleciente.
Belleza en esos desangelados circos trashumantes que ha visto recorrer su provincia, con su simulación de alegría y lujo, desmentido por las zurcidas mayas de las ecuyeres y los animales con sus cueros surcados de peladuras y costurones. Ese circo que los pintores tan frecuentemente identifican con su propia búsqueda del equilibrio, con el riesgo inicial de lanzarse al vacío de la tela blanca, con la construcción de lo ilusorio en el espacio, con el regodeo en la eficiencia del truco, con ese arte de birlibirloque en que el artista también se propone que la mano sea más rápida que la vista, produciendo el milagroso espejismo de estar frente a una realidad-otra.
Roberto González es un pintor de anónimos personajes, algunos como regresados del más allá, luciendo aún el halo ectoplasmático de las invocaciones espiritistas.
Desde sus penumbrosos interiores, con connotaciones grotescas, parten haces de líneas fugando al infinito pretendiendo trasponer el plano hacia una dimensión traspapelada. La sensación es como si detrás de la tela estuviera construyéndose otra escena, como si algo vital bullera debajo generando nuevas historias y alternativas.
En Roberto González todo es conjuro, todo lo propone llegando al límite, al borde más peligroso, aun cuando construya un paisaje y nos brinde ese ‘Paraná’ atardecido, teñido de rojo sangre, y sus aguas formando ollones inquietantes en un vaivén de olas traicioneras. Quien lo haya vivido rememorará ante él, la angustia de no hallar nada cercano capaz de librarlo de esa soledad de aguas convulsas a punto de ser engullidas por la noche.
Qué gran inventor de estados álgidos, de cúspides emocionales es este artista y con qué oficio recrea lo real otorgándole categoría de arte. La materia se le rinde y posibilita el más fluido de los lenguajes donde alterna la veladura sutil con rugosidades y texturas próximas al collage, todo ello, sin perder la arquitectura dibujística que sostiene y vigoriza a la obra.
 En el prólogo de su muestra póstuma en la Galería RO, Luis Felipe Noé destacaba la humildad y el desinterés de Roberto González por la notoriedad y la divulgación de su obra. Su momento más descollante lo constituyó la ilustración del ‘Martín Fierro’, en una memorable edición que lo puso a la par de los más importantes creadores que abordaron el tema. Su versión, a diferencia de las de Castagnino o Bellocq, no enfocó el texto desde una perspectiva épica, si no desde la especificación de la injusticia y el desgarrado dolor del gaucho arrojado a la marginalidad, a un entorno que lo envilece y lo obliga a acciones deleznables. En sus ilustraciones campea su sentido del grotesco, dando cuenta, asimismo, de la incomprensible crueldad que anida en la condición humana.
‘Cachete’ González mereció mejor suerte. Sabíamos que era un artista genial, pero siento que lo dejamos pasar a nuestro lado sin prestarle la atención necesaria. Concurríamos sí, a sus exposiciones (con cierto temor si íbamos acompañados por su compulsiva propensión a querer hacer el amor súbitamente a todo lo que tuviera forma de mujer) pero no supimos –otros no quisieron- darle el lugar que su obra acreditaba.
Hoy sería imprescindible que en las escuelas de arte se mostrara a los jóvenes su producción como ejemplo de la importancia que tiene el oficio en el artista plástico. Para demostrarles cómo todo arte grande nace desde el profundo ejercicio del dibujo virtuoso y apasionado. Que no hay nada que suplante a la mano cuando se expresa empuñando un lápiz o un pincel, y que adviertan hasta qué niveles puede llevarse esa simple y elemental práctica. Y -lo que es más importante aún- para que los aspirantes a artistas aprendan desde qué lugar hay que reconocer a la realidad y cuál es el sentido de enfrentarse a la tela o al papel para decir esa palabra, tras la que -como exigía Nietzche- el artista debe ‘romperse’. Así lo entendía Roberto González cuando confesaba: ‘Cuando estoy pintando me entra una desazón tremenda pensando que lo que hago pudiera no servir para nada. Yo quisiera que mi obra gravitara de manera efectiva en el destino humano en momentos tan críticos como estamos viviendo’.
En un mundo que exalta el ‘no lugar’, lo fragmentario y la deconstrucción, ‘Cachete’ González eligió resistir y ver –como señala Rosa Faccaro- ‘la realidad desde un espacio de lucha’, desde ese puesto de beligerancia que supo estar junto a los inundados de su amado Entre Ríos o entre los ‘quemeros’ de los andurriales porteños.
Nos abandono a los 67 años, un día de enero de 1998, dejándonos una obra que -tras su envoltura dramática- contiene una profunda y fraternal ternura”.
De esta manera, admirando el arte de uno de sus hijos, puede afirmarse que Salvador Linares llegó a Gualeguay. Hoy, su buen fantasma, repite la visita. Nos contemplamos en silencio. Él se acerca hasta mi escritorio, yo vuelvo a los mates en su departamento, a su palabra, a su aliento para con mi escritura, a la vista desde su ventana y el balcón: el viejo puente a la mano.
Falleció en 2010. Su última dirección: departamento 99 del edificio que ocupa la mayor parte de la cuadra de Pedro de Mendoza al 1700, frente al Riachuelo, en la República de La Boca. En mi Buenos Aires.
Así, entre dos buenos fantasmas, entre la palabra de Linares y la pintura de González, me digo que es hora de cerrar esta memoria que une dos ciudades con puente: Buenos Aires y Gualeguay.

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