domingo, 6 de mayo de 2018

Abel Edgardo Schaller, poeta


La poesía de Abel Edgardo Schaller llegó hasta mis manos gracias al buen ojo de mi amiga Tuky Carboni. La poeta un día me contó una historia, y me entregó una copia de un poema de Schaller: “Homo sapiens”, señalo un fragmento, una manera de avisar sobre la mirada de su autor: “(…) ¿Y qué entonces de este homínido patético, / espectro de su propia calavera, / con su rostro de primate esquizofrénico / invertebrándose a la sombra de su prisa y de sus átomos? / ¿Y qué de sus cilicios cotidianos / y el estertor nuclear de las ciudades, / del post mortem del ángel y las nubes / en manos de su empresa y su Aqueronte? // (…)”. Es nuestra poeta Tuky la que me señala la fecha de un encuentro. El jueves 10 de mayo, en el Museo Quirós: ella va a presentar, junto a Schaller, el libro “De fulgores y sepias” (Premio Literario Fray Mocho 2012).
Abel Edgardo Schaller
Enseguida pensé en pedirle a Tuky que me diera una semblanza, un relato de sus impresiones sobre el poeta: “Abel Edgardo Schaller emergió en el escenario de la poesía entrerriana, casi diría como una epifanía luminosa. Hace mucho tiempo que me invitan a Congresos de Escritores de diversas provincias. Desde luego, a los que más he concurrido es a los de la patria chica. Estando yo siempre tan interesada en conocer los buenos poetas de mi provincia, es para mí muy sorprendente que no haya escuchado hablar de él y que, apenas hace poco más de un año, haya llegado a mis manos un poema de vertiginosa belleza: ‘Homo sapiens’. Para que ustedes se hagan una idea del impacto emocional que me causó ese poema, confieso que en el último Congreso Internacional de Gualeguaychú, realizado en septiembre, en lugar de leer algo escrito por mí, ocupé el tiempo para leer ese poema: ‘Homo sapiens’, lentamente y con toda la claridad de la que soy posible, para que los asistentes (muchos de ellos extranjeros) pudieran captar las maravillosas metáforas que Abel había volcado en ese poema. Lo hice a conciencia, porque me pareció un regalo para los compañeros poetas; para que se llevaran a Perú, Bolivia, Colombia, Ecuador, República Oriental del Uruguay, en sus memorias, esta joya verbal que tanto me había conmovido”.
Quise leer el libro que se presenta el 10 de mayo en el Quirós. Tuky me lo prestó, y además agregó dos títulos más de Schaller: “Las altas horas” (Ediciones del Clé, 2012): en él me encontré con dos poemas de apertura para esta música de poeta: “Berta”, dedicado a su madre, y “La palabra encontrada”, dedicado a su padre; una apertura que vuelve a presentarse en “De fulgores y sepias”; cada vez una emotiva memoria de sus padres: palabras justas, seguras, distancia y cercanía; sin truco, sin lugares comunes. Y el tercer libro: “Cortitos y al pie” (Ediciones del Clé, 2016): un buen puñado de “greguerías”, especie nacida del puño del grande Ramón Gómez de la Serna, y libro que además contiene “Otras yerbas”, una personal búsqueda de escritura minimalista.
Anotaba mi impresión sobre los poemas dedicados a sus padres, agrego que quizás en los de “De fulgores y sepias” estén las señales más altas en la poesía de Schaller, cuando el poeta resuelve en pocas líneas. Esa fue la sensación que llegó primero y trabajó la opinión del cronista, nacida desde la sencilla emoción que golpea las puertas de la memoria propia: que guarda una madre, un padre, una abuela. Transcribo “Madre”: “Por el delantal sin pausas, / las manos apantallan / los negros paladares del carbón. / Así, toda mañana fue un milagro”. Y el “Padre”: “Una vez nos construyó una choza / con ramas de un paraíso florecido. / Y estábamos allí, con la vida a pleno niño, / ilesos y en presente / en el júbilo sin horas / de aquel techo perfumado. / Fue esa tarde / que la lluvia vagó sola por el mundo”.
Y qué decir de la imagen de “Cobijo”. Significó para este lector un regreso a un momento en apariencia olvidado: “A la menguada altura de mi pecho / mis brazos sostenían la madeja. / En el extremo próximo, allí, tan al alcance, / mi madre ovillaba colores, ternuras y paciencias. / ¡Ah, jubilosa voz de los años iniciales, / y esos momentos de perplejidades / postergadas interminablemente / por la extendida sed de la madeja! // ¡Ah, los estoicismos ingenuos / de aquella edad apetecible! // Muchas veces me atrapó ese rito / de brazos extendidos / hacia el profundo ovillo de sus manos. / El mundo desde entonces / es un abrigo fatigado que huye”. Tanto lamenta este cronista la existencia de no lectores en esta sociedad de las velocidades que no hacen más que fundar olvidos. Qué maravilla, cuanta bondad en la poesía que sabe de los regresos, de los inicios en que se jugaba nuestra identidad, y nuestros primeros avistamientos de un mundo que buscaba guardarse en la memoria.
Es la memoria elemento esencial en la mirada y la escritura de Abel Edgardo Schaller; convido otro de los poemas contenidos en “De fulgores y sepias”: “Algo queda en los pueblos”: “Algo queda en los pueblos de aquella patria infancia, / los júbilos descalzos e hirsutos de baldíos, / cómplices de las siestas, los suaves paraísos / que urdían municiones y sombras de payanca; / naranjas rezongadas por antiguas vecinas, / la cercana vertiente, robándose las clases, / el puerto con sus islas, los gigantes barcos / ensilando en sus vientres la gracias de los campos. // Detrás de una pelota corrían las deshoras, / en la esquina gregaria censábamos estrellas, / el mañana no era ni siquiera una seña / y el ‘hoy’ se enronquecía a pecho desprendido. / Cuidábamos entonces las flores de la plaza / porque ellas explicaban sin palabras la vida; / la voz de nuestra madre ordenaba las cosas / y ofrecía milagros en la mesa de todos. // Algo queda en los pueblos, el número y la puerta, / mas ya no son los mismos la casa, los vecinos; / ni tampoco nosotros, con los sueños ajados. / Ahora, aquí la tarde arrodilla sus joyas, / y los amados rostros aroman la penumbra. / No sabemos siquiera quién se va o quién se queda, / ni el verdadero nombre del día que nos nombra / y lento nos regresa al misterio que fuimos”.
Entre lecturas seguí el impulso de preguntarle a Schaller sobre algunas cuestiones.
Consultado por el origen/receta de escritura, cuándo, cómo nace el poema, dijo: “Un poema tiene orígenes inciertos y una receta inexistente. De lo que no debiera carecer es de inteligibilidad, pasión, música y honduras”. Salvo en algunos poemas donde el poeta busca entre imágenes, preguntas y sensaciones, y se permite la extensión, creo que, de manera natural, se inclina a una escritura escueta, “cortito y al pie”, como uno de los caminos elegidos a conciencia.
Ante la pregunta: ¿Qué es para usted la poesía?, respondió: “Siento a la poesía como una forma de respiración. Podría no comer por varios días, pero no dejar de respirar por tanto tiempo”. En esas vueltas que a veces uno le da a ciertas ideas, al leer su respuesta corta, pensé en aquello que sostengo hace unos años: la escritura, ante todo, como una forma de respiración, un “hacer” interno que en algún momento, luego de un arduo trabajo de años, al fin, y si había la sustancia base, llegará a un ritmo interno, ahí el poeta y su identidad, o el novelista y su manera de ser entre personajes.
¿Y qué dice Schaller cuando se lo consulta sobre la memoria, y sobre su explícita inclusión en su escritura?: “‘El hombre es memoria que anda’ (J. L. Borges dixit). Pero la memoria es, además, una de las funciones neurológicas más caprichosas, pues en muchas ocasiones hace lo que se le ocurre, prescindiendo por completo de nuestra voluntad. Sin embargo, es un tanto inocente: cuando me asesta la luz de algún renacimiento, me aprovecho de ella y escribo algo, antes que se fugue en un suspiro”.
¿Por qué presentar su libro en la ciudad/río de Gualeguay?: “Esos pagos gualeyos ostentan un poeta imprescindible: Juanele. Y dos amigos: Tuky Carboni y Néstor Medrano, que me han honrado con su hospitalidad. Estas razones me parecen suficientes como para intentar la presentación de mi libro allí. Podría hacerlo también en Diamante, otra ciudad/río amada, de la que nunca me fui. Aún reside allí mi niño... Lo intentaré”. Explícito su amor por la ciudad/río de Diamante: en “Las altas horas” aparecen los poemas: “Pequeño adagio de pueblo” (notable), “Puerto Diamante”, “Diamante: recuerdo de Puerto Viejo”.
El poeta nació y vive en Paraná. Es profesor Nacional de Educación Física (1962). Realizó estudios en la especialidad Dirección Coral en el Instituto de Música de la UNL, donde fue profesor titular de la cátedra entre 1993 y 1998. Es fundador de 13 organismos corales en el país. Dirige el Coro “Vocal Son Mayor” de Santa Fe e integra como segundo tenor y arreglador el grupo vocal “Melipal”, fundado por el maestro Eduardo Hernán Gómez.
El registro de vida de Abel Edgardo Schaller está ante todo en su obra, en su decir; luego se puede buscar en una larga lista de premios y distinciones los reconocimientos a su trabajo. Las enumeraciones muchas veces son necesarias, pero, en el caso de este poeta, las dejo a un lado.
Comparto las acertadas palabras previas a “De fulgores y sepias” escritas por Mario Alarcón Muñiz: “Se detiene ante mí el poema. No pasa de largo. A veces sigue conmigo. Esto me sucede con la poesía de Abel Edgardo Schaller, desde que comencé a frecuentarla, hace más de diez años.
El poema del Negro, mi amigo, se acerca. Me arrima percepciones comunes a partir de lo inmediato. Los padres, la casa, la infancia, la siesta, el río, el pueblo, el árbol, el campo, es decir la vida que nos circunda y nos concierne.
No son motivos originales. Sin embargo, Abel logra de ellos una luz distinta, prescindiendo de recursos extraños, con el valor de la sencilla palabra colocada en el momento y el lugar adecuados para lograr belleza expresiva.
El poeta está llamado a iluminar el mundo y él lo consigue a partir de los asuntos cotidianos más simples.
¿Dónde está el secreto? Vaya uno a saber… Lenguaje, talento, percepción, sensibilidad, se encuentran en un punto y ahí comienza a tomar forma el poema. Cuando llega a mí, Lector, se queda. Está aquí. Me acompaña. Ese es su gran valor”.
El jueves 10 de mayo, en el Museo Quirós de nuestra ciudad/río, se presenta “De fulgores y sepias”. Las palabras estarán a cargo de Tuky Carboni, y de Abel Edgardo Schaller, su autor, el hombre poeta que recuerda y felizmente anota.

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