Llegué a
Gualeguay desde el encuentro alrededor de una mesa de café, desde mi Buenos
Aires. Ante cualquier circunstancia los habitantes de la gran ciudad se convocan
en el café de la esquina, por lo general en número reducido, salvo
acontecimientos festivos, y ahí hacen contacto hermanado: charla de temas
varios, confidencias, preocupaciones, y las mil soluciones para arreglar casi
todos los mundos. En esta ciudad gualeya hace esquina la ausencia de cafés, en
mi memoria vuelvo a mi Margot, al Cao, pero que esto no se entienda como
lamento o desamparo, porque en Gualeguay
hay un lugar, físico y temporal, un refugio donde las personas hacen contacto:
el churrasquero en su “mientras tanto”; en sus alrededores es donde se refugia
la palabra y la memoria entre iguales. Es cierto que a veces los secretos a
voces, y el lleva y trae del chisme se adueña de ciertas partidas. Pero ya se
sabe, en el paisaje de la vida, por suerte: nada es perfecto.
En los
alrededores del churrasquero es donde puede encontrase el rastro de aquello que
se entiende como parte de la entrerriana: una manera de ser, de relacionarse
con la aldea y el mundo.
Guardo un relato
que funda mi relación con el churrasquero. Lo escribí a poco de transitar estas
calles:
“La
Catedral del Asado se encuentra sobre la calle Bruno Alarcón,
muy cerca de la iglesia San José. En las entrañas de un galpón. A pura chapa y
madera se construye su historia a las brasas.
Ayer viernes, porque solo existe y abre sus puertas
ese día, en el principio de la noche, cerca de las 21, inicié el viaje junto a mi
suegro hacia la Catedral. En
el cielo había nubes blancas, parecía el momento previo al alumbramiento de una
nueva creación. Las pistas de la existencia del lugar me habían llegado de la
mano de Gustavo Gálligo, el susodicho suegro, hasta mi departamento en San
Cristóbal, cuando todavía vivía en Buenos Aires. La leyenda hablaba de un grupo
de hombres, de una especie de sociedad secreta compuesta por gualeyos
noctámbulos que se reunía a comer asado en un lugar: la Catedral, apellidada,
además, “del asado”.
En Buenos Aires me prometí conocer el lugar, pero
cuando Gustavo arrimó la invitación, sentí una especie de escalofrío, una
cercanía tal al misterio que me dejó abismado. Era jueves, tenía la Catedral a la mano con
solo decir que ‘sí’, pero dije que ‘no’. Quién era yo, forastero recién llegado,
hacía veinte días que vivía en Gualeguay, para hollar los secretos de esa
noche. Recién al mediodía del viernes corregí mi respuesta.
Gustavo llegó a mi casa con dos bolsitos. Uno
circular, que contenía su equipo de asado, a saber: plato de madera, cuchillo y
tenedor, más el vaso. Del segundo bolsito extrajo un segundo equipo, pero sin
funda acolchada. Era un regalo de Carlos, su cuñado, y era la herramienta que
me prestaba para ser usada en mi noche de iniciación. Faltaba el vaso, lo
agregué. Evangelina, mi mujer, me saludó como si me estuviera subiendo a la Santa María de Colón. Besé a
Julia, mi hija, un tanto desasosegado. Salimos a la noche.
Caminamos por calles casi deshabitadas. Compramos un
par de botellas de tinto. Llegamos a la plaza San Martín. Vi la iglesia y
enseguida identifiqué la calle señalada por Gustavo, que es, como ya anoté, mi
suegro en la vida real, pero que en la noche señalada fue mi guía espiritual,
mi mentor, él, y sólo él, hacía posible que yo pudiera entrar a la Catedral.
Cuando nos acercábamos al galpón, otro hombre, que
caminaba en dirección contraria a la nuestra, llegaba hasta la puerta. Saludo,
apretón de manos, silencio.
Entramos.
El galpón era gigante. Guardo imágenes confusas de su
interior: una pila de bolsas de contenido misterioso, una montaña de arena,
viejos cajones de madera apilados de tal forma que parecían querer llegar al
techo; en la altura, entre el esqueleto del galpón, se veía una cama vieja, y
algunos trastos olvidados de la vida durmiendo la famosa siesta gualeya, que se
puede dormir de día, de noche y para que no se extrañe también de madrugada. En
el centro del lugar había un Ford Falcon amarillo, la impresión que tuve es que
estaba ahí desde hacía años, quizá trajo a uno de los iniciados a un asado y
nunca más arrancó.
La nave central de la Catedral se erige en uno
de los costados del galpón, cuyo techo, lógicamente, se presenta dividido a dos
aguas para así poder ser catedral verdadera que hace pata ancha debajo de una
arboladura apropiada. Su nave íntima se levanta en la apariencia de una
habitación prefabricada que descansa sobre cemento. Una puerta de madera rústica,
de cerrojo corredizo, es la guardiana del secreto. Su esencia no es la
fortaleza, sino su claro simbolismo disuasorio. ¿Debo entrar?, se preguntará el
extraño, ¿debo saber?, ¿tengo ese derecho siendo tan solo un simple mortal?
El cerrojo derivó a la izquierda y entramos. Mi suegro
saludó y yo lo imité.
Sentados a una mesa larga y angosta los monjes
hacedores del conjuro levantaron la vista y respondieron. La mesa no era tal,
era una placa, aunque ahora que lo escribo dudo, me pareció la placa de una
puerta de calle vieja y alta pintada de blanco. La sostenían dos caballetes de
hierro cerca de las puntas. Eso originaba una comba o panza en su centro,
detalle que ocasionaba que el monje al que le tocara ese sector entrara en
contacto directo con la respiración de la tierra y sus criaturas. Sobre la mesa
se disponen los platos, todos de madera, y los vasos con vino tinto Toro Viejo,
hielo y soda. Cada monje con su equipo de asado, en bolsitos creados para tal
fin o en bolsitas plásticas de mercadito chino.
El churrasquero y altar: cemento, hierro y brasa de
leña, ubicado a la derecha de la mesa, se presentaba cargado con las partes del
animal sacrificado. A un lado de la carne, como después comprobé: de calidad
insuperable, había pan y galleta caliente. Dos cajones plásticos pertenecientes
a la parte baja de una vieja heladera, hacían de ensaladeras. Ensalada de
tomate con cebolla y lechuga. Todo el universo absolutamente bien salado. Un
paisaje de estilo básico, rústico y limpio hasta donde se podía, un asado entre
monjes que se retiran del mundo buscando el refugio donde iniciar la
meditación.
Tres pinturas hechas por el padre del dueño del
galpón, que había sabido ser radical, constituían el marco decorativo de la
nave. El asado también fue para Alem, Yrigoyen y Frondizi.
Después de las presentaciones de rigor, todos ocupamos
nuestros lugares. Éramos trece, pero ninguno parecía marcado para la traición. Las
edades iban entre los cuarenta y los sesenta largos, con alguna excepción.
Gente buena. Mucha risa para hacer contacto con cada señor, todos ellos gualeyos
en misa. La sangre, el cuerpo y la galleta sobre el churrasquero.
Los temas que fueron centro en las deliberaciones
fueron el fútbol, las mujeres, los casos policiales de la ciudad, más chistes y
gastadas a discreción. Como me dijo mi suegro: Se va a la Catedral a hablar de
cualquier cosa, a hablar de lo que salga. Y felizmente esa fue la motivación
para la profundidad de los debates.
Sobre el final del convite, uno de los comensales se
durmió y su cabeza quedó en manos del viento para luego encarar directo hacia la
mesa. El monje más cercano le salvó la caramelera del golpe. Pero los demás ya
habían visto y oído. Mi suegro gritó: Borrachos afuera. Carcajadas, y el
cabeceador que intentó alguna explicación.
Cuando llegó el tiempo de la despedida, un perro se
había sumado a la misa, Chori; Chorizo, lo llamó alguien. Junto a la puerta de
la nave central de la
Catedral del Asado esperaban la sepultura del tiempo, en la
forma del polvo y la tierra que caían desde el cielo de chapa, unos cien cadáveres
de vino Toro Viejo.
Ayer fui a la Catedral y fue una de las veces que más cerca me
sentí del dios al que le juego todas mis fichas: el hombre de todos los días:
lejano al artificio, ajeno a la velocidad.
La lista de los presentes fue la siguiente: Luis
Miguel, el dueño del galpón, Miguel, Marcelo, Bambi, Moto, Juan, Quito, Morrón,
Ricardo, el Tano, El Negro, no hay asador igual, Gustavo, y el cronista de esta
escena de churrasquero. Mención aparte y destacada para el recuerdo del monje
Mingo Zabaya, los vasos al cielo, y para la figura del monje denominado el
Negro Carnevale, vasos apretados por el amigo que está jodido.
El cielo estaba estrellado cuando salimos de la Catedral del Asado”.
Tiempo después
los vasos se alzaron al cielo de chapa por los dos amigos que ya no estaban. En
la Catedral
del Asado, en los alrededores del churrasquero: memoria, identidad y respeto.
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