domingo, 25 de junio de 2017

Sturzenegger y sus almas

En una mañana gualeya de junio, dijo mi entrevistado: “Nací en Gualeguay (1966), y acá viví siempre. Recién de grande empecé a salir, pero a pasear cerca, en la provincia, o hasta la casa de mi hermano en Rosario. Era electricista a tiempo completo, pero desde hace unos años reparto las horas de trabajo haciendo producción y sonido de programas enlatados para radios FM, que es a lo que se dedica mi hermano. Esto me dio más aire, más comodidad; a veces, en el frío, hay que hombrear la escalera en la moto; auto no tengo ni quiero. En fin, todo esto para vivir, pero en realidad soy fotógrafo”.
Fernando por Micaela Sturzenegger
De esta manera se presentó Fernando Javier Sturzenegger. Conocí al fotógrafo en el cotidiano de los cielos enREDados. Hice contacto con su mirada atenta: sus fotos. Luego nos encontramos en una muestra en el Quirós. Quedamos en charlar. Quería saber del hombre -su historia, cómo piensa- que se guardaba en el detrás de la cámara.
Pregunté por el origen, por “su historia” de la fotografía: “Recuerdo que fue en el primer año que se nombraba a un tutor en los cursos de la secundaria, por el 79; nos tocó el profesor de historia Edgardo Barrera, en la Normal. Escuchando sus referencias a la fotografía me empecé a interesar: miraba muchas revistas. Con el tiempo llegué a detenerme en la fotografía del cine. Hacer fotografías era algo casi inalcanzable. Durante todos los años siguientes admiré fotos, pero no hice nada. Hasta que algo renació y en 2006 compré una camarita; me inicié gracias a la fotografía digital; y ya con internet empecé a entrar en foros sobre el tema, lugares en la red que aún existen, como el español Dzoom, que eran muy estrictos con el tema de la composición; por ahí subía mis primeras fotos creyendo que estaban buenas y las destruían; se intercambiaban críticas. Aprendí, y esa manera estricta de la composición me quedó y cuesta sacármela: romper las reglas de la fotografía porque la foto así lo pide. La necesidad y el entusiasmo hicieron que cambiara la cámara. Siempre tratando de aprender la parte técnica, incorporando ajustes, tratando de componer mejor. En Dzoom, los moderadores, semanalmente elegían las mejores fotos y las apartaban, y a fin de año se seleccionaba la mejor foto: en el 2008 eligieron una mía. Se infló el pecho y empecé a participar en concursos; tengo varias distinciones. Hoy ya no tengo ese contacto con foros, hago todo por mi cuenta. Una vez apareció alguien que quería hacerme una entrevista, y entonces en Gualeguay aparecí como fotógrafo; ya hacía años que trabajaba, y tuve una propuesta para exponer en el Club Social en 2011, junto a Agustín Colli”.
Una primera aparición de la palabra “híbrido” para referirse a su trabajo: “Me gusta ir a buscar paisajes, alejarme, buscar el río, transitarlo por el agua, de lo contrario tenés que saltar alambrados y entonces aparecen los problemas. Pero ante todo, la realidad es, y fue siempre: el impulso, la necesidad de hacer fotos; y esto vale desde el río hasta hacer fotos en la marcha, cuando el asesinato de Micaela García; sentí la necesidad de ir y registrar el momento. Lo hago porque quiero, es una mirada social, política. El paisaje por sobre todo, pero después mi trabajo puede parecer un híbrido, distintos temas. Y últimamente, el paisaje minimalista, con muy poquitas cosas, si logro que haya casi nada en la foto, mejor”.
Puerto Ruiz
Fernando y su manera de llegar a un “estado de gracia” dentro de su propia religión: “He llegado a un estado personal que podría llamar de felicidad, porque lo que hago en mi vida gira en torno a la fotografía. Soy un fotógrafo que vive de otras actividades, no tengo una intención económica con este oficio. Como vivo ahora es el estado ideal para hacer fotografía; es una actividad solitaria, más allá de que estés en contacto con otros fotógrafos, o que puedas encarar ciertos temas en compañía, por ejemplo, cuando elegís un paisaje donde hay gente, esa cuestión de pedir permiso, de romper el hielo. No me gusta faltar el respeto en una foto, ante la duda elijo no hacerla; no sé si podría ser fotoperiodista. Mi búsqueda es artística”.
No es que sea obligatorio guardar un puñado de nombres propios, en este caso de fotógrafos; sí es necesario para el fotógrafo ver fotos, y eso es algo que Fernando practica desde siempre, algo tan necesario como la lectura para todo escritor. Sturzenegger nombra a algunos pares, y vuelve a su manera de trabajar: “Cartier-Bresson fue lo primero que miré, Ansel Adams, Steve McCurry, Michael Kenna, que tiene su búsqueda en el paisaje minimalista, que también es mi búsqueda. Como decía, soy un coleccionista híbrido: si ando en la ciudad, hago fotos, si voy a un cementerio de trenes, también, y de la misma manera llegué al Dakar, junto a Patricia Picco. La rapidez no me gusta, me provoca cierto stress, lo hago porque después disfruto de la calma en la edición, a mi velocidad crucero”. Fernando goza de la salud creativa que significa tener varias almas fundando su alma/identidad, desde esta construcción a la manera de otro Fernando, el poeta Pessoa, se saluda el acierto de relacionar el término “híbrido” a su búsqueda artística.
Todos tenemos una receta, otra sintonía dentro del “estado de gracia”: un antes, un mientras tanto y un después dentro de la eterna invitación del oficio. Fernando, bien lo sabe: “Salir a mirar con la cámara. Normalmente voy para el lado del río. Quizá la receta sea colgarme la cámara: una especie de sedante. Es fantástico andar en función de la búsqueda pero, en sí, el estado que uno tiene al salir, es maravilloso; tal vez sea eso lo que me mueve: el estado de tranquilidad, ese tratar de abstraerme, de ser una persona invisible: un estado de relajación. Traigo una escena sintiendo que soy invisible, una especie de fantasma; y paso bastante desapercibido, y entonces puedo hacer las fotos que quiero. Es maravilloso. Y últimamente me manejo en libertad, y disfruto mucho de trabajar la foto en la edición: luz, contraste, los detalles que en definitiva son la fotografía; en ese gusto por hacer podés construir o destruir la foto. Todas mis fotos pasan por el laboratorio; la foto es la que presento, no el crudo; mi foto es de versión única después del trabajo de autor”.
El fotógrafo tiene su mirada: sus fotos sobre las maneras de andar del hombre en estos tiempos complicados: “La vida no es juntar y juntar dinero, acumular riquezas; cuanto más despojado estás, mejor es; no tengo que pagar cable, teléfono de línea ni patente. Hoy, en cualquier charla, enseguida sale el número de algo que no podés tener, porque la base es el consumo, desear lo que no tenés y vivir prendido a eso; y no es fácil sobrevolar la cuestión, está presente en todos lados. El culto al trabajo fanático es un invento actual, hay que tener tiempo para pensar, las mejores ideas vienen del pasado”.
Entre esas fotos en las que fundé mi interés por el trabajo de Fernando, hay una serie sobre lo que llamo: un verdadero cementerio de trenes, una memoria de lo que fue, de aquello que ya no es, una manera de traer al recorrido de esta nota la presencia de Roland Barthes y su concepción filosófico/poética: la fotografía, el click, como el sonido de la muerte, que sirve en este caso para el después de cada foto, pero también para saber del ayer: pensar cuando los trenes estaban vivos: “Cerca de la casa de mi hermano, en Rosario, Santa Fe, en la localidad de Pérez, está el taller Pérez, así se llama; originalmente un taller inglés donde se armaban trenes, vagones y locomotoras, de unas 28 has. Es un lugar lleno de trenes abandonados de todas las épocas, sólo en un galpón inmenso hay una locomotora restaurada, que a mí, con la visión de la Solís, casi me mata: enorme, cuatro veces más grande que la gualeya: la 191, junto a un vagón de madera que es el sueño de la casa especial propia. El lugar está cerrado, con guardias, inactivo; o la única actividad es el armado de boyas marinas, gigantes, de 30 m. de largo. Hay de todo: vagones sin asiento, locomotoras, restos oxidados o con algo de pintura, con su logotipo: Ferrocarriles Argentinos. Disfruté del lugar, pero es un cementerio. Y tiene una particularidad: todos los vidrios están rotos, como que un día a alguien se le ocurrió: y a romper, no hay uno sano. Llegué a través de un amigo de mi hermano, a los 20 metros de andar, me quería morir, algo tan grande y yo con mi intento de retratar con la menor cantidad de elementos. Llegó un momento en que colapsé, hubiese querido tener más tiempo; tengo que volver a encontrar escenas más minimalistas, aprovechar el frío y el pasto corto. Un lugar fantástico. Por qué los trenes no existen, no sé; siempre se habla de los políticos, pero cómo llegamos todos a que pase esto. Recuerdo viajes en tren a Buenos Aires, con mi madre, mi abuela. Una maravilla la cadencia del tren, relajante. Cómo transferirle a mi hija esa experiencia, la única manera es que pudiera vivirlo. Cuántas personas que no saben qué es viajar en tren”.
Pregunto por la ciudad/río de Gualeguay, la aldea de la que Fernando poco se ausentó: “La sociedad gualeya es muy conservadora, y prejuiciosa; acá se nivela para abajo: si hacés algo, escribas o saques fotos, y… por ahí es mejor que no lo hagas; te pasa: ¿el electricista es fotógrafo? Y a veces ando vestido más o menos, por el laburo, y recién me miran distinto cuando abro la boca y pueden ver que uno tiene cierta cultura, ahí aflojan un poco. Hay gente que no tiene control para el desprecio, la caretean hasta ahí; después salen a defender la democracia: son la parte civil de la dictadura”.
Fernando Sturzenegger sabe del paso del tiempo, lo registra con su oficio, le molesta esa tendencia humana de ir terminando con los paisajes naturales, los considera ataques en pos de la pretendida comodidad. Vive en una casa en la que muchos detalles señalan el ayer, donde distintas memorias hablan de tiempos más felices para el andar humano; la casa me recordó esos paisajes íntimos donde vivieron nuestros padres, abuelos, y en ella, y por lo señalado, hay un aroma de felicidad que se suma a la felicidad relacionada con su mundo/oficio. En esa casa Fernando vive de manera minimalista, a conciencia, nada le falta porque sabe muy bien qué precisa: vive de la misma manera que piensa su mundo, el que sale a fotografiar cada día: pocos elementos, los necesarios para la fotografía de una vida y de una obra donde, ante todo, decide la sinceridad.
La 191 de regreso.

domingo, 18 de junio de 2017

Marta Líbano en el Social

Volví a encontrarme con la artista plástica gualeya Marta Líbano en el Club Social. La vi a unos metros de mi lugar. Ella en el escenario, convocada junto a otros plásticos por el Chango Ibarra, durante la presentación del disco “Orillas”. El Chango y Fabricio Castañeda, dos hacedores, además de uno ser el que aporta la música y el otro las letras, hicieron de “Orillas” un encuentro de disciplinas, una reunión de amigos, y de personas que andan en distintas sintonías dentro de la búsqueda artística. “Orillas” convocó músicos, cantantes, fotógrafos, y artistas plásticos. El diseño, muy cuidado, del disco, se acompaña de un librito donde se reproducen las obras que cada plástico invitado realizó sobre el tema para el que fue convocado. Cada vez que sus autores presentan el disco, están presentes los cuadros. Y cada vez que la fiesta sucede, se nombra a cada plástico y su obra, y se agradece su colaboración. Me digo, pienso: qué bien por la unión de oficios, y qué bien que se haya invitado a Marta Líbano.
Líbano en Orillas de Ibarra/Castañeda.
Marta Líbano es de acompañar la muestra de otros artistas, de detenerse frente a la obra y expresar su admiración, de resaltar todo aquello que le gusta, que encuentra en el quehacer del otro. Es muy cuidadosa al momento de hablar sobre su trabajo, no tiene problemas de ego, por eso, por su manera de andar: simplemente una buena persona, que además pinta, la hace feliz encontrarse con las bondades de otro artista. Entonces me digo que así como ella acompaña, los demás deben acompañarla. En pocos días más inaugurará una muestra de sus últimos trabajos en el hoy amigable espacio del Club Social Gualeguay. El cotidiano de Marta Líbano la ubica en su rol de personaje de la ciudad/río, personaje por esto de habitar la memoria de los gualeyos. De gira anda siempre la dama, cuidando sus amados perros, tomando apuntes para un nuevo cuadro, trabajando, porque ante todo es el trabajo constante -Marta es una verdadera trabajadora de la cultura- aquello que define su pintura, su memoria.
En “Orillas”, Ibarra y Castañeda la invitaron a sumarse al tema “Peón islero”, y Marta aceptó. Tomó acrílico y espátula, su herramienta preferida. Recuerdo que en la entrevista que le hice hace un tiempo, me habló de su predilección por la espátula. Revisé, y entonces me reencontré con la totalidad de su testimonio referido a su quehacer plástico: “Abandoné el óleo, trabajo con acrílico; empiezo con una mancha grande, y después puedo saber o no el desarrollo; puedo saber que quiero algo con el río, pero después el cuadro va apareciendo. Uso también junto al acrílico, la carbonilla. Soy de meter las manos en el cuadro, me dicen: ponete guantes, no puedo, no lo siento, también uso lapiceras viejas para hacer rayitas. Me ensucio entera. Después de ver los cuadros de Quinquela empecé con la espátula, así que uso pincel y espátula; leí que con espátula no hay una técnica definida; con ella me siento en libertad, más que con el pincel. Con espátula no pienso, es como que surge todo solo; y mis pinceles son duros, me gusta arrastrar la pintura, por ahí como si fueran espátulas”.
En “Peón islero” queda probada la afirmación de Marta. Me digo, es muy posible que ella no piense mucho en ese momento, muchas veces ayuda en el momento del hacer, el no tener todo claro, nada más que transitar, dejarse llevar por el río que a veces se lleva adentro; y es desde ese río, la espátula su bote, que Marta pinta su río, el de toda la vida, la presencia primera en su obra; y en ese no pensar, en ese dejarse llevar, su pintura combina registros: porque en la pintura hay formas explícitas nacidas del trazo certero, pero en el mismo cuadro hay espacio para cierta abstracción, uno sabe que mira el verde de la costa, pero no hay detalle, es una sugerencia, un a mitad de camino entre lo figurativo y lo abstracto, hay un juego cercano a la técnica impresionista; hay, me digo, una especie de feliz neblina en el centro de la obra, un algo fantasmal, felices fantasmas de plantas y árboles acompañando la realidad del peón en su bote; hay empaste acrílico también feliz entre las sombras: un cuadro sombrío, como el destino del peón: el cielo, su claridad, aparece en la lejanía. Esa niebla de sintonía fantasmal, fantástica, está presente en muchos cuadros de Marta; a mi gusto, los más logrados, porque más que enseñar, sugieren un más allá desde donde el espectador huye y regresa a la naturaleza humana y sus alrededores. Ese más allá también lo encuentro en los ojos de los pibes/gurises que también son habitantes notorios en la obra de Marta; en esos cuadros, la artista vuelca, ante todo, su mirada sobre lo social, sobre todo aquello que maltrata a los que menos tienen; en esos pibes, la mirada es, a mi modesto parecer, otro logro de la pintura de Líbano. Una puerta a la fantasía a través del eterno paisaje del Gualeguay; y una mirada sobre el costado doloroso de la realidad que nos toca en suerte: creo que, de esto se trata la pintura de Marta Líbano. Y este quehacer lo realiza desde una postura totalmente sincera, sin pretensión.
Tarjetas originales para la muestra.
Marta Líbano se sienta a la mesa de la cocina. Ofrece café en la mañana de lunes en que pregunto por su próxima, faltan apenas unos días, exposición a realizarse en el Club Social Gualeguay. Su muestra anterior fue en 2014: “Hay alguna obra anterior, pero la muestra es fruto del trabajo de los últimos años. Siempre pienso en un tema, claro que también salen otros cuadros, pero hay un tema elegido, que si bien es algo que también puede variar, hay una intención detrás del trabajo a realizar. Tres años de trabajo, que no es que me los pasé pintando, porque un cuadro no empieza con la primera pincelada; pienso en qué voy a hacer, en cómo me gustaría hacerlo, y resuelvo detalles con el pensamiento; mientras tanto: camino o hago las cosas de la casa. Entonces pienso en un tema y las imágenes de los cuadros van surgiendo. Y vuelvo siempre a mis preferencias: el paisaje, el río, la gente. Esta muestra se titula: Mi Lugar en el Mundo. Es sobre todo lo que yo vivo, vivencio”.
Mi Lugar en el Mundo, y entonces pregunto por la ciudad/río de Gualeguay: “Tengo dos Gualeguay. Una es la de cuando era chica, cuando deseaba que mi mamá me dejara andar en pata entre las zanjas. Mi casa natal (señala un cuadro que hay en el living), en la calle Urquiza, cerquita de donde hoy está la farmacia; ahí mi papá tenía el caballo, el carro, el almacén; la calle era de tierra, había paraísos, creo que ya no queda ninguno. Si te acercás al cuadro, me vas a ver sentada en la puerta. Tengo nostalgia de las casas viejas, con zaguán. Y está la otra Gualeguay, la que se puede caminar, la que tiene la costanera, la de hoy. Además me gusta la gente de Gualeguay. Me conozco con todo el mundo, no solo con la gente que me puedo encontrar en un paseo o en un espectáculo, por supuesto: nos conocemos todos, sin ser amigos, nos saludamos con calidez; y también soy conocida por todos los lugares donde ando con los perros: hablo con todo el mundo”.
Marta Líbano y su pensamiento sobre la exposición, sus ganas, su manera de mirar al otro: “Me gustaría que vaya todo el mundo: el que sabe del tema y me puede dar una apreciación con conocimiento, y aquel con el que hablo en el Parque, gente a la que veo todos los días, que veo más que a los amigos. No me interesa lo selecto. Hace 60 años que pinto, y con cada muestra me pongo bastante loca, acelerada; hago otras cosas, pero estoy pensando en la muestra; de todas maneras, lo disfruto mucho: es como mostrarse uno, muestro los cuadros y me muestro, y no solo eso, siento que también me doy; por eso los detalles de las tarjetas de invitación: son detalles de una ceremonia que disfruto, y entonces siento que le doy algo mío a las personas. Fui a otros lugares con una muestra (Paraná, Zárate, Larroque), pero no me interesa tanto el afuera; me gusta más presentar en Gualeguay con mi gente. A esta altura de la vida busco sentirme bien y hacer sentir bien a las personas”.
Recordaba que hacía meses Marta me había hablado de su próxima exposición, y en medio de aquella conversación, ella me enseño el trabajo que estaba realizando para el evento. Fuimos al taller y vi la mayoría de los cuadros, componentes obligados, lógicos, de la muestra, pero además me enseñó un complemento, un toque de distinción que se agregaba para la memoria de la futura presentación. En la mañana gualeya pregunté por esta cuestión: “Las tarjetas son un gusto que me doy. Hay gente que me dice: yo no tengo dinero para comprarte un cuadro, pero me encantaría tener algo tuyo. Pensé entonces en dibujar sobre cartón, chiquitos: 14 x 7 cm., paisajes: hay una pintura de fondo, y sobre el color, un dibujo en carbonilla. Luego un fijador para que se conserve. Quien quiera, lo puede guardar y hasta enmarcar. Hice 105, no sé si alcanzarán o sobrarán; empecé a hacerlos en el verano. La mayoría son paisajes del río. Es como una devolución para los que vayan a la ceremonia”.
Taller de Marta Líbano
Me digo que en la pintura, en la vida de Marta Líbano, hay un toque naif; es como si ella, a través del mismo, buscara ayudarse, y ayudarnos, a hacer más amable el paisaje de este mundo que nos toca. Algo así como si ese universo pintado, con aroma cierto de sueño de niño, invitara, indicara: que sí, que a pesar de ser una sociedad enrevesada y poco solidaria, todavía tenemos la posibilidad de salvarnos, de ser en el otro. Marta Líbano piensa en el otro y comparte sus ideas. Salvarnos, sí, en un paraíso, pero de todos.
La exposición podrá ser visitada entre el 24 y el 30 de junio en el Club Social de Gualeguay. Avisa Marta: “La muestra consiste en 22 cuadros: algunos usando técnica mixta, pintura y dibujo, otros realizados totalmente en acrílico; algunos hechos con pincel, otros con espátula. Hace años que dejé el óleo, ante todo me hacía mal a los bronquios. El acrílico seca rápido y es complicado el arreglo, así que trato siempre de trabajar con la mayor precisión posible: eso me obliga a estar atenta, y esto viene bien, engancha con la persona que soy: me gusta ver las cosas terminadas”.
Como dice el amigo Chango Ibarra: No se distraigan, y visiten la muestra.

domingo, 11 de junio de 2017

Torta frita gualeya

Desde la cercana y lejana Buenos Aires recibí hace unos días tres libros de mi amigo el poeta Marcos Silber (1934). Marcos tiene la costumbre de andar munido con palabra y voz de “alta en el cielo del hombre”: un cronista de las pistas esenciales de los días, tanto de la vida como de su compañera inseparable, la muerte. Es poeta de palabra tan filosa como tierna: un regalero de pensamientos e imágenes. Hace años que lo leo, que lo escucho; me acompaña cada mañana, desde los cafés de ayer en Buenos Aires hasta mi contemplación de los asuntos vitales que chamuyo en mi casa, en la chacra gualeya. En el libro “Levitaciones” (2016) encontré el poema “Rituales”: “Se retira el atardecer. / Llueve/llovía y las mías hermanitas / corren/corrían disparadas hacia la cocina / que las recibe loca de contenta / con harinas caídas del cielo / para levantar tortas fritas, / piedras preciosas de gustar / en gloriosas tardes de lluvia. / Fiesta para los dedos voraces, / para el olfato adivinador fiesta: / fiesta para la mirada codiciosa, / banquete, mesa tendida en el paladar dichoso, / fiesta musical para la danzarina fritura. / Es otoñalmente cierto, / las mías hermanitas ya no están / pero llueve, entonces ellas regresan / felices, alborotadas, al ritual / de recibir harinas caídas del cielo / para volver a levantar tortas fritas / y no acabar de morirse / jamás”.
Al terminar la lectura del poema, pensé en mi nueva vida que ya lleva unos cuatro años como testigo anclado en los alrededores de la ciudad/río de Gualeguay. Me dije que vivía en un espacio/tiempo en que las tortas fritas siguen siendo ceremonia en la lluvia. ¿Mi historia como degustador de tortas fritas en día de lluvia?: mi memoria me lleva a la casita de mi abuela materna, Eufemia, en Martín Coronado; ella venía del campo, de Santa Teresa, provincia de Santa Fe; venía de días de lluvia triste en que, con seguridad, el almuerzo y la cena dependían de la torta frita. Con ella supe de la esencia del sabroso tesoro, de la ceremonia en la cocina, el amasado: cuando me quedaba a dormir un fin de semana y el destino justo llegaba hasta el poema de la lluvia feliz. Si digo o escucho la construcción palabrera: torta frita, recuerdo a la abuela. La torta frita me acerca desde nuestra lejanía previa a su final.
Pensé entonces: cómo no volver al poema/imagen de Marcos Silber en cada lluvia gualeya, cómo no leerlo mientras el paisaje de los vivos y los muertos se renueva en esta Gualeguay tan amiga de las fantasmagorías. Fue por eso que salí de visita, siguiendo distintos caminos, a la memoria de algunos gualeyos que siempre me acompañan en estas crónicas/anécdotas para ser charladas en torno a un churrasquero. La propuesta fue: si les digo “torta frita”, ¿cuál es el primer relámpago en la memoria?
A continuación consigno el testimonio de los colaboradores, todos ellos memoriosos de su aldea; a todos mi agradecimiento:
Gustavo Gandini (1941): “La torta frita es el recuerdo de mi infancia, son los días de lluvia; es mi abuela junto al fogón: el fuego, el sartén y, saliendo de sus manos creadoras, las deliciosas tortas fritas para alegría de mis hermanos y mía”.
Ubaldo Arnaudín (1943): “El arraigo a las tortas fritas viene desde Isabel, mi abuela paterna, que fue cocinera de los curas. En la iglesia San Antonio, hablo de los años 40. Ella hacía tortas fritas y eran un manjar. No había torta frita como las de la abuela. Y también mi madre, Blanca Rosa Alarcón, en tiempos de lluvia, o cuando se veía que iba a llover, ya preparaba el amasijo. La torta frita era algo corriente en esa época. En días nublados (esos en los que hoy no se sabe qué va a pasar) los viejos de antes sabían muy bien si iba a llover. La torta frita se acompañaba con mate dulce o mate con café. El mate amargo era para la mañana. En Gualeguay, hoy en día cuando llueve, salimos a buscar torta frita a las panaderías, y las hacen hasta las panaderías de gustos más exquisitos”.
Silvia Aída Ceballos (1944): “En mi casa, y en la de los vecinos, siempre se tenía de antemano: grasa derretida del cebo, harina a granel, que se adquiría en Molino Santa Luisa, y sal, que nunca faltaba. Nunca se usó levadura. Al amasijo lo empezaba mi abuela, seguía mi madre y terminaba mi tía. Casi duraba una hora. Se freían a fuego de carbón o leña. Caían las primeras gotas y toda la familia se reunía para colaborar y disfrutar de esas tortas fritas con un sabor inigualable. La torta frita unía a las familias. Cuando caían las primeras gotas empezaban a llegar los comensales. Eran días de disfrute. Se jugaba a la lotería y había mate dulce con las fritas en la merienda. Hasta mi adolescencia, la historia se repetía. Las panaderías, por suerte, no elaboraban tortas fritas para vender. En la familia, la ceremonia lleva más de 100 años, porque mi abuelita murió a los 80 hace más de 50 años. Ella le enseñó a mi madre. Hoy por mi barrio nunca se percibe el aroma de la torta frita. Antes las cocinas estaban separadas de los dormitorios, no había conexión, porque el frito te impregna todo los ambientes”.
Gustavo Gálligo (1949): “Primero recuerdo a mi abuelo Goyo Morán, porque yo iba a la casa, de muy chiquito, con mamá; me acuerdo de esa cocina enorme, con cocina a leña o carbón, y el olor a torta frita cada vez que había lluvia, es algo que me quedó grabado. Vinculo siempre las tortas fritas a las visitas a esa casa: las bandejas inmensas, las cocineras; cosas de antes. En casa, mamá, eternamente, un día de lluvia era día de torta frita. Excepcionalmente buñuelitos con dulce de membrillo y pasas. Y después recuerdo el barrio donde me crié, el de plaza Constitución: todas las casas de mis amigos, lugares donde pasábamos los días de lluvia; el olor a torta frita invadía el barrio. La torta frita era algo para compartir; la gente se convidaba: enfrente de casa vivían los Delbue, y mamá y Pepa, la señora de Beto, que eran íntimos amigos de papá, se festejaban a través de la torta frita. Era una forma de transmisión de afecto, compartir entre los afectos: los amigos, sus padres, que también eran amigos; era el aroma a torta frita en nuestro mundo de tres o cuatro manzanas”.
Tuky Carboni (1939): “Se me ocurre la imagen de Manuela, no sé si vos conocés mi poema ‘Vieja Manuela’, está en ‘Bajo palabra’: ‘(…) Sacerdotisa fiel al humo, / vestal de las domésticas hogueras, / día tras día celebrabas la misa del sabor, / entre el chisporroteo de la chimenea. / (…) Tal vez por eso, porque le contagiabas tu alegría, / todo cantaba sobre el fragante altar de tu cocina, / cantaban las marmitas y cazuelas, / (…)’. Manuela Vega murió hace añares. Mi mamá era maestra en el campo, mi papá tenía un almacén de ramos generales en el campo, en Lazo. Manuela, muy a menudo, nos daba una mano en la cocina. Era india, la cara bien oscura, y una sonrisa permanente. Cocinaba en cuclillas. Mamá tenía la cocina económica grande, pero ella hacía un fueguito en el suelo y ahí cocinaba todo. Cada vez que llovía se cruzaba a casa: Patrona ¿no quiere que le haga unas tortas fritas? Entonces hacía una fuente grande, nos dejaba a nosotros, y se llevaba para sus ocho hijos. El marido había muerto cuando el más chiquito tenía 6 meses. Mi papá le dio una casita modesta, por supuesto de adobe, para que viviera con los hijos, y le daba una provista del almacén. Después, cuando los hijos fueron más grandes, fue lavandera de un estanciero cercano”. En el relato interviene Felipa, que lleva una vida al lado de Tuky. Felipa recuerda a Manuela: “Doña Manuela hacía fuego en el suelo y se hincaba”. Pregunto a Felipa por las tortas fritas de su mamá: “También, se hacían al fuego, no teníamos cocina ni nada, todo a leña y un candil, no había luz”. Agrega Tuky: “Manuela no estiraba las tortas fritas con palote, lo hacía con las manos, en el aire, como el repulgue de las empanadas”.
Marcos Silber en su libro/espectáculo: Thrillers.
El poema “Rituales” de Marcos Silber tiene, además del aroma de la torta frita, de la lluvia lenta, amiga, que hace de llamadora de la memoria; además del aroma de la brisa causada por el regreso de nuestros seres queridos del más allá, que queda tan, pero tan cerca de nuestro más acá: esas “mías hermanitas” que no acaban de morir “jamás” porque, por ejemplo, la torta frita, la lluvia y el hermano poeta las convocan para “ser” cada vez que alguien, en nuestro susodicho más acá, lea el poema. Digo entonces, luego de tantos además, que este poema, en definitiva, es fruto  y a la vez mantra para acceder al viaje en el tiempo. Lo fue para Marcos cuando la palabrería se le amontonó felizmente en la mano de escribir, lo fue para mí cuando leí, y lo será, repito, cada vez que alguien lo lea en día de lluvia, como el de hoy; porque esto que escribo no intenta ser una típica búsqueda de mentiras asociadas, como bien puede entenderse la literatura, sino una crónica periodística sincera: entonces anoto lluvia porque llueve sobre la chacra gualeya. De viajar en el tiempo se trata el poema, y de viajes en el tiempo también se trata cada recuerdo de los gualeyos memoriosos a los que he consultado. Mi escritura se detiene, pienso, y luego encuentro el camino para seguir: quiero decir que esta nota no es más que murmullo y aroma de torta frita, de lluvia y de memorias, y es ella un lugar, un espacio/tiempo en donde se funda una comunión de viajes en el tiempo. En definitiva, creo, es lo que somos: viajeros.

Mi compañera de vida, la mamá Evangelina de Julia, es la que casi siempre le lee a la pequeña, antes de dormir, historias de los libros que ya guarda entre sus juguetes. Hablando con Evangelina sobre el tema de esta nota, recordó una lectura que hacía referencia a las tortas fritas. El libro es “Cartas para que la alegría” del escritor nacido en Mansilla: Arnaldo Calveyra (1929-2015), y que le regalara a Julia mi amigo: el poeta David Birenbaum. Calveyra anotó: “(…) Se redondeaban las gotas en una torta frita, en dos, en fuente de amor de tortas fritas. (…)”.

domingo, 4 de junio de 2017

Pasar la posta

Al pasar la posta, el viajante de los días se detiene un momento y genera un nuevo acorde dentro del movimiento de la vida. Pasar la posta es “nacer” un puente emotivo entre dos personas, es dar cuerda a la cajita de música que todos llevamos dentro.
Pasar la posta en el tránsito de los días. Enseñar un puñado de magias humanas al otro, al elegido. Un puñado de magias y disponer de ellos en vida. El puñado en cuestión: un espacio/tiempo donde puedan respirar, por ejemplo: una historia, un sueño, un objeto amado, una música, un libro.
Recuerdo en este momento de escritura un caso de ofrenda feliz: la transmigración de una historia de una memoria a otra. El personaje de la novela “El infierno” del escritor francés Henri Barbusse espía a través de un agujero en la pared de la habitación de hotel que ocupa, aquello que sucede en la habitación contigua. En ella se aloja una persona que está muy enferma. Cuida a este hombre una enfermera. El hombre propone a la enfermera contarle una historia. Ella acepta. El hombre enfermo cuenta entonces su historia de amor, para que cuando él ya no esté sobre la tierra, esa historia siga viva en otra persona, que podrá referirla, y que podrá revivir los pormenores del día en que recibió en custodia tamaña magia humana.
Al igual que este personaje literario, todos guardamos historias y objetos con historia que, pienso, querremos dejar en manos de nuestra gente querida, elegida, respetada. Ofrendar es tratar de hurtarle un beso largo a la dama más difícil: La Eternidad.
Una magia emotiva puede llegar hasta nuestras manos de dos maneras: una, por disposición póstuma, es decir, durante el después, en ausencia de quien ofrenda. Esta forma nada tiene de malo en el arte de dar y transmitir, pero me digo que prefiero, adhiero, elijo, el otro camino, al que se llega a través de un momento de charla entre dos personas, dos pares, dos seres humanos encontrados en una misma y cercana sintonía. Me gusta la visita de las palabras y las miradas, elijo los silencios aparecidos cuando la garganta se arruga, adhiero a la titubeante energía de la voz. Prefiero descubrir (hasta ahora solo me ha tocado respirar dentro de la figura de receptor) la emoción que me gana. Me gusta encontrar cada uno de mis gestos abrazando la calma, queriendo una paz silenciosa que colme y proteja, una paz que, a la vez, alegre aún más a los participantes. Porque estos, en todo momento, saben lo necesario: las marcas centrales en el paisaje por el que se avanza. Me descubro así en la tontería de la búsqueda de pequeñas distancias, no sé con qué fin: ¿escapar de las emociones?, sé que no, porque mi interior bien sabe de aquello que está ocurriendo: una persona se desprende de sus tesoros porque sabe que se encuentra en las profundas alturas de la vida, y otra persona, la que recibe la ofrenda, la cápsula de tiempo pasado y futuro, sabe que ambos están anoticiados. Ambos entienden de la ceremonia, ambos conocen a las hermanitas que vienen siempre de la mano: ellas: vida y muerte, entre los vestiditos del tiempo, llevan a las personas, que andan a conciencia despierta por el centro del pensamiento, a mirar de frente cuando respetan el impulso. Entonces el encuentro, el pase, la ofrenda; y la maravillosa presencia, tan necesaria, del amigo, el hijo o el discípulo.
La poeta Tuky Carboni me cuenta: “Juanele Ortiz le dejaba a Emma Barrandéguy bonos para la venta anticipada de sus libros. Ella vendía en Gualeguay y en Buenos Aires. Así se pagaba la edición. Juanele era empleado del Registro Civil, ganaría una miseria. Ella le hacía ese trabajo de todo corazón. Emma decía que él era un ángel, que jamás le escuchó decir nada hiriente a nadie; si no le gustaba lo que el otro escribía, le aconsejaba seguir leyendo”.
Hace casi cuatro años que iniciamos, la poeta Tuky y yo, nuestro intercambio palabrero. Encontré en ella, hoy somos amigos que además escribimos, distintivos poco usuales dentro de la comunidad de escritores (por lo general muy habitada por pavos reales que no tienen con qué hacer esquina más que con el ego que asoma y no para de asomar): su generosidad, su sincera manera de ser: humana, imperfecta, y con la duda como compañera: siempre a la mano para mejor sacarle punta al lápiz y las ideas.
Tuky Carboni me recibió en su casa. Sobre la mesita había una bolsa plástica con cuatro libros: “El álamo y el viento” (1947), “El aire conmovido” (1949), “La mano infinita” (1951), “La brisa profunda” (1954). Todos libros de Juan L. Ortiz. Me dice Tuky: “Recibí los libros de manera bastante ceremoniosa, y por eso lo hago con vos. Emma me dijo: Yo no sé cuánto más voy a vivir. Era más vieja de lo que yo soy ahora; estaba sana y muy lúcida Pero quizás sintió que su época se estaba terminando. Me dijo: Yo te doy estos libros -y me dio también una carta, escrita a mano, de Juanele, que no pude encontrar- que amo y que tienen la letra de Juanele, para vos, te los regalo. Le di las gracias. Ahora yo me siento, no digo próxima a la muerte, pero es como que estoy viviendo de yapa, y te los quiero dar a vos por dos razones: una, lo siento como una posta; Emma me dijo muchas veces que yo era su sucesora. Creo que los tenés que tener vos, por edad y por mi admiración como persona y escritor. Te los doy con todo gusto. Son libros de ediciones originales. Cuando un libro tiene que llegar a vos, llega. Cuando un poema tiene que llegar a vos, llega. Misterios. En ellos vas a encontrar ‘la voz o la guitarra húmeda’ de Tacuarita, mi tío abuelo. Calculo que ellos se tomarían unos buenos vinos cuando charlaban”.
“El álamo y el viento” lleva su tapa desprendida. En ella, en un verde claro y luminoso, se ve además del título y autor, el sello editorial: Ediciones Sauce 1947, y un paisaje mínimo, dibujo del poeta: un arbolito flaco, una línea de tierra, una laguna atrás, otra laguna, esta vez aérea, en el cielo. La tapa suelta permite enseguida ver la dedicatoria: “Para Emma Barrandéguy, con la esperanza de que halle aquí algo de su tierra, de nuestra tierra. Con todo el cariño de (firma) Paraná / Marzo 12 de 1948”. En la misma página hay pegado un papelito: Fe de Erratas. Elijo el poema “Crepúsculo en el campo de Gualeguay”: “Nada más que un sueño amarillo que se va entre los talas / detrás de un vuelo bajo y encendido de verdes. // La luz es una nostalgia que alarga sus suspiros hasta las lejanías. // Los cardales secos, aéreos, de qué color? // Este paisaje es mi alma y será siempre mi alma. / Un espejo infinito para el cielo. // Sabéis, amigos, ahora, la causa de mi vaga tristeza?”.
“El aire conmovido” también tiene su tapa desprendida, pero no deja ver dedicatoria alguna. En negro el nombre del poeta, en un rojo suave el título y Ediciones Sauce; en negro: Paraná 1949. En el centro de la tapa el dibujo de Juanele en negro: una mujer construida en trazos mínimos parece flotar en el paisaje apenas sugerido. Elijo un fragmento de “Me esperabas en esa casa”: “Me esperabas en esa casa perdida entre los montes. / Tu madre andaba por ahí. / Te ví en el sueño, en la luz del crepúsculo pobre, / rodeada de aves blancas, blancas, que palpitaban. / Me mirabas, oh dulce niña que vuelves en los sueños, / con una mirada perdida, / suavemente perdida / en no se sabía qué del atardecer agreste, / como si esa soledad ya te hubiera ganado / y tus ojos sólo sonrieran resignados. // (...)".
“La mano infinita” tiene la tapa en su lugar, pero le falta la contratapa. En negro el nombre del poeta; en verde el título y la Editorial Llanura, en negro: Colección Salamandra, y también: Paraná 1951. El dibujo: una mano de dedos largos saludando la luz en el cielo. Líneas flacas, las estrictamente necesarias para fundar las figuras. El libro guarda una dedicatoria cariñosa para Emma. Al principio: Fe de Erratas. Elijo un fragmento de “Los juegos en el sol de Octubre…”: “Los juegos en el sol de Octubre, los juegos. / Una ebriedad un poco ‘vulgar’, es cierto, pero los paraísos eran lilas, / y allá las colinas de un verde infantil hacían más dulces sus líneas, / y algunas casitas blancas de los pliegues eran aéreas casi. // (…)”.
“La brisa profunda” lleva tapa y falta la contratapa, en su lugar, la última página recibió la escritura de Emma en lápiz tenue; por lo que se adivina en la maraña de la escritura en juego y libertad, se refiere a la poética de Juanele. En azul: nombre del poeta, título, dibujo y Editorial “Este” Colección “Daniel Elías” Paraná 1954. El dibujo, las líneas suficientes para señalar la brisa. Una cariñosa dedicatoria a Emma que apenas si se lee (especial, muy especial la flaca y pequeña letra de Juanele, como si en la brisa viviera). Elijo el fragmento de “A Prestes (Mi galgo)”: “(…) Silencioso amigo mío, viejo amigo mío, has muerto… / Cuántos minutos claros, cuántos momentos eternos, contigo, / compañero de mis mañanas cerca del agua, de mis atardeceres flotantes… / en el dulce calor, en el viento de las hierbas, en los filos del frío, / en la luz que se despide como un infinito espíritu ya herido… // (…)”.
Ofrenda. Me digo que la poeta gualeya Tuky Carboni, mi amiga, me ofrenda estos libros para que me acompañen en la vida, y en ellos la compañía de Juanele, de Emma, de Tuky. Libros, ejemplares especiales, portadores de historias, del roce de un puñado de manos que sabían de la palabra amiga. Ofrenda, ofrendas, en ellas pienso cuando encuentro las que hoy me hace mi padre. Rolando Lois, desde sus 86 años, me cuenta historias, me señala cuadros de su autoría para que queden en mis manos; me devuelve la carta que escribí a los reyes magos cuando tenía 6, 7 años.
Pienso en Emma, en Tuky, en mi viejo. Pienso en el pase en un descanso: en las ofrendas. Cuando llegue el momento, voy a dar mis ofrendas desde esta memoria que me guía, para que así nos vayamos todos un poco, que es la mejor manera de quedarse un rato más entre las historias.