domingo, 1 de noviembre de 2015

Ariel Almeida: el hombre de la antena

Puedo anotar otra suerte en esta vida: haberme encontrado con el relato de Ariel Almeida. Un hombre con memoria, y un cariño entero, valiente, frente a los recuerdos. Cuando era un recién llegado a una lejana Gualeguay, el jefe técnico de la Compañía Entrerriana de Teléfonos a quien él iba a reemplazar, lo invitó a la confitería El Águila para charlar y para que conociera a otra gente. Ariel hoy vive en el edificio que se levanta en el lugar donde estuvo la confitería. El tiempo, el dios y diablo que gusta de cambiar los paisajes mientras hacemos la vida, siempre nos tienta con el inventario de la mirada y las anécdotas.
Ariel Amado Almeida nació en 1923: “Participé de los dos siglos: XX y XXI. Hice la primaria, luego la secundaria en la Escuela de artes y oficios, las escuelas técnicas de hoy. Seguí estudiando en las escuelas internacionales que daban cursos por correspondencia desde Buenos Aires. Una introducción formidable a la telefonía. Hoy, el 80 % de lo que estudié es obsoleto. Fue reemplazado por centrales electrónicas. Yo trabajaba con centrales electromecánicas. Las fabricaba en Estocolmo, Suecia, la firma Ericsson”.
El principio de la historia: “Nací en Concordia. Llegué a Gualeguay por trabajo. Me becaron dos veces, una en la escuela, y otra en la Compañía del Este Argentino, donde hice un curso de mantenimiento de motores Diesel y tableros. Cuando cumplí 18, la Compañía Entrerriana de Teléfonos pedía un alumno de la escuela. Arranqué en el 41 y me jubilé en el 89. Estuve 4 años en Concordia, 5 en Villaguay, y 40 acá. A Gualeguay llegué a fines del 51. Tengo 92, mi señora falleció hace tres años, mis dos hijos nacieron en Villaguay, tengo 6 nietos y 10 bisnietos, no me puedo quejar”.
Me muestra imágenes del ayer. Ariel guarda material para hacer una historia de la telefonía, técnica y anecdótica, de la zona: “Este es de los primeros conmutadores de Gualeguay, atendidos por telefonistas, hay uno en el museo Ambrosetti. Tenían un par de clavijas con las que se conectaban los números de teléfono reproducidos al frente. Cuando empezaba la comunicación se colocaba un reloj que marcaba cada tres minutos. Yo atendía la central automática Ericsson: selectores, motores que producían el zumbidito mientras se marcaba, buscadores, que eran los encargados de encontrar los números que se iban a comunicar. Cuando recién entré, un día a la semana nos tocaba ser telefonistas. Los selectores había que lavarlos con nafta, solventes, ajustarlos y colocar repuestos dos veces al año. En la empresa éramos los de la administración, los de las redes, los guardahilos de los ramales, y nosotros en la parte técnica. Yo además atendía las centrales semiautomáticas y los conmutadores de Galarza, Larroque, Tres Bocas, Carbó, Puerto Ruiz, Lazo. Almeida despliega un plano: “Gualeguay era distrito. Todas estas son líneas internacionales, de cobre, venían desde Paraguay, pasaban por Concordia, Tala, hasta llegar acá; seguían a Carbó, Ibicuy, de donde salía un cable subfluvial que llegaba hasta Alsina, provincia de Buenos Aires. Los guardahilos recorrían hasta Ibicuy en zorra por las vías, no había otra forma de llegar”.
Casilla central semiautomática de Tres Bocas (Ariel Almeida)
La mayor altura de Gualeguay tiene una historia: “En 1963 se construye la torre con una antena parabólica de 3 m. Es una antena autosustentable, tiene 106 metros de altura, 13 metros entre pata y pata, y las patas están enterradas 10 metros bajo tierra, puede soportar vientos de hasta 220 km por hora. Apuntaba hacia San Pedro, donde había un mástil de la misma altura y con una antena igual: transmisora y receptora. Con la señal siempre había que vencer el horizonte, que nada atravesara la señal porque se producía lo que se llamaba el desvanecimiento. Esto reemplazó al cable subfluvial que un día se llevó el ancla de un barco. Hoy la llenaron de antenas para cubrir el servicio de celulares. Cuando se hizo no existían las plataformas que tiene ahora ni el gusano de seguridad. Si alguien se cae, queda enganchado”. Almeida aclara sobre la seguridad por una razón. Se podría pensar en él como en una especie de valiente adelantado en la acción de fotografiarse a sí mismo, las hoy famosas selfies: “Me saqué la autofoto, tenía 40 años, subí de audaz, tenía toda la polenta, y solo tenía para valerme manos y pies. Apenas agarrado con los pies en un fierrito. Qué locura”. Ariel trepó la torre y se tomó la foto: su cara, parte de la antena parabólica, y allá lejos las casas bajas de Gualeguay.
Pregunto por el lugar de trabajo: “Manejé equipos Ericsson, Siemmens, equipos japoneses. Tuve jefes rusos, alemanes, italianos y lituanos, excelentes todos. Trabajábamos en un salón enorme, recostado sobre calle 25 de Mayo, tenía doble ventana, doble puerta: el enemigo de la central era el polvo. Estaba todo cerrado, se entraba con ropa limpia, había que limpiarse los zapatos, y el piso se cubría con un aceite. Yo vivía en una casa que me daba la empresa, al lado, por ser el encargado de la parte técnica”.
La hija de Almeida en los primeros tramos de la antena.
Quiero saber cómo era el ambiente de trabajo: “Había mucha disciplina, no existía ese acercamiento con el jefe que puede haber ahora. Había mucho respeto y había que cumplir con las tareas. Tuve un personal excelente, muy buena gente”. Recuerda a Juan Betendorff de Gualeguaychú, y al compañero Juan Couma, que fuera el padrastro de Cachete González. Lo recuerda como muy buena persona.
Ariel dibujó y pintó toda su vida. Un autodidacta que podía dibujar la casilla de la central en Tres Bocas. También dibujar y pintar el rostro de su mujer, y es más, escribir un poema de amor a un lado. Ese cuadro está en una de las paredes de su departamento. Leo el poema y me digo que quien lo escribió es lector, y no solo de manuales técnicos: “Me llamo Ariel por el escritor uruguayo José Enrique Rodó, autor de ‘Ariel’, que fue un personaje de ‘La tempestad’ de Shakespeare; y me llamo Amado por el poeta Amado Nervo. En mi casa había libros y diarios, mis padres eran lectores. Ellos me invitaron a leer ‘La divina comedia’ de Dante Alighieri, ‘Crimen y castigo’ de Fiodor Dostoievski, ‘Taras Bulba’ de Nikolai Gógol”. Afirma Ariel: “Una bailarina de ballet transformada por la música es lo más bello del mundo”.
El Gualeguay de ayer no era fácil: “Gualeguay, cuando llegué, era la mitad. El gran problema que teníamos cuando íbamos a Mansilla, Galarza, eran los caminos, todo tierra, era un drama quedarse atracado en el barro. O había que ir en un tren carguero. Fui varias veces a Mansilla, cargado de herramientas, y tuve que esperar a las 2 de la mañana a que vuelva el carguero. Una vez el cambista me vio sentado y me invitó a comer guiso carrero. Y otra, en Ibicuy, en la estación de Holt, se me iba el tren, el jefe de estación me grita que lo corra, un guardahilos se quedó con las herramientas, y alcancé el último vagón. Era un reservado, había un inglés con traje de fumar en un hermoso sofá. Tocó un timbre y vino un sirviente de librea que me llevó a los vagones de pasajeros”.
Desde la torre (1).
Estas aventuras en las vías llevaron a Ariel hasta un recuerdo lejano: “Yo fui ferroviario, también mis hermanos, mis padres, los tíos de mi mujer, la familia era de Monte Caseros, Corrientes. Yo vivía a dos cuadras de la estación de Concordia, me dormía escuchando los trenes en maniobras. Frente a mi casa estaba la barraca Staud que pertenecía a unos alemanes. Tenían un depósito enorme de lana de oveja. Yo andaba en los 13 años, 1936/37. Los sábados llegaban camiones de las colonias alemanas cargados con muchachos vestidos con ropa color caqui, la ropa que usaban los del Fürher, con la esvástica en un brazalete. Entraban a la barraca y les pasaban películas sobre la preparación y los armamentos que tenía Alemania para la guerra. Como yo era conocido de los criollos que cuidaban el lugar, me dejaban mirar por una ventanita en la puerta”.
Desde la torre (2).
Ariel Amado Almeida dice que su vida estuvo dedicada al trabajo y a la familia. Su compañera estuvo enferma por muchos años. Se lo ve orgulloso, agradece a Dios por la vida, no importa que no haya podido viajar o estudiar. Recién hace un año y medio que comenzó a estudiar pintura en Espacios. Habla maravillas de su profesor: Martín Lucero. Su sensibilidad y su humor, es hombre que practica la fina ironía, lo lleva también a la fabricación de “presencias”; digo presencias, porque Ariel me explicó que como no tenía perro, se fabricó uno (vive sobre un mueble, lo acompaña una tarjeta, de un lado el detalle de los materiales utilizados en su construcción, como corchos y tapitas plásticas; y del otro un poema sobre el origen del compañero); también lo acompaña un Chino de su invención, personaje al que Ariel le ha hecho hasta la ropa.
Desde la torre (3).
Sobre los adelantos en este presente dijo: “La tecnología ha tenido un avance tremendo, se habla a Europa apretando unos botoncitos, pero claro, por los celulares, los chicos ya no hablan ni con los padres. La familia se ha alejado”.
Pregunto por los amigos en Gualeguay: “Se han muerto todos: los Aschkar, Ricardo Fabris, los Morec, que tenían una heladería y venta de chacinados; Arturo Rodríguez, que le gustaba ir al balneario, cuando había arena blanca y agua transparente; y el Negro Barrios, que tenía el bote ‘La sirena’, y que le enseñaba a nadar a todo el mundo”.

Subimos a la terraza del edificio, desde los imaginarios techos de El Águila vimos cómo transitaba el río del tiempo sobre Gualeguay.

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