domingo, 30 de agosto de 2015

Una crónica sin maquillaje

Cuando comencé a escribir las notas alrededor de la historia cultural de Gualeguay, tuve la suerte de conocer a Marta Argot, la compañera de Lito. Fue Marta quien días después de que saliera la nota sobre Argot, me obsequió un libro que había quedado de los tiempos de la librería. Su título: “Prosas sin maquillaje y algunos versos” de Teresita Cardeza de Valiero. Una edición modesta, sin sello editorial, un gesto simple, mínimo. Como ocurre muchas veces, las lecturas se suman, se superponen, y entonces es inevitable que haya libros que quedan para mañana. Ese “mañana” llegó cuando ayer la poeta Tuky Carboni nombró a Teresita en un mail. Había consultado a Tuky por la escritora Violeta Arrighi: “Sólo supe de ella a través de comentarios de Teresita Valiero, que fue una poeta, una mujer de grandes cualidades humanas, hoy borrada de la memoria colectiva. Ella me  habló de que en su juventud la señora Violeta Arrighi la apoyó y la estimuló. Tengo entendido que era extranjera, de la isla de Córcega y alcancé a conocer pensamientos de ella, muy profundos. Era la propietaria del diario Pregón, un  diario socialista de esta ciudad. Lamentablemente, nadie se acuerda de ella, que fue un valor literario de nuestra ciudad. Ah, la ingratitud…”. En pocas líneas Tuky nombraba a dos olvidadas. Recordé el libro de Teresita.
En “Palabras lindas (sobre Prosas sin maquillaje)”, en el final del libro, se consignan unas palabras de Emma Barrandéguy: “(…) Esta poeta que se empeña en ser una mujer simple y en no poner maquillaje en sus versos, es constructora espontánea de un lirismo que le brota con naturalidad, y que ella pretende no recomponer, ni hacer difícil. No le creemos: un poeta siempre revisa sus poemas, le gusta releerlos, busca palabras que rimen, mira la rosa que se deshace y deduce la precariedad de la vida y no ve simplemente el montón de pétalos caídos… // Teresita, de cada acto de su intimidad, deduce una reflexión melancólica, ámbito común a toda poesía”.
Luego de leer el libro, digo que es acertada la mirada de Emma sobre el hacer de Valiero. Hay simpleza, naturalidad y reflexión. Y hay sin dudas una revisión del material, como siempre sucede. Creo que bien sabía Valiero que le faltaba trabajo, dedicación: ensayo y error, como sucede con todo aquel que intente entrar al terreno de la escritura o a algunas de las bellas artes. Se me ocurre que ella bien lo sabía, pero tenía en su vida otras cuestiones más importantes que andar puliendo, maquillando, lo alumbrado sobre el papel. Esas otras cuestiones eran su gente querida, los días, los encuentros con amigos, el barrio, la pulsión vital en la mañana, su amor por la docencia. Luego, el trabajo alrededor de la escritura quedaba (por decisión y, como consecuencia de ello, por limitación: el trabajo amplia el horizonte), para después. Sucedía que ella, con ese hacer de río en tránsito, se daba por cumplida.
Simple su prosa y su poesía, y no es la simpleza (el mayor desafío de la escritura) que el escritor puede lograr luego de una vida de trabajo. El quehacer de Valiero tiene los elementos necesarios para bocetar sus pensamientos, Emma lo dice, en ella está presente el lirismo, ella ve más lejos: tiene el embrión necesario para el nacimiento de la poesía: tiene memoria, mira el presente y siempre espía el mañana, se detiene en el paso desalmado del tiempo, la lleva la duda, el sueño de la felicidad, las emociones, y el intento inevitable de, a través de su oficio acotado, dejar constancia del itinerario de su vida. Sus textos ante todo guardan el valor de la memoria de hechos y emociones. Le alcanzó a Valiero con trabajar el registro simple sobre ciertos recovecos de la vida. Sucede esto en sus recuerdos, en los cuentos, en su poesía: en ella acentúa el registro de su vida familiar.
Entre los “Recuerdos”, donde encontré la mejor sustancia, aparece “La concertista y mis nostalgias”: “Dicen que es signo de vejez el sentir nostalgias por el pasado. Y bueno, sin dudas me estoy poniendo vieja porque ¡cuántas nostalgias sentí anoche, al ver y oír por tv a la concertista de piano Martha Argerich desde el Colón! (18/8/86)
¡Dios mío! Esa mujer delgadita, vestida de negro, de manos huesudas y dedos larguísimos que recorrían el teclado haciéndome estremecer con Beethoven, Liszt, Prokofiev, ¿sería aquella niña que escuché en mi adolescencia en el Club Social de nuestra Ciudad? Sí, es la misma. Solo que han pasado muchas primaveras desde entonces. Martha Argerich era una niña prodigio de la que hablaban todos los diarios y revistas de la época. Yo la recuerdo aquella vez que vino, primorosamente vestida de blanco, sentada al piano del Club, haciéndonos emocionar con sus interpretaciones. ¡Cuántos recuerdos se me vienen a la memoria! Eran mis tiempos de secundario. Eran los tiempos de Hartkopf. Y los años dorados de la Cultura en Gualeguay, con la G.A.C. (Gualeguay Agrupación Cultural), que dirigía el Dr. Roberto Beracochea. Nunca más hubo aquí otra agrupación cultural semejante. ¡Cuántos grandes artistas pasaron por Gualeguay, gracias al esfuerzo de quienes integraban esta Agrupación! Aparte de Martita Argerich, que era, como dije, una niña prodigio del teclado en aquel entonces, recuerdo a otros grandes pianistas como Raúl Spivak y Antonio de Raco; a la violinista francesa Michele Anclair; al barítono Arnaud; al concertista de arpa español Nicanor Zabaleta. (…)”.
En una página Teresita rescató imágenes del pasado gualeyo. Que se le puede sacar mejor punta al lápiz, seguro, pero creo que ella podía y le gustaba llegar hasta allí para hacer memoria.
En “Los Sanjuanes de mi niñez”: “¡Qué tarde tan gris y tan fría! (pareciera el comienzo de una letra de tango). Pero no. Esla realidad. Es una de esas tardes que nos ponen tristes y nostálgicos y los recuerdos se nos amontonan. A quienes tenemos unos cuantos años encima, por supuesto. Porque los jóvenes ¿qué recuerdos y nostalgias podrán tener…? Estoy sola en este momento. La casa ha quedado silenciosa, luego de unos días donde resonaron las risas y los llantos de los nietos que vinieron desde lejos a visitarnos. Hoy se fueron. Y estoy triste. Y la tarde está triste. Y hasta los perros lo están, porque los niños se han ido con sus caricias y sus juegos. Duermen acurrucados junto a la estufa… De pronto miro el almanaque: es 24 de junio, día de San Juan. Y se me vienen encima los recuerdos. Entonces escribo. (…) ¡Ah! ¡Los Sanjuanes de mi niñez y de mi adolescencia! Cuando la muchachada del barrio preparaba las fogatas y el Judas para quemar. Las chicas pedíamos ropas viejas a nuestras madres: un pantalón del padre; una blusa, medias, zapatos y hasta algún sombrero. Y los muchachos armaban el muñeco, rellenándolo con pasto seco y colocándole adentro cohetes y muchos ‘buscapiés’, para terror de las mujeres, que huíamos despavoridas cuando, encendido el Judas el 24 a la noche, esos cohetes saltaban y corrían por el suelo. (…) Hoy es San Juan y estoy acompañada por mis recuerdos. Que después de todo es lindo tenerlos para no parecernos a esas ‘viejas casas abandonadas, sin voces, sin ecos y sin lágrimas’ como decía doña Paquita Garibotti. Y ya no me siento sola”.
No ser como casas abandonadas, maravillosa imagen de la otra olvidada. Bien podía ser esta observación el motor para el trabajo de Teresita: el reaseguro de sus memorias.
Tuky la recuerda como una persona divina: “Muy afable, maestra de escuela, muy sencilla en su decir, pero con cierta calidad; humilde, no creía ser una escritora, pero siguió escribiendo hasta el final de sus días. Fue la que llevó la mayor parte del trabajo de SEGuay. Fue su primera presidente. Pero era también tesorera, secretaria, cobradora; solicitó y obtuvo una página en el diario El Debate Pregón, que llevaba con gran puntualidad. Creo que a ella le debemos la supervivencia de SEGuay, porque  se movió más que nadie para conservarla. Después de un año me nombraron tesorera. Y algunos otros, contagiados por su entusiasmo, empezaron a hacer actas, a llenar la página del diario; en una palabra, a trabajar. La lloré mucho cuando murió”.
Tuky me dice que no se acuerdan de ella, habla de la ingratitud en ciertas personas: “Hace mucho organicé un homenaje en su recuerdo, en la Biblioteca. Creo que éramos seis o siete personas, contando la gente dueña de casa. La memoria es así: borrón y cuenta nueva”. Sí, digo que a veces, es así, son los riesgos que corren la vida y la memoria en tiempos difíciles.
Teresita Valiero nació en 1931. Falleció hace más de diez años. Autora de: “Tempestad y calma” (1964), “La torre de mis sueños” (1966) (buscando en la web encontré que hay un ejemplar en la Biblioteca Nacional de Australia) y “Versos sin maquillaje” (1992). En 1977 fue fundadora y presidente de la Sociedad de Escritores de Gualeguay.

Su escritura tiene en apariencia distintas sintonías: recuerdos, cuentos, poemas: el camino es uno solo. En sus crónicas aparecen nietos, perros, vecinos, su lugar en el mundo; respira su memoria, y entonces aparece su tendencia a la reflexión, a preguntarse de manera simple. No hay en su hacer pretensión alguna. Teresita fue una cronista de sus días y sus emociones, y fue una trabajadora de la cultura. Y fue, ante todo, una persona que no quería aparecer como una casa abandonada.

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