Emma Barrandéguy
(1914-2006) me asombró con su poesía (Las puertas, Refracciones y Camino hecho).
Su prosa me quedó como cuenta pendiente. Sólo había leído su ensayo: “Mastronardi-Gombrowicz.
Una amistad singular” (2004). El resto de su obra en prosa es figurita difícil.
No quería leer fotocopias, tampoco hacerlo de libros prestados. Me gusta dejar
el rastro de lectura con mi lapicera. Pero los libros no se consiguen, y
entonces acepté el préstamo de la poeta Tuky Carboni: “Crónica de medio siglo” (1986)
y “Habitaciones” (2002). En “Crónica…” hay elementos autobiográficos, Irma
Iruleguy será su alter ego en la historia, pero es en “Habitaciones” donde lo
autobiográfico aparece en directo. Una especie de memoria en tono de confesión,
una larga carta de amor: sincero, humano, imperfecto, de parte de Emma para su
amor: Alfredo J. J. Weiss, a quien dedica el libro.
Emma nombra el
primer regalo de Alfredo: “Fue uno de los primeros libros que editaste y
mientras permanecí casada lo tuve junto a tus cartas, envuelto en papel de
seda. Las cosas, en verdad, se miran poco como los cuadros en las paredes –uno
se acostumbra-, pero sé que allí está tu dedicatoria, tan elogiosa. Siempre me
asombró que pudieras decirme que ‘todo me lo debes a mí’. ¿Cómo puede alguien
deberme a mí todo lo que ha sido? Es claro que en ese entonces éramos jóvenes y
que vos estabas enamorado, pero de todos modos no me veo capaz de haber
arbitrado nunca el destino de nadie. Sin embargo, tus palabras me enorgullecen.
Él sí, me digo, él sí me vio entonces como en realidad soy. Cuesta poco
apoyarse en la vanidad para seguir andando. Creerse que hay una realidad mejor,
de la que participamos”.
“Habitaciones”
es un libro que invita al asombro: por su escritura, por su valentía, por su sinceridad.
Un libro de escritor, de una de esas personas que saben de transitar en el
adentro y el afuera de los días. Emma y su mundo interior; Emma y sus mundos
incontrolables, sus cuestionamientos, su escarbar en la misma identidad
tratando de encontrar respuestas. Historias y pensamientos en directo, con
nombres de personas, de miedos, y de felicidades. No cualquiera, y no cualquier
escritor puede tener la cuerda suficiente para amanecer un libro como
“Habitaciones”: “(…) Me parece deberte la fe que en mí pusiste. ¿Qué era esa
fe? Creer. Creer en mí, creer en vos. Esa fe tuya era una con la mía y por eso
puedo decirte, como me lo digo a mí muy despacio, que no se apoyaba en nada,
pero que la sigo teniendo con esa especie de ingenuidad que en el fondo me
resta. Necesito decírtelo. Y puedo hacerlo porque ya no he de verte y nada de
tu retrato ha de variar en mí con el transcurso de los días o los sucesos. Así,
nada te hará cada vez más perecedero como debería ser irremediablemente, sino
cada vez más incorruptible. Aunque la imagen te parezca cursi, o periodística,
es así como lo siento”. Emma le cuenta a Alfredo: “Así había oscilado siempre:
junto al deseo de escapar a lo habitual se alzaba el de integrarme en lo
habitual, borrar las diferencias, regresar a los caminos trillados donde quizá
se agazapaba la verdadera vida: la maternidad, la cocina, las reuniones de
cumpleaños, la nivelación y el olvido absoluto en lo más profundo del sentido
común, de la vida diaria. ¿Sería ése el descanso? Había pensado un tiempo así,
cuando recién casada. En realidad fue para eso que me casé. Mis gustos, al fin,
podían siempre ser míos. Podía guardarlos aparte. Nada me impediría leer y
pensar, tener un mundo para mí, compartido, a medias palabras, con algunos seres.
Con vos, por ejemplo. Por largas temporadas los intentos de inmersión en el
mundo de los otros me habían hecho cesar toda labor literaria. (…) No me había
dado cuenta, entusiasmada con este nuevo juego, de que crecía sobre mí una
marea de responsabilidades, de que una horrenda máscara de hipocresía se
enredaba a mis noches y a todos mis actos, de que cada minuto alzaba una nueva
mentira. Estaba ya casada, pero seguía viéndote y aquello no me parecía delito.
Pero con José era diferente. Se había ahondado el subterráneo sentimiento de
culpa que aún me costaba desbrozar como ya debidamente pagado. Y que ¡Ay! nunca
termina de ser pagado”. Emma sigue describiéndose: “Esta relación se hace
estable y regular, con gustos comunes, como los de una pareja que al ver, o
saber algo a solas, piensa automáticamente en lo que el otro pensará sobre eso.
José conoce todas mis reacciones; yo me dejo admirar. De pronto, sin embargo,
surge Angélica. La conozco en el trabajo, ingresa allí un día cualquiera y
comienzo a hacer piruetas para conquistarla. Lo de siempre. A medida que se
entreteje en mis días, las cosas comienzan a complicarse, me alejo, sin
alejarme, de José. No es un juego de palabras, no creas, es cómo fueron
sucediendo las cosas”.
Emma presenta a
Alfredo, a José, a Angélica, y por último a Florencia. Nombró la existencia del
marido. Emma, seguramente, le cuenta a Alfredo, una realidad que él bien
conocía. Él, el amor de su vida, el único hombre, pero después Emma suspiraría
por sus mujeres, y por algunas otras que no pasaron de la escaramuza que la
dejaría sedienta, como el caso de Hilde von Denken. En medio de estos relatos y
confesiones, hay capítulos que se centran en la historia política del momento.
Corre la década del 40, ella comunista, trabaja en el diario “Crítica”: Perón
al poder y el horror fascista instalado en las crónicas de Emma.
“Habitaciones”
guarda otros elementos que lo ubican casi en la sintonía de lo mágico. Escrito
en la década del 50 respiró a la sombra durante más de cuarenta años. La edición
es de 2002, y su descubrimiento y publicación es mérito de la escritora María
Moreno. Hace un tiempo leí un trabajo sobre el libro: “Emma Barrandéguy o la
reversibilidad de literatura y vida”: “(…) El lector se transforma así en
testigo de las sucesivas etapas de este vía crucis del cuerpo, envuelto también
él tanto en el tanteo exploratorio de los límites emotivos y sexuales como en
el sufrimiento que causa y se causa la protagonista en las diferentes
situaciones eróticas. El receptor de ‘Habitaciones’, que asiste al
desnudamiento de intenciones y objetivos, pasa a constituirse, gracias a esta
estrategia narrativa de la autora, en elemento de sostén de la obra.
Por definición,
este receptor de la obra puede ser cualquier lector implícito del texto. Pero en
el libro que comentamos EB le puso nombre propio al receptor que había elegido
como confidente. Y este nombre resultó, por extrañas casualidades que tuvieron
lugar en enero de 2004, mi
vía de acceso a ella y a su obra. El libro había sido escrito a fines de la
década del ’50, poco después de la muerte de su dedicatario, el amigo y
confidente de ‘Habitaciones’ Alfredo J. J. Weiss, mi padre”. Irene M.
Weiss cuenta quién fue su padre: “No hay duda de que AW se auguró
de ‘Sur’, ocasionalmente, un impulso
sinérgico, pero estuvo lejos de convertir la revista en el contrafuerte de su
destino literario. Su obra cultural corrió por otros canales: sus traducciones
de poesía inglesa y francesa, la editorial Continental, que dirigió junto con
Héctor Miri durante toda la década del ’40, y la revista literaria ‘Reunión’, cuya dirección compartió
desde fines de los ’40 y durante muchos años con Enrique Luis Revol. En esta
última publicaban talentos jóvenes, precisamente muchos de aquellos que no
tenían cabida en ‘Sur’: el
dramaturgo Omar del Carlo, el novelista y crítico cinematográfico Hellen Ferro,
el poeta Narciso Pousa, el novelista y ensayista Miguel Ángel Speroni, para
nombrar sólo a algunos. La lista es larga.”.
Literatura y vida señala Irene: “Hasta aquí la figura pública de
mi padre, presente en nuestra familia después de su muerte gracias al
anecdotario cotidiano y a la inmensa biblioteca que dejó en herencia. La
lectura de ‘Habitaciones’,
por el papel que le asigna a AW en la biografía de la protagonista, destrabó
también para mí las fronteras entre literatura y vida revelándome un mundo
nuevo: el de la intensa amistad y afecto entre EB y mi padre, de la que ella
deja un limpio testimonio en el libro, separándola -si dejamos a un lado el
final novelesco- de la espiral creciente de experiencias eróticas que pueblan
sus páginas como aventuras más o menos pasajeras. La revelación de esa amistad
cultivada por AW desde su época de estudiante operó en mí una auténtica
conmoción. Pero era sólo el comienzo del descubrimiento. Faltaba la segunda
parte, que se completó meses después, en agosto de 2004, en ocasión de mi
primera visita a la casa de Emma, en Gualeguay. Después de recordar la
entrañable relación que los unió hasta la muerte de AW, puso en mis manos,
junto con la antología de poesía estadounidense que él le había dedicado y con
la foto de una fiesta en la pensión en la que coincidieron a su llegada a
Buenos Aires, las treinta cartas que mi padre le había enviado entre 1938 y
1941. Ella las conservaba intactas, atadas y ordenadas. Su lectura abrió
para mí una vía de reconocimiento y apertura existencial en el territorio
paterno, en el que descubrí una novísima sensibilidad afectiva y emotiva. A su
vez, Emma estaba en las cartas en un nuevo reflejo, distinto de su propia
escritura, puesta esta vez ella en el origen y como sustento de la existencia
de otro. En ellas es Emma no sólo destinatario sino también referente del
monólogo epistolar: las cartas giran en torno a ella, la cultivan, la esperan,
comparten con ella las novedades políticas y culturales, los pequeños éxitos,
las experiencias, y sobre todo los minutos y las horas. La escritura de las
cartas suple para AW la ausencia de la amiga tanto como la escritura de ‘Habitaciones’ recupera para EB al amigo
muerto, a quien hace una vez más su confidente”.
Consulté a la poeta Tuky Carboni sobre “Habitaciones”: “Emma trajo
cinco ejemplares a Gualeguay. Uno el mío. Eran solo para quienes conocían su
condición. No quería que acá se conociera su bisexualidad, no por ella, sino
para que nadie pudiera herir con algún comentario a sus familiares. Alfredo fue
el primer amor de su vida. Ella estaba muy orgullosa del diálogo que había
entre ellos. La deslumbró. Cuando Irene Weiss le dice que quiere conocerla,
Emma estaba muy emocionada, no te puedo transmitir cómo estaba. Me dijo que
ella quería disfrutar ese encuentro: ‘Es como la hija que no tuve’. Hablé con
Irene varias veces por teléfono porque me había quedado una carpetita con
poemas inéditos de Emma”.
Esos poemas que guardó Tuky terminaron dentro de la edición de la
poesía completa de Emma Barrandéguy. ¿Quién publicó la obra?: Irene M. Weiss.
La literatura y la vida, anotó Irene; también anotó “intensa
amistad y afecto” en lugar de historia de amor. Así se manifiesta el costado
mágico de los días. A veces se abre la puerta que permite coincidencias,
apariciones, memorias, y que también permite reencuentros, como los llama
Leticia Manauta: reencuentros de una memoria que utiliza actores de distintas
generaciones. Emma y Alfredo en la mirada de Irene.
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